UN VIEJO AMIGO

Historias de Paco Sanz

Hace poco volví a ver a un viejo amigo. Habíamos compartido muchas cosas, habíamos llegado a conocernos, a apreciarnos bien. Me soltó el “cómo estás” con el que solemos empezar a hablar los amigos. Le dije que bien, como de costumbre, rechazando los chistes de “bien ¿o te cuento…?” o el “pues anda que tú…”

Pero él ya me estaba preguntando, buscando en mis ojos: “¿pero bien, bien…?” Y dejándome sin palabras.

¡Qué cosa tan rara es la amistad…! El código fuente de la amistad es, la ignorancia tácita, sobre la razón última de su misma existencia. Lo primero que se me pasó por la cabeza al volverle a ver fue: ¿Cómo es que no hemos hecho nada por volver a vernos? Me consolé pensando, en que todo el arte en el trato con los seres humanos, está en mantener durante largos períodos de tiempo la misma agradable distancia media, sin alejamientos ni acercamientos, y sin variaciones de la cualidad. También el cosmos social de los conocidos, de los matrimonios, de las amistades reposa, igual que el cosmos astronómico, en ese equilibrio entre la fuerza centrífuga y la gravedad. La parte más agradable de la vida no es, sin duda, aquella que se basa en el cambio, sino aquella que se basa en la repetición.

Con toques de queda, estados de alarma, confinamientos perimetrales y domiciliarios, con restricciones de proximidad con los convivientes, y toda esa mala leche que los tiempos nos está imponiendo, el talento para la amistad es puesto a prueba. Como si hubiéramos estado enfermos, convalecemos. En general, somos criaturas que no aprendemos cosas que valgan mucho la pena, ni siquiera lo de disfrutar de la vida.

Extraños a convivencias prolongadas, nos aburrimos en general hasta de los mejores amigos después de estar con ellos media hora; sólo ansiamos verles cuando pensábamos en si hacerlo, y las mejores horas en que nos acompañan son aquellas en que sólo soñamos que estamos con ellos. No sé si esto indica poca amistad. Las cosas que más amamos, o creemos amar, sólo tienen su pleno valor real cuando son simplemente soñadas. Sobre todo ahora.

Al volverle a ver me doy cuenta de lo poco que se me ocurre ponerme a la defensiva con él. Cualquier intención de defensa con respecto a un amigo o a un paciente, aumenta nuestra vulnerabilidad, y disminuye nuestra capacidad de amistad, o de terapia. Yo debo tener un aspecto inquietante porque he visto demasiadas veces hasta qué punto las personas con las que trato se ponen a la defensiva conmigo. Hasta a mí me pasa conmigo; en cuanto me descuido un poco, me llamo de Usted.

De la amistades entre escritores que han pasado a la historia hay dos que no he olvidado; que de algún modo he tenido presentes, incluso antes de que se murieran mis mejores amigos. La primera es la amistad de Schiller con Goethe, un hecho feliz que forjó el convencimiento “de que ante lo eminente, no hay otra libertad que el amor”.

La otra es la de Montaigne, que analizaba así la fuente de su afecto hacia M. de La Boétie: “Sólo él gozaba del privilegio de mi verdadera imagen”. Únicamente él le comprendía de manera adecuada, le dejaba ser él mismo. Con su agudeza psicológica le hacía capaz de serlo, daba cancha a varios aspectos del carácter de Montaigne hasta entonces descuidados.

Y ello, sugiere que no sólo escogemos al amor y a nuestros amigos por su amabilidad y por su alegre compañía, sino quizás por algo más importante todavía: porque nos aceptan por lo que creemos ser.

Historias de Paco Sanz

2 comentarios sobre “UN VIEJO AMIGO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .