EL RETRETE Y LOS TEBEOS

— ¡Neeene…! ¿Te has colao…?
— ¡Voooy…!

Mi madre, cuando ya habíamos terminado de comer, no tenía otra manía la mujer que la de hacernos secar la vajilla justo después de fregarla. Y claro, yo tomé la costumbre de ir a cagarcía justo después de la pitanza, para librarme así de tan estúpida tarea… La vajilla se secaba sola, y yo, de verdad que me estaba cagando.

Recuerdo que siempre me llevaba algún tebeo, un cómic o un libro; pero porque siempre me gustó tomarme mi tiempo para leer; aprovechar mi tiempo leyendo… Y puede parecer una tontería pero ése era uno de mis sitios favoritos: el retrete. No te interrumpía nadie. Y he de confesar que ahora, me llevo también siempre el teléfono.

— ¡Neeene…! ¿Pero chico, es que te has colao…?
— ¡Que voooy…!

Al poco de conocer a Mi Señora, recuerdo aquella mañana que por fin amanecí en su casa… El sol de las siete de aquella mañana creaba un contraluz precioso al entrar a raudales por el enorme ventanal del salón. Mientras, Manuela daba su primera clase de pilates a ocho o diez alumnas privilegiadas al disfrutar de tan coqueto espacio en casa; y sonaba música de Lorena Mackennit… Una estampa preciosa. El caso, es que extrañamente yo también estaba levantado tan temprano, y me encontraba abajo en la cocina con mis legañas y el primer café con leche, cuando me dió el apretón.

El aseo, daba servicio a toda la planta baja de la vivienda incluido el salón, por lo que tuve que salir en silencio de la cocina y andar los escasos dos pasos hasta la puerta del baño. Cerré sin hacer ruido. Y aliviándome, leía la prensa tranquilamente en mi móvil cuando al rato me percaté de que no le había puesto el pestillo a la puerta, ya que ésta se abrió de repente asomando el medio cuerpo de una de las alumnas: ¡Uy, peeerdón…! Sus ojos como platos, y yo, sentado, obrando a horcajadas con los calzones en los tobillos, y mirándola también, y con el teléfono en la mano. Cerró de un portazo.

Fue entonces cuando la pobre, algo descompuesta y sorprendida -las alumnas no sabían nada de lo nuestro– le dijo como pudorosa y cabizbaja a Mi Señora aquello de: “Manuela, hay un hombre en tu aseo…” Repito, al menos ocho o diez alumnas sí que había en el salón. ¡Qué vergüenza…! Luego, claro, tuve que salir del aseo y sonreír; todas, estaban mirándome.

No sé si soy tonto perdido como a veces dice Mi Señora creo que cariñosamente, o si ésto del blog sí que en realidad me puede gustar mucho, pero también puede que esté haciendo el tonto… ¡Pero qué coño, es que ésto de escribir en público, gratis, y de lo que me dé la gana, es genial, y revolucionario…! Y aligera el espíritu tanto como si se te aliviara el cuerpo; como si tuvieras que evacuar de tu vida un episodio desagradable y lo escribes: en cierta forma lo evacúas, lo expulsas. Lo excretas.

Y aquí estoy yo, escribiéndote de escatologías sin importancia; pero ahí estás tú, leyéndome como todo un forofo… A ver lo que te cuento ahora.

…eeen fin.

Te quiero mucho lector: que lo sepas.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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