EL LAGO DE SANABRIA

El Tajo y el Gordo, Plátano y Dibidibi, el Tahullas y el Bascu, Salticos y el Cabesón… Y muchos otros que no quiero nombrar porque me olvidaría de otros muchos, ya que muchos son también los años que hace de aquéllo. Unos pipiolos; yo incluso era todavía menor de edad. Fue un viaje legendario. Fue, creo que mi primer verdadero viaje. Unos tiempos en los que no teníamos nada parecido a lo del Erasmus, y lo más lejos que habíamos salido de nuestras casas era, francamente poco… Fuimos de acampada ni más ni menos que al lago de Sanabria; tan lejos como en autobús de Alicante a Zamora; y con mis amigos de siempre y del instituto.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Lo primero que me viene al recuerdo según escribo, es, la Luna reflejada en la superficie del hermoso espejo negro de aquel lago; serían ya las tantas de la noche… Con el empuje de las cervezas que ya llevábamos en el cuerpo, y la excitación acumulada en nuestra primera jornada de viaje, nos propusimos no dormir esa noche en las tiendas sino a la intemperie; con un par… Tras unas cuantas vueltas exploratorias a los alrededores del lago, encontramos algo así como un promontorio, una maravillosa plataforma rocosa plana, justo, al borde mismo de aquellas aguas tan oscuras, quietas totalmente de tan plácidas… Precioso.

Hacía una temperatura estupenda, y elegimos quedarnos a pasar la noche allí mismo, en nuestros sacos, fumando, charlando y bebiendo cerveza. Y tan estupenda era la temperatura que claro, por la noche, durmiendo nos fuimos destapando… Lo bueno fue de madrugada, cuando nos despertamos acribillados por el escozor de los picotazos en nuestros culos destapados.

Unos picotazos no ya de mosquitos sino pareciera que de tábanos, que muy hermosos ellos se criaban la mar de bien entre tanta humedad, tanta mierda de vaca, y tan estupenda temperatura… La madre que los parió. ¡Qué risa…!

La segunda de las cosas que me vienen a la mente, es, cuando para fumar porros y que no nos vieran los profesores, acordamos el meternos siempre en la tienda del Gordo y del Plátano. La alegría de la fiesta del campamento era aquella tienda. El completo desastre al entrar en ella, lo tenías claro cuando veías que para que le diera el aire a la provisión que tenían de morcillas, salchichas y chorizos, los tenían oreándose sí, pero simplemente así como que echados fuera de la tienda, justo encima de los calcetines sucios, de las camisetas sudadas y de los calzoncillos usados, que se iban amontonando… Luego, en la barbacoa, igual daba.

¡Qué cosas…!

El día que tuvimos libre, que nos dieron la suelta, no se nos ocurrió otra cosa que alquilar un taxi: un Dodge Dart antediluviano, enorme, de color beige, y con un muy buen conductor. Luego, una vez montados en él, que si vamos a Orense que si vamos a Zamora, que dónde coño vamos. “Vamos a Portugal que está más cerca” sugirió el conductor. ¡No hay huevos…! Nos miramos unos a otros; y si un recuerdo tengo clavado fue esa escapada hasta Braganza.

No te rías… Fue más que una aventura.

En aquella época no formábamos parte siquiera del Mercado Común; y esta Unión Europea que hoy disfrutamos era algo impensable. Pasaportes no teníamos, carnets de identidad sí, menos mal. El problema era que yo, un menor de edad sin tutela, no podría cruzar frontera alguna… El lío empezó cuando llegamos a una de aquellas barreras con caseta y guarda, en la que tenías que enseñar hasta lo que habías comido ese día para que te dejaran pasar la frontera. Tras terciar con el guarda el conductor a nuestro favor, él mismo, Dibidibi, el Gordo y el Plátano -los cuatro- tuvieron que firmar un documento en el que se responsabilizaban de mí y de cómo me comportara; como si fueran algo así como mis padrinos.

Tras unos treinta kilómetros más por aquellas carreteras tremebundas, llegamos a Braganza. “Llévenos al centro…” Nos chocó, el que unos rebaños de cabras cruzaran una capital de provincia, justo frente a la oficina de correos y la del ayuntamiento; como si vieses borregas pasando frente al Corte Inglés de Alicante… Recuerdo, cómo íbamos acabando las existencias de cerveza Sagres fría, conforme íbamos sentándonos en las terrazas de aquellos baretos del centro.

“No te digo ná, y te lo digo tó…”

Cómo volvimos es otra historia… Todo, fue mérito del conductor del taxi.

Menudo viaje.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

2 comentarios sobre “EL LAGO DE SANABRIA

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