¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio sin duda noté algo raro. La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta. En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad.

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta.

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe. Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama. Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos diríase acompasados y muy sigilosos. Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles.

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado no me atreví a interrumpir aquello. Así que con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado.

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama.

– Me había quedadooo, durmiendo.

El recuerdo de lo acontecido no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre. Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese. Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura. No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas también lucía enigmática, distinta, contenta.

¿Cómo se hacen los niños…?

Si habéis tenido hijos sabéis que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo todo eran silencios; sapos y culebras. Es decir: o no te decían nada o como mucho te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras. Un sí, pero no… Y como fueses descarado incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá.

Estábamos solos ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto. Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho se te reblandecían las rodillas y los nudillos; o te salían unos granos en la cara de una pus muy sospechosa. Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido.

Pero a diferencia de hoy había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine para después ver una película X. O mezclándonos con los mayores, para ver si nos enterábamos ya de una vez de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo.

No sabíamos nada. Y no había Internet. Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos.

Yo ya tendría mis doce o trece años una tarde de verano en aquella pinada. Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé que quedé como un tontaina; pero aquella tarde aunque me lo explicaron riéndose, sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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