LA TRANSICIÓN. Lo del ’78

Salvo por los hijos de perra de la ETA, fue un período feliz -lo recuerdo bien- el dictador estaba muerto. Esperanza, ilusión, conciliación; se palpaba en el ambiente una vibración compartida, una excitación común; se lo notaba incluso, y especialmente, a mi padre.

Era mi padre un tipo dulce, moderado, conservador, casi anodino ideológicamente por prudente. Rondaba la cuarentena y expresaba con tiento y recato sus escasas opiniones políticas; detalle éste que era normal en las personas de su generación, ya que habían vivido enteramente bajo el régimen franquista.

Eran evidentes sus inocentes expectativas por el momento que estábamos viviendo; estaba extrañamente ilusionado. Él, con discreción, pero con determinación, se definía como “cristianodemócrata” y recuerdo que al decirlo, se le notaba un tono así como de alivio, como de alegría largo tiempo contenida… La estrechez censora en la que se había criado desde que recordaba, siempre había coartado sus expresiones políticas, y seguramente también las de otras índoles.

Recuerdo especialmente el viernes santo que legalizaron al Partido Comunista (25 de Abril de 1977). Fue especialmente reseñado y celebrado por mi padre -de derechas- como un gran día.

Un día en el que los españoles decidieron unirse en un abrazo simbólico, que al abarcar a toda la izquierda concernía por ello a la totalidad de españoles, que en tropel casi unánime quisieron unirse a ese gesto.

Estaban todos: los franquistas de falange y la derecha renovadora de UCD; un Partido Socialista moderno e innovador, deslumbrante de ideas y defensor de principios comunes; por supuesto el Partido Comunista, y aunque hoy nos parezca mentira, hasta el incipiente aunque influyente nacionalismo prácticamente al completo. Todos.

Lo digo porque yo estaba allí, y lo recuerdo, aunque en aquél momento no pudiese valorar con criterio la enorme importancia histórica de lo que estaba sucediendo. Tenía 13 años y mi inocente percepción era que había sin duda alguna una enorme ilusión colectiva. Era evidente que empezaba algo importante.

La “gente” hablaba de convivencia y de perdón, de reconciliación y de legalización; de libertad, de “libertad sin ira…”

Quiero que quede claro que yo jamás he pertenecido a partido político alguno; tampoco soy de ningún equipo de fútbol ni de ningún club de fans; nunca he sido “de nada” ni por supuesto “de nadie”. Siempre he sido un verso suelto con ideas seguramente equivocadas en muchos casos, pero con criterio propio y, voluntaria y expresamente, sin adscripción ideológica alguna.

Por todo lo anteriormente expuesto y salvo revanchismo o por la pura avaricia del poder, no acierto a entender porqué una parte muy importante de la izquierda de éste nuestro país España, insensatamente, está empeñada en la felonía de dar por buena la falaz infamia, de afirmar, que lo del ’78 fue la imposición de un supuesto “Antiguo Régimen” con la espuria finalidad de crear otro: “El régimen del 78…”

Asco me da la expresión ¡Coño…!

Perdonad lo grueso de las palabras felonía e infamia, pero es que pretender enmerdar de forma tan falsaria sectaria y torticera, un período tan trascendente de nuestra historia inmediata -y del que sin dudar tendríamos que estar profundamente orgullosos- es algo intrísecamente infame y traidor, además de no sólo falso.

Lo que resultó de aquel período no fue en ningún caso una imposición ni el triunfo de contubernio alguno, conspiración, o confabulación de ningún tipo… Hasta para un niño de 13 años era palpable el sentimiento de libertad y de crucial oportunidad: había que decidir algo trascendental. Algo, que yo todavía no alcanzaba a entender en profundidad.

Algo que posteriormente fue calificado en el mundo entero como “el ejemplo español”. Fuimos, el caso arquetípico de forma pacífica y respetuosa de transición de un régimen dictatorial a uno impecablemente democrático; y fuimos ejemplo por ello para el resto de las naciones.

Y yo, que sí sé que fue algo colectivamente hermoso, no entiendo con qué intención algunos están empeñados en denostarlo.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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