MI PRIMO Y LA PEDRADA EN EL OJO

Solo he conocido dos personas que parecieran de verdad felices, y diríase que casi todo el tiempo: una era mi padre y la otra es mi primo Alberto. Ambos, con una hermosa concepción religiosa del mundo y una rara y excepcional bonhomía. No como yo… Mi primo era de los que solo se espantaba si había que matar algún bicho, sirlar algo, mentir, o hacer trampas de alguna forma; para el resto de cosas era de los mejores, y para algunas, era el mejor.

Recuerdo cruzar la calle y entrar en su casa como si fuera la mía y hasta su habitación, tan ordenada y con aquel típico olor a limpio de cuando niños… Tenían mis primos en aquélla, un mueble a medida muy apañado que seguramente les hizo el genio carpintero de mi tío Alberto. Todo estaba a la mano, muy listo mi tío. Podríamos decir que era una especie de armario ropero, pero multiusos, ya que abriendo unas puertas laterales se desplegaban dos escritorios de estudio maravillosos, pensados para que todos los detalles, cajones, secreteres y recovecos, contribuyeran a la concentración en el estudio.

No tanto así su hermano Gregorio, pero lo de mi primo Alberto es que era un primor: tan pulcro… Asomarse a su despacho (así llamaba a su escritorio) era ver cómo ordenaba las gomas de borrar por tamaños y según si de lápiz o si de boli; tenía los lápices de colores perfectamente afilados y ordenados de mayor a menor tamaño e intensidad: verdes, rojos, amarillos y azules, juntos, pero no revueltos.

Cuando comparaba sus cuadernos de apuntes con los míos, me daba cuenta de la calidad del detalle con el que mi primo veía el Mundo. Pasados a limpio, caligrafía impecable, subrayados rectos hechos con regla, párrafos cuidadosamente escritos con bolígrafo de distintos colores, nada de tachones, dibujos perfectamente coloreados y escuetos, didácticos… Aquel rincón suyo tan limpio y ordenado evidenciaba, que mi primo tenía que ser necesariamente una gran persona, ya que yo era un sinvergonzón desordenado.

También sacaba sobresalientes cada dos por tres el tío… Una máquina.

……….

Recuerdo cuando le dimos la pedrada a Gregorio; los dos, en las gafas. Casi le escurrimos un ojo… Jugábamos a lanzarnos piedras a ciegas, por encima de las ruinas del antiguo Liceo de Almoradí, y claro, no nos teníamos a la vista. Las piedras volaban como locas por arriba de aquel montón de escombros y había que estar muy muy atento para no llevarte una buena pedrada; no eran muy gordas, peeero… A éso jugábamos: a correr riesgos.

Le oímos gritar… Arrancamos a correr a horcajadas saltando y rodeando aquellos ripios del Liceo, cuando nos lo encontramos con las manos en la cara, tapándose el ojo derecho chorreando de sangre; las gafas en el suelo, uno de los cristales roto… Estábamos a un par de kilómetros de casa y asustados, alarmados por la sangre, echamos los tres a andar casi corriendo hasta que llegamos de vuelta.

Cuando mi tía espantada vio el susto que traíamos, y nos preguntó que qué había pasado, me lancé yo y dije que una pedrada en el ojo… Y cuando mirándonos fijamente a Alberto y a mí y con los brazos en jarra, volvió a preguntarnos que quién había sido el culpable, fue mi primo el que se arrancó solidario y le dijo, con dos cojones: que los dos, que nosotros dos, él, y yo… Y era la verdad, y era toda la verdad porque nunca podremos saber en forma alguna con certeza, quién fue el que arrojó la piedra aquélla, si él, o yo.

Mi primo Gregorio no solo no perdió su ojo derecho, sino que le quedó una cicatriz muy chula y que a día de hoy todavía le confiere un rasgo facial muy particular, e incluso atractivo.

…eeen fin.

¡Qué suerte tenemos…! 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

2 comentarios en “MI PRIMO Y LA PEDRADA EN EL OJO

  1. Ese olor a limpio de la infancia…Un paraíso perdido…ese olor a limpio y esa luz que ahora ya no parece existir…
    Por cierto, y para mi vergüenza, yo era (y soy) de los que llevaba los apuntes en los bolsillos, arrugados y desastrados…a ciertas profesoras, de esas pulcras, esto les horrorizaba y trataban por todos los medios de corregirlo, sin éxito. No obstante, era un buen método de estudio, en cualquier lugar, y para encontrar el papel adecuado, acababa releyendo todos los apuntes sin esfuerzo (salvo por la letra) y se iban quedando en el caletre.
    Un saludo.

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