A. SÁNCHEZ

¿O más malo que tonto…?

Creo que desde que el Homo es Sapiens, moralmente, hemos reflexionado siempre acerca de las consecuencias que provocan nuestros actos en la vida de los otros. Prueba de ello es que desde entonces, empezamos a plantearmos conceptos abstractos tan valiosos como por ejemplo el del amor; idea, gracias a la cual nos iniciamos en entender la diferencia moral entre el bien y el mal. Y como ejemplo de lo que digo, algo me dice, que también sería simplemente por amor por lo que comenzamos a enterrar con cuidado a nuestros muertos, lamentando su pérdida con lágrimas, y recordándoles con rituales.

Y por detalles así, también me atrevo a afirmar que la mayoría de humanos coincidiríamos en aceptar algunos conceptos, simples pero tan evidentes, como que los crímenes de asesinato, la traición pública o el genocidio, nunca han estado no lo están ahora y espero que no lo estén nunca, al mismo nivel de gravedad moral que los meros y muy comunes delitos de violencia, robo, o estafa… Así, convendréis conmigo, en que hay una gran y significativa diferencia entre perpetrar un crimen o cometer un delito. La infamia de la tragedia y el grado e intensidad de dolor y pérdida que provocan, y la carga de culpa y gravedad del escarmiento moral que merece un acto ya sea un crimen o un delito, nunca, pueden ser comparables; nunca lo fueron; no sería justo.

Comprendo, que en el afán de afirmar la razón de nuestras ideas con palabras, y más si lo hacemos con ilusión y de forma ardorosa o con cierta vehemencia, siempre podemos perder algo de enfoque o de perspectiva al respecto de aquéllas: las ideas que tenemos, las palabras que usamos… Así, los excesos de ilusión, de vehemencia o de ardor, desbocados aunque sólo sea un poco, provocan siempre en nuestros argumentos cierta pérdida de razón, ya que bajo sus efectos tendemos a equivocar conceptos, palabras e ideas, con bastante más frecuencia de la necesaria: vamos, que hacemos el tonto más de la cuenta.

Pero lo que no comprenderé nunca es, que por defender una mera ideología se puedan perder la vergüenza, los principios morales, o la dignidad personal.

Así, que me llevan los demonios cuando compruebo lo peligroso de tu indecencia psicópata, ya que desde nuestra infausta guerra civil has sido el primer hijodeputa que para ser presidente de España, a cualquier precio, se ha atrevido a poner a la escoria proetarra e independentista -que nos asesinó en su día y todavía hoy nos odia- en el mismo plano político y al mismo nivel moral, equiparándola en dignidad a la del resto de políticos decentes, que haberlos haylos todavía.

Con la excusa política de la corrupción y el latrocinio perpetrado por el partido que estaba en el gobierno, pero con el apoyo de etarras asesinos e independentistas traidores y prometiendo elecciones generales inmediatamente tras tu moción de censura, llegaste al poder… Luego, al verte al mando del juguete dijiste eso de «donde dije digo dice diego» y para quedarte sentado en Moncloa, no tuviste empacho alguno en colocar a los enemigos declarados de España en el Gobierno mismo.

Es que se me revuelven las tripas y vomito; pero no por tí, porque al fin y al cabo en el fondo tú eres más tonto que malo por muy presidente que seas, sino porque cuando ejerces como tal tus actos me certifican la ceguera cultural y la podredumbre moral tan abyectas, a las que son capaces de llevar las ideologías de izquierda mezcladas con la estupidez y unas ansias locas de Poder.

Sólo te queda convertirte en un Nicolás Maduro más… El resto, es Historia.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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