PastorFerreras. ¿Peronismo…?

Seguramente soy, ya lo sé, machista y patriarcal, además de facha, misógino, homófobo, retrógrado y carcamal. Un verdadero ogro… Peeero, la culpa la tuvo Franco, y yo digo lo que me da la gana…

Es mujer, la Pastor, de piernas imposibles.. ¡Cóoomo las cruza ante las cámaras y tu mirada…!

Y es imposible -entre comillas- que esas piernas puedan encontrar acomodo, entre las hechuras de un tipo al que la presión de la barriga, no le permite cruzar las suyas siquiera sentado en un confortable sillón; y ante los planos abiertos de las cámaras de su Sexta...

Un tipo que parece su padre, y que seguramente no se la ve al mear, a no ser que meta pa’dentro esa barriga o se incline de lado, rodeándola, para poder mirársela…

“Mucha maceta, para tan poca flor…”

En fin… Poderoso caballero Don Dinero.

Estoy escuchando a Ferreras y a Pastor; y estoy pensando que ellos y su relación, en sí mismo son una mentira más… Una gran mentira cornuda, televisiva y roja. Son La Sexta y todo Atresmedia, sin duda, un cúmulo de productos ideológicos, no periodísticos… No son un servicio público. No son un cuarto poder… Son algo, que está pensado para que consumamos por hartazgo… Ideología hasta en la sopa para que la sociedad se la embaule tramposamente…

Ideología…

Y esta pareja de gañanes morales, y su Sexta, son una vía trilera para comunicar mentiras, para sembrar sequía mental, sedición, y quiebra moral… Peeero, para comunicar, al fin y al cabo…

Ferreras y Pastor… Eva, Perón. Pablo Iglesias y la casi trillizos… La Viejita y Errejón. Franco y Doña Carmen… Rivera y Arrimadas. Begoña y Pedro… Y ahora Pedro y Pablo…

Es, como si para ser político tuvieras que mostrar tus calzoncillos recién quitados…

¿Ésto que coño es, Peronismo, hipocresía…?

¿Estamos tontos… o qué?

Este vídeo no lo verás por ahí… Pincha aquí 👁️

Antonio Rodríguez Miravete
.

NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas… Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones… Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir…

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos.. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras… Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir…

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez… Una decisión muy muy difícil… Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes…

Y no, no dijimos nada; a nadie…

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras… Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par… Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos…

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura…

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas…

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo… Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna…

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra… Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar… Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar lo verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario…

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño… Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron…

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera… Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron… Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa…

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados…

Antonio Rodríguez Miravete
.

.

pedazos rotos

Hoy lo he mandado todo a la mierda; y después de treinta y tres días me he saltado, por fin, esta rutina cutre en la que casi he caído. Malas costumbres; desidia y cerveza, autocompasión y escondite, soledad y pan de molde… Pequeñas perezas y vicios veniales tras los que me he refugiado, escondiéndome todo este tiempo…

Tiempo sin salir de casa; solo para trabajar… Oyendo cómo, el soliloquio eterno del mar diluye hasta que engulle, a su alrededor todo sonido, música o pensamiento; toda palabra, vibración o intención… Buscando, el silencio que se esconde tras ese ruido náutico… Atento, para anular cualquier interferencia. Abstraido y por completo concentrado, solo, en aquello que produce ese ruido inmenso del mar… Dejándome inundar por semejante bramido marino, omnímodo, e incansable…

Ese sonido como mágico, líquido y hasta maternal, parece lavar penas y curar heridas… Meditar envuelto en este mantra marino quizá, obre un milagro curativo, echando algún tipo de sal pura y beatífica justo, en los escozores de la conciencia, en las llagas de las soledades y silencios, y en las heridas abiertas de la pérdida…

Como bálsamo de Fierabrás sonoro, aplaca revanchas y calma iras, propicia olvidos necesarios, y es posible que también, consiga el alivio y hasta el perdón de algunos pecados…

Esta mañana, sin más, me he arrancado a correr durante casi media hora; y claro, como no podía ser de otra manera casi tiro la hiel por la boca dado el penoso estado de mi forma física… Pero una vez repuesto de la asfixia y recuperado el resuello, hasta me he atrevido a darme un rapidísimo chapuzón helado y vivificante en el mar… Luego de ducharme y afeitarme, he ido a un restaurante chino que conozco a comer algo decente despues de éste más de un mes: rollito de primavera, y un pato laqueado al estilo Peking sublime.

¿Difícil de superar, eh…?

Ahora, ya solo me falta ordenar algunas pequeñas cosas; detalles no menores, como poner orden al caos horario en el que estoy vegetando; terminar de aprender a poner la lavadora sin que ésta eche a correr cuando centrifuge; decidirme de una vez a hacer la cama como dios manda; también he de ponerme a limpiar y ordenar la casa, antes, de que venga alguien de improviso y crea que principio un síndrome de Diógenes; tampoco se me puede olvidar durante más tiempo el regar las plantas, pobrecillas; y también, tengo pendiente el aprender a planchar…

Y sobre todo, y desde ahora mismo, me propongo abandonar este inútil abandono tan abandonado, en el que tan olvidado me tengo…

Hora es de clausurar éste, mi refugio, donde he podido lamerme con recato las heridas de la decepción, reflexionar, y recomponer algunos, no todos, de mis pedazos rotos y esparcidos por ahí…

Antonio Rodríguez Miravete

David Lynch…

Sé, que hago mal viendo Mulholland Drive de David Lynch en estos momentos de depresión, ruptura y escondite… Es una película críptica, retorcida, deprimente y cabrona… Pero me gusta el cine y me he dicho ¡vamos…!

Y acabo de ver, ésa segunda interpretación que Naomi Watts hace, del papel en el casting que la atormenta; en la película… Cuando se deja tocar el culo en la prueba… Ésto, es cine; dentro del cine, desde dentro…

Relato; algo que decir que no sea enseñar escotes en traje de superheroína… Que no sea hacer explotar todo lo que se te ocurra, con tal, que al espectador le suban las pulsaciones del susto y salte en la butaca.

Un monumento cinematográfico de dos horas y media; un recorrido en una catedral de los sentidos; un compendio de inteligencia cuentacuentos… Ni un solo efecto especial; casi, ninguna trampa al espectador: relato puro, pura estrategia narrativa. Un mundo latiendo a veinticuatro fotogramas por segundo…

La escena lesbiana cuando le pregunta si lo había hecho antes; y la otra responde: no sé… Una caja fuerte tan pequeña, en la que claro, no se puede guardar nada realmente valioso… Y cuando aquélla se muere, llorando en playback…

David Lynch tiene como mínimo dos cualidades como director de cine… Una es la de no cerrar, nunca, sus películas… Y la segunda es que, precisamente por ello, sería imposible hacer nada parecido a una segunda parte, un remake, o una de ésas impostadas precuelas que la gente se saca de por ahí… De absolutamente ninguna de sus películas… Porque son cine abierto, cine chorreando; abierto de piernas, abierto en canal… Un verdadero Maestro.

En el cine, el viaje cinematográfico, es más importante que llegar al final de la película…

Antonio Rodríguez Miravete

.

Pecados capitales

PECADO:

“Cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido”

Hablar de pecados en un mundo como en el que hoy vivimos, para algunos puede parecer una filfa ya superada, o una estupidez per se… Pero los remordimientos y la conciencia, las tradiciones y el tiempo, casi siempre tienen razón… Y querámoslo o no, han sido siempre verdad aquellos siete pecados nuestros, los capitales; pero porque han existido siempre; y porque sí, son pecado…

Y son capitales debido al hecho indiscutible, de que todo ser humano que habita esta Tierra, por virtuoso que sea, seguro, que a lo largo de su vida ha cometido alguno de ellos… Y seguro, que no sólo uno y no una sola vez… Yo, por ejemplo, soy esclavo de varios de esos pecados; de unos más que de otros… Lo soy en especial de la pereza, y cómo no, de la soberbia…

“Y de esos siete pecados innegables, mi favorito es la soberbia…”

La ira, la gula y la lujuria, son pecados como más primarios porque tienen que ver con la satisfacción de instintos… La envidia, la pereza y la avaricia, son en cambio pecados más evolucionados, más reflexivos, porque afectan a nuestra relación con las cosas que deseamos, o que nos creemos con derecho a poseer…

Un gorila o un león pueden, sin duda, experimentar la ira al luchar a muerte por su territorio y su harem; sentir la gula al devorar ensangrentado y hambriento a su presa; retorcerse de envidia al ver copular a su vecino; abandonarse a la pereza una vez ahítos sus instintos; sucumbir a la lujuria dando rienda suelta a su celo salvaje; o consumirse de avaricia al pretender acaparar cosas, o poder, sobre sus semejantes…

Pero la limitación de sus instintivas y cortas entendederas de bestia salvaje, no le alcanzarán, ni al gorila ni al león, para sentir nada parecido a la soberbia… Pero porque éste sí es un pecado en el fondo, una culpa… Y requiere, de un intelecto complejo y consciente que pueda asimilar, la percepción personal de un propio ser, racional…

“Pienso, luego existo…”

Por ello, es sin duda la soberbia el pecado que más nos define como humanos; el que mejor nos perfila así, justo como somos de simples, de miedosos y de gilipollas… Verdaderos majaderos insignificantes creyéndonos alguien. Simples hormigas a escala universal, erigiéndonos en el centro de no sé qué mundo… Soberbia en estado puro, induciéndonos a pensar que somos alguien en medio del caos que nos rodea… Imprescindibles nos creemos para que ésto gire; cuando ésto ya giraba mucho antes de que llegásemos.

Si alguna vez perdiste algo muy muy valioso, seguro que sentiste ira ante esa merma, además de avaricia y envidia porque otro se lo encontrara… Pero en realidad, lo que más te jodió fue la soberbia al experimentar tu detrimento… Porque la soberbia detesta la pérdida.

Y si alguna vez, quizás por ira autodestructiva o por lujuria bulímica, vomitaste después de un atracón de gula; que sepas que fue la soberbia, para no ver tu imagen frente a los espejos, el sentimiento que te indujo a provocar la arcada… Es la soberbia la que no soporta tus inseguridades…

Y si tanto te gustaba y no te dejaste enternecer, por aquella puta en medio de la lujuria y la gula, fue porque tu soberbia ya sabía que te quedarías solo, en cuanto se te ablandara la polla o se te endureciera la cartera; y que ella, se iría de todos modos… Y porque esa misma soberbia, no te dejó reconocer la vergüenza de tu inefable soledad.

O aquella vez, que la avaricia te empujó a ganar con trampas… Fue la soberbia, la que te impidió reconocerlo ante el timado y así, salvarte…

Es la soberbia el pecado sin duda más humano, el más sutil y el más refinado. Es en el fondo una pulsión simia, homínida, instintiva y a la vez reflexiva, que nos compara con el resto de la manada; que nos pone en relación con el prójimo y frente a nosotros mismos; y que nos coloca en una escala, si como mejores o peores, dentro del clan al que pertenecemos… Y claro, siempre nos creemos mejores de lo que realmente somos… Imbéciles.

Antonio Rodríguez Miravete

.

¿Cómo se hacían los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo, en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio, sin duda, noté algo raro… La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía, a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta… En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad…

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta…

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas, como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; grande e informe… Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama… Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos, diríase acompasados, muy sigilosos… Se movía aquello, en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim, pam, piiim, pam… Y sólo se oían, lo que me parecieron como cuchicheos guturales; o gruñidos suspirados, o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles…

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado, no me atreví a interrumpir aquello…

Así que, con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado…

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana, cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama…

– Me había quedadooo, durmiendo…

El recuerdo de lo acontecido, no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre… Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba, con detalle, sin que él se apercibiese… Me parecía verlo, como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura… No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas, también lucía enigmática, distinta, contenta…

¿Cómo se hacen los niños..?

Si habéis tenido hijos sabéis, que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo, todo eran silencios; sapos y culebras… Es decir, o no te decían nada; o como mucho, te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras… Sí, pero no. Y como fueses descarado, incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá…

Estábamos solos, ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto… Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho, se te reblandecían las rodillas y los nudillos; y te salían, unos granos en la cara de una pus muy sospechosa… Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido…

Pero a diferencia de hoy, había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú; o bien colándonos, escondidos en los retretes del cine, para después ver una película X; o mezclándonos con los mayores, para ver si nos enterábamos ya de una vez, de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo…

No sabíamos nada. Y no había Internet… Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos, a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos…

Yo ya tendría mis doce o trece años; una tarde de verano en aquella pinada… Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos, en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé, que quedé como un tontaina; pero aquella tarde, aunque me lo explicaron riéndose, sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre…

Antonio Rodríguez Miravete

El independentismo pacífico…

Y dale con el independentismo pacífico; que se vayan La Cuatro y La Sexta a la mierda…

¡Que no hay independentistas pacificos, cooño…!

Los hay unos más cobardones, que dejan que sean otros más bragados, los locos, el lumpen y los psicópatas, quienes agiten el árbol de la violencia y el terror, para luego ellos, recojer los frutos del miedo esparcidos por el suelo de la sociedad cobarde que dejan tras su paso. Y así, con la Historia a su merced, resetean con el miedo y la mentira el terruño a su conveniencia.

Esto ya lo hemos vivido. Ya hemos vivido la contaminación de sociedades enteras por el odio nacionalista: la Alemania de los años treinta, Corea del Norte, Las Vascongadas…

Que no me hablen de independentistas buenos y malos… Que se vayan La Cuatro y La Sexta a la mierda…

Antonio Rodríguez Miravete