SUBNORMALIDAD

Normalidad era percibir el verdadero cariño y la naturalidad con que mi madre, me llevaba a casa de mis abuelos para ayudarle a limpiar el culo y darle de comer a la suya con alzheimer… Estuvo haciéndolo durante dieciséis años, hasta que mi abuela se nos apagó muriendo como durmiendo cual si una niña grande acurrucada en su cama. Recuerdo su viejo cuerpecito aovillado sobre sí mismo y en posición fetal… Pesaría veintipico kilos, y lo recuerdo bien porque recién muerta mi madre me pidió con total normalidad que la tomara en brazos, y que con cuidado la acostara en la otra cama limpia que había en aquélla habitación tan vetusta de mis abuelos.

Me crié y fui educado con entera normalidad, y siguiendo casi a rajatabla unos principios hoy tan raros como el de que si no estudias no apruebas, el de que los castigos no se levantan porque el que la hace la paga, ése de que quien no llora no mama, el de que quien bien te quiere te hará llorar, o el clásico aquél de que la letra con sangre entra… Creo, que también tenía entonces bastante claras las principales diferencias entre el bien y el mal, y sabía de los enormes beneficios de tratar a los demás como me gustaría que me trataran a mí… Hoy lo llamaríamos empatía, religión, disciplina o no sé cómo. Pero entonces era lo normal.

La normalidad era que la puerta de mi casa estuviera siempre abierta… Las de los vecinos también lo estaban, y solo había que apartar un poco las persianas para colarse en cualquiera de ellas.

Con toda normalidad y solo ocho años, ya me mandaban sólo a la tienda de Manolo, bien a por una botella de lejía, una bacalá seca, tal vez media docena de huevos, o cuarto y mitad de jamón serrano en lonchas… ¡Y oye, que no me engañaran con las vueltas…! ¡Y cuidado con los huevos no tengas un percance…! ¡Y sobre todo, cuidado con los coches y con las calles: primero mirar y después cruzar…!

También era lo normal a esa edad después del colegio y por las tardes, el que saliéramos corriendo a perdernos en bicicleta por las veredas de la huerta kilómetros y kilómetros… Y por ello, lo normal, era que casi siempre alguno de nosotros volviese lisiado y con algún raspón en las rodillas o en los codos, o bien por un batacazo en la bici, o tal vez por la caída desde lo alto de un árbol debido a las prisas de estar robando fruta para merendar y que te pillara el dueño.

Desde siempre, cuando estabas en la huerta ya fuese jugando o trabajando y si te estabas cagando, lo normal era que te apañaras limpiándote el culo con lo primero que pillaras ya fuesen hojas o piedras, un trozo de cartón viejo, o cualquiera otra cosa que pudiera serte útil para semejante fin… Y normal, también eran cosas como mezclar tierra y orines si te picaba una avispa y restregarte luego con el mejunje para aliviarte.

Insisto, eran cosas normales pero oye: funcionaban.

O nos revelamos, y cuanto antes, frente a tanta tontuna y tanto miedo que pareciera que nos han inyectado contra los virus, el clima, el prójimo o el futuro, o vamos a asistir a la regresión como especie más importante de la Historia de la evolución del Hombre.

Vamos pa’trás.

Y si os fijáis, la cosa se acelera porque hace sólo unos años éramos diríase que normales, y ahora y más con ésto de la pandemia parecemos casi por completo todos unos subnormales… Y por favor, entendamos el adjetivo subnormal simplemente, como todo aquéllo o todo aquél que se encuentra por debajo del umbral de normalidad respecto de una realidad determinada… No vaya a ser, que debido a la corrección del lenguaje éste de mierda y tan moña que padecemos ahora, alguien se la coja con papel de fumar, se dé por aludido, y se me ofenda.

…eeen fin.

Sabéis que os quiero. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

3 comentarios en “SUBNORMALIDAD

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