DESIERTOS

Historias de Paco Sanz ✍️

Están todos sentados de cara al sol, mirando el móvil. Retirados a la paz de un desierto de bolsillo. El desierto crece, ¡ay de aquél que en sí albergue desiertos! Dejamos la celda y el convento, volvemos a la madriguera y al desierto. ¡Vivir en una ciudad de no sé cuántos miles de habitantes, y pensar como si viviera uno en una gruta del desierto!

El desierto es lo bastante hostil y penoso como para incitar a los individuos a un permanente compromiso con el combate, y es lo bastante desolado e inhumano como para acabar con toda efusión de lo efímero. Como lugar al borde del mundo habitable, puede hospedar las paradójicas emociones de aquéllos, que en el mundo no desean ningún otro status salvo el de desaparecidos.

El desierto, no es más que otro nombre para la sombra del mundo en la que se encuentran los hombres, desde que no quieren interpretar ni transformar el mundo sino solo abandonarlo. Vuelve mi caprichosa memoria a las famosas líneas de Tácito: Ubi solitudinem faciunt, pacem apellant: «hacen un desierto, y lo llaman paz”. En el desierto se dice: más vale estar sentado que de pie, más vale estar tumbado que sentado, dormido que tumbado, y muerto que dormido. La paz perpetua.

Esos chicos que he visto esta mañana de invierno, el domingo al sol mirando el móvil, vienen de fuera. La ausencia de domicilio y la existencia en peregrinación, crean espacios excéntricos para la huida de tal manera que aquél que abandona la casa, el peregrino, el extranjero del mundo, lleva constantemente con él su propio desierto, su ermita, su coartada, su excusa… Una estancia, la permanencia sobre el lugar de los hechos, es imposible para esos marginados señalados. Cuando uno tiene permanentemente un espacio de huida alrededor ya no le es necesario huir psíquicamente. La literatura edificante, cuando transformó los pesados volúmenes y códices en pequeños libros, permitió al lector llevar siempre con él su huída a un lugar desierto de bolsillo. Quinientos años más tarde el móvil es un no-lugar, nuestro desierto personalizado.

Para los clásicos, el desierto es el lugar de recogimiento de los profetas, de donde vuelven con su carga de visiones y llenos de energía para sus intemperancias, y consuelan a sus acólitos haciéndoles ver que las celdas proporcionan las mismas ventajas que el desierto a los profetas: «Hoc praestat carces Christiano, quod eremis prophetis…» En el desierto no hay nadie, luego uno mismo desaparece, descansa.

Es un lugar sin sí-mismo. Como las paradigmáticas regiones de la tierra no habitadas por seres humanos: los desiertos blancos (mundo polar), los grises (altas montañas), los verdes (selvas vírgenes), los amarillos (desiertos de arena) y los desiertos azules (océanos)… O todos los lugares de tránsito en los que se juntan seres humanos sin querer o sin poder ligar su identidad a la localidad, a veces concurridos a veces despoblados: estaciones, puertos, aeropuertos, autopistas, calles, plazas y centros comerciales, ciudades turísticas o albergues nocturnos.

¡Cuantos problemas para instalarse en el desierto…! Más espabilados que los primeros ermitaños, nosotros hemos aprendido a buscarlo en nosotros mismos. ¿Hasta dónde podemos caminar con el espíritu de la ciencia sin ir a parar a algún desierto…? La curiosidad científica al principio, es indudablemente refrescante, vivificante y liberadora. Pero las verdades a las que nos hemos acostumbrado carecen de alegría.

Historias de Paco Sanz ✍️

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