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LA PEDIDA…

Estoy más nervioso que cuando mi primera comunión. De verdad. Mañana traes a mi yerno para presentármelo. ¡Qué graciosa…! ¡Qué graciosos los dos…! Te quiero 💕 Antes, lo llamábamos ‘La Pedida…’

Él es muy joven y tú eres muy muy joven; nada nuevo bajo el sol. ¡Qué envidia empezar de nuevo el Mundo…! Peeero, a ver qué digo yo mañana.

¡Ufff, que nervios…!

No me puedo poner muy trascendente porque es la primera vez que veo al chico, y no vaya a ser que se me asuste o me tome por un pesado. Por otro lado, tú, no me has dicho ni mucho ni gran cosa del zagal: que es muy trabajador, eso sí; y que te trata como a una reina.

Y no está mal, y no es poco…

…Y la verdad, que el resto son zarandajas o pajas mentales que yo me hago, porque las últimas palabras de mi madre, fueron: «la cuestión, es que vosotros estéis bien…» Y es un tópico, típico, o lo parece, o una frase hecha, pero en el fondo es lo único importante. Hacer feliz al otro: procurar que el otro sea feliz… La felicidad, o mejor dicho, los pocos y efímeros momentos de felicidad auténtica de los que a veces podamos disfrutar, nunca lo serán si no son compartidos… No hay felicidades solitarias salvo la masturbación, escribir, contar dinero, y poco más.

Yo solo querría decirle a Romeo que ya que se lleva del brazo una señorita tan bien amueblada, corresponda, portándose siempre como un caballero… O le parto una pierna.

Bueno, eso último no. 🤣😂

Es broooma.

Tu padre… 💕

MI PRIMO Y LA PEDRADA EN EL OJO

Solo he conocido dos personas que parecieran de verdad felices, y diríase que casi todo el tiempo: una era mi padre y la otra es mi primo Alberto. Ambos, con una hermosa concepción religiosa del mundo y una rara y excepcional bonhomía. No como yo… Mi primo era de los que solo se espantaba si había que matar algún bicho, sirlar algo, mentir, o hacer trampas de alguna forma; para el resto de cosas era de los mejores, y para algunas, era el mejor.

Recuerdo cruzar la calle y entrar en su casa como si fuera la mía y hasta su habitación, tan ordenada y con aquel típico olor a limpio de cuando niños… Tenían mis primos en aquélla, un mueble a medida muy apañado que seguramente les hizo el genio carpintero de mi tío Alberto. Todo estaba a la mano, muy listo mi tío. Podríamos decir que era una especie de armario ropero, pero multiusos, ya que abriendo unas puertas laterales se desplegaban dos escritorios de estudio maravillosos, pensados para que todos los detalles, cajones, secreteres y recovecos, contribuyeran a la concentración en el estudio.

No tanto así su hermano Gregorio, pero lo de mi primo Alberto es que era un primor: tan pulcro… Asomarse a su despacho (así llamaba a su escritorio) era ver cómo ordenaba las gomas de borrar por tamaños y según si de lápiz o si de boli; tenía los lápices de colores perfectamente afilados y ordenados de mayor a menor tamaño e intensidad: verdes, rojos, amarillos y azules, juntos, pero no revueltos.

Cuando comparaba sus cuadernos de apuntes con los míos, me daba cuenta de la calidad del detalle con el que mi primo veía el Mundo. Pasados a limpio, caligrafía impecable, subrayados rectos hechos con regla, párrafos cuidadosamente escritos con bolígrafo de distintos colores, nada de tachones, dibujos perfectamente coloreados y escuetos, didácticos… Aquel rincón suyo tan limpio y ordenado evidenciaba, que mi primo tenía que ser necesariamente una gran persona, ya que yo era un sinvergonzón desordenado.

También sacaba sobresalientes cada dos por tres el tío… Una máquina.

……….

Recuerdo cuando le dimos la pedrada a Gregorio; los dos, en las gafas. Casi le escurrimos un ojo… Jugábamos a lanzarnos piedras a ciegas, por encima de las ruinas del antiguo Liceo de Almoradí, y claro, no nos teníamos a la vista. Las piedras volaban como locas por arriba de aquel montón de escombros y había que estar muy muy atento para no llevarte una buena pedrada; no eran muy gordas, peeero… A éso jugábamos: a correr riesgos.

Le oímos gritar… Arrancamos a correr a horcajadas saltando y rodeando aquellos ripios del Liceo, cuando nos lo encontramos con las manos en la cara, tapándose el ojo derecho chorreando de sangre; las gafas en el suelo, uno de los cristales roto… Estábamos a un par de kilómetros de casa y asustados, alarmados por la sangre, echamos los tres a andar casi corriendo hasta que llegamos de vuelta.

Cuando mi tía espantada vio el susto que traíamos, y nos preguntó que qué había pasado, me lancé yo y dije que una pedrada en el ojo… Y cuando mirándonos fijamente a Alberto y a mí y con los brazos en jarra, volvió a preguntarnos que quién había sido el culpable, fue mi primo el que se arrancó solidario y le dijo, con dos cojones: que los dos, que nosotros dos, él, y yo… Y era la verdad, y era toda la verdad porque nunca podremos saber en forma alguna con certeza, quién fue el que arrojó la piedra aquélla, si él, o yo.

Mi primo Gregorio no solo no perdió su ojo derecho, sino que le quedó una cicatriz muy chula y que a día de hoy todavía le confiere un rasgo facial muy particular, e incluso atractivo.

…eeen fin.

¡Qué suerte tenemos…! 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

LA MUÑECA HINCHABLE 😳

EL MITO… 😎

Al igual que ahora cambiamos lo de tener hijos por adoptar mascotas y lo hacemos con naturalidad y por comodidad y economía, llegaremos a cambiar la compañía por la conveniencia; preferiremos lo que nos gusta, a lo real.

Acabo de ver la película «El hombre perfecto» y me ha llevado a la de «Inteligencia Artificial». Y a la misma conclusión que saqué cuando vi la de Kubrick: la clave, es el amor… Los problemas surgen cuando lo que quieres es follarte al robot, o sustituirlo por algo a lo que amar: un gato, hijas, compañía, o profundidad…

Todo aquél que ame a una máquina es tonto perdido; el que se pudiera amar a una máquina es en sí mismo un oxímoron, un contradiós; pero el que puedas tomarle mucho cariño a un artefacto, a un chisme, es algo que nos podría pasar a todos.

Quiero a mi Renault Megane casi como a un hermano; muchísimo, porque hemos hecho juntos cuatrocientos y pico mil kilómetros durante casi veinte años y los ha hecho sin rechistar. ¡Con dos cojones…! Me ha proporcionado al volante momentos de placer indescriptibles. Y ahora, he empezado a cambiarle piezas al pobre: que si los amortiguadores, los manguitos de presión y no sé qué del turbo; jamás había tocado frenos, balancines, cojinetes, bielas, soportes de motor, ni nada parecido… Por otro lado, pendiente de cómo sonaba, siempre he estado atento a si aparecía un ruidito por aquí o una vibración extraña por allá. Lo cuido tanto, que tengo una pesadilla recurrente en la que pierdo ese coche y vago como un loco buscándolo; lo chocante, es que siempre lo pierdo estando de juerga y en ciudades que conozco bien… Son cosas de los sueños y el amor, y siempre, y solo cuando despierto, veo que mi coche sigue ahí, junto a mí.

Un día me sorprendí dándole unas palmaditas cariñosas en el salpicadero: ¡Buen chico…! creo que le dije.

Follármelo no, pero creo que podría tomarle cariño y hasta hacer amistad, con algo, que estuviera siempre pendiente de mí, atento a lo que quiero, que aprendiera de lo que enseño; que me ayudara a ir al baño si me cago y no puedo ir sólo; o que tuviese siempre una respuesta que me apañe… Algo así como una mezcla de «Alexa» y del barman imaginario de la película «El Resplandor». Por cierto, también de Stanley Kubrick.

Los japoneses han constatado que su tan tecnológica sociedad, ha empezado a tomarle cariño a los robots que les atienden. Se inclinan ceremoniosos ante ellos dándoles las gracias cuando reciben un servicio adecuado. Yo, espero no hacer jamás algo así, peeeero… Nunca se sabe, acordaos de las palmaditas en el salpicadero de mi coche.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LO SENCILLO

Historias de Paco Sanz ✍️

Pretendo elogiar la sencillez porque a la sencillez vamos, me alegran el alma las cosas sencillas, como el hogar, como el fuego del hogar, allí: “Encendido en palabras puras/ el fuego conversa conmigo./ Como un abuelo labrador,/ de cenizas encanecido,/ llamea en su boca barbada/ un consejo de campesino./ Y tiene sencillez de campo,/ sencillez de ropa de lino,/ sencillez de pan de centeno,/ sencillez de ataúd de pino./ Un poco de cielo desciende/ al humoso ademán tranquilo”.

Vamos hacia una sencillez de vida, no del sentido de la vida. No me gusta la pobreza, y menos cuando empieza a parecerse a la miseria; cuando el hambre es de pan, no tiene maldita la gracia. Tenemos que aprender a vivir sencillamente para que los demás, sencillamente, puedan vivir. Mejor encontrar sentido a verlo así. La simple vida no debería preferirse a las razones para vivir, sencillamente porque nada garantiza que en la vida hallemos razones suficientes para exigir que dure.

Si desconfío de la bondad, de la ambición o la codicia, todavía desconfío más de los que vienen con milongas de que es mejor vivir más sencillamente. Los llamamientos a una «vida sencilla» realizados sin desafiar la producción y las relaciones sociales capitalistas, significan potencialmente salarios más bajos, consumir menos y una mayor explotación laboral, pudiendo acelerar de este modo tanto la acumulación capitalista como la degradación ecológica. La injusticia, a muchos niveles.

Soy un pensador, es decir, me dedico a tomar las cosas por más sencillas de lo que son. “Mis gustos son sencillísimos: siempre estoy satisfecho con lo mejor”. Sarcasm is the lowest form of wit, but the highest form of intelligence. Por cortesía hay que expresarse con claridad. La claridad es la cortesía del filósofo. Con el paso del tiempo uno aspira a lograr no la sencillez, que no es nada, sino una humilde y secreta complejidad.

Einstein matizaba diciendo que había que explicar las cosas tan sencillamente como pudiera, pero no más. Einstein era partidario de un ideal de vida que él llamaba “el ideal de la pocilga”, de una existencia caracterizada por la sencillez, la modestia y la frugalidad; movida por el conocimiento de que nuestro hacer se apoya siempre en el trabajo de otros, respetuosa de las tradiciones y orientado hacia la belleza, es decir, hacia la bondad y la verdad.

“Toda situación difícil tiene una solución sencilla… y equivocada”. ¿Qué es un discurso cuyas características principales son la sencillez, la rapidez y la distracción-emoción? La respuesta aparece muy clara: un discurso infantilizante.

Renunciaremos a la tontería del lujo, la renuncia no quita, la renuncia da. Da la fuerza inagotable de lo sencillo. Su fórmula espacial es la profundidad de la distancia. Como San Francisco, que en la desnuda y despojada sencillez de su vida, no quiso desprenderse de su único jirón de lujo: las buenas maneras de su excelente educación.

Historias de Paco Sanz ✍️

DOS COSAS ME GUSTARON

Ya nos conocíamos tiempo ha, pero salíamos juntos solo desde hacía dos o tres meses. Él estaba deseando que sus dos hijas me conocieran, pero como hacía poco de su separación, con mucho tacto y para presentármelas, me pidió si no me importaba que hiciéramos como que un día, yo, aparecía paseando cerca de su casa, digamos que por casualidad… Para que no pareciese que había habido algo que él no les había contado, hizo creer a sus hijas que ellas formaban parte del inicio de nuestra relación. Quiso que fuese algo bonito, compartido con ellas, cosa de los cuatro… El que me pidiera tan sinceramente tener aquella especial precaución para con sus hijas, en el fondo, creo que fue una de las cosas que más me gustó.

Más tarde, me escribió:

«…Entraste en sus vidas con el revuelo de tu larga falda ondeada por el viento de lebeche, paseando por la playa… Estábamos sentados en el porche, los tres; ellas dos jugaban y a mí me mordían los nervios. Serían las doce del mediodía cuando, como teníamos pactado, te nos apareciste digamos que por casualidad, caminando… Vimos una especie de hermosa hippie con el pelo largo y revuelto también por el lebeche, que se nos acercaba, esgrimiendo una irresistible sonrisa de boca grande y una mirada gris verdosa indefinida, que nos provocaron una muy atractiva sensación… Llegaste, nos miramos, me cucaste un ojo, y nos saludaste cómplice y fingidamente extrañada por el muchísimo tiempo que llevábamos sin vernos, y tal… Al ver mis hijas lo muy amigos que parecíamos y lo tristón que estaba yo, y como se ve que les gustaste, cual pequeñas pícaras celestinas y entre miradas y risitas, de inmediato, te invitaron a comer con nosotros una pizza que, casualmente, teníamos ya preparada

Reconozco que aquel día me gustaron especialmente dos cosas y la primera fue aquella precaución inicial suya… La segunda, ahora os la cuento.

Al menos él sí había dormido la siesta, cuando nos propuso lo de ir a dar una vuelta por ahí. De repente, tuvo el valor de disponerse a salir a la calle con el bañador aquél chillón rojinegro de hojas y frutas, a juego con una camiseta marinera blanca con rayas horizontales algo ajustada; además de con unas zapatillas deportivas, que creía él, combinaban a la perfección con calcetines de media caña blancos de los de franjas azules y rojas… Tal, que parecía un alemán viudo de ésos que viven en Torrevieja y van todo el año con sandalias marrones y calcetines azul marino de entretiempo, puestos además de bermudas caquis combinadas con camisas tropicales; así, pero como más atrevido.

Lo primero que vi fue el gesto de resignación en la cara de su hija la mayor; su padre iba hecho un sayón, un hortera… Menos mal que luego cuando él me miró, y luego se miró él, me preguntó levantando las cejas aquéllo de:

– ¿No…? 😳

No le dije ni media, solo bajé la mirada meneando la cabeza casi imperceptiblemente, y conteniéndome de decirle aquello de ‘alma de cántaro…’

Y hubo, en ese momento un instante de silencio y de extraña sintonía entre nosotros. Se dió la vuelta, volvió a entrar en casa, y al rato salió, digamos que bastante menos rocambolesco en su vestir… Y justo en ese instante, me enamoré.

…eeen fin. 😂🤣

Gracias por leerme 🙏 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

UNA PIEDRA EN EL CAMINO

Se nos perdía cada dos por tres… Solo tenía setenta y nueve años y todavía podía caminar pese al alzheimer manejándose apoyado en su bastón; pero el gran, el verdadero problema era, que no podía quedarse sólo ni quieto un instante so pena de armar un lío de mil demonios en cuanto nos descuidásemos.

Debido a su costumbre tenía la manía de seguir haciendo de comer todos los días, y o bien cocinaba disparates dado que el pobre no recordaba ya receta alguna, o bien provocaba problemas también disparatados y catastróficos, cuando a discreción se dejaba por ahí aparatos eléctricos conectados, grifos abiertos o fuegos encendidos… Y no te digo nada del trajín que teníamos todos los días con la flojera de sus esfínteres, o con lo cada vez más soez de su vocabulario cuando le contravenías.

Hacía un calor infernal de tarde de finales de agosto quemada por tanto verano; el asilo, estaba a menos de kilometro y medio saliendo del pueblo por la vereda aquélla que hacia poniente, parecía que se perdía en la huerta… Todo el mundo sabía que el camino ése terminaba, se acababa justo, frente a las rejas de la puerta del vetusto edificio monacal que desde hacía tantos años servía de moridero municipal. También se ve que todos los vecinos se consolaban sabiendo, que de sus pobres usuarios y de sus cuidados postreros, ya se encargaría el grupo de frailes anónimos consagrados a tan piadosos fines y que desde siempre, regentaban ese lugar crepuscular tan al final de la vereda.

Dócil como era él, con pasos cortos y confiado, mi padre echó a andar a mi lado como era su costumbre. Ambos, en silencio, caminábamos acompañados solo por los ruidos del chirriar de las cigarras y el del ritmo cansino del golpe de su bastón contra el suelo, a cada paso. Tac, tac, tac… Mucho calor; no llevaba agua conmigo; ya faltaba poco para llegar… A solo medio kilómetro, el viejo se paró en seco respirando de forma agitada con claros signos de cansancio. Sin decir ni media se apartó, y se sentó en una piedra bajo la sombra de una de las moreras centenarias plantadas junto al camino.

Una algarada de niños gamberreando en bicicleta me hizo girar hacia atrás la cabeza, cuando vi a mi hijo y sus amigos acercarse por la vereda… Nos reconocieron al instante, y rápidamente, llegaron hasta donde estábamos envueltos en una polvareda derrapando y frenando con la bicicletas inclinadas y ladeadas.

— ¿Donde vais papá…? ¿No estás un poco lejos para andar con el abuelo por ahí…?

Todos los jovenzuelos nos miraban y la inocente extrañeza de mi hijo me conmovió hasta el tuétano.

Justo en ese momento, y sonriendo, mi padre de repente nos miró él diríase que en uno de sus extraños instantes de lucidez, y como sin venir a cuento, nos gritó asombrado y como feliz aquéllo de:

— ¡Coooño, qué casualidad, en esta misma piedra se sentó a descansar mi padre cuando lo llevaba al asilo…!

Hubo un impasse de silencio en el que todos nos miramos estupefactos, pero con atención; mi hijo y yo con extrañeza. Luego, el viejo parpadeó como que lentamente, y volvió a no mirarnos otra vez perdiéndose no sé dónde por el alzheimer… En aquel momento el tiempo pareció coagularse, suspenderse durante unos segundos; al menos para mí.

— Volvemos a casa Papá, tu nieto tiene razón, estamos muuuy lejos.

…eeen fin.

Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

……….

Morir bajo tu cielo.

LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Si salías morías o matabas; igual que ahora que también estamos encerrados.

«Morir bajo tu cielo» creo humildemente que es una Obra Maestra. Pero sinceramente no sé si porque es una gran obra de la literatura -no tengo en absoluto criterio para si quiera opinar de algo así- o porque con su creo que genialidad, simplemente ha removido en mí unos sentimientos e ideas que no sé porqué me veo impelido a compartiros…. Hacía mucho tiempo que nada había logrado excitarme así el recuerdo, de que la hispanidad es más que solo España; de ahí Las Españas.

Es una novela que nos devuelve el heroísmo; el Quijote hispano; lo español… En una de las versiones más íntegras, más reflexivas y eruditas que yo recuerde de este pasaje, apasionante y por desgracia muy mal conocido de nuestra inmensa Historia.

«Morir bajo tu cielo» es la historia de una más de nuestras muchas gestas como pueblo; cándida en su relato pero de una profunda intensidad, compleja, sincera; arrebatadora en la vehemencia de su expresión léxica; poética incluso… Una obra redonda donde la investigación, la trama y los personales, pero sobre todo el lenguaje español, las palabras en español, constituyen un referente, una norma y un objetivo en el que fijar la atención.

Es una especie de piropo u homenaje a la compleja y amplísima historia de ésta nuestra lengua: El español. El verbo prístino y rebuscado que el autor utiliza es, en sí mismo, un viaje a la hondura de nuestro pasado y a la profundidad de ésta la historia a contar.

Como medio, genial para iniciar dicho viaje, el autor nos propone algo tan sencillo de usar como un diccionario. Porque sí, os lo advierto, éste es un libro que hay que leer necesariamente con un diccionario al lado tuyo.

Este autor, de verbo política y genialmente incorrecto disfruta, se regodea; nos grita a la cara y con razón cuán poco usamos y menos conocemos, la complejidad de las palabras y expresiones que un idioma tan hermoso y exacto como el nuestro, permite utilizar a la hora de definir con precisión nuestras emociones.

Sagaz, oportuna e inteligentemente el autor se ríe de nosotros, nos reta. Nos vacila mediante geniales fuegos artificiales lingüísticos que constantemente nos absortan, y nos obligan irremediablemente a buscar el sentido de ese rizo léxico; asombrándonos luego con su idoneidad y exactitud.

Es un juego de muchísimas páginas; un maravilloso y emocionante juego al que jugar éstos días.

Excelente novela histórica. Os la recomiendo encarecidamente.

¿O tenéis algo mejor que hacer…?

Buscad en YouTube la película; pero no la mierda que hicieron hace unos años. Buscad el clásico.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

curas, raros, y maricones.

Es muy difícil y sé que sin cobrar, no hago del todo bien escribiendo en bruto sobre temas tan escabrosos, políticamente no ya incorrectos sino cuasi prohibidos, y que entran en conflicto incluso, con algunas de mis propias convicciones. Espero que curas, maricones, raros y otros, tengan el cuajo necesario para terminar de leerme sin juzgarme ya que yo sí intento tenerlo en la precisión y en el cuidado al escribir. Tanto es el cuidado que cuando leáis «cura», y para respetar este lenguaje inclusivo de mierda, digáis: «y monja…»

……….

El Dios, que mis padres con bondadoso ahínco pero con poco éxito pretendieron inculcarme, fue el cristiano; y éste amaba a todos sus hijos por igual y sin hacer distinción alguna. Ninguna.

Y recuerdo que por pura bondad, fue la beatífica fe de mi madre la que probó durante algún tiempo a ver si yo me animaba, llevándome tooodos los domingos de visita a ver a mi primo al seminario de Orihuela.

De nada sirvieron aquellas cándidas jornadas catecumenales o los fervorosos ejercicios espirituales en el colegio Estella Maris; tampoco los obligatorios y cansinos rosarios de los miércoles; ni su tierna insistencia materna. Y es que yo -su gozo en un pozo- ni era ferviente ni maricón; era raro éso sí. Sensible e introvertido, cabezón, y confieso que algo viciosillo. Ya entonces había empezado a fumar y a otras cosas.

Desde siempre casi todos aquéllos de familias pudientes, y otros muchos de familias solo acomodadas, terminaban consintiendo el ser curas; y si eran muy pobres monjes. Así, tomar los hábitos era una forma digamos que de búsqueda de escondite o de amparo, o de simple futuro. En aquellas sociedades pacatas, puritanas y atrasadas, muchos maricones que podían se refugiaban bajo la sotana y el presunto celibato, pero para que no los clavaran -pobres de ellos- por el culo en una estaca por sodomitas. Es duro pero era prácticamente así. Y eran la sotana y los cachivaches eclesiásticos símbolos escondites, tras los que sin duda a veces se camuflaban ciertas inclinaciones.

Para ser maricón al igual que para ser cura, necesariamente tienes que poseer algo raro y especial, y tienes que esconder cosas… Eso de los curas de consagrarse a Dios y renunciar a los placeres del mundo, o a todo lo contrario en el caso de los maricones, debe de ser duro, muy duro… Sólo se concebía el cura bien para consagrarse al amor de una verdadera vocación y a una fe, bien para disimular unos malditos instintos bujarrones, o para enclaustrar otras enfermizas rarezas también instintivas. Siempre había sido lo normal y la usanza; era un hecho incontrovertible: curas, raros, y maricones.

Hace años no había muchas veces nadie mejor que un cura para escucharte, acogerte, y entender tus rarezas... Deseos, piedad, compasión y onanismo; vicios veniales y secretos íntimos; pero seguro también que mucho y verdadero amor. El cura, al igual que el maricón siempre se ha hecho muchas pajas; pero no tiene porque haber nada malo en un sexo cohibido, íntimo, ocultado. Amor, simplemente amor; tanto en el cura como en el maricón.

A mí he de confesar que en el fondo, ambas me parecen tiernas rarezas muy similares: unos dicen enamorarse de sus semejantes, y los otros dicen enamorarse de Dios. ¿Hay alguna diferencia…? ¿Dónde meten la polla, dónde ponen su empeño…?

Ser maricón te convertía antes, y ser cura te convierte ahora, en víctima por un amor secreto, denostado, incomprendido.

Por ello, no acierto a entender el porqué se llevan hoy tan mal los maricones y los curas si siempre han ido de la mano y dormido juntos. Y tampoco entiendo el porqué la sociedad hoy es tan indulgente con los maricones, y sin embargo, le tiene tanta tirria revanchista a los curas candorosos. Los vicios y virtudes de ambos colectivos siempre han sido muy parecidos: amores ocultos y secretos de confesión; mucha paja, y sensibilidad especial ante la belleza y la bondad; y una enorme capacidad para entregar amor.

Deberían ser los maricones ahora que no son perseguidos, quienes se apiadaran compasivos de la gente a la que se persigue por una fe justa, sea cual sea el tipo amor que la inspira. A lo mejor, los maricones siempre han estado más cerca de Dios.

Y si los maricones actuales escarbaran en el clero -que no en la Iglesia- encontrarían seguro hermosísimas historias teresianas de amor maricón, con las que ilustrar su dignidad y su lucha a lo largo de la Historia.

Siempre ha habido curas, maricones, y raros. Y ninguna de las tres condiciones tienen porqué ser malas per sé... Sólo son meras formas de amor.

Pero hoy en día, parece ser que la Fe, el culo y el cerebro, no se llevan bien.

eeen fin…

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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El día de la Madre 💕

— Mamá, tápate los ojos…

A sus ocho años se había gastado la mañaca prácticamente todos sus ahorros comprándome aquella preciosa redoma de perfume. Sé, que se quedó prendada más del brillo y las formas sinuosas de la botellita de cristal tallado que de su contenido oloroso… Fueron los destellos esmerilados del envase lo que la hipnotizaron, lo que la hizo escoger ese regalo y no otro.

Hace ya muchos años de aquéllo, y mi hija no recuerda olor ni nombre de perfume alguno, ni de cómo era la caja o el envoltorio. Pero de lo que sí se acuerda es de las formas sugerentes de aquella filigrana de cristal rosado que, como si un caleidoscopio brillaba al girarlo teniéndolo en sus manos.

— Tápate los ojos mamá.

Estaba frente a mí, y lo llevaba preparando desde hacía mucho. Nerviosa perdida por la emoción de hacerme su regalo el día de la Madre, giró sobre sí misma, abrió la caja, y sacó el perfume de espaldas como a hurtadillas, como con suspense: quería entregármelo ella en persona y con sorpresa.

Un poco ceremoniosa se dió la vuelta con la botellita en la mano, y mirándome embelesada y sonriente comenzó a caminar acercándoseme, cuando de repente, aquel traspiés… Y la botellita volando por los aires recién sacada de su caja.

…eeen fin.

Mi mejor regalo. 💕❤️💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

COSQUILLAS… 🤣😂 💕

Cosquillas… Nada te gustaba más; pocas cosas creo que te gusten más. Caricias, pellizcos y sustos; risas, carcajadas irresistibles. Cosquillas de tranquilidad o cosquillas en las costillas, tú elegías… Te meabas de la risa.

Estar a tu lado siempre ha sido un deleite tal, como el de aspirar la nota dominante de un perfume maravilloso; aquélla, realza en su fondo el matiz del resto de los aromas que lo componen, y es justo la esencia que provoca más placer al aspirarlo. La tuya es intensa, nota dulce, amaderada, un fondo floral: un deleite como a miel de nardo, a rosas pasadas… Hueles, diríase que a tus abuelas y a sus madres; a algo familiar, maternal, como una especie de olor a regreso.

Un verdadero tesoro, una joya valiosísima; alguien para presumir… Eres preciosa, pero no tanto por lo indudable de tu precio o lo adorable de tu belleza, sino por el valor de para las muchas cosas que vales.

Tenemos tanto que contarnos que daría igual por donde empezásemos.

Éramos unos novatos. Tanto para mí, pero más para tu madre, eras nuestra primera hija y se ve que por eso no pude entrar en el paritorio para asistir a tu venida; la cosa parece que se nos complicó un poquito… Y menos mal que no me dejaron entrar porque como bien sabes, yo sólo hubiera servido para complicarlo todo más. Se ve que soy demasiado impresionable, un mierdaseca en los hospitales; me mareo con una facilidad pasmosa, y a menudo termino tirado por ahí en el suelo chorreando de sudor con la mirada perdida y blanco como el papel.

Pero como si para entregarme un regalo se tratara, me llamaron estando en la sala de espera, y llegaste a mi vida en forma de la aparición de un hermoso querubín… Nunca olvidaré el instante de acercarme y verte por vez primera. Poco a poco, te me apareciste Iluminada y caldeada, tan sólo por el arrebol del haz de luz de aquella bombilla roja colgada sobre tu cuna, situada en el recoveco de una sala en penumbra junto al paritorio. Recuerdo mi asombro al acercarme, despacito, como con mucho cuidado, y ver de repente lo precioso de una hembra tan tan pequeña… Era nuestra primera vez juntos. Mi primera vez. Acababas de llegar.

Y al verte así tan de cerca y por vez primera, mi vida entera no solo cambió sino que dio un vuelco… Diríase que en ese momento como que crecí de golpe, me agrandé; y que al mirarte con tanto detalle, por amor, transmuté, convirtiéndome de repente y para siempre en otra persona.

Tu padre.

No había vuelta atrás… En ese momento terminé de hacerme mayor, aunque sabes bien que nunca me ha entrado del todo el conocimiento.

…eeen fin.

Sabes que te quiero mucho, muchísimo. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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La zapatilla voladora 💕

Ya te habíamos dicho varias veces que dejaras la nevera quieta, que en un momento sacaríamos los helados… Era uno de esos frigoríficos de dos puertas con el congelador abajo; la puerta inferior te llegaba más o menos a la altura de la cabeza, y no parabas de darle estirones con ahínco para abrirla y cogerte un cucurucho de chocolate. Tendrías cuatro años… Que si Paula déjalo ya, que si Paula para, que si Paula mira que me enfado.

— ¡Paula Coooño…!

Naaada, ni caso, tú a lo tuyo, por un oído te entraba y por el otro te salía. Hasta que claro, tanta fuerza e insistencia dieron su fruto, y te diste un buen portazo en los hocicos. Se abrió de golpe aquella puerta, y tan fuerte tiraste de ella como fuerte te golpeaste, ya que caíste sentada en el suelo algo aturdida pero eso sí, con el congelador abierto, claro.

Tuvimos que contener la risa al verte allí en el suelo mirándonos, pobrecilla, con los ojos como platos y un amago de pucheros asomando en tu rostro por el susto y por el golpe.

Peeero… ¡Ahhh amiga…! Cuando viste que nos reíamos de tí, en sólo un instante y cual si una gata iracunda, el gesto en tu cara tornó del casi llanto a la rabia. Herida en tu amor propio te levantaste de un brinco, y con ese gesto erizado de gata rabiosa enseñando los colmillos, nos gritaste desafiante aquéllo de:

— ¿Y vosotros de qué os reís, coño.?

…silencio.

Y diste un portazo cerrando la puerta del congelador, pero como con desdén, sin coger siquiera el helado; y echaste a andar dándonos la espalda como un torero tras un percance, con chulería.

Desde tu primer día conmigo he sentido siempre la suerte de saber que eres alguien muy especial: Mi Caramelo de Fresa. Ha sido siempre un lujo el sentir un cariño tan sincero como el tuyo, y que además, tiene en suerte el poseer ese atractivo tan irresistible que tienen los desafíos… Eres adorable aunque dura y directa; difícil pero cariñosa y generosa; detallista y lista, muy muy lista. Una verdadera joya de señorita más que bien amueblada, dotada de una energía y fuerza interiores tal cual si alojara bombas en sus adentros… El atractivo de la belleza sumado al atractivo del peligro, de la complejidad, del riesgo… ¡Qué peligro…!

……

Chocábamos con demasiada frecuencia porque aunque tenías solo ocho años, presentías la ruina de tu entorno familiar pero no lo comprendías. Y como soy tu padre recuerdo, y creo, que tu actitud rebelde e inquisidora se debería en gran medida a que no te explicabas, pobrecilla, el porqué queriéndonos tanto estuviésemos separados; ni entendías, el hecho de que hubiese sido yo el que se había tenido que ir de casa.

Volvíamos a casa de Manuela después de estar en la playa todo el día juntos, y de verdad, que no logro acordarme de cuál fue la espoleta que esa tarde hizo que explotásemos los dos… Fue un gesto aquél que no había tenido nunca con vosotras, y es curioso, porque aunque lo intento no logro recordar nunca, el motivo en concreto por el cuál enfadadísimo te lancé aquel alpargatazo tirando a dar.

Te rozó la nariz aunque apunté al cuerpo; y menos mal que no te di de lleno porque de veras que lo tiré con ganas… Te quedaste de piedra inmóvil mirándome ojiplática, y sorprendida, rabiosa y casi al punto del llanto, aún, me retaste:

— ¿Papaaá, me has tirado una zapatilla a la cara…? Lo dijiste con retintín, clavándome con la mirada.

— ¡De zapatilla nada niña…! ¡Lo que te he tirado es un alpargatazo y si te sigues portando así tengo otro preparado…! ¡Mira…! Dije descalzo, esgrimiendo tristemente el otro alpargate como mi última bala en la recámara.

Recuerdo que como lobas, se lanzaron sobre mí tu hermana y Manuela al oír nuestra trifulca en el salón:

— ¡Papá, no creo que tirarle una zapatilla sea la mejor manera…!

— ¡De zapatilla nada, un alpargatazo es lo que le’tirao...!

— ¡¡Antooonio, escucha a tus hiiijas…!! Terció Manuela.

…eeen fin. 💕

Que te quiero mucho muchísimo… 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¡Qué buen vasallo…!

Fui Yo, y no vosotros, el que derramó la sangre necesaria para borrar las taifas de nuestra piel de toro, aportando un torrente incesante de vidas durante ochocientos años; luchando por nuestras leyes, luchando por nuestros reyes… Con mi trabajo, mi servidumbre y mi férrea voluntad, fui Yo quien os unió y conquistó las tierras de América y del mundo, con la catarata del sacrificio constante de mis hijos.

¿Quién recorrió por primera vez este Orbe; quién lo poseyó por vez primera? ¿Quién fundó la primera nación moderna; reinventó la ciencia, la armada…? ¿Quién revolucionó el arte de la guerra con la infantería y los tercios, honrando y defendiendo vuestro pabellón por la tierra toda…?

¿Quién, por otro lado, inventó también la novela moderna, transformando la filosofía y la gallardía a lomos de Rocinante…? ¿Y quién, durante un Siglo de Oro, hizo con su brillo reverberar la literatura hasta deslumbrar…?

Vosotros solo heredasteis mi gloria, una gloria honrada, trabajada y pagada con el esfuerzo de mi sudor y mi grandeza… ¿Y cómo administrasteis esa gloria…?

La dilapidasteis durante siglos, sin preocuparos de Mí salvo para reclutar las levas y pagar las soldadas de vuestros ejércitos; mientras, me descabalgabais de la grupa de un progreso y una supremacía que Yo inventé, y que Yo conquisté… Dejasteis que otras naciones medrasen, envidiosas, nutriéndose con mis despojos. Nunca me habéis defendido; ni contra la espada, ni contra la rapiña, ni contra esa leyenda negra y mendaz con la que los Extranjeros, durante siglos, han pretendido castrar mi espíritu y robar mi herencia.

Fui Yo, quién se levantó a golpe de faca y redaños contra la invasión del gabacho; Yo, que con una nueva riada nacional de sangre y hombría, empujé implacablemente a nuestros enemigos en avalancha fuera de nuestras seculares fronteras. Vosotros corristeis infames, cual pollos sin cabeza, espantados por el estampido de los cañones, el golpe furioso de los cascos de los caballos en batalla, y el chocar metálico de los sables. Cobardes.

Me hicisteis luchar muchas más veces cual quijote contra gigantes, con las pocas armas de la honra y el coraje. Y vuestro poco tino, poca inteligencia y aptitud, unido a vuestra mezquindad, hizo que una vez más me viese vencido, y empecé de nuevo con derrota un siglo más.

No hace mucho, como colofón de vuestra ruindad, con engaños y felonía, me empujasteis sibilina y vilmente a una fatal lucha fratricida.

La sangre hermana, degenera y se pudre cuando es derramada por lucha entre hermanos.

Mis brazos, con un puñal en cada mano, dirigidos por vosotros se acuchillaron fanática, insensata y cruelmente el uno al otro. Mientras, vosotros, los unos huíais, y los otros ocupabais lo abandonado por los que abandonaban… Me quedó así una herida, cuya infección dejó en mi memoria racial una sima y quebró mi alma de tal forma, que es difícil saber cuando terminará de curarse con autèntico perdón.

Y ¿Qué conseguimos con ello? ¿Quién ganó la contienda…?

Y la pregunta más importante: ¿Cuáles fueron las causas…?

Ni hubo, ni las puede haber, causas que justifiquen un pecado común así… Es infame hurgar, para juzgar si mejores o peores, en las razones por las que un hermano asesina a su hermano.

Lo que sí hubo fue una dejadez cobarde e ignominiosa de vuestras funciones, me traicionasteis, todos; hubo una deserción moral, una huida hacia delante de los dos bandos en que quedé desgarrada. Guerra… Os reemplazasteis los otros por los unos; mientras, Yo me desangraba regando de nuevo ésta, mi tierra, de tristeza, de represión y una de oscuridad extraña en el espíritu y en la fe del porvenir.

Y la última de vuestras mentiras, en forma de una quimera usurera, es hacerme creer que el desmembramiento, dilatado y sibilino de mi cuerpo en nuevas taifas, me será en algo beneficioso.

Aceptáis cualquier miserable cosa por buena; cualquier moneda os vale, incluso la del odio. Todo, para que vuestro estipendio no peligre y vuestra impunidad no se menoscabe. Comerciáis con mi alma y mi cabeza, con mi corazón y con el resto de los pedazos en los que me habéis convertido, como si fueran valiosos los unos sin los otros.

Canallas… Manejando mis anhelos e ilusiones, cuarenta años lleváis jugando a la silla, dejando que se pudran esos mismos trozos en los que me habéis desmembrado, cual leproso sin cura.

Pero, en éste un nuevo siglo, Yo, os aseguro que mi cura es posible ya que mi fortaleza es grande, mi historia rica y mi deseo honesto; y porque en el fondo, todos Vosotros conocéis el dicho:

“QUÉ BUEN VASALLO, SI TUVIERE BUEN SEÑOR…”

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

FELIZ NAVIDAD

01:25 horas, día ya de Navidad.

Acabamos de terminar la juerga de la cena de Nochebuena y mis hijas y Manuela ya se han acostado. Al abrirlo, me doy cuenta de que tengo el teléfono a reventar de mensajes de güasap sin contestar… Con lo besucón, festero, canallica y sobón que he sido siempre, me veo un poco extraño ahora así, como que sólo, aislado, alejado de vosotros aunque escribiendo para vosotros desde mi teléfono… Menos mal que sé, que si a la mayoría os pillara por la calle o en un bar con una caña cerca, enseguida retomaríamos el cariño amistoso de aquélla nuestra lejana cercanía.

Ésto de la Navidad a menos que hagamos algo al respecto ya no es lo que era. En vez de rumor de excesos y carcajadas, borracheras y canciones de villancicos y aguinaldos, tenemos ruido de alarmas y silencio de mascarillas, distancia social, apartheid, y pasaportes ni más ni menos que hasta para ir un bar.

Me gustaría en verdad poder daros a todos un verdadero y cariñoso abrazo pero no llego, no me llega. El tiempo. Últimamente lo pierdo con una frecuencia pasmosa. ¿Y a vosotros, no os pasa algo parecido…? ¿Cada uno a lo suyo, entontecidos mirando pantallas y sin tiempo para pensar ni protestar…?

Tiempos son éstos, extraños que no nos dejan respirar libremente aunque sí sentir, sentirnos, echarnos de menos sinceramente. Y acordarnos, de que las Navidades pasadas siempre nos parecerán mejores, pero porque a partir de ciertos años diríase que la Navidad va como robándote cosas, inocencias, gente. Llega el día en que ni tu padre ni tu hijo pueden sentarse a la mesa en Nochebuena, bien es verdad que por razones distintas, aunque éso no nos consuele en absoluto.

…eeen fin. Os quiero mucho 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

………….

‘Calvotaso’

calvotaso:

Vulgarismo. Golpe leve, digamos que educativo a mano abierta pero sin malicia, rápido, sonoro, cariñoso y merecido, que te daban como de atrás pa’lante en el cogote y por tonto.

Tendría yo unos cinco años y no recuerdo ni por qué fue, pero un buen berrinche sí que tuve que darle a mi madre, sí… Así, que se decidió a utilizar uno de sus peores castigos que no era otro, que el de después de darme una charla que te cagas, sentarme una vez más en aquella mierda de silla de pensar. Todo, para no darme un par de calvotasos… Algo bastante moderno para la época. Sí, siempre fue innovadora.

El detalle, estaba en que como ella sabía que yo era muy desinquieto, que no me podía estar quieto y que lo peor que podía pasarme era estarme quieto, tenía una silla un poco más alta de la cuenta en la que me sentaba en el centro de la cocina. Lejos de poder alcanzar con las manos cualquier cosa, y con los pies que tampoco me llegaran al suelo; como colgado, me dejaba sentado en una especie de taburete con respaldo… Luego, me advertía de que se juntarían el cielo con la tierra siquiera si se me ocurría tan solo bajarme; y se iba, y me dejaba solo.

Algo más tarde mi memoria cayó en la cuenta de que aquel taburete tan alto era una trona, mi trona; y de que ella tan sólo se iba a la habitación de al lado… Bien es verdad que se iba durante las horas que hicieran falta: «pero para que yo pensara…»

Pura asociación de ideas: «si te portabas como un mañaco, en vez de un par de calvotasos, mejor a la silla de pensar…»

¡Qué rabia me daba éso a mis cinco años ya…! Para mí, estarme quieto era lo peor a lo que podían obligarme, pero en aquella época he de reconocer que era un castigo original, innovador… O éso, o te daban un par de calvotasos y ya estaba: te callabas y te estabas quieto.

Años más tarde, como al llegar del colegio a mi casa siempre tiraba la cartera en el primer sitio que pillaba, y como ya me lo habían advertido muuuchas veces, ella aprovechó para darme, otra lección… Cuando volví de jugar en la calle, ya casi de noche, no me dijo ni media, la jodía… Fue al día siguiente al tenerme que ir al colegio cuando fue imposible encontrar mi cartera. ¡Qué nervios…! La busqué por todos sitios: en mi habitación y en la salita de estar, en el zaguán de la entrada y hasta me recorrí el patio entero y la cochera, pero nada, ni rastro de la cartera con mis libros… Y claro, me tuve que ir al colegio con una mano delante y otra detrás.

¡Qué tragedia…! yo que era de los de las buenas notas ¡Que vergüenza..! a ver qué explicación iba yo a dar… Mañana y tarde estuve atormentado dándole vueltas y vueltas a ver dónde habría dejado yo la cartera… Pero nada.

Y fue, cuando volví ya por la tarde del colegio lamentando mi mala cabeza y tras darme otra de aquéllas charlas que te cagas, cuando mi madre me dijo aquéllo de que «el único sitio donde no habíamos buscado por la mañana era en el cubo de la basura…😳» 🙄

¡Y coooño qué casualidad…! La tarde anterior había escondido justo ahí mi cartera y a propósito, sólo para escarmentarme… La principal lección que aprendí, entre otras, creo que fue la de que «no trates a tus cosas ni a los demás como si fueran basura…»

A parte de innovadora se ve que también era muy imaginativa. Sí… 💕

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MI PRIMO EL POGO

Mientras estuvo preso el primer año y un día que pasó en la cárcel, se presentaba todos los días cual pajarito buscando la salida de la puerta principal, haciéndose el loco pero muy formal, aseado, con su maleta, y listo para salir:
— ¿Hoy me toca irme no…? Preguntaba.
— ¡Queee nooo…! Le respondían… Y se marchaba.

Y así todos los días: trescientos sesenta y seis… Me parece tierno.

El mejor portero de balonmano, el más efectivo, con las manos más grandes y los brazos más largos, el más famoso y desmadrado, bragado, excesivo e inconsciente que habrá nunca en Almoradí, fue mi primo el Pogo… Un claro ejemplo a no seguir, pero todo un personaje local en el mejor de los sentidos.

En un pueblo como el nuestro y en aquella época, él y yo nacimos con poco más o menos quince días de diferencia, coincidimos en el colegio, éramos familia, comulgamos y hasta nos fuimos a la mili el mismo día y al mismo sitio. ¿Cómo no voy a tenerle cariño…? ¿Qué le vamos a hacer…? Es primo carnal; primo segundo. Para los de mi época el parentesco es algo importante: somos familia.

Recuerdo aquella vez que me dieron el palo comprando hachís, haciendo la mili en Cáceres. Éramos unos pipiolos de cuartel, pero todo cambió cuando volvimos para ajustar las cuentas con los camellos, y el Pogo dejó de preguntarles y empezó a soltar guantazos a diestra y siniestra con esas manos que parecían sartenes. Verle era todo un espectáculo, parecía una segadora, un helicóptero ¡pim pam, pim pam, pim pam…! Iba como dejando un surco por donde pasaba… Si el Pogo te daba una guantá era como si te dieran con algo muy muy grande; con algo así como con un atrapasueños, ante el que caías fulminado ipso facto, dormido… Por supuesto que recobramos y con creces mi inversión inicial, y nos hicimos de paso un sitio entre los que mandaban en el cuartel cuando se enteraron de la proeza.

En aquella época no era mi primo tardo ni malo ni mucho menos. Y yo sé que era más bien lo contrario, pero el pobre no tenía límites… Algo loco siempre estuvo, y aunque no lo creáis, a la vez también siempre fue un bruto sensible, un artista basto, frustrado, alguien capaz de dibujar con criterio o de esculpir en madera, pero a la vez un poco demasiado vicioso y por ello no muy listo. Quizás un animal, bruto, sí, pero siempre con un instinto protector hacia mí que no olvidaré en la vida… Éramos familia.

Y no le he preguntado, pero sé que él está, estará, o estaría de acuerdo en que yo cuente esta pequeña historia suya en un folio; pero porque es mi primo segundo y soy -y él lo sabe- una de esas pocas personas que en verdad lo conoce, un poco.

Ángel Rodríguez, el Pogo, mi primo. Hijo de mi tío Ángel Rodríguez, el Pogotrigo… Ésto de los apodos en los pueblos es que es la ostia. Si eres de Almoradí deberías saber que estamos hablando del mejor portero de balonmano que dará este pueblo. Peeero…

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…………..

PORQUE ERA MÍA

Tuve que atarla o la perdía, y tuve que esconderla o me la quitaban. No podía consentirlo y por eso la tuve así, porque ella era mía… Estaba completamente sola cuando regresó; vagaba totalmente perdida. Recuerdo cómo arrepentida y desesperada, desahuciada, me lo pidió ella misma. Y no fue otra cosa que su voluntad la que en uno de sus escasos momentos de realidad y lucidez, consintió que pasase semejante cosa.

Al principio sufrió sin medida retorciéndose como una posesa ante mis órdenes o mis ruegos. Blasfemaba como un arriero y gritaba al sentir que me acercaba siquiera a la sórdida barraca en medio de la huerta, donde en completa soledad, la tenía alejada de ojos y oídos que nunca lo entenderían.

Encerrada. Solo entraba la luz en aquella ruinosa barraca a través de dos ventanucos rácanos, ambos fuera de su alcance. Atada a una argolla anclada en la pared -antaño para inmovilizar a las bestias cuando había que refugiarlas en el interior de la vivienda- sólo le llegaba la cadena para sentarse frente una mesa cercana, mear y cagar en un cubo, lavarse en una jofaina, y acostarse en un camastro… Justo, el espacio de un semicírculo de no más de cuatro metros de radio.

Nadie podía saberlo. Furtivamente, dos o tres veces al día venía todo el tiempo que podía a pasarlo con ella; le traía comida, velas, algo nuevo que leer o una cerveza. Limpiaba un poco, comprobaba si le falta tabaco, fuego, agua, o algo. Me sentaba a su alcance y esperaba en silencio a ver si con suerte deseaba mi compañía. Por las noches nunca me iba hasta que se dormía.

La piedad de ceder al alivio de su agonía y de sus ruegos, tentaba lo férreo de mi voluntad. El hecho de presenciar todos los días ese dolor y esas súplicas, yo ya sabía que no debía ablandar ni un ápice mi decisión de salvarla, purgándola a cualquier precio y arrancándole aquel puto vicio de cuajo.

Daba igual si chillaba o si lloraba; si sudaba fría como el mármol o si temblaba hirviendo en fiebre. Yo debía permanecer impasible hasta cuando se golpeaba contra la pared con desespero. Inmutable había de parecer incluso aunque se abrasaran sus tobillos, erosionados por el hierro de los cepos implacables de aquella cadena que la ataba a mí.

El peso de soportar a solas semejante secreto estaba royéndome las entrañas. Allí la tenía, atada como una perra a una cadena. Pero ya casi estaba a punto… Hacía una semana que había empezado por fin a ceder, poco a poco, al ir permitiéndome ciertos acercamientos.

Casi ni asearse había consentido en aquellas semanas. Pero esa tórrida noche llené con agua fresca la jofaina, le di dos toallas limpias, y la obligué a lavarse o la amenacé de veras con hacerlo yo… Para respetar su pudor me retiré a un rincón de la estrechez de aquella barraca en penumbra; pero no pude evitar el asistir, conmovido, a su desnudez.

Y así, a la luz de una sola vela y como al acecho y a lágrima viva, descubrí el espanto del vicio de su condena. Aquel cuerpo en cueros; demacrado, macilento y abusado. Brazos y manos, piernas y pies horadados sin piedad a la búsqueda ansiosa de un hueco en la vena. Moratones, sangre y roña en esa carne trémula, infamada… Carne de mi carne.

Me acerqué a ella, y por fin, se me permitió volver a besar aquella frente. Deslicé mi dedo índice bajo su barbilla y en silencio alcé su cara para que me mirase; y en aquellas lágrimas vi por fin redención, contrición y alivio… Pero sin cantar victoria me marché como todas las noches, sin hablarle; cuando se durmió.

Casi dos meses más tuvo los cojones de estar allí: atada… Seguí llevándole todo lo necesario a aquella barraca que poco a poco se transformó de cárcel en refugio. Lugar, donde reencontró la salud y la libertad, ambas dilapidadas, perdidas por la heroína. Droga, cepos y cadenas que fuimos soltando juntos con dolor, charlas y paseos matutinos; poco a poco… Y llegó el momento en el que dejé de velar todas las noches hasta que se dormía. Pero sí seguí amaneciendo todos los días a su lado con el solo objeto de llevarle un desayuno decente y verla, aunque encadenada, sonreír por las mañanas.

Casi nunca hemos vuelto a hablar de aquéllo; no ha hecho falta gracias a Dios… Tengo ya nietos de ella y claro, es nuestro secreto.

Que no nos engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

MI HIJA SE HA REBOTADO

Por fin mi hija se ha rebotado, y hasta ha comentado uno de los textos de mi blog; seis años llevo escribiendo disparates para captar su atención. El caso, es que es la primera vez que ha escrito en mi güasap de Historias en un folio, y lo ha hecho replicando un escrito incendiario del que por cierto no soy el autor. El texto en cuestión, digamos que pone en tela de juicio la visión actual de la homo/multi/trans/sexualidad, su permisividad hedonista casi total, y la fe, en la creencia de que no tiene ningún tipo de consecuencia negativa para el desarrollo de la personalidad.

Me han sorprendido, y gratamente, tanto su iniciativa de entrar al trapo dialéctico desde su punto de vista tan contrariado y rabioso, como el rapapolvo que me ha dado en público y por escrito… Pero sobre todo me han encantado sus formas, su deseo de precisión, y el garbo, que se presienten en la expresión de su escritura. ¡Bravo…! La discrepancia con mi hija sólo va a unirnos más si sabemos -y seguro que sabremos- explicarnos el uno al otro. En eso justo consiste la democracia: en usar la diversidad para conseguir el bien común. ¿No…?

El libre albedrío es una cualidad humana, pero adquirir el criterio necesario para poder elegir es una conquista… Sólo elige el que realmente tiene dónde, qué, o a quién elegir; sólo aciertan quienes tienen variedad de oferta. Quienes quizás por experiencia, se han ocupado antes del asunto porque lo han sufrido, lo han estudiado, o saben de lo que va del tema. Lo demás, no es elegir.

La laxitud imperante nos hace despreciar valores eternos como la sabiduría de nuestros mayores, la búsqueda del amor verdadero, el compromiso de la palabra dada, o el mérito como consecuencia del esfuerzo. En esta sociedad tan fluida y de valores tan diluidos, pensamos que el mero hecho de desear algo nos da derecho a conseguirlo.

…eeen fin.

Que sepáis que os quiero. Mucho. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Mi sobrino. Mis hijas. El Camino.

Llevábamos ya tres jornadas del Camino, y habíamos pasado el cuarto día descansando en el paraíso del Puente de las Herrerías, al pie del Cebreiro. No olvidaré nunca el baño de pies en agua helada que nos dimos en el riachuelo que cruzaba la aldea; ni la merendola que nos pegamos luego. Creo que él tampoco… Un momento mágico, magnífico, un instante entrañable que llevaré siempre conmigo. Cuatro días llevábamos completamente juntos mi sobrino y yo. Yo le contaba historias y él se embobaba; todo eran preguntas: tío ésto, tío aquéllo, tío lo otro.

Sólo ocho o nueve años tenía; qué gracioso el mañaco; y se empeñó en venir conmigo: con su tío… Con sus dos cojoncitos, sí, pero pidiéndole permiso a mi hermana claro; que también tuvo el valor de dejar que me lo llevara.

«Me voy con el tío…» Le dijo a su madre.

Una buena mochila y unas zapatillas, un par de billetes de tren hasta León, otro de autobús hasta Villafranca del Bierzo, y luego el coche de San Fernando: unos ratitos a pié y otros andando.

Recuerdo la etapa reina del Camino, ya en las rampas del Cebreiro; casi nos habíamos terminado los tremendos diez kilómetros de subida, cuando va y me dice el niño aquéllo de: «tío, vamos a parar que me tiemblan un poco las rodillas…» ¡Jaaajaja…! Me reí de mí mismo porque he subido ya de adulto ese tramo en seis ocasiones, y en al menos cuatro, me ha dado siempre una de esas lipotimias brutales de quedarte blanco como el papel, y tener que parar casi media hora para echarte agua en el cogote y reponerte resollando.

¡Ángelico…! ¡Qué huevos, qué entrega y qué fe, qué a gusto estaba, y cuánto que disfrutó sudando y subiendo con su tío y su mochila de cinco kilos…!

Años más tarde me llevé también a mis hijas: la pequeña con diez y la mayor con trece… Y repetimos el mismo trayecto, aliviando nuestros pies sumergiéndolos de nuevo en aquel riachuelo, y descansando también al cuarto día… Luego, para ver de qué madera estaban hechas, las hice dormir una noche a la intemperie, al abrigo de una vetusta ermita y junto a su cementerio. Justo en la misma, donde yo también dormí al raso la primera vez que hice el Camino, hacía casi cuarenta años.

Recuerdo aquella vieja vecina loca, que parecía la dueña de la ermita, y que la impertinente, pretendía echarnos de allí insistiendo en que nos fuésemos a dormir al albergue que había cerca… Yo le explicaba que esa noche quería tener una experiencia especial con mis hijas, y que no se preocupase porque no daríamos cancán ni dejaríamos basura. También le pedí amablemente que dejara de darnos follón y por el saco, ya que a diferencia de ella no estábamos molestando a nadie. Solo nos encontrábamos al abrigo de una iglesia haciendo el Camino de Santiago, y siempre podíamos acogernos a sagrado para dormir bajo techo.

Recuerdo que a la pobre señora se le pusieron como que los ojos en blanco, y bufando y mirando al cielo, y creo que sin entender nada de nada, giró sobre sí misma y se largó de una vez mascullando aquella memorable frase tan gallega de: «¡Bueeeno, yo, ni só ni arre…! ¡Haced lo que queráis…!»

¡Jaaajaja…! Y pasamos una noche de lo más inolvidable al raso, charlando y mirando estrellas, acostados aunque algo inquietos, metidos en nuestros sacos de dormir tan cerca de aquellas viejas tumbas.

En otra ocasión, acabábamos de despertarnos en un albergue perdido en medio de ninguna parte. La tarde anterior habíamos llegado cansadísimos, y no había otro sitio habitado en kilómetros a la redonda. Salíamos a desayunar en las mesas afuera en la terraza cuando lo vimos; cuando mis hijas lo vieron: el pobre peregrino aquél, escarbaba en busca de comida en los cubos de basura del albergue… Las dos, se miraron e inmediatamente abrieron la bolsa donde guardábamos toda la comida que nos quedaba: una lata pequeña de atún, dos quesitos de untar, un jeme de chorizo y media barra de pan. Tampoco teníamos leche para el desayuno… No lo dudaron: ¡Papá, tenemos que darle comida a ése hombre…! Yo no sabía dónde ni cuándo íbamos a encontrar un lugar donde aprovisionarnos; también estábamos hambrientos y sin desayunar, y nos esperaba una muy dura jornada.

Pero la decisión ya estaba tomada: cortaron la mitad del chorizo, cogieron uno de los quesitos de untar, y partieron también por la mitad el pan que nos quedaba… Ambas se levantaron, y metiéndolo todo en una pequeña bolsa de plástico limpia, llevaron tan frugal desayuno a aquél desconocido. Recuerdo, que luego volvieron sonriéndose y caminando cogidas de la mano… Y nos pusimos a desayunar nosotros; era muy temprano, una mañana gris; y aunque era agosto, hacía frío.

Ellas han sido siempre mi mayor viaje, y el material del que estarán hechos mis recuerdos más inolvidables.

No soy yo un tipo ejemplar, pero como mal ejemplo sí que sirvo… Y soy un muy buen mal ejemplo porque sin duda, los malos ejemplos en la vida son tan importantes como los buenos. Y creo que, como no soy mal tipo pero me equivoco tanto, también soy un ejemplo magnífico de las cosas que no habría que ser… Y espero que me perdonéis la licencia, pero es que me pasa como a Oscar Wilde:

“El buen gusto, es la excusa que he dado siempre por llevar tan mala vida”.

…eeen fin. Gracias por leerme. 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Va, y me dice…

Gracias Rincón 💕

«…hablabas de sensatez y de términos parecidos. Yo la pierdo, a menudo, o por pasota o por mi ictus. Jejeje… Mas tú no la pierdas, que no se te quede anclada, ni en camino único que no contemple desvíos, ni en atajos. La necesitamos tus leyentes…»

💞 ¡Wow 😳 qué bonito…!

Si es queee, te tengo que querer Jose, y mucho.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

DÍA DE LA MADRE

De ocho meses estaba mi madre de mí. Éramos pobres y viajábamos –bueno, viajaba ella conmigo dentro– subidas junto a los enseres en la caja de aquél camión viejo, y entre los vaivenes interminables y el viento de la carretera. Emigrando, de lo extremo y duro del Badajoz de Calzadilla de los Barros, a la incertidumbre de lo alicantino de Bañeres de Mariola. Comenzaban los años sesenta del siglo pasado.

Pero claro, de todo aquello yo no me puedo acordar… Como lo de que me calentaban recién nacida en una cesta de mimbre junto a la hoguera de aquella primera casa, digamos que nuestra, pero de la que no tengo memoria alguna.

De la casa de la que sí me acuerdo, recuerdo, el subir por una calle… Tenía una humilde fachada blanca y pequeña, en la cuesta de La Magdalena, la número 29. Era un lujo mi casa.

Entrabas a aquél recibidor con suelo de baldosas de ajedrez donde se dejaban los abrigos, los paraguas y las botas llenas de barro de polvo o de nieve; y donde mi padre resguardaba siempre también su motocicleta por las noches… Girabas a la izquierda, y los dormitorios eran contiguos: mis padres dormían justo al lado de nosotras cuatro, separados solo por un medio tabique sin puerta. Recuerdo con deleite aquel olor a dormitorio limpio de seis personas y aquel calor de estar juntos. Precisamente, ese calor de los seis, juntos, calentaba aquellas mañanas tan tan frías.

Y aún me acuerdo de aquella mañana, yo en medio del recibidor justo antes de salir pitando al colegio. «¡Nena ven, mira que abrigo tan bonico…!» Y claro, me lo encasquetó. Se lo habría regalado seguramente alguna vecina solidaria, y tres como yo de grandes sí que cabrían en aquella prenda sí… No era un abrigo, era, una especie de pelliza de aquellas de piel vuelta y borreguillo en el cuello, que pesaba un quintal y que de tan grande me rozaba las espinillas cuando la llevaba puesta, y andaba.

Y lo peor es que mi madre, para que al menos me asomaran las manos por las mangas, claro, me las arremangó, por lo que parecía que iba vestida con un sayón… Era enorme, terrible, horrible. ¡Qué iba a pensar la gente…! Parecía una mesa de camilla con dos patitas caminando calle abajo.

Toda la mañana pasé con aquello puesto; hacía mucho frío y yo era una niña obediente. Pero todo fue volver a mi casa, y decidí que valía más «muerta que sensilla…» Y que había cosas que nunca más haría, si esas cosas me hacían pasar por encima de mí misma.

Te quiero muchísimo mamá. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA NOTA A MANO

Una carta o una nota, escrita a mano, desde siempre fue la forma más íntima y personal -maneras encriptadas en el trazo- de enseñar detalles tan sutiles de uno mismo, que no lo conseguirá así ninguna otra forma humana de comunicación. Nunca. La caligrafía y la grafología siendo emociones escritas a mano. Nada mejor que notar ese papel, y percibir anotadas, aquellas palabras de amor verdadero descritas con el pálpito indeleble de un breve gesto de tinta.

El arte de la caligrafía epistolar era como el acierto de un buen piropo: un regalo imposible de rechazar. Escribir bien era un guiño intelectual, atractivo; la exhibición de un lujo léxico. La buena letra constituía algo así como una forma de presentación personal, acaso elegante y por ello, una reverencia simbólica al buen gusto… Una muestra más, y exquisita, de verdadera estima y respeto por nuestro muy nuestro y estimado interlocutor: el lector.

Cosas así, son las que estamos perdiendo irremisiblemente los humanos debido a lo de usar tanto artefacto. Aunque, ahora que lo pienso… el tintero, el papel, y la pluma de ganso ahuecada y cortada en cuña también lo eran: simples artefactos… El caso es que aquí estamos, seguimos; leyendo.

No nos engañemos, a la caligrafía la hemos perdido casi irremisiblemente, pero nunca deberíamos perder de vista a la sintaxis: es un arma muy, mucho más poderosa. Por otro lado, la correcta ortografía en este siglo XXI tan guapo y tan listo, se nos debería exigir a todos tal y como se le exige el valor al soldado, es decir: siempre… No a las faltas de ortografía; no, gracias.

Las tres, ortografía, caligrafía y sintaxis, fueron verdaderos problemas cuando niño, época en la que casi no entendía nada y tampoco sabía expresar casi nada… Luego pasó el tiempo llegaron los números y claro, en mi caso fue todavía peor: más confusión. Los números siempre me han servido solo para contarme los dedos y poco más. Soy -debo de ser- algo torpe, o de letras o de artes. Soy creativo, eso sí… Eso de ser creativo se ve que es el refugio de los que, aunque nos lo creyésemos en su día, resulta que no somos tan tan listos como creíamos.

Si tuviera estudios serían de letras, o no; vete tú a saber… No sabría decirlo. Es cosa extraña eso del saber, eso de saber cosas, y lo de las cosas ésas del saber. Yo he de confesar que no me aclaro mucho. Menos mal que hoy en día tenemos los emoticonos ésos 😳 ¡Qué cosas…! Menudo invento.

…eeen fin.

Sabéis que os quiero 💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

AMOR EN TIEMPOS DEL COVID 💕

Mira con atención esta foto.

«¿No es verdad, ángel de amor,
que en esta apartada orilla,
más pura la luna brilla,
y se respira mejor…?»

No sé si por culpa de o gracias a mi Señora, llevo ya no sé cuántos días seguidos, saliendo casi a rastras a sudar y a andar con ella por las tardes, a eso de las cinco. ¡Qué cosas lo del amor, lo de los paseos y lo del confinamiento…!

Y todos estos días, todos, al pasar andando con ella de la mano y junto a la residencia de ancianos, mi Dueña y yo, hemos asistido conmovidos al espectáculo hermosísimo, de ver un día tras otro a esta pareja de abuelos pelando la pava como adolescentes, separados solo por la valla de un asilo, y diciéndose con fruición vete tú a saber qué y cuántas y cuántas cosas de amor.

¿Porque, qué se dicen dos personas que llevan toda la vida hablándose…? ¿Cuál, es el combustible ése tan misterioso, capaz de mantener encendida una llama durante tantos y tantos años…?

Se ve que todos los días puntual, él, llega cual Don Juan junto a la reja del corazón de su amada. Todos los días la espera, y aguarda a que ella salga para poder disfrutar, aunque solo sea un día más, contemplando el resplandor de su Doña Inés de siempre.

La mayoría de los días solo conversan tras la verja; pero ayer mi Amor y yo, asistimos a la bella estampa de verlos hablando incluso por el móvil; porque se ve que esa tarde Doña Inés solo pudo asomarse al balcón de sus aposentos, la pobre, y solamente, para poder gustar una vez más del placer de poder ver aunque fuere en la distancia a su Don Juan.

Mira con atención esta foto.

Todos los días. ¡Quéee bonito…! 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

……..

UN RESPINGO…

Me gustaría gustarte siempre y que me amaras, de la misma forma que amas y te gusta el pan caliente o el pasear, los besos de los tuyos, los amaneceres, o los finales felices. Que disfrutaras conmigo siempre, como cuando comes jamón del bueno o como cuando vas a la feria y te montas muuuchas veces… Que tuvieras siempre la misma cara que pusiste cuando te regalé aquel ramo de fresillas frescas. Que siempre me desearas de la misma manera que deseas justo ése tipo de cosas… Porque cuando algo te gusta mucho y me quedo mirándote, parece, como si vibraras levemente pero de puro gusto.

Yo, sí te lo noto.

Como cuando te beso el cuello por detrás, o cuando te ponen delante un plato de buen jamón; imperceptiblemente, el deseo hace que tiembles un poquito; es solo un pequeño gesto, apenas una mueca, un leve respingo cariñoso, pero sí… Hasta se te escapa un pequeño suspiro; exalas, emites, apenas un gritito contenido, discreto, un gemido pequeño pero de puro gusto, de verdadero placer.

Si yo te gustara de esa misma forma, tendría alguna certeza y alguna oportunidad. Y si yo te gustara justo así, con tal intensidad, sabría que te gusto de esa misma manera animal y gruñona con la que sé, que te gustan las cosas cuando realmente te gustan mucho… Sabría, que me deseas de esa forma en la que te enrabietas cuando no te sale alguna cosa como te gustaría, pero aún sigues queriéndola a toda costa.

Ser, como fue aquél primer amor que tan de verdad sentiste cuando eras solo una cría… Ojalá me quisieras para siempre, con la sinceridad del amor que sintió aquella niña que fuiste, que eres, y que serás siempre.

Te quiero. Tontona 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

………

MENTIRAS EN SAN VALENTÍN

Por la mañana temprano le mandé un güasap furtivo, sin que mi Señora se enterase… Y me hizo esperar. San Valentín era hoy y quería, debía, tenía que verla antes. Tuvo a bien el responderme pasada bastante más de una hora, y lo hizo como con prisas, tajante aunque cariñosa. La conozco bien.

— Nene tengo mucho trabajo, pero ven esta tarde a las cinco. ¿Me dejas a mí, que decida yo, como hacemos siempre, vale…?
— Claro Nena. ¿Cuánto…?
— Sesenta pavos.

Ya a mediodía, paseábamos de la mano por el mercado cuando mi Señora vio un ramillete de fresillas frescas, recién cogidas y justo en ese punto de floración en el que tanto le gustan, cuando los tallos están bien tiesos y las flores casi cerradas; porque así, se abren y se lucen luego en casa… Y como no podía ser de otra manera, pagué yo; para regalárselo: es San Valentín. Y se lo entregué tierna y ceremoniosamente, haciéndole una especie de reverencia pícara, y plantándole después un besazo de tornillo en medio de la calle y de todo el mundo. Le ha gustado, y a mí también.

Pero eran ya casi las cinco… Y como para poder despistar a mi Señora y escabullirme al menos media hora necesitaba de una buena excusa, claro, le tuve que mentir… Le dije, que como era San Valentín y como otros años hacía mi hermana, me había pedido que la ayudase esta tarde en la floristería con lo de las entregas a domicilio de los ramos y tal… Y tardaría algo más de media hora.

Casi no había terminado de contarle la trola, cuando caí en la cuenta de que en cualquier momento, mi bonito plan se podría ir al garete ya que podría decirme, como casi siempre que yo cogía el coche, aquello de «me voy contigo y así no vas solo…» Y a ver qué coño hubiera tenido que contarle; me habría pillado.

Por ello, volví a mentirle matizando mi embuste inicial, y como un buen actor, sutilmente le dejé caer que me había dado la sensación al hablar con mi hermana, de que quería decirme también algo personal. Así, como mi Señora es siempre tan correcta, tan elegante y tan sensible, era seguro que ya no diría lo de venir conmigo, para respetar la discreción de nuestra conversación fraternal y privada. Ya tenía coartada, vía libre… Poco a poco fue llegando la hora. A menos cinco, cogí mi bolso de mano y le di un beso. Vengo ya Nena… Siempre se me escapa lo de Nena cuando me pongo cariñoso, pensé.

Una vez satisfecho mi secreto negocio, volví a casa, y en vez de abrir con mi llave y para engañarla, llamé al timbre de una forma que no tengo la costumbre; así, no sabría que era yo el que esperaba tras la puerta. ¿Quién es…? La abrió, y tras un par de segundos de silencio y sorpresa, rápidamente saqué el ramo que escondía a mis espaldas y que para ella, había encargado a mi hermana por la mañana temprano… Quería darle yo la sorpresa a mi Señora de entregarle el ramo personalmente, y sí, tuve que mentirle.

💕 Que no nos engañen.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL PARTO

Como le interesaban tanto lo de las energías, lo del yoga, el karma, y eso de los chacras y el despertar del tercer ojo, le pregunté ¿que si entendiéramos la vida como una sucesión de ese tipo intercambios energéticos, cuál, diría ella que es el acto más energético que podríamos experimentar…?

Tardó un poco en responderme que hacer el amor; vamos, que follar. Que estar dentro de o tener dentro a alguien. Porque sin duda es un acto aquél, en el que se intercambian multitud de energías humanas y de fluidos esenciales para la vida, y tal.

Yo le dije, que seguramente lo más energético que hay en este mundo es hacer explotar una bomba atómica; o tal vez parir… Pero, porque no debe haber forma más energética de sentir dentro a alguien o sentirse dentro de alguien, que pariendo o naciendo. Ese empujar de una misma y desde dentro; desde tus propias entrañas, sin remedio y sin siquiera punto de apoyo. Esa condena a parir o a morir, a salir o a matar. Esa hemorragia de vida. Todo ese mal trago. Todo, solo por tener o ser un hijo. Energía pura: pura bomba atómica.

Recuerdo abrir la puerta del paritorio del hospital con verdadero terror, y ver de repente a aquella parturienta sudando encendida y congestionada, retorcida, gritando a no sé quién y mirando a no sé dónde, éso de: «¡Que salgas de aquí…! ¡Que te vayas…! ¡Que me dejes…!»

Estaba como fuera de sí. ¿Y yo qué sabía…? No sabía, ni dónde meterme en medio de tanto grito de las al menos cuatro o cinco hembras pariendo en aquella sala. Los dolores de verdad ya habían empezado. Rotas las aguas las contracciones aumentaban, la tensión me espantaba. Ya, de parto… El dolor en todas sus formas siempre me había aterrado, superado.

Estaba a su derecha cagado de miedo agarrándole la mano, cuando los ojos de la matrona emergieron por encima de aquel monte de Venus que ya paría, para urgirme a que fuera corriendo a cortar el cordón umbilical.

«¡Vamos, ven, ahora…! ¡Ya está aquí…!»

¿Pero cómo coño iba yo cortar semejante cosa. Yo, que me mareo siquiera al pincharme cortando una rosa…?

«Deja deja, córtalo tú» le dije en un puro mareo. Casi que me caigo al suelo en redondo. ¡Qué nervios! Entre gritos nacemos… Y yo, como un pollo sin cabeza, blanco como el papel, y enredando por allí en medio.

Me la dejaron echada como ahí; como en el mostrador de una tienda. Solita. Recién lavada eso sí, pero como desamparada y envuelta ella, tan solo en una ligera muselina también de color hospital verde claro. Como si me la hubiesen dejado en un dispensario cualquiera, a la espera de que alguien viniera y se me la llevara. Y claro, no me separé de ella ni un solo segundo.

Recuerdo a mi derecha a un tipo como desagradable, con gorro, mascarilla y bata verde como yo; luego, supe que era el doctor jefe de maternidad del hospital. No paraba de mirarme de soslayo aquel tipo, ni de enumerar un sin fin de detalles médicos varios e incidencias técnicas del parto; luego, supe que estaba dictando los detalles del certificado de nacimiento. Cuando ya llevaba descritos muchos detalles de aquellos, se paró extrañado; me miró ahora fijamente, y me dijo el desagradable ¿que qué coño hacía yo que no tomaba notas…?

¿Noootas…? Pa’tomar notas estaba yo.

¡Ufff qué nervios…!

Sosteniéndole la mirada y muy sorprendido por lo maleducado de su pregunta, le respondí algo retador ¿que qué coño noootas…? No se había percatado el doctor de que yo era el padre… Como de puro nervioso no me estaba quieto por ahí, me confundió con el enfermero encargado de rellenar el formulario certificando el nacimiento.

¡Ufff qué nervios…!

Entonces, los ojos de matrona con mascarilla abandonaron por un momento la episiotomía en la que estaban, y volvieron a emerger de aquel mismo monte de Venus ahora ya parido, para decirme casi encanada de la risa «que dejara ya de enredar por ahí, que me portara bien y me estuviera tranquiliiico… Y que ya, faltaba poco para que todos saliéramos de allí…» Hasta la madre recién parida empezó a reírse de lo chocante de la situación.

Y no te digo nada, cuando pretendieron subir a mi pequeña a la planta de neonatos sin que yo la acompañara. Una enfermera me dijo sin más que me apartase, que iban a subirla… Yo le dije que «nanai, que lo que había en esa incubadora era mío; y que tenía que acompañarla sí o sí para saber dónde me la dejaban, no fuera a ser que por error me la cambiasen por otra…»

Aquella enfermera bufaba con la prisa de los partos, e insistía: «que no dijera tonterías y que no podía subir y punto. Que entendiera que estaba prohibido; que esto era un hospital y que eran las normas, y tal…»

Y yo, cabezón y tajante la intimidé, cuando acercándome a su cara mirándola fijamente y ya con mala ostia, le dije implacable aquéllo de: que era ella la que no lo había entendido… Que yo era el padre, y que me daba todo igual porque iba a subir a planta con mi hija sí o sí, se pusiera ella como quiera que se pusiese.

Y al final claro, subí con mi hija y ella.

…eeen fin. Gracias por leerme… 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Liz Taylor y Richard Burton

Historias de Richard Burton.

Una de las parejas más legendarias de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Marco Antonio y Cleopatra.

Esta carta fue escrita y enviada por Richard Burton, a Elizabeth Taylor, a los ocho meses de haberse casado con su última mujer y una semana antes de morir a los 59 años. En ese último año no volverían a verse. La carta la encontró Liz Taylor en su casa de California, al regresar del entierro de Richard Burton en Suiza.

«Quiero saber cómo estás, odio mío… Mi cara y mi cruz, sombra y luz, mi paloma y mi cuervo. Por aquí nada nuevo: el lago opaco, la tapia de lluvia, la ventana ciega por la que brilla el ágata del recuerdo de tus ojos violeta. Repta el domingo por la tarde, bebo.

Déjame decirte que estoy triste como un perro viejo y que mi soledad es una casa enorme, vacía e inútil, como ésta. Mi gata amarilla maúlla. Ojalá fuera a tu sombra, a tu silueta de diosa antigua. También la gata te añora y araña el molde de tu ausencia. Parece que le has dejado tus ojos puestos para que no pueda olvidarte… Si pudieras contestarme que aún, no es demasiado tarde para el marinero borracho que desea volver a su muelle… Aprieto el corazón contra la ventana y mi pulso, y el reloj de la lluvia, repiten tu nombre y el mío. Eres como la lluvia y la memoria, clara y oscura, el arma y la herida, falsa y hermosa, ardiente y fría.

Me da por pensar que te has quedado, que el tiempo no ha pasado y que ésta no es la carta de un borracho sino un poema desbaratado. Siempre vuelve a mí ese tiempo que habitamos como huéspedes del éxito, con nuestra cama a la deriva por los remolinos del Tíber, con las caricias de los celos y los mordiscos del deseo, las seducciones del engaño y el beso de la culpa… No hay vida sin ti, eres el hueso y la vena, turbia y clara, el muro y la hiedra, la hierba que besará mi lápida: la vida y la nada. Ya no volverá el instante de tiniebla donde galopabas sobre la ola de mi orgasmo. Conmigo en tí sueño.

Ya termino como te digo, por aquí no hay nada nuevo, el lago opaco, los ladridos del viento, es domingo por la tarde. No, ya es de noche, y bebo.

Sigue lloviendo sobre esta casa nueva, ruinosa, que parece que no tiene techo, solo el suelo de tu ausencia. Llueve sobre mí y sobre estas palabras borrosas que te nombran mil veces. En el fondo nunca nos hemos separado. Y supongo que nunca lo haremos…”

💕

Richard Burton… Historias de Richard Burton.

EL PÉNDULO Y EL SOFÁ

Sobre nuestras cabezas, el péndulo del reloj de pared como siempre, parecía que nos señalaba cada vez a uno: tic, tac, tic, tac… Sentados ella y yo, estábamos justo en el mismo sitio donde siempre se sentaban el uno junto al otro, bajo el abrigo del tapete y del brasero de aquella mesa camilla. Mi padre a la izquierda de mi madre; una en la mecedora, el otro en el sofá… Y el mismo reloj marcando siempre el mismo tiempo sobre ambos; y el péndulo señalándolos cada vez a uno; y durante tantas y tantas horas juntos: tic, tac, tic, tac.

— Me he sentado en su sitio, para que no se me fuera la mirada cada dos por tres.

Me lo dijo cerrando el libro que llevaba en danza. En el mismo instante no la entendí. Pero cuando empezó a llorar me di cuenta, terminé de entenderla, y lloré yo… Claro, ahora que no estaba él, a la pobre no hacía más que írsele la mirada hacia la izquierda buscándolo… Y por eso se había sentado en su sitio, pobrecilla, para que no se le fueran los ojos cada dos por tres mirando su vano en el sofá. Es muy difícil carecer de repente, que te arrebaten, algo que ha sido siempre tuyo. Como hace la muerte.

Estar casi sesenta años junto a la misma persona. Ufff… Una sensación confortable de cotidianeidad, sí, pero seguro también que de labor hermosa e importante, de seguridad irrompible y de vínculo interior tan sólido, que debe de ser muy difícil de digerir, el dejar de experimentar todos esos sentimientos de un día para otro… Como siempre hace la muerte.

— Ahora, como no puedo mirar a su sitio porque estoy yo sentada, ya no me da por girarme a mirarlo.

Cómo se llena un hueco así debe de ser una labor insondable de reconstrucción íntima, de auténtica lucidez personal, y para la que se debe invertir seguramente una enorme voluntad de superación, y una más enorme aún capacidad de evolución.

Pequeños detalles, pequeños resultados, grandes ejemplos… Y mucho amor.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¿Me habré vuelto virtual?

Historias de Paco Sanz

¡Anda que si les quiero porque no están conmigo! ¿Me habré vuelto virtual? A menudo para que descubramos que estamos enamorados, incluso quizá para que nos enamoremos, es necesaria la separación. El amor entendido como carencia. Amamos con especial intensidad al perseguir algo inaccesible, lo que no poseemos; amamos de un modo particular cuando lo hacemos sólo en potencia, al darnos cuenta de que «no está conmigo…» Moriremos solos. Es preciso, pues, hacer como si estuviéramos solos. Reposar en la soledad de su compañía; y así, su ausencia duele, y es más difícil descansar.

La gente deprimida tiende a actuar con más calma bajo la presencia de la amenaza o la catástrofe, es como si ya supieran que cosas así iban a suceder. La estrategia del melancólico: la única manera que tiene de relacionarse con las cosas que no ha tenido nunca, que nunca tendrá, es tratar a las cosas que aún tiene como si ya las hubiera perdido. «Si no sabes si la quieres piérdela…» La necesidad como carencia, o la necesidad como proyecto. «La miseria consiste no en la carencia de las cosas sino en la necesidad de las mismas».

El manipulador saca partido de este hecho: en efecto, no es la gran variedad de cosas lo que deslumbra. Es posible desasosegar mucho más al ser humano y meterle más miedo, si se le da a entender lo que puede desperdiciar o perder si no colabora haciendo ésto o aquéllo. La potenciación de las necesidades fuertes, está en la base de las maniobras de manipulación de las necesidades. Los individuos que han desaprendido a reconocer sus propias necesidades y a reclamar sus propios derechos, se convierten en presas de la megamáquina que define, en lugar de ellos, sus carencias y sus reivindicaciones. «No tengo ganas de saber lo que me falta, sino de conseguir lo que quiero…» La voluntad de poder no hay que entenderla como querer el poder, sino como el poder querer.

La voluntad creadora y donadora, “la virtud que hace regalos”, que se encuentra en el propio hecho de desear su objetivo: lo que quiero, lo necesitaré siempre. Se concentra en la necesidad, como proyecto de satisfacción, no como final de una carencia.

Mucho me temo que lo que queda en mí de amor a Dios, al Azar que me constituye, a la totalidad que me engloba, provenga de aquellos malos religiosos en mi educación. Dios es amor, o Theós agape estin.

Historias de Paco Sanz

LOS CUÑAOS

Los cuñaos estamos muy infravalorados. Mira el mío: le das un par de destornilladores y a mi hermana y te monta una casa; es muy mañoso. Quiero mucho a mi cuñao Carlos, casi tanto como a un hermano pero como sin el casi. No tengo hermanos; no tengo esa suerte. Sabe de mí prácticamente lo mismo que sabe mi hermana, y pese a ello, creo que algo sí me aprecia todavía… Sólo tengo cosas fantásticas que contar de todos los que fueron y son mis cuñaos: Lorenzos, José Albertos, José Antonios, Andreses, Antonios, José Marías, Lennes, Joaquines… y Carlos.

Muchas veces, son incluso mejor que uno mismo y por éso justo, precisamente por éso, no sé si me tengo del todo por un buen cuñao; no sé si estoy del todo a la altura de mis cuñaos. El mío por antonomasia siempre ha sido Carlos, pero porque lo ha sido desde siempre. Y me explico: tanto es así, que a su madre, cuando lo parió, la matrona al entregárselo para que se abrazasen por vez primera le diría algo así como: «tome Señora, ha tenido Usted al cuñao de Antonio…»

Si es que lo tengo que querer… Mi cuñao está tan junto a mi hermana, y lo está desde que eran tan jóvenes, que desde siempre han dado envidia de ésa de la buena. Y la pregunta siempre ha sido la misma: ¿Cómo puede ser éso de estar siempre con la misma persona y que después de tantos años te siga gustando, la sigas amando, y encima que se te note, tanto…?

Sólo tienes que ver con qué brillo se miran cuando discuten. Ahora que lleva gafas para la presbicia a mi cuñao se le nota un poco más: cómo se baja esas gafas, muy lentamente, hasta la punta de su nariz, y mirándola por encima y con pachorra, cómo le dice eso de: Emilia ¡coooño…!

Precioso, no me lo negaréis. El amor, y la intimidad que aporta la frecuencia y la cercanía en una pareja, se pueden expresar de tan distintas formas… ¡Qué bonito…!

Y ahora, gracias al vivir con mi Señora, resulta que a más de cien kilómetros de casa, encuentro por casualidad a unos que ahora también son mis cuñaos; y me lo paso tan bien con ellos, son tan queridos y tan familia, que mira tú por dónde qué suerte he tenido… La de juergas y aventuras cómplices que se corre uno por ahí con sus cuñaos.

¡Ay, si yo contara…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA VOCACIÓN

OXALIS

«Mamá mira, mira que flores tan bonitas…» ¡Qué graciosa…!

Casi todos damos por hecho aquello de que hay carreras vocacionales, como la medicina, las matemáticas, la música o el sacerdocio. Pero si nos fijamos bien, en realidad, lo que hay son personas con vocación, o con vocaciones, o sin ellas… Por ello, sin médico no hay medicina, sin plantear el problema no surge el número, sin músico no hay melodía, o sin fe no hay Dios.

Y mira si es así, que ya desde bien pequeña mi hermana volvía tooodos los días del colegio, portando el tesoro a sus ojos de uno de aquellos primorosos ramilletes, que ella sola, iba componiéndose con las distintas floretas que se iba encontrando por ahí, por las calles. En aquellas calles, cada uno de los árboles plantados en los alcorques, se adornaba o con arbustos ornamentales o con plantones de flores; haciéndolas lucir de bonitas -las calles- de una forma que ya quisiéramos hoy.

En aquellos años, el simple primor de las mujeres era lo que las empujaba a plantar flores frente a sus casas: margaritas o cornetas, don pedros o geranios; algunas hasta se atrevían con las rosas. Otras, cultivaban hierbabuena, hierbaluisa o arbustos de laurel, alhábegas, galanes de noche o jazmines… Pasear por mi pueblo, engalanado de esas flores y por esas fragancias, tan humildes pero tan evocadoras, era una experiencia tan deliciosa, que incluso mi memoria olfativa puede recordarla hoy si cierro los ojos y vago rememorando aquellas calles.

Y claro, yo creo que ella heredó ese instinto digamos que materno-estético-vegetal, que la empujaba con primor, a disfrutar contemplando todas y cada una de las plantas con las que se tropezaba, cual si de verdaderas maravillas únicas se trataran… Aprendía, por puro gusto, sus nombres latinos o cosas como qué tipo de abonos necesitaban; se interesaba por su época de floración, por sus zonas de cultivo, por la duración y el grado de la belleza de sus flores, por la clasificación de sus fragancias…

Y no te digo nada, cuando descubrió casi sin darse cuenta eso del arte floral, o sea, su propia forma, de expresar con detalle la profundidad de algunos sentimientos, para los que casi siempre y si os fijáis, usamos flores… Para las declaraciones de amor o para pedir perdón; para premios, recuerdos, honores; en los nacimientos y en los entierros; en las alegrías y en las melancolías.

Hoy, se ve que todo el mundo sabe lo que es una pérgola, pero recuerdo, la cara que le puse a mi hermana cuando me dijo que ése iba a ser el nombre de su floristería: «¿Nena, qué coño es una pérgola…?»

Y resulta que, encima, te casaste con el jardinero fiel… Dale un abrazo.

Te quiero Nena.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

La costumbre de mi abuelo…

Historias de Paco Sanz

“Señor, me sedujiste, y yo me dejé seducir”. Eso se repite el cartujo en el recogimiento de su celda. Está a veces encantado, y a veces espantado por eso. A mí me pasa también con ella; ella, a veces ella, esa persona, y a veces la vida entera. A ella no me une sólo el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto.

Por seguir con la costumbre de mi abuelo, y su manía de hacer pareados, o de hablar siempre de un modo poético, proverbial: El «Ser» que puede ser comprendido, es lenguaje. El lenguaje que se ha quedado sin “Ser” se convierte en charlatanería. Hace falta mucho silencio para que la frase se haga proverbial. Para que llegue a su “altura”.

Recordaré siempre a un niño que una vez, le dijo a su abuelo cuando yo estaba hablando con él: “Abuelo, este señor habla como si estuviera leyendo un libro”. Y su manera de decirlo. Ya me gustaría a mí escribir como si estuviera hablando con ése niño, que por todo lo vivido, nunca he dejado de ser. Pero lo que hago es escribir como si estuviera prestando por fin atención a la música, como si estuviera andando, un poco como el que sale a darse una vuelta, para despejarse.

Pienso que la buena escritura, la buena música, invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se lee con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de que el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan no sólo para andar sino para leer, para escuchar.

En uno de los paseos que me di este verano, vi a un viejo leyendo un libro en un banco del parque. Lo hacía sin gafas, por deformación profesional pensé, a ése ya le han operado de cataratas, y bachiller que es uno me fijé en el título del libro: “Ética”. No me costó mucho identificarlo porque es un libro de esos que adornan mi biblioteca y de los que nunca he conseguido deshacerme. Una persona leyendo a Spinoza, en el parque, con mascarilla y todo, ¡qué nivel!

Un motivo plausible para que los mayores sigamos leyendo, es la creencia de que no somos verdaderamente viejos hasta que no empezamos a sentir que ya no tenemos nada que aprender. De hecho, la disminución del volumen prefrontal que aparece junto a las dificultades de aprender y ejecutar nuevas tareas a los viejos, sobre todo con retardos de larga duración y con distracciones invalidantes durante ellos, se debe más a la pérdida de sinapsis y reducción de espinas dendríticas, que a tener menos número neuronas porque se hayan muerto.

La filosofía o la poesía no se estudian, se leen. Lo del estudio tiene un tono muy solemne. Estoy estudiando a Dante suena a mucho más, que estoy leyendo a Dante; en realidad es mucho menos. Nuestra actividad de lectura está dirigida por los objetivos que mediante ella pretendemos; no es lo mismo leer para ver si interesa seguir leyendo, que leer cuando buscamos una información muy determinada, o cuando necesitamos formarnos una idea global del contenido, para transmitirlo a otra persona. No nos perturbará del mismo modo percibir lagunas en nuestra información, en un caso que en otro.

Nos seduce, nos espanta, el Señor o ella, mi vida, del mismo modo. La amo.

Historias de Paco Sanz

INTELIGENCIA. CONSCIENCIA. DIOS.

Historias de Paco Sanz

De la inteligencia a la consciencia hay una gran brecha. De momento, no parece que la inteligencia no viva, haya podido saltársela. La idea de que existe inteligencia fuera de la vida, inteligencia artificial, la hemos “realizado” ya mediante algoritmos y dispositivos. Cuando esos mismos matemáticos armados con esas mismas herramientas, van al origen mismo de la vida, se dan cuenta de que algo no cuadra.

Pudiera ser, que fuera de una intervención sobrenatural y fuera del ciego azar, existiera una tercera vía para explicar el origen de la vida y la evolución. Vendría a ser como el resultado de una ley natural, de una necesidad inherente a la naturaleza misma. No sé si creerme éso, de que la Inteligencia es anterior a la Vida. Pero veo posible, pensar que algún tipo de inteligencia sea posterior a ella.

«Raffiniert ist der Herrgott, aber boshaft ist Er nicht». Refinado es el Señor, pero nunca malicioso. Decía Einstein. También dijo que Dios no juega a los dados con el Universo. Planck, le replicó en tono jocoso que eso de decir, lo que Dios podía o no podía hacer, era mucho decir… Pero el que existe una especie de ley natural, que tiene que orientar nuestra comprensión, más acá, de la mera probabilidad de fenómenos tan improbables como el que surja la vida, parece que está incluso en la mente de los más escépticos. «Todo es posible» significa que Dios existe. Bueno, pero con condiciones. El mero azar como explicación, no nos basta ni a los ateos.

Ahora, que me encamino hacia mi casa de la eternidad, me da por pensar más en la que me precedió. Los mismos primeros segundos después del Big Bang, ya son un misterio tan grande que no lo entiende ni Dios… Siempre me ha hecho gracia la deriva religiosa de los de la tercera edad: ahora me toca a mí. Con lo joven que me siento… Y como me muevo más a gusto en la biología que en la física, intento entender qué era esa Inteligencia anterior a la Vida. Porque lo de lo anterior al Big Bang, como recordó el anterior papa: «Que no digan nada los que no van a la iglesia…»

En cuanto a la inteligencia que vamos a dejar atrás, cuando no haya vida, me ha hecho volver a pensar en ello, lo de empezar a guardar información en la doble hélice del ADN. Por no decir nada de los intentos de Greg Bear de conseguir alguna manera de introducir información, en un caldo prebiótico, para conseguir que de ahí surja vida y poder enviar esa información, mediante haces de luz láser, orientados hacia entornos de agua y carbono que estén relativamente a nuestro alcance.

En una de las “Pruebas” de la existencia de Dios, se dice, que al poder concebir el ser más perfecto, no podemos concebir el que no exista. Siempre me ha parecido algo así como la «típica» gracia sacerdotal; pero he vuelto a ella, cuando he pensado que el ser más inteligente tiene que ser también el más consciente… Y he pensado en el momento, que supongo que está al caer, en que la Inteligencia Artificial se convierta en Consciencia Artificial… ¿Qué tendremos entonces que hacer con ella…? ¿O qué va a ser entonces de nosotros…?

¡Ay, la consciencia, esa misteriosa capacidad de distanciarse de las cosas para hacerlas presentes! La consciencia, entendida como más allá de la inteligencia, parece ser más que la vida misma… La idea ingenua, de que la consciencia es segregada por la conducta de las neuronas, pero que una vez segregada, adquiere una vida propia… Como Dios.

Historias de Paco Sanz

SEÑORITAS DE SALÓN

En serio: íbamos allí casi casi por amor; y él era mi mejor amigo. Ligaba el pobre menos que el chófer del Pápa, aparte de por que era algo feíco porque también entonces era inexperto, inocente; buena gente pero muy cortaíco. Yo, tenía novia ya. Y vaya, digamos, que le había cogido mi amigo mucho cariño, a una de las Señoritas de un salón de ésos que había en la carretera nacional.

Pues resulta que aquella noche cuando fuimos, las otras Señoritas nos dijeron que habían trasladado de garito a su chorba. A otra zona.

¿Cómo iba a dejar yo entonces sólo a mi amigo viernes por la noche subiendo por esa garganta oscura en busca de un lupanar barato y perdido en medio de ninguna parte…? Al fin, en un collado de aquella sierra, envueltas por la oscuridad entre los montes y donde la carretera se retorcía en una doble curva, languidecían las luces tristonas y encarnadas del rótulo aquél del puticlub:

«La Garganta»

Aparcamos.

Sólo fue entrar y aquella Señorita chisporroteante apareció y se abalanzó al cuello de mi amigo, dándole un beso breve pero con un toque de lengua. Me fijé… Fue un beso de esos calentones pero como corto, discreto y meloso. Me gustó ella, pero porque estuvo en ese beso el tiempo justo para que no pareciese por su parte algo obsceno ni interesado. Diríase que fue hasta sincero; pareció sincero.

Una vez dentro y en cuanto pude reaccionar, me di cuenta de que mi amigo se esfumaba desapareciendo tras unas cortinillas, bamboleándose al ritmo de la música y del culo de aquella Señorita que tan efusivamente nos (le) había recibido cuando entramos en…

No sé cómo describir aquel tugurio.

Pedí una copa. Girando por ahí recuerdo los reflejos cutres de aquella bola de cristal colgada del techo, iluminada tan solo por un par de focos uno verde y otro rojo; en el centro de una pista como oscura, cuadrada, y de color como lúgubre. Y es que me mareaba un poco con esa oscuridad y esos tonos verdirojos mezclándose, girando… El medio porrito que nos habíamos fumado también contribuía a esa especie de mareo, o de sugestión, debido a semejante momento… Era la primera vez lo juro, que yo siquiera entraba en un antro así.

A solas, una vez bien acodado en una punta de la barra y cuando ya me había embaulado bastante más de media copa, noté, que me hizo la muestra una Señora desde la otra punta de la barra. Guiñándome el ojo derecho se levantó, lenta, dirigiéndose sinuosa caminando hacia mí… De repente, un parroquiano oculto tras la sombra de una de las columnas del local se le cruzó bamboleante, y mirándola beodo, amenazante y como despechado, va y le dice:

– Eres una puuuta. ¿Dóoonde vas…?

– ¡Eh, eh, eh…! ¡Deje Usted en paz a esta Señora pero ya…! Tercié.

– ¿Qué mieeerda…? ¡Si te pego una ostia te esclafo, maaañaco…! Me dijo.

Y recordé a mi abuelo cuando decía aquéllo de que cuando no había oportunidad de librase de un problema, pégale tú primero.

Pero oye, en aquel momento justo, se cruzó entre nosotros un negro enorme con unas manos y un olor agrio también enormes, para advertirnos de que si no nos estábamos quietecitos lloverían guantás… Y no, yo no conocía al negro ése de nada pero parece ser que aquel parroquiano borrachín sí… Y oye, mano de santo: le hicimos caso, y de inmediato se acabó la discusión.

Entonces, al girarme, se me plantaron enfrente la Señora y su escotazo; hermosísima; y clavándome con sus ojazos verdes y vidriosos me agradeció el haber terciado como un caballero; como un Quijote me dijo luego… Me fijé por su voz en que era una hembra andaluza de belleza ya marchita; una todavía hermosura, lejana, de ojos verdes muy maduros, y que seguro tuvo que estar muy muy buena en su día, pero que seguramente había exprimido ya en exceso los jugos de sus deleites.

– «Guapo, estoy a farta de cariño, de caricias, y de amor…» Me lo dijo taladrándome lentamente con la coquetería de aquellos ojos verdes, y después de haberse relamido despacito y golosona el labio superior.

En aquel momento reapareció el cachondo y ruidoso de mi amigo saliendo medio enredado de nuevo entre aquellas cortinillas… Se ve, que ya había acabado de festear, le brillaba la cara, y como en trance y satisfecho él, va, y me dice el cabrón:

– «¿Queeé, nos vamos ya…?»

Reconozco que a esas alturas, yo, ya estaba tan encabritado por las hechuras caídas del escotazo de aquella Señora tan atractiva, que hubiera estado dispuesto a todo.

…eeen fin.

🤣 😂 💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

ENAMORADO

Historias de Paco Sanz
Siempre me sorprende volver a ver la cara de mi amada. Y no he olvidado nunca la pregunta de un amigo, de esos que dan clases de psiquiatría, de por qué no van al psiquiatra las parejas que siguen enamoradas después de tantos años. Mi padre cuando envejeció estaba celoso de los cuidados que nos daba nuestra madre. Mis hijos hace muchos años que no viven con nosotros. Ahora que tengo mi Santa para mí solo lo entiendo.

Que después de tantos años sigamos enamorados tengo que atribuirlo no sólo al conformismo, o a lo solo que me doy cuenta que por lo visto estaba antes de empezar a vivir con ella, sino también a la tiranía de las costumbres. Una especie de sentido común de aquellos de antes de la revolución: “Ya que no podemos librarnos de estos aristócratas, al menos querámoles un poco”. La vida resultará así más agradable.

Decían que antes pierde el hombre el diente que la simiente. Supongo que entre otras cosas para explicar que los hijos sean de ciertos maridos decrépitos. Me he parecido siempre a mi padre; cuando le preguntaba si era hijo suyo solía contestar: “Al menos te mantengo”. De que la menopausia llegue a las parejas antes que la andropausia, surgen tantas separaciones como de que los hijos se vayan de casa. Cuando todavía era sociable había visto a menudo, como habían maridos que no odiaban a sus mujeres sólo porque las engañasen. Para San Jerónimo, en el siglo IV, no hay nada tan infame como amar a la esposa como a la amante.

Mis amigas viudas y separadas parecen encantadas de la vida. Y demasiadas veces he visto a amigos mucho más felices sin pareja, como para no preguntarme si en lugar de tanto amar, estudiar y aprender, no estaría mejor sin ella.

Supongo que estaba casado ya antes de estarlo. Para los solteros natos no existe el matrimonio. Del mismo modo que algunos maridos imaginarios, que cada noche esperan que vuelva su mujer a pesar de estar viviendo en una isla deshabitada y no haber estado casados jamás, ellos esperan que por fin llegue; encontrar a alguien digno de ser seducido, es su única esperanza. Y si viene, si llama a su puerta, ellos no la oirán siquiera, escucharán tan sólo sus pasos que se alejan y se dirán tan sólo: no ha venido, no es ella. Decía Ramón que el mal del solterón es que se va volviendo viudo.

Los solteros por definición no quieren a los niños, no quieren la revolución. Hay demasiados solteros, ese es el mal de nuestro siglo y de nuestro mundo, está lleno de eslabones sueltos, de especies agotadas en su propia trivialidad, de hombres sin hijos que han perdido el respeto por las cosas necesitadas de un futuro, en el que llegar a ser mejor de lo que somos. Lo contrario de la soltería no es el matrimonio, sino el amor. Y lo contrario de estar soltero no es estar casado sino estar enamorado.

Historias de Paco Sanz

EL JAZZ…

En primer lugar he de confesar que no sé hacer música ni con un tambor; pero soy muy cantaorico, muy melómano, y lo que sí sé es silbar; aunque no como Toots Thielemans.

Compré hace mucho un curso por correspondencia y a un amigo una guitarra vieja, pero no me dio tiempo la paciencia siquiera para empezar a poner los dedos en los trastes como Dios manda. Me cansé muy pronto, pero en cambio, me dio por gastar una pequeña fortuna en discos originales. Hermosa inversión, pero mal negocio.

Mis hijas mostraban mucha curiosidad por aquella música desde bien pequeñas, porque sin decirles nada, cuando empezaba a sonar ellas solitas venían y se sentaban frente a aquellos enormes altavoces de mi casa: cerca, despacito y en silencio, y se quedaban quietas, atentas… Y ésa era la clave: la atención y la quietud, para dedicarlo todo a la escucha y a la observación consciente, al embelesamiento.

«¿Papá, porqué te gusta tanto esta música tan rara…? Parece, que cada uno va por su lado…»

Hace tiempo que quiero escribir algo sobre música, sobre jazz. Y como no sé por dónde empezar, voy a improvisar y a ponerme a sonar el tema Paris Blues, de una grabación en directo maravillosa que tengo de Duke Ellington… Que suene, a ver qué pasa.

Y pasa… Es una grabación sucia, antiquísima, de los cincuenta; pero siempre me pasa lo mismo cuando empiezan a tocar aquellos veinte músicos: que se me mueve el pie; y que me suena como si toda la orquesta en sí misma fuese un único instrumento… El Duque hacía las cosas así. No es que fuese un pianista sobresaliente ni genial -era un buen pianista- lo que sí fue es a mi juicio el mejor director de la Historia de una big band de jazz. Y lo era, porque sabía destilar de cada uno de sus intérpretes esas gotas de genio individual que formaban la lluvia maravillosa de su música; como si todos aquellos instrumentos, de viento cuerdas y percusión, fuesen su instrumento.

Ese Blues en París, es el relato musicalizado y arrebatador de la historia de un amor imposible. Del encuentro inicial y furtivo con ese amor, del cortejo y del ardor de la pasión, del fuego del sexo… Pero también del abandono, de los finales sin explicación, de las despedidas sin consuelo… Maravilloso Ray Nance llorando al violín. Música maravillosa, casi sin necesidad de partitura.

¿Que qué se necesita para tocar o entender el jazz…? Pues un músico en el alma, creo. Pero un alma de músico que tenga como mínimo tres méritos: el primero es un cierto dominio virtuoso de su instrumento; el segundo y fruto del primero es una buena capacidad de improvisación; y el tercero es experiencias, muchas, cuantas más mejor.

¿Y así, si te gusta y te sabes de sobra la canción, para qué coño cantarla siempre igual…?

Con muy mala leche, le preguntaron una vez a la pobre de Billie Holiday, que, siendo ella tan golfa como había sido, si no le daba un poco de vergüenza haber cantado esas letras tan moñas y horteras de los años treinta y cuarenta. Ella, respondió que le importaban una mierda las letras… Que para ella que no sabía de solfeo, y que tan solo tenía el oído la garganta el coño y el whisky, lo único importante era la música: the beat, el pie moviéndose al mismo tiempo que el corazón latiendo.

Yo añadiría: la piel de gallina.

Lo demás, o es clasicismo, o se convierte en filfa musical, polución sonora, repetición, tuerking, karaoke, o perreo y chunda chunda.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Cumpleaños…

Que cuántos cumplo, me preguntan. ¡Pues coño, uno…!

Cumplo uno, los otros cincuenta y tres ya los tenía. Otra cuestión es cuántos tengo o si realmente los tengo, o si los tenía, si realmente los tuve; o si viviendo los he perdido, los he quemado, fundido o gastado, acaso dilapidado; o si quizás, los he aprovechado… Finalmente, la última controversia es, cuál es en verdad mi edad.

Y como es precisamente el tiempo, transcurrido en experiencias vitales, lo que en verdad nos marca realmente los anhelos, me siento todavía diríase que con el mismo tiempo que yo tenía, justo, en el momento justo que asistí al tiempo justo que duró el parto de mi segunda hija. ¡Vaya momento, justo a tiempo, y vaya experiencia tan vital…! ¡Qué ganas de vivir…!

Y sí, yo soy aquél, mentalmente aún soy aquél. Algunas cosas ya no funcionan igual pero en el fondo yo soy el mismo; incluso algo más mañaco; como que aún más niño. El tonto de mí… Pero bueno, como en este juego mental de tontos te puedes plantar cuando quieras, yo, me planto en aquella época. Me quedo, en aquellos los años de la potencia de fuego; del vigor máximo, y de la mente abierta también al máximo pero a golpes de experiencia… Luego, la vida ya me la pondrá dura o no.

¿Qué cuántos cumplo…? Yo qué sé; siempre he necesitado que me llevaran las cuentas.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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CINCUENTA SEGUNDOS

Sólo necesitaría unos cincuenta de tus segundos lector; aproximadamente lo que duran treinta o cuarenta de tus respiraciones; o lo que tarda tu corazón en latir entre sesenta y setenta veces… Necesito, para comenzar ésta nuestra relación epistolar, disponer del total de tu atención durante estos vitales primeros cincuenta segundos; importantísimos para aceptar el iniciar cualquier tipo de relación. Ese instante breve, efímero y subconsciente, en el que la mente sin dar cuentas a la consciencia ya ha tomado una decisión. Ya ha elegido… Elígeme pues tú, y tenme paciencia; y aguanta aquí leyendo conmigo.

No sé dónde vamos a llegar a parar pero llegaremos seguro. Qué te cuento o con qué te atrapo es la cuestión. Y sí, ya sé que se nos ha hecho un poco tarde, pero no tanto porque todavía estás ahí, leyéndome… Ésto es un lío.

Seguro que érase una vez, aquélla vez, en la que como yo ahora creíste necesitar que perduraran en el tiempo cosas, momentos importantes, tuyos… Aquella vez, que quisiste contar eso que te pasó, inventar un cuento para tus hijas, preservar la Historia, o conservar recuerdos de tus ancestros.

¡Qué milagro, y qué suerte el que ya llevemos más de cincuenta segundos juntos…! ¿No…? Yo te hablo al oído; tú, te dejas… A ver qué historia te cuento ahora…

Te quiero 💞

Y gracias…🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

HIJAS Y CONFINAMIENTO

CARLA…

Valentía, es estar sola y menesterosa en Barcelona con la que está cayendo y encima querer quedarse… Arrojo, es el perseguir esa música casi imposible pero sin dudar. Y encima, no cejar en el empeño de buscarse una misma entre esas notas perdidas sin encontrarse nunca del todo… Porque justo detrás de esas melodías que se te esconden, te escondes, te encuentras… Valor, es aprender sola a estar sola cuando nunca lo habías estado.

ROSA…

Amor es el de Roberto, el chorbo de mi hija la mayor. Que en estos tiempos de reclusión cuasi carcelaria, se jugaba con solo dieciocho años una buena multa cuando diciendo que hacía deporte, venía solo a rondármela… A veces, seguro que sólo tras una verja y una mascarilla cual Romeo coronavírico… Eso debe ser el amor. Y también lo debe ser la expresión de la sonrisita y el leve rubor en la cara de mi hija, cuando me lo cuenta…

NURIA…

Riesgo, es encerrarte tú sola dos meses y medio con un pequeño león de siete años; en un piso de poco más de veinte pasos de largo. Con siete años ya no hay forma de escapar de él a menos que lo domes; no que lo domestiques… La doma se basa en un respeto entre especies; la domesticación es mera sumisión. Domas un caballo; un pollo está domesticado… Todos sabemos que no se puede domesticar un león; tarde o temprano saltará el león… Hay que ganarle, imponerse o poderle; o al menos que él así lo crea… Educar para domar leones no debe ser fácil; no lo fue con mis leonas…

PAULA…

Mérito es el de mi hija la menor, una leona que ahora domina sus pulsiones… El coronavirus seguro que la ha obligado a pasar por encima de sí misma, viéndose veinticuatro horas al día, reflejada en el bichico de su hermana la pequeña; cuidándola, y sabiendo lo que vale un peine cuando tienes que cuidar niños. Como por otro lado hacen los padres… Es maravilloso, que semejante carácter volcánico haya tenido que rebuscar en sí misma para encontrar, cosas en las que empeñarse y poder enseñar a su hermana la pequeña…

Olé sus redaños…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

TODAS LAS TARDES CON ÉL

Historias de Paco Sanz

Fui consciente de cómo desaparecía la mente de mi padre, de cómo la mala suerte dejaba a mi cargo durante unos años el cuerpo del que había sido mi padre. Había ido siempre después de comer a cultivar su jardín, durante casi toda la vida. Cuando empezó a no poder ir solo íbamos los dos. Cuando vi cómo iba a tratarle la fortuna me entristecí… Tanto, que mi querida compañera me dijo que no hacía falta que fuera todas las tardes con él.

Mi padre tenía una magnífica memoria. Era esa persona que hay en todas las familias que sabe más que los demás de los antepasados. Era capaz de recitar por orden 32 de sus apellidos, siempre había una anécdota familiar que asociar a cualquier acontecimiento. En poco menos de dos años, no era capaz no sólo de decir mi nombre sino de reconocerme. Ya antes de que acabara de morirse empecé a hacer el trabajo de duelo, el trauerarbeit que ayuda a olvidar como Dios manda, es decir a recordar lo mejor.

Con ayuda de programas de genealogía me convertí en el que más sabía de mi familia, de la familia de mi señora, de la de mis hijos, sobrinos y sobrinos segundos políticos. Antes de que lo de la privacidad fuera un problema, no me corté en preguntar a los viejos de la familia acerca de los recuerdos que tenían de sus abuelos, a los jóvenes por la fecha de nacimiento de sus hijos, etc. Cerca de los mil parientes, algunos del siglo XVII… Me detuve. Dejé de hacer el idiota, el pelma que siempre habla de lo mismo, el trabajo de duelo se había acabado.

En un rincón de la memoria de la nube esa a la que han desembocado tantos archivos, y puede que incluso en algún disco duro de algún ordenador viejo; en algún DVD de esos que duermen en el fondo polvoriento de un cajón casi olvidado, seguirán los datos de mis parientes… Muchas fotos, algún archivo de voz, galimatías de familias endogámicas y separaciones familiares, que sin los ordenadores serían prácticamente incomprensibles, irrepresentables.

Hace mucho que dejé eso atrás. Tengo el recuerdo de lo que me afectó volver a escuchar los archivos de voz, mucho más que los de vídeo… De cómo se han quedado en mi memoria, sólo los parientes cuyo nombre o relaciones están asociados a alguna historieta… Antes no me importaba dar datos, por ejemplo una tabla de antepasados al que me lo pidiera. Luego me volví como todos, un poco más reticente a darlos, incluso antes que defender nuestra privacidad se convirtiera en algo prioritario… Cuando yo ya no esté, alguien se hará con ellos… Seguro. No es cierto que no dejemos huellas, dejamos huellas… El tiempo se encarga de borrarlas.

Hace poco borrando archivos de WhatsApp escuché la voz de algún amigo que ya no está entre nosotros. El mismo estremecimiento, que cuando me dio por volver las orejas a los archivos de voz del árbol genealógico. Supongo que es nuestro inconsciente el que se ocupa, de la manera animal que acostumbra, en reconstruir la presencia del ausente basándose sólo en los sonidos, de la voz…

Como diría Richard Burton, el poeta del desierto: “Cualquier otra vida es la muerte viviente/ un mundo dónde sólo habitan fantasmas/ un aliento, un viento, un sonido, una voz,/ un tintineo en la cadena del camello”. Por decirlo como otro poeta: “En las sombras de la noche,/ como un tropel de fantasmas,/ ideas y pensamientos/ son duendes y musarañas./ Son melusinas del aire,/ ecos de voz sin palabras./ Son pajarracos nocturnos/ que huyen a la madrugada”.

Historias de Paco Sanz

LÁGRIMAS DE MUJER

Hace solo unos meses que lo enterramos, y no quiero siquiera imaginarme que lo tuviésemos que enterrar hoy en día, con lo del coronavirus éste de mierda.

Y no sé porqué, pero últimamente me arranco a llorar con una insólita frecuencia. Se ve, que ahora estoy de lágrima floja porque siempre fui de lágrima fácil. Aunque también siempre he necesitado un buen motivo, un buen porqué para que se me soltaran esas lágrimas: el tormento del amor bien retratado en el cine; los actos de heroísmo; la añoranza de mis hijas; anhelos de viejos reencuentros; los remordimientos… Cosas así eran las que me hacían llorar.

Como no sé estar en la cama sin dormir me levanté, Manuela dormía a mi lado la siesta desde hacía un rato… Me dio por recordar cuando de pequeño también hacía como que la dormía, echado junto a mi padre. Entonces, casi abrazado a él y oyéndolo respirar, solo esperaba con impaciencia a que despertase para irnos toda la tarde a la huerta montados en su bicicleta. No había aventura mejor.

Eché a andar fuera de la habitación, y el caso es que sin venir a cuento, me asaltaron unas inesperadas pero imperiosas ganas de llorar muy extrañas; diríase como que femeninas; de ésas, que ellas muchas veces intentan explicarnos a los hombres. No sabes porqué coño estás llorando, pero lloras y lloras… Me encontré en medio de la cocina de casa, a lágrima viva, a las cuatro y pico de la tarde, y sin tener ninguna de las razones para llorar de las que antes os hablaba. Lloraba solo y porque sí. Y oye, he de confesar mi sorpresa, al sentirme tan a gusto sollozando sin motivo alguno, aparentemente.

¡Qué cosas…!

Luego recordé a mi hija la pequeña, cuando con solo ocho días de vida tuvo que luchar, a muerte y con la sola arma de su llanto, llorando contra un atragantamiento. Estuvo más allá que aquí; se puso azul, y prácticamente dejó de respirar… Pero desde el primer momento y como una jabata salvaje chillando por su vida, mi pequeña plantó batalla, guerreando hasta el último segundo de aquellos quince angustiosos e interminables minutos… Y tanto combatió mi pequeña guerrera recién nacida, que venció llorando, chillando y así recuperando, aquel resuello vital que finalmente la mantuvo aquí sin irse allá.

¡Por muy poco, pero ganamos…! A veces hay que tener los redaños de hierro.

Así que lloremos sin miedo. No debe ser malo.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MULTIVERSOS

Historias de Paco Sanz

Dicen los cosmólogos cosas alucinantes. Antes de que los telescopios montados en satélites lo confirmaran, en el límite de resolución de los observatorios astronómicos montados en tierra ya aparecían más galaxias que estrellas. Luego aparecerían la materia y la energía oscura y lo de los multiversos (muchos universos), y todos volvimos a pensar que ahora sí que no entendíamos nada. ¿Quién logra hacerse una imagen del cosmos que tenga en cuenta los resultados de la astrofísica más reciente? ¿Cómo se puede “mostrar” eso?

La idea, de que si se va con la mirada lo suficientemente lejos aparece nuestro cogote, me parece fascinante… Es una una manera curiosa de creer en la bondad del eterno retorno, del azar como determinante de tu destino. O lo que decían los viajeros de antes de los aviones, que el camino más corto para encontrarse a sí mismo era dar la vuelta al mundo.

Nunca he sido ajeno a aquello de que «vive para ti sólo si pudieres. Pero no sólo porque sólo para ti mueres si mueres, sino porque provincia mayor del mundo eres…» El Fénix de los ingenios, el Don Lope de Vega y Carpio de mis clases de bachillerato, lo clavó en aquel inolvidable poema acerca de sus soledades: “A mis soledades voy,/ de mis soledades vengo,/ porque para andar conmigo/ me bastan mis pensamientos./ ¡No sé qué tiene la aldea/ donde vivo y donde muero,/ que con venir de mí mismo/ no puedo venir de más lejos!”

A la banalidad del mal, siempre me ha gustado oponer la conveniencia de la frivolidad… Al menos para no ser un pesado, para no seguir aplastado por el espíritu de la pesadez. Nadie accede de golpe a la frivolidad… Es un privilegio y un arte; es la búsqueda de lo superficial entre los que habiéndonos apercibido de la imposibilidad de toda certidumbre, ésta, ha llegado a disgustarnos… Es la huida lejos de los abismos que, siendo naturalmente sin fondo, no pueden conducir a parte alguna. Así la frivolidad es el antídoto más eficaz contra el mal de ser lo que se es… Por ella abusamos del mundo y disimulamos los inconvenientes de nuestras profundidades. Sin esos artificios ¿cómo no enrojecer por tener un Alma…? Nuestras soledades a flor de piel ¡qué infierno para los demás! Pero es siempre por ellos, y alguna vez por nosotros, que inventamos nuestras apariencias…

“Soledades”, eso sí que es un oxímoron, no lo de la vuelta a la normalidad con lo que nos están machacando. “Pero sepamos: ¿a quién/ le cuento yo todo esto?/ ¿Hay semejante locura?/ ¡Que hablando conmigo venga,/ y otro cuidado no tenga/ hallándome en la espesura/ destas bárbaras crueldades/ destos ásperos retiros/ diciendo mil necedades/ aquí, donde mis suspiros/ pueblan estas soledades”.

Seguramente espero que tú me oigas, y que te rías de tanta tontería, porque “Tu risa me hace libre,/ me pone alas,/ soledades me quita,/ cárcel me arranca”.

Igual Lope se refería a lo de la soledad en pareja cuando hablaba de soledades, o de la aldea donde vivo y donde muero. Nietzsche acuñó el término Zweisiedler, una manera de ser eremita (Einsiedler), en compañía… Como ahora durante el confinamiento. Sin darnos cuenta nos hemos aposentado cada uno en un lado de la casa durante horas; así que volvemos a echarnos algo de menos, al encontrarnos para cenar juntos, como cuando nos cortejábamos…

También el cosmos social de los conocidos, de los matrimonios, de las amistades, reposa, igual que el cosmos astronómico, en ese equilibrio entre la fuerza centrífuga y la gravedad. La parte más agradable de la vida, su música, y su danza, armonizan la diferencia y la repetición.

Historias de Paco Sanz

ESCRIBIRTE

Describirte…

Con palabras solo.

Torpemente consigo acercarme
donde me gustaría llegar,
apenas, sin tocarte…
Sin acertar a decirlo todo,
sin abarcar con palabras cuánto…

¿Cómo merecer, yo solo,
las alturas y honduras de tu persona…?
Solo. Al quedarme solo.
Al cerrar los ojos e imaginar sin ti,
la amenaza de tu ausencia implacable,
muestra esa necesidad insondable
que de mí, hace de tu amor su esclavo.

Solo por eso Amor Mío,
acógeme con tu paciencia y tus sonrisas,
regresa deseosa al alejarte,
y perdona sin agriarte mis torpezas…

Solo lo mucho que te amo me redime,
si llego a ser el porqué de tus anhelos…
Si llego acaso a escalar tus alturas,
y si a esas tus honduras
descender y hollar me atrevo.

Escribirte…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

REZAR, LLORAR…

Historias de Paco Sanz

He echado de menos dos cosas que una vez sabía hacer y que el tiempo se ha llevado: rezar y llorar. Recuerdo de niño cuando lo hacía, ¡qué sensación de adentrarme en la luz o en la oscuridad conseguía o padecía haciéndolo! Mi compañera cuando va a rezar el rosario con sus amigas, quiero decir a hacer yoga, me dice que me envía vibraciones positivas, antes hubiera rezado por mí. Me acuerdo de las últimas veces que vi humedecerse los ojos de mi hija, pero no a partir de qué momento yo ya no pude llorar más, por mucho que las circunstancias lo propiciaran. El lamento es una forma de comunicarse, el llanto es un asunto privado.

Creo que no se puede sentir intensamente ni alegría ni pena si no se saben hacer esas dos cosas. Creo que alegría como la que sienten los místicos ante la sensación de presencia o de unión con Dios hay pocas. Los que enseñaban a rezar decían: Arrodíllate y reza… y creerás, arrodíllate y creerás que te has arrodillado porque creías, arrodíllate en público y consiguiendo hacer creer que crees creerás que crees, arrodíllate y de este modo harás que alguien crea. Arrodíllate, actúa como si creyeras, y ya no tendrás que creerte a ti mismo, tu creencia existe objetivada en el acto de rezar. Para rezar hay que saber humillarse lo suficiente.

Vivir es exagerar, creo que el poder experimentar alegría o tristeza con intensidad ayuda a dar relieve a la vida. Sin embargo para llorar o rezar con querer no basta. Jorge Manrique que vivió más de cerca la Reconquista sabía de la bondad del saber rezar o llorar: “El vivir que es perdurable/ no se gana con estados/ mundanales,/ ni con vida delectable/ donde moran los pecados/ infernales;/ mas los buenos religiosos/ gánanlo con oraciones/ y con lloros,/ los caballeros famosos/ con trabajos y aflicciones/ contra moros”.

Supongo que empecé a darme cuenta de que más que endurecerme me estaba secando por dentro, al darme cuenta de que no era capaz de llorar en los funerales de mis padres y amigos, y ver como además de las mujeres que vivieron cerca de ellos, mis primos y amigos lo hacían.

No creo que cuando me muera llore nadie, claro. Y es que me he hecho muy mayor. He visto que en los funerales cuanto más años tiene el muerto menos se llora. Y eso que llorar es lo primero que hacemos, que al venir al mundo uno llora y los demás se alegran; es necesario morir riendo y que los demás lloren. Y durante la vida no hay más que un signo que testimonie que se ha comprendido todo: llorar sin motivo. A veces me he sorprendido de verla llorar leyendo: ¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira? Lo sé, me dice. Pero lo que yo siento es de verdad.

Un día que Honoré de Balzac se encontraba escribiendo en su estudio, un amigo entró sin avisar. Al notar su presencia, se dio la vuelta y se puso en pie de un respingo. Muy exaltado, se le acercó. Lo agarró del brazo y, con lágrimas en los ojos, exclamó: «¡Qué horror! La duquesa de Langeais ha muerto». El amigo, que conocía bien la alta sociedad parisina, se quedó perplejo. Nunca había oído hablar de tal dama. Tras observarlo detenidamente, Balzac reparó desconcertado en su propia confusión. La duquesa no existía, era la protagonista de la novela en la que estaba trabajando y, justo en ese instante, él mismo acababa de darle muerte con su pluma sobre el papel.

Historias de Paco Sanz

ES LA GUERRA

Si la única forma que hay de luchar en esta guerra contra el coronavirus es quedarme en casa, voy de culo… Pero porque es la peor de mis guerras posibles ya que siempre he tenido serios problemas para estarme quieto… No estoy acostumbrado a la guerra, pero jamás la he rehusado si la he creído necesaria… El problema para mí de esta lucha en la que estamos, es que permanecer quieto parece ser que es la única arma… Y no soy yo alma inmóvil sino más bien culo de mal asiento.

Con ochenta y cinco años mi madre se muere; pero eso no es lo importante. Todos moriremos; yo, llevo muriéndome cincuenta y tres… El problema, es si tener muchos o pocos años de vida es, condición sine qua non para que te mueras… Pero porque sería ésta una condición que nunca lo ha sido; sería humanamente injusta… La gente desde siempre se ha muerto sólo cuando le llegaba su hora… Por ello, la muerte nunca ha sido cosa de calendarios sino de relojes…

Que se mueran los viejos siempre nos ha parecido que era lo normal. Sin embargo, siempre hemos deseado entre comillas una muerte digna. Aunque obcecados por vivir mucho, morir joven siempre nos ha parecido algo como ejemplar; morir en la flor de la vida… ¡Vaya tontería!

Pues resulta que a día de hoy, mi madre está en la flor de su vida y eso que acaba de enviudar… Tiene la lucidez que ya quisieran muchos treintañeros; la experiencia necesaria que casi ninguno tenemos; la fortaleza mental que a su edad todos desearíamos; y todavía ese instinto maternal, que hace de nuestras madres esas personas imprescindibles para sentirnos seguros… La única ventaja que le tengo, es el tiempo que se supone nos queda a ella o a mí… ¿Pero qué importancia se supone que tiene eso del tiempo…? ¿Acaso es algo tan cierto, y por ello tan importante, lo del tiempo…? Yo, creo que no.

Los viejos en el fondo, siempre han sido más útiles que los jóvenes pero por el simple hecho de que no creaban problemas aparte de los de salud; es más, bien al contrario, solían tener las soluciones… Y desde siempre tras las guerras solo quedaban, para recordarlas, los viejos inservibles para ellas… Lo trágico de esta guerra es que son ellos, los viejos, la primera línea de trinchera; ponen ellos casi solos todos los muertos. Peligra por ello el recuerdo de los viejos; peligra tal vez la civilización…

Mierda de guerra que no me deja luchar…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

La bicicleta

Era genial. Con seis años, veía a mi padre cual superhéroe llevándome en volandas de aventura en aventura por ahí… Era capaz de meterse por la estrechez de casi cualquier recoveco conmigo, sentado en el macho de su bicicleta. Yo, absorto, miraba hacia abajo mis pies colgando del lado izquierdo del marco; y a los suyos pedaleando; y al camino, que parecía hacerme guiños arrugándose bajo nuestro paso… Todos, nos hemos quedado mirando alguna vez a la carretera cuando pasa bajo nuestro.

El contraviento del aire a su pedalear cadencioso, y la sombra protectora que a mediodía proyectaba su cuerpo al agarrar el manillar inclinándose sobre mí, refrescaban mi ánimo ante el sopor de aquellas tardes de faena y huerta, con mi padre.

¡Qué maravilla a mis ojos aquellos viajes de no sé cuántos kilómetros…! No había cosa mejor que me pudieran proponer, que subir por las tardes con mi padre en su bici. Sentía algo así como la sensación que evoca esa mítica escena cinematográfica, de unos enamorados con los brazos abiertos y en la proa de un barco. El viento en tu rostro y en el suyo; al frente la aventura y un paisaje maravilloso; y tu amor detrás, cuidando de ti… Mi padre.

Los cañaverales a los lados de las veredas por las que pasábamos, recuerdo que parecían, desde mi perspectiva, correr en nuestra contra. Y a veces se estrechaban tanto las sendas a nuestro paso, que las hojas volcadas de aquellas cañas golpeaban como pequeños látigos en los brazos fuertes de mi padre.

Y sus fuertes brazos a cada uno de mis lados, eran mi mejor refugio; pero no le gustaba que me agarrara a ellos mientras montábamos, porque así peligraría nuestro sutil equilibrio… Y por ello, debía asirme fuertemente al manillar, aunque fuera peligroso. Aquel manillar con frenos de varillas de hierro, podía darte un buen y pellizco en los dedos si te descuidabas. Cosa que yo, ya sabía por experiencia.

Y no podía descuidarme, porque ir en bicicleta así con él era realmente cosa de dos, por pocos años que yo tuviera. Me acuerdo bien. Hoy, los niños, van siempre en bicicleta creemos que protegidos por una especie especial de cesta o de jaula; y casi siempre en la parte de atrás de la bici… Con casco, cinturón, coderas y rodilleras. Yo, los he visto con un teléfono móvil fijado a la parte de atrás del tubo del sillín de su papá, y ellos solitos conectados a unos auriculares viendo Bob Esponja. Y hasta con un protector bucal.

Convendréis conmigo, que para un niño no es lo mismo ir delante o detrás en una bici. Y se va mucho mejor delante, sin auriculares y sin protector bucal; os lo aseguro.

Tenía mi padre una relación especial con la tierra que lo había sido del suyo. Y como le gustaba volver a casa razonablemente limpio, se quitaba en la intimidad de su huerto casi toda su ropa de calle.. Lo primero que hacía si era verano era quedarse en cueros, solo a calzón puesto. Y en calzoncillos, tranquilamente, dejaba que el polvo de su propia tierra, el sol, y las ramas de su propio huerto, mancharan, doraran y arañaran su piel… Y empezaba la faena. Cuarenta y tantos años y con una agilidad felina, se movía entre la maraña de arañazos de las ramas de nuestro huerto.

Y ahora, voy a por una mascarilla y a ponerme un supositorio, pero no por miedo al contagio sino por asco… ¡Qué asco, cuánto miedo…!

…eeen fin. Que no os engañen…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¡Ay papá, ay papá…!

Era la mía, la única habitación con dos camas de nuestra casa, y hacía tiempo que ambos dormían en ella; juntos, pero en camas separadas. Habían renunciado a su alcoba de matrimonio porque se ve, que cuando tienes ya ochenta y muchísimos años, tus huesos agradecen la comodidad de un lecho para ti solo. Pero a la vez, seguro que hay momentos en los que esos mismos huesos tuyos, echan de menos la compañía y el calor del cuerpo que toda la vida caldeó tus carnes… Y se ve que por eso, mi padre cambió de catre aquella madrugada de enero; quizás, porque le despertó el frío y la ausencia.

Y seguramente empujaría a mi madre un poquito para que le hiciera sitio en medio, de la calidez de su cama de cuerpo y medio. Y hasta es posible que sin saberlo ellos, tal vez hicieran por última vez el amor, como solo lo saben hacer los viejos que llevan más de sesenta años juntos: palpándose, calentándose y cobijándose, y quién sabe si besándose con…

¿Momentos, convertidos en esencias de amor…? La vida es en esencia, solo un momento compuesto por miríadas de otros momentos. Y como todo lo esencial sucede, y sucede solo en un momento, siempre hay un momento para todo… Parece un perogrullo o un galimatías, pero no.

¡Ven, que tu padre está muy mal…!

Seis minutos tardé, quizá ocho o diez, o doce. Seguro que cuando llegué, el éter de su último hálito todavía no se habría diluido del todo en el aire de ésa mi habitación infantil, porque me pareció como respirar aquél su último expirar, oler su último olor, seguir su último rastro… Creí también percibir, diría que algo así como vibraciones; sutiles restos emocionales de la confusión y del miedo que debió sentir, ante lo inexorable de la urgencia mortal de ese sopor que lo arrastró… Me pareció también detectar un leve rastro como de ondas asustadas, cual huellas de su ánimo justo antes, del momento postrero en el que asustado, se dejaría caer en los brazos del abrazo inesperado y oscuro del óbito.

Adiós Papá.

Y empecé a llorar como no recordaba que podía hacerlo. Y me abandoné de lleno a ese llanto infantil y desbocado, como si sirviese de algo.

Mientras, mi hermana ¡ay papá, ay papá…! Sentada a su lado en la cama acariciaba, incrédula y llorosa, nerviosa y en shock, aquellos dedos ya inanes. A la vez también se esforzaba, inútil, por sostener erguida la languidez de su mano ya muerta. Parecía mi hermana como esperar, una respuesta táctil y viva en aquellos dedos al intentar agarrar con la vida de los suyos, los cinco de él todavía tibios… Tal, y como hacen los enamorados al unir sus manos entrelazando los dedos al caminar juntos.

Fue inútil. ¡Pero qué bonito Nena…!

Y también en sólo un momento llegaron, y se lo llevaron. Entraron en mi casa por las puertas de la cancela abiertas como nunca, de par en par; cargados con una enorme y fría plancha metálica a modo de camilla, y dos bolsas: una blanca y una negra. La blanca era un sudario moderno de algodón, suave y con cremallera; la negra era una simple bolsa de transporte de lona basta, con asas, y también con cremallera… El peor momento para mí, fue, el tener que profanar su lecho mortuorio y lo hermoso del gesto durmiente de su postura, para meterlo como si un fardo pelele en aquellas bolsas.

Y justo antes de que se cerrasen por completo aquellas cremalleras, hice un gesto para que pararan, y lento, me acerqué al máximo a su rostro y lo besé, asomándome al abismo frío de contemplar su muerte… Medio minuto estuve en silencio observando muy de cerca y por último, los surcos de ese semblante de mi padre sin gesto ni mueca alguna. Y creo que como mi hermana ¡ay papá, ay papá…! yo también parece que esperé aún sabiendo que en vano, rescatar algún signo de aquella vida que lo insuflaba hacía quince o veinte minutos.

Peeero… todo pasa en un momento.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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LA AMISTAD

Historias de Paco Sanz

La risa no es un mal inicio de una amistad y es, por supuesto, su mejor final. Echo de menos a mis amigos, el poder ser amigo de alguien como en el érase una vez de mis años mozos. Qué misterio la amistad. El código fuente de la amistad es la ignorancia tácita sobre la razón última de su misma existencia. ¿Cómo pude ser tan amigo de mi amigo? ”Porque era él; porque era yo». Decía Montaigne de su gran amigo. Que le tomaba por el que creía ser.

Durante mucho tiempo se ha creído imposible la amistad del hombre con la mujer, parecía que la amistad fuera una invención de los hombres para dominar su antiguo miedo a la mujer, la relación amistosa parece entonces un medio de neutralizar la magia femenina, efecto del poder de la mujer sobre la vida y su connivencia con la naturaleza, entonces se entendía la manía de someter a la mujer como la manera de dominar el carácter peligroso que se atribuía a su impureza fundamental y a su fuerza misteriosa.

¡Que buena amiga sigue siendo para mí mi compañera! Cuando vuelvo a verla por la mañana se enciende la luz. Nietzsche nos dijo que cuando los hombres se hayan convertido en esplendores y sistemas autónomos, estarán especialmente solos. Entonces buscarán un amigo, alguien al que poder dar su felicidad, su voluntad de poder será la de poder amar. El mejor amigo tendrá probablemente la mejor esposa, puesto que un buen matrimonio se funda en el talento de la amistad. Y entre todas la amistades ninguna se proyecta tanto hacia adelante y se tiene que proyectar tanto hacia arriba como el matrimonio.

Él no se casó. Lo que tengo de “casado” no me gusta. Se aprueba el matrimonio, primero porque no se conoce todavía, segundo porque uno está acostumbrado, y en tercer lugar porque uno lo ha concluido, es decir, en casi todos los casos. Sin embargo con todo eso no hay nada probado sobre la bondad del matrimonio. Prefiero la amistad. Puede hallarse incluso en él. Parece menos raro pasar de la antipatía al amor que a la amistad. Por muy delicado que se sea en amor, se perdonan más faltas que en amistad.

Cuando todavía hablaba con mis amigos, hablábamos de lo que pensábamos que sería bueno para todos. Era como compartir el vino o el tabaco en la reunión junto al fuego. Nos unía nuestra común preocupación por el bien y nuestra discrepancia acerca de eso demostraba lo que nos necesitábamos el uno al otro para comprenderlo. Según Platón la amistad es el único bien común. “Las sillas de recia anea./ El vino de mano en mano./ La amistad como beberse/ la tarde de un solo trago”. ¡Ay, la copa transparente de la amistad!

Supongo que para seguir pudiendo ser amigo hay que poder seguir siendo niño. Lo fácil que es quererles me lo recuerda. Y recuerdo también a Fourier, el de los falanasterios, ahora que soy viejo. Era un especialista en pasiones, para él había cinco pasiones sensuales: Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Cuatro afectivas: Amistad, ambición, amor y familismo. Tres distributivas: Cabalista, mariposeante y componedora. (Osea la de la intriga y el contar, la de andar cambiándolo todo, y la de componer para armonizar con varias) Cabaliste, papillonne y composite.

Pensaba que los niños se sienten atraídos por la amistad, los jóvenes por el amor, los hombres maduros por la ambición y los viejos por el familismo. En la medida en que los viejos tuvieran más poder que los demás impondrían el familismo a todo el mundo.

Autor: Paco Sanz

El mejor poema del mundo

MELANCOLÍA DE DESAPARECER



Y pensar,
que después de que yo muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul,
la primavera,
indiferente a mi mansión postrera, encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que,
desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo,
y ya no la veré yo, desde mi caja.Agustí de Foxa

Tocarse… Paco Sanz

Necesito otro nivel de compañía, porque el ver y oír no bastan, es necesario tocar y oler para sentirse verdaderamente acompañado. Para entrar y salir realmente. Cuando entro en una habitación me doy cuenta que olisqueo, cuando vuelvo a ver a un amigo hago por tocarlo. Buen olfato y mucho tacto son cosas que se pierden si no se cultivan. Al otro lado de las pantallas ni se huele ni hay quién toque nada, al menos de momento. Sé que ella sigue en la cama, que si voy me acogerá bien, que esta tarde iré a buscar mis nietos, que les daré la mano para llevarles hasta el coche… eso alivia mi contraria suerte.

Al escribir eso me ha venido a la mente el bucanero ciego de Borges, también él “Sabía que en remotas playas de oro/ Era suyo un recóndito tesoro/ Y esto aliviaba su contraria suerte”. ¡Qué gusto acercarse tanto como para poder oler y tocar!, al menos a los que queremos. ¡Qué curioso que se diga de los que están perdiendo la chaveta que “no tocan”, que de los que hacen música se diga que la “tocan”!

Y según cómo, ¡qué descanso la distancia! Para Nietzsche “La suprema elevación de la humanidad es el sentimiento de que no le es lícito tocar todo; de que hay vivencias sagradas ante las cuales tiene que quitarse los zapatos y mantener alejada su sucia mano. Por el contrario en los denominados hombres cultos, en los creyentes de las «ideas modernas» acaso ninguna cosa produzca tanta náusea como su falta de pudor, la cómoda insolencia de ojo y mano con la que tocan, lamen y palpan todo”.

Y es que la nuestra es la sociedad del espectáculo. El espectador quiere tocar todo lo que ve. Eso no permite acercarse a lo que es, en lo visto y lo oído no es donde se encuentra el centro del ser. Hay que aprestar el ojo para ver, que aplicar el oído para oír, como si lo más tocable allí estuviera. Las reglas de la gramática, el mensaje de la ley, la palabra del testigo, el eco del Big-Bang, el sistema de la filosofía, el lenguaje, la consciencia… incluso el más allá no es concebible más que como una vasta armonía. Somos mártires por lo que no queremos decir y condenados por lo que hemos dicho.

Hace tiempo que las relaciones “humanas” no incluyen ya para casi nada lo de oler y tocar. Creo que las cosas empezaron a desmadrarse con la invención de la correspondencia, hubo un tiempo en el que se perfumaban las cartas y ahora con lo de las redes sociales no hay quien perfume nada. Lo de escribir cartas ha traído al mundo una terrible perturbación de las almas. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en una persona ausente y puede tocar a una presente, todo lo demás supera las fuerzas humanas. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino. y esa abundante alimentación hace que los fantasmas se multipliquen en forma desmesurada.

A los hombres de mi familia nos ha dado por salir a darnos un paseo más que los de otras familias que conozco. Supongo que es porque hay en nosotros más genes de cazadores que en las de los demás, que por eso siempre andamos olisqueándolo todo. Es como si pensáramos que salga de donde salga, en ninguna parte puede oler tan penetrantemente mal como en casa de cada uno. Y salimos a darnos una vuelta… porque necesitamos aire.

Autor: Paco Sanz

El papel va a menos. Paco Sanz

El papel va a menos. Además deprisa. Al cabo de unos meses después de instalarle la impresora a mi cuñada para que pudiera sacarse los billetes de tren desde casa, ya era posible hacerlo con el móvil. La primera vez que se fue de viaje usándolo todavía llevaba el billete impreso por si las moscas.


   La chica de la ventanilla del banco me dice que si hace la transferencia ella tengo que pagar una comisión, desde el cajero no hace falta. ¿Miles de cajeros operativos? Miles de personas al paro. Usando la inteligencia de los teléfonos estamos haciendo innecesarios incluso a los cajeros. Pago con el reloj, la persona con la que comparto la cuenta también. Pasado mañana seremos por fin de esos que con la cara pagan. No sólo el papel de los libros va a menos, va a menos incluso el papel moneda.

  Todavía llamamos el escribir a mano el hacerlo sobre el papel, las máquinas de escribir también están desapareciendo, se imprime lo de la pantalla. En mi tableta escribo con un lápiz, quiero decir un smart pencil de no sé qué generación, cuando imprimo eso me pondría ha llorar, pienso entonces que quisiera “Morir cuando la luz triste retira/ sus aúreas redes de la onda verde,/ y ser como ese sol que lento expira/ algo muy luminoso que se pierde”. Como al sacar lo que acabo de escribir de un libro de poesías y de mis recuerdos y ponerlo en esta pantalla, por la que vuelvo a pasear mecánicamente la mirada para ver si lo he hecho bien.

  Qué papelón lo de que el papel vaya a menos. Espero que a nuestro nuestro papel en nuestra propia historia no le pase lo mismo. Mi hermana acaba de montarse uno de esos retretes que hacen innecesario incluso el papel… higiénico. Bueno también todas las páginas que he escrito a mano han sido como ese papel, y como yo mismo, cosas de un sólo uso. ¡Ay! “Estos días azules y este sol de la infancia”. (Eso ponía en un papel arrugado que encontraron en el viejo gabán de Antonio Machado cuando recogían sus cosas para enterrarle).

  Sigo dejando papeles por en medio en mi estudio. Es un anacronismo; creo que los papeles y el polvo inherente al paso del tiempo en el que no pasa nada van juntos. Me ha pasado más de una vez que al entrar en el estudio de alguien que soy y encontrar sus libros y papeles revueltos por todos los lados, digo sin vacilar: “¡Qué desorden! Debo poner orden en este lío”. Sin embargo, en otras ocasiones, entro en una habitación que se parece a la otra; pero después de echar una mirada por toda ella, decido que debo dejarla exactamente como está, reconociendo que en este caso incluso el polvo está en su sitio.

  Al principio el papel fue llamado bagdatikos, que significa “de Bagdad”, porque fue a través de esta ciudad como llegó a Occidente. El arte de fabricación de papel alcanzó España en el siglo XII y después, a intervalos de cien años, Italia, Alemania e Inglaterra. No obstante, siglos después de que el papel fuera ampliamente accesible en Europa la vitela y el pergamino siguieron prefiriéndose para los documentos que tenían que perdurar.

  Kafka, que quiso al morir que se quemaran todos sus papeles dijo una vez que “Las cadenas de la humanidad torturada están hechas de papel de oficina”. Mis hijos me han visto inclinado siempre sobre mis papeles. Les gustó aquello que le dijo un noble a un escritor: ¡Qué, señor poeta!, garapateó, garapateó y garapateó! ¿No?

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Lector, léeme y dime.

Cuando escribo, lector, en forma ninguna puedo imaginar cómo crecerán las semillas que anhelo plantar con mis escritos, en los fértiles bancales de las imaginaciones que me leen… Sé lo que quiero escribir; pero lo que no puedo saber con precisión, es qué es lo que entederás en tu íntimo al leerme; ni cuál, es el efecto que te causará mi forma de contar; ni cómo, es la imagen mental que se te creará al leerme.

No puedo saber si te emociona el motivo que me empujó a escribir; ni si sientes acaso el asco, la excitación o el miedo míos; ni si tal vez nos enternece lo mismo… No sé nada de lo que pasa en ti tras leerme. No sé si te quedas igual, si te indignas, si lloras, o qué o cuál coño te recuerda lo que me lees.

Y como yo escribo gratis, me debo por entero a la dignidad de lo que escribo; y como tu opinión para saber eso es imprescindible; me encantaría que de alguna forma y de vez en cuando, me hicieses saber cuánto, o cuán poco, te gusta lo que me lees…

Y qué sepas que te quiero… Gracias lector.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Lágrimas

Le duele, aunque ya siente ese alivio que experimenta cuando al llorar recordándote, ni siquiera enjuga sus lágrimas. Rendida, las deja deslizarse lentas por sus mejillas; que se empapen con esa multitud de rastros salados y lenitivos; hasta la barbilla; punto final, desde donde parece que se esfuman saltando al vacío.

Y cede en su lucha contra ese amargor doloroso subiéndole por la garganta; se lo traga, fluye, y deja fluir sus lágrimas. Ese momento solitario y beatífico en el que por fin, abandona su orgullo, y se abandona ella entera al desahogo del puro llanto desbocado… Llanto ya sin muecas; solo lágrimas agrias, sinceras de emoción veraz; lágrimas libres al fin y al cabo.

Tiene la sensación de que siempre tendréis, algo pendiente.

Ha llegado de tu mano a sus momentos más hermosos, y sabes que eres sin duda el amor de su vida. Y también sabes, que vivirla a partir de ahora sin tu presencia cerca, será como lamentar para siempre una gran pérdida; como convivir sine die con el eterno y sordo dolor de una amputación… Así, herida, podrá pasar el tiempo, sí, pero seguirá doliéndole la cicatriz que le quedó, de ese pedazo que creía suyo, de aquél tu trozo cercenado y ausente.

Piénsalo.

💞

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

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El amor y un condón…

El amor, debería ser como la sensación de estar unidos por una largísima goma elástica… Atados, con algo así como con un condón gigante y muy usado… De tal forma, que cuanto más estirases para alejarte libremente de tu amor; con más fuerza ese condón, esa goma enorme, tirase de ti inevitablemente de vuelta hacia aquél…

💞 🤣

Antonio Rodríguez Miravete… Juntaletras.

EL EFECTO MARIPOSA

«La insoportable levedad del ser…»

Es inquietante, la frecuencia con la que podemos descubrir que el famoso efecto mariposa, es un fenómeno del todo cierto y comprobable, empírico; además de inevitable. En cuanto cambias cualquier pieza de tu puzzle vital, puedes quizás desencadenar acontecimientos que no podrías haber tenido previstos en forma alguna. De la misma manera que un pequeño gesto confiado, que te despiste solo un poco al conducir, puede desembocar en algo inesperado por una autovía a ciento treinta kilómetros por hora. Prender un cigarrillo, girar un poco la cara para fijarte en ese hermoso atardecer del que te alejas; una llamada en el móvil, un inesperado vahído de sueño. Tragedia, susto o quizás nada. Un ligero cambio, un leve despiste, un tenue movimiento bastaría, para cambiar el sino de los acontecimientos que te sucederán.

Como cuando te alejas de algo queriendo evitar un mal que supones cierto, y como de la sarten a la lumbre, te sorprendes habiendo saltado al fuego peor de otro de tus errores garrafales.

Formamos de nosotros mismos algo así, como una de esas complejas figuras compuestas por fichas de dominó puestas de pie; pero creyéndonos que las colocamos nosotros mismos y por propia voluntad. Esa figura, la nuestra, la vemos perfecta desde nuestro punto de vista; pero siempre y cuando no la toquemos mucho o no nos la toquen. Se compone de miles de piezas colocadas a propósito y con cuidado por lo que creemos es nuestra personalidad. Pero si solo se nos volcara una de esas pequeñas piezas vitales, comprobaríamos, cómo se derrumba irremisiblemente esa imagen que de nosotros mismos tenemos; cómo se destrozaría, envuelta en el caos del caos que desencadenan las cosas cuando se caen. Pero gracias a no se quién, ni somos fichas ni somos cosas; y la imagen, para nosotros seguiría ahí.

O como cuando eres joven y crees que tienes que tomar esa decisión que supones crucial; y la tomas por huevos, porque en el fondo ignoras si en verdad va a cambiar o no en algo tu destino. No sabes que simplemente esa decisión va a formar parte de otras muchas, que como ladrillos de los que estamos construidos, nunca terminarán hasta nuestra muerte, de formar del todo el edificio de nuestra persona.

Pero de todas formas continuamos con la carambola de nuestro viaje. Porque tanto el peligro como el hambre, la curiosidad y la ignorancia; el acierto, el error, y la muerte o el amor, son motores que nos mueven.

No nos engañemos.

Antonio Rodríguez Miravete…

Juntaletras.

NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas. Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones. Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir.

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras. Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir.

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez. Una decisión muy muy difícil. Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes.

Y no, no dijimos nada; a nadie.

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras. Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par. Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos.

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura.

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas.

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo. Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna.

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra. 0Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar. Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar la verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario.

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño. Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron.

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera. Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron. Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa.

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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pedazos rotos

Hoy lo he mandado todo a la mierda; y después de treinta y tres días me he saltado, por fin, esta rutina cutre en la que casi he caído. Malas costumbres; desidia y cerveza, autocompasión y escondite, soledad y pan de molde. Pequeñas perezas y vicios veniales tras los que me he refugiado, escondiéndome todo este tiempo.

Tiempo sin salir de casa; solo para trabajar. Oyendo cómo, el soliloquio eterno del mar diluye hasta que engulle, a su alrededor todo sonido, música o pensamiento; toda palabra, vibración o intención. Buscando, el silencio que se esconde tras ese ruido náutico. Atento, para anular cualquier interferencia. Abstraido y por completo concentrado, solo, en aquello que produce ese ruido inmenso del mar… Dejándome inundar por semejante bramido marino, omnímodo, e incansable.

Ese sonido como mágico, líquido y hasta maternal, parece lavar penas y curar heridas… Meditar envuelto en este mantra marino quizá, obre un milagro curativo, echando algún tipo de sal pura y beatífica justo, en los escozores de la conciencia, en las llagas de las soledades y silencios, y en las heridas abiertas de la pérdida.

Como bálsamo de Fierabrás sonoro, aplaca revanchas y calma iras, propicia olvidos necesarios, y es posible que también, consiga el alivio y hasta el perdón de algunos pecados.

Esta mañana, sin más, me he arrancado a correr durante casi media hora; y claro, como no podía ser de otra manera casi tiro la hiel por la boca dado el penoso estado de mi forma física. Pero una vez repuesto de la asfixia y recuperado el resuello, hasta me he atrevido a darme un rapidísimo chapuzón helado y vivificante en el mar. Luego de ducharme y afeitarme, he ido a un restaurante chino que conozco a comer algo decente despues de éste más de un mes: rollito de primavera, y un pato laqueado al estilo Peking sublime.

¿Difícil de superar, eh…?

Ahora, ya solo me falta ordenar algunas pequeñas cosas; detalles no menores, como poner orden al caos horario en el que estoy vegetando; terminar de aprender a poner la lavadora sin que ésta eche a correr cuando centrifuge; decidirme de una vez a hacer la cama como dios manda; también he de ponerme a limpiar y ordenar la casa, antes, de que venga alguien de improviso y crea que principio un síndrome de Diógenes; tampoco se me puede olvidar durante más tiempo el regar las plantas, pobrecillas; y también, tengo pendiente el aprender a planchar.

Y sobre todo, y desde ahora mismo, me propongo abandonar este inútil abandono tan abandonado, en el que tan olvidado me tengo.

Hora es de clausurar éste, mi refugio, donde he podido lamerme con recato las heridas de la decepción, reflexionar, y recomponer algunos, no todos, de mis pedazos rotos y esparcidos por ahí.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio sin duda noté algo raro. La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta. En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad.

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta.

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe. Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama. Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos diríase acompasados y muy sigilosos. Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles.

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado no me atreví a interrumpir aquello. Así que con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado.

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama.

– Me había quedadooo, durmiendo.

El recuerdo de lo acontecido no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre. Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese. Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura. No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas también lucía enigmática, distinta, contenta.

¿Cómo se hacen los niños…?

Si habéis tenido hijos sabéis que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo todo eran silencios; sapos y culebras. Es decir: o no te decían nada o como mucho te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras. Un sí, pero no… Y como fueses descarado incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá.

Estábamos solos ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto. Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho se te reblandecían las rodillas y los nudillos; o te salían unos granos en la cara de una pus muy sospechosa. Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido.

Pero a diferencia de hoy había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine para después ver una película X. O mezclándonos con los mayores, para ver si nos enterábamos ya de una vez de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo.

No sabíamos nada. Y no había Internet. Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos.

Yo ya tendría mis doce o trece años una tarde de verano en aquella pinada. Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé que quedé como un tontaina; pero aquella tarde aunque me lo explicaron riéndose, sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

La desconfianza y el amor

Y fue condenado eternamente por los dioses, a subir rodando una y otra vez la misma enorme roca, hasta lo alto del pico de la misma colina; pero sólo, para sufrir el castigo de ver caer esa piedra una vez tras otra, rodando, cuesta abajo…

El mito de Sísifo, describe así la paradoja de someternos constantemente a los mismos esfuerzos inútiles. De nuestro celo compulsivo, inconsciente y subconsciente, de cometer siempre los mismos errores repitiendo nuestros miedos… De engañarnos creyéndonos salvados, seguros y guarnecidos de todo peligro, en esas trincheras cavadas con nuestros temores y costumbres; parapetados tras nuestras propias estupideces, creencias, y vicios adquiridos… Una, y otra vez. Todo, pese a que sin duda conocemos lo sutil y evanescence de esta vida: se va, en un momento…

Y perdemos el tiempo… pendientes, solo de nosotros mismos…

Siempre he creído que la confianza, al igual que el verdadero amor bien entendido, es un sentimiento endógeno… Ambos, al ser dones a entregar, tienen que ser engendrados primero en nosotros; han de nacer en nuestro interior, en ese lugar difuso a medio camino entre nuestro corazón y nuestra psique… Y desde ahí, tienen que fluir y ser otorgados sinceramente y sin condiciones al otro; si es que en verdad lo amamos…

Y si no es así; si solo esperamos que sea el otro el que se gane esa confianza o conquiste ese amor, esperaremos en vano… Pero precisamente, porque al esperar nos crearemos expectativas; nos formaremos una idea onanista y estereotipada, de éso que esperamos y de cómo deseamos que suceda… Y la otra persona, ciertamente nos defraudará siempre; pero porque seguro tendrá conceptos diferentes a los nuestros al respecto, de los matices en la expresión del sentimiento amoroso, o de cómo se demuestra o se gana uno la auténtica confianza del otro…

Cuando tenemos hijos, tenemos la obligación de confiar en ellos por amor… Confiar, en que surtan efecto nuestros consejos y la educación que les hemos dado; que hagan su trabajo, tanto lo mucho que los queremos como el tiempo necesario para que maduren… Del mismo modo hemos de obrar con el amor y la confianza en nuestra pareja. De lo contrario, tristemente, nos habremos acostumbrado a entender el amor, o la confianza, sólo como nos gusta; justo como nosotros esperamos que sea… Nos perderemos así otras formas de amor o de confianza; formas que quizá al principio no entendamos, pero que podrían apasionarnos y hacernos gozar, solo, si nos entregásemos…

Y si tu amor quiere cobrarse, porque es celoso, exigente o avaro; o si tu confianza duda constantemente de cada paso que ignoras en el otro; sin remisión ambos sentimientos, tan hermosos, se convertirán en algo así como en un patrimonio; en una cuenta a llevar; en una simple propiedad que como tal, tendremos que defender frente al robo o la traición. Y esos sentimientos tornarán en dominio en vez de amor, o en control en vez de confianza… Y se convertirán por ello, esclavizándonos, en meras sensaciones u objetos de posesión; perdiendo la hermosa cualidad vivificante que ambos sentimientos tienen, para hacernos la vida todavía más libre, más feliz y más fácil, junto al otro…

💕❤️

Antonio Rodríguez Miravete

¿y el amor…?

¿Y si os amo con locura…?

Soy, pese a ser vuestro padre, quizás una mala influencia para Vos; eso podría admitirlo… Pero ha de saber Vuesa Merced que los malos ejemplos son, para el correr de esta vida, tan importantes si no, más que los buenos…

Por eso, escuchadme con atención:

No necesito saber siempre dónde estáis, porque no sois objeto de mi propiedad; aunque sabed que sí, lo sois de mis anhelos… Solo necesitaría saber cómo vais, cómo os conducís… Cuál, es vuestra actitud frente a lo que os acontece en la vida…

Ahora, que asisto al despertar de vuestra madurez, tenéis que perdonarme el que quiera entrometerme; pero, sabe más el que os habla por padre viejo que por padre sabio… Señoritas sois; no lo olvidéis nunca…

Es, sin duda cierto, que nos alejamos… Y por ello, solo anhelo el que nunca os distancieis del todo de vuestro pasado; de quién sois… Que no reneguéis de la madera de la que estáis hechas; porque, si logramos mantener encendida la llama de nuestro amor, esa madera os mantendrá siempre cálidas, envueltas y abrigadas, al calor del fuego de vuestro íntimo pasado… Y no habrá ni frío ni distancia que nos separe; nunca…

Y siempre, siempre, podréis volver…

Pero dudad, dudad de cada cosa que yo afirme hoy, porque ya os tengo dicho que no soy el mejor espejo donde miraros Vos…

¿Debemos fiar, al amor la vida…?

A Paula y a Rosa; y a Nati, y a Inma…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El dilema

Va a hacer nueve años ya, desde que tuvimos que romper la infancia de mis hijas; nueve… ¿No fue suficiente con que inevitablemente, tuvieran que sufrir aquéllo…? No acierto a entender porqué, para hacerme daño a cualquier precio, tiene que volver a avergonzarlas y a hacerlas sufrir con esta infamia…

Después de todo este tiempo, resulta, que el próximo día 21 de este mes de Octubre, a las doce en punto y en la ciudad de Orihuela, como denunciado tengo obligación de asistir a juicio penal en calidad de acusado, onerosa, cicatera y falsamente, de un delito por impago de la pensión de mis hijas…

Y ahora que faltan solo unos días, he de confesar que sí, que ya tengo miedo…

La única manera que tengo de probar mi inocencia ante esta denuncia ratera, es, ni más ni menos, que subir al estrado a mis hijas… Usarlas cual armas arrojadizas como testigos, para que declaren, contradiciendo y por ello acusando a su madre en público y bajo juramento, que han sido siempre ellas las que todos los meses, han ido recibiendo de mis manos y en metálico, la práctica totalidad de la cuantía de esa mensualidad… Haberes que con tanta penuria y esfuerzo -a dios pongo por testigo- les he ido sin falta entregando…

Y mi gravísimo dilema es, que tengo que elegir entre defender legalmente mi libertad, o luchar moralmente por mi hondura y ejemplaridad como padre… Me encuentro ante la decisión salomónica de, o bien asumir el cáliz amargo del oprobio y la prisión; o bien de ser yo también la causa del trauma, que seguro sería para mis hijas el verse en la obligación, de tener que testificar ante un juez contra de las mentiras avaras de su madre. Con ello tal vez conseguiría librarme de la prisión, sí; pero traicionaria el lema que siempre he pretendido inculcar en mis hijas: aquél de que la familia, es siempre lo primero…

No estoy dispuesto, ni a obligar a mis hijas declarar en contra de su madre, ni a consentir que siquiera el juez lo haga… Solo consentiría que fueran su libre albedrío y su conciencia, lo que las hiciese subir al estrado…

Y como tampoco estoy dispuesto en forma alguna a volver pagar, un dinero que ya he pagado, precisamente porque el hacerlo sería aceptar esa espuria acusación de que no lo había hecho antes, creo que, a menos que suceda un milagro, voy a ir a la cárcel… Pagaré, con cárcel.

Me siento tan impotente y tan atrapado, tan enmarañado entre la injusticia y la indefensión de esta denuncia, que hace tiempo decidí plantarme ese día yo solo y a calzón quitado, en la Sala de lo Penal Número Tres de Orihuela… Voy a presentarme allí, siempre con el máximo de los respetos, pero a portagayola… Ni me he preocupado siquiera de disponer o no de abogado, ya que ni lo quiero, ni lo necesito dado cómo de en mi contra están estas leyes… Voy a comparecer, con las armas solas de mis palabras, la tranquilidad de mi conciencia, mis cojones, y mi profunda indignación…

Pero, pese a ésta mi pose digna y chulesca, confieso que necesito alivio y consejo, porque estoy comenzando a temblar ante la proximidad de los padecimientos de este cáliz que me espera… Cáliz, que no puedo apartar de mí en forma alguna, y cuyos tragos amargos son, precisamente, lo que quiero describir aquí, y ahora…

Antonio Rodríguez Miravete

Ángel de la guarda…

Ahora que soy más que talludo, todavía siento, que cada vez que la veo es como si mi ángel de la guarda al verme él, deseoso, corriese a darme un abrazo y un beso en verdad cariñoso; y en ese abrazo y con sincera ternura me dijese aunque con suavidad: «Hasta los mismísimos huevos me tienes ya; lleva cuidaaao…»

Es chocante mi ángel de la guarda.

Se ve que tiene buen humor, y yo le adoro por éso y por cuánto me dice lo mucho que la cago. Si solo me diera mimitos tiernos y consejos cuidadosos, desconfiaría. Solo me fío de quien que me dice sin ambages lo mucho que me equivoco.

Y también se ve que sí, es verdad; que todavía cuida de mí; por cómo me riñe así lo parece… Cuando no le importas a alguien ese alguien simplemente te ignora, no te regaña, no se toma el trabajo.

Tengo la suerte de disfrutar y de querer mucho más que mucho, a una hermana de ésas de las de verdad; rotunda, concienzuda y cumplidora; muy lista; pilar y sostén de mi familia, y muy muy cariñosa aunque regañona cuando la situación así lo requiera.

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños.

Sólo somos ella y yo.

A mis dos hijas, siempre les he dicho que una de las cosas más valiosas que tienen en esta vida, es la una a la otra. Tus padres, se mueren; tus hijos, se van; tus amigos, van y vienen; tu trabajo, suele ser un asco y de ilusiones no se vive… Tu pareja es tu presente más inmediato, pero puede que sí o puede que no por lo que cuídala y gánatela… Pero tu hermano, si de verdad se cultiva la hermandad, casi siempre está o estará justo ahí.

Seguramente tu hermano, será una de las últimas personas que abandonen tu velatorio cuando hayas muerto; y tu tumba, cuando te hayan enterrado.

La relación de hermandad si en verdad hermana, suele ser la que más tiempo dura en la vida si llegamos a viejos, ya que dura justo si te fijas más o menos lo mismo que durará tu propia vida. Es un hecho estadístico que los hermanos si llegamos a viejos, nos solemos morir todos en un breve lapso de tiempo de apenas diez o doce años. Por lo tanto si vivimos una media de noventa años, significa que compartiremos casi ochenta de esos años en relación con nuestros hermanos… Más tiempo que con nadie.

Ésas son el tipo de cosas que hacen tan importante a tu hermano. Porque guardará toda su vida el tiempo de aquellos remotos secretos infantiles, y algunas de tus más tímidas intimidades. Y conservará, lugares de tu personalidad que no conoce nadie.

Tu hermana sabe en realidad, cómo eran papá y mamá y por ello todo de vuestro pasado común y original. Sabe si te meabas o no en la cama; lo que te hacía solo rabiar y lo que te aterraba hasta meterte bajo la almohada; cuáles eran tus asignaturas nefastas; y cuánto lloraste por aquel amor primerizo.

Y por supuesto que se acuerda de cuántas veces le escarbaste la hucha; o de aquella vez que te apropiaste en secreto y saliste a la calle con su vestido favorito. Sabe, en realidad lo que te gusta y cuando mientes; o si lo escondes o si simplemente no lo cuentas. Nota si sufres, si disfrutas o si has llorado hace un rato… También sabe, y recuerda, esos detalles que te hacían realmente feliz.

Por eso la relación entre hermanos, al haber compartido niñez, tiene la cualidad de devolvernos a lo infantil que aún quede entre los vericuetos de esos adultos en los que nos hemos convertido.

Como cuando antes… como cuando éramos pequeños.

Te quiero Nena. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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Almoradí. La inundación.

Ha llovido, creo, más que nunca.

Y Almoradí ha demostrado de nuevo que es el remanso de una isla, en la tempestad de cualquier inundación que nos venga. Tengo cincuenta y tres años y la primera riada que en verdad recuerdo es la del año ochenta y tres, creo. La verdad es que mi memoria siempre fue algo difusa. En la famosa inundación del ochenta y siete estaba yo en la mili, y solo recuerdo mi honda preocupación en la distancia, y las siempre escalofriantes imágenes en dramático blanco y negro de la televisión de aquella época.

Almoradí nos cuida… No sé si os habéis dado cuenta, pero yo os cuento.

El río, en aquella época sin canalizar, había reclamado suya la Vega como ha sucedido estos días. Nuestra Vega es un verdadero paraíso pero llano, muy muy llano. La simple vista no permite distinguir una diferencia de altura de un par o tres de metros en el terreno. Es imposible percibirlo cuando las pendientes son tan leves y tan largas, cuando el hermoso verde es tan variado e inacabable, y cuando los desniveles son tan suaves como lo son cuando vas de un pueblo a otro en nuestra Vega… La Vega Baja del Segura.

Es precisamente por eso, que las riadas en nuestra Vega podría decirse que son suaves, progresivas aunque despiadadas, como lentas; lo engullen todo pero pareciera que avisando, avisándonos… Al no haber pendientes pronunciadas, no se crean corrientes de aguas agresivas sino frentes previsibles pero implacables, de lenguas de agua sucia y ripios echándote de tu propia casa.

……….

En aquella época, Juan Miguel, en vez de la mula con la que acostumbraba a ir a su escuela en la Daya Nueva, se traía a hurtadillas el Citroën dos caballos furgoneta de su padre para venir al instituto en Almoradí. Ello, pese a sus dieciséis años recién cumplidos. Si conducías bien y parecías más menos un adulto, nadie te paraba en la carretera; nadie; y menos aún si te conocías a la perfección todos los recovecos, las veredas y los caminos secundarios de tu pueblo. Lo importante era si sabías o no conducir… Si no sabías, nadie subía contigo.

El caso es que la noticia nos pilló allí, en el instituto; se suspendieron las clases. Había muchísimo menos miedo e histeria que hoy en el ambiente, por lo que en cuanto supimos del suceso, no se nos ocurrió otra cosa que coger el coche y hacer un reconocimiento -algo insensato pensaríamos ahora- de los alrededores del pueblo. Rincón, Iván, Juan Miguel, y yo. Aventura pura… Había playas alrededor del pueblo como hoy: donde el Bar Angelín, frente a La Cruz de Los Caídos, en el Bañet. Y apenas había salidas; pero para ojos que no conociesen el terreno como lo conocían los nuestros.

Con una seguro que imprudente sensación de peligro controlado, recuerdo que como a unos dos kilómetros, a la altura ya de la Puebla De Rocamora, íbamos por una vereda con casas diseminadas a ambos lados, cuando, de repente y por nuestra izquierda vimos venir una rambla que comenzó vertiéndose entre las casas a la vera del camino… Empezó desde lejos, como a unos cien metros; y la vimos venir hacia nosotros; parados, varados. Un fluido marrón viscoso de lodo irrumpía entre las casas con aquellos chorros laterales pareciera como que lentos pero en realidad monstruosos e implacables; engulléndolo todo, sin piedad; acercándosenos.

Nunca he ido marcha atrás en un coche de una forma tan salvaje e insensata como aquella vez. De repente, frenamos para rescatar a una señora que salía apresurada de su casa en medio de semejante avalancha ensordecedora de crujidos de ramas y arrastre de enseres; terrorífico. Abrimos una de las puertas de atrás y entró a prisa y en silencio, con la mirada espantada; empapada. Y arreamos huyendo con el coche de culo por aquel camino, en dirección creíamos que a la Daya Nueva.

Recuerdo cómo nos encontró diría que milagrosamente, el padre de Juan Miguel. Tras poner a salvo a la señora y dejar aquel heroico Citroën allí tirado, nos subió a todos al remolque de un enorme tractor que conducía, con la sensata intención de devolver a todo el que pudo a su casa… Rescatamos a no sé cuántos paisanos ofreciéndoles el auxilio de aquel remolque, justo en el momento justo, en que la riada arramblaba con el resto de sus restos.

Ayudamos a unos cuantos, y los tuvimos que llevar a Almoradí.
……….

Es el tercer día de riada que estamos aislados por tierra mar y aire, y acaba de pasar el camión de la basura frente a mi casa… Ésto, no pasa en ningún pueblo salvo en el mío: Almoradí.

Me he dado cuenta que nuestro pueblo funciona, si funcionamos juntos.

Y Almoradí, nos cuida.

¡¡ VIVA ALMORADÍ…!!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Cumpleaños feliz…

Comenzamos nuestras vidas, querámoslo o no, unidos siempre a otras personas; siendo el hijo de alguien, y con suerte, tal vez siendo también el hermano de alguien.

Más tarde, quizá igualmente por suerte nos convertimos, o no, en padres y hasta en abuelos de alguien; y aún más tarde todavía, nos convertimos en nada, en nadie.

Por eso hay que ocuparse siempre y sobre todo de alguien: cuidar de alguien… Y de vez en cuando preocuparse de ser feliz. Recuérdese.

Quiero felicitarte a ti Papá, o a ti lector, porque seguro seguro, que también tenéis a alguien… Llevo tiempo deseando escribirte algo como ésto: una felicitación de cumpleaños de verdad, agradecida, y que te sirva para siempre.

Dan igual los años que cumplas; cuántos cumplas; pero si los cumples ¡felicidades…! Conozco a muchos a los que éso, ya no les pasa. Ya no cuentan años, al menos entre nosotros. Sí que cuentan en nuestro recuerdo pero solo ahí, en la remembranza de nuestro pasado.

Así, que ése es tu mayor regalo a los ochenta y ocho: seguir, sufrir y aprender, perseverar, reír y envejecer; cumplir, o no, tanto con lo que se espera de uno como con lo que la ruleta de la vida nos tenía reservado… Pero si es posible, todo ello con cierta valentía.

¿Hay mayor presente, que el presente…?

Felicidades. Y un abrazo.

Te quiero Papá, luego te daré la botella de whisky.

Antonio Rodríguez Miravete.

……….