SE HAN MASCULINIZADO

Historias de Paco Sanz

Me gustan las personas, las feministas no tanto, qué le vamos a hacer. La incorporación de las mujeres al mundo del empleo y del sueldo (porque trabajar en lo que hay que trabajar, cuidando, eso siempre lo han hecho) ha sido un desastre. La medicina y la sanidad es lo que más ha mejorado por su incorporación al mercado laboral. En otras cosas se ha cumplido la vieja amenaza: más que conseguir introducir la inteligencia y la delicadeza femenina en el entorno laboral, ellas se han masculinizado. Y la educación de los niños y el cuidado de los viejos, “personalizados”, en casa, se ha vuelto imposible.

Mi generación ha sido testigo de todo el proceso. Mis hijos pudieron ir “tarde” al colegio porque su madre pudo dedicarse a criarlos, e incluso a traer algo de dinero a casa trabajando fuera, porque sus padres vivieron esos días de crianza con nosotros. Morirían en un entorno doméstico. También habían criado a sus hijos con abuelos en casa. Sin embargo, mis padres, ni admitieron a los suyos en casa ni vivieron con nosotros más que en vacaciones. Murieron en residencias.

En la ciudad donde he ejercido la medicina durante más de cuarenta años, asistíamos a mucha gente de los pueblos cercanos. Los más mayores habían sido pacientes de mi padre, incluso alguno de mi abuelo. Cuando les decía que mi padre había perdido la cabeza, que mi madre ya no podía con él ni a pesar de tener ayuda en casa, y que habíamos decidido que estaría mejor en una residencia después de muchas dudas sobre todo por parte de la familia que vivía en otras ciudades, me decían que habíamos hecho bien… Sin embargo venían a la consulta con sus hijos, me hacían ir a su casa para visitarles, y estaban peor que mi padre pero los aguantaban en casa, incluso los que tenían más dinero que nosotros. Cuando veía a las nueras pensaba en la sopa de amapolas, y en el dejar dormir al abuelo de las matronas romanas, cuando la eutanasia, la buena muerte, se cocinaba en casa.

Mi madre sin embargo, maternalizó las relaciones con sus hijos hasta el final. No quiso venir a vivir con nosotros para no darnos la lata, cuando le llegó la hora de los pañales y la silla de ruedas, ingresó en una residencia “pues tenía dinero para pagársela” Y yo no podía dejar de ir a verla casi cada día. Porque con la mala conciencia sí me quedé. La cuestión era para ella: que nosotros estuviéramos bien. En comparación con otros padres, cuya longevidad y dependencia caen como una losa sobre los hijos ya mayores, ella nos lo puso muy fácil.

Marx acababa sus obras con un DESAM: Dixit et salvavi animam meam. En mi caso cada vez que doy por acabado algo de lo que escribo debiera poner RQTQS: recuerda que tienes que suicidarte, como hacía una escritora cuyo nombre prefiero no recordar, y que efectivamente acabó suicidándose. Digo esto por ver si así, si llego a tener que optar entre ser un deber penoso para mis hijos o hacerme cuidar por extraños, conserve la suficiente voluntad y memoria como para acabar conmigo.

La verdad es que las personas que les ha tocado hacer de mujer últimamente lo han hecho muy mal. Somos demasiados porque ellas lo han permitido. Lisístrata, la de Aristófanes, propuso una especie de huelga sexual: no acostarse con los hombres que fueran a la guerra. Se ha quedado como personaje de una comedia. Además, seguimos creciendo y multiplicándonos como animales. Porque nos encantan los niños.

Las instituciones imperantes siguen creyendo, en la primacía y la eficacia del crecimiento económico como indicador clave del bienestar del sistema, incluso a la luz de unos recursos en continua disminución. No sería necesario, según este dogma, aceptar la realidad de que un crecimiento económico en continua expansión, es en realidad un absurdo en un sistema finito: algo ridículo, y que pronto acabará, incluso aunque los activistas no hagan nada para oponerse a él.

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