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MI PRIMO Y LA PEDRADA EN EL OJO

Solo he conocido dos personas que parecieran de verdad felices, y diríase que casi todo el tiempo: una era mi padre y la otra es mi primo Alberto. Ambos, con una hermosa concepción religiosa del mundo y una rara y excepcional bonhomía. No como yo… Mi primo era de los que solo se espantaba si había que matar algún bicho, sirlar algo, mentir, o hacer trampas de alguna forma; para el resto de cosas era de los mejores, y para algunas, era el mejor.

Recuerdo cruzar la calle y entrar en su casa como si fuera la mía y hasta su habitación, tan ordenada y con aquel típico olor a limpio de cuando niños… Tenían mis primos en aquélla, un mueble a medida muy apañado que seguramente les hizo el genio carpintero de mi tío Alberto. Todo estaba a la mano, muy listo mi tío. Podríamos decir que era una especie de armario ropero, pero multiusos, ya que abriendo unas puertas laterales se desplegaban dos escritorios de estudio maravillosos, pensados para que todos los detalles, cajones, secreteres y recovecos, contribuyeran a la concentración en el estudio.

No tanto así su hermano Gregorio, pero lo de mi primo Alberto es que era un primor: tan pulcro… Asomarse a su despacho (así llamaba a su escritorio) era ver cómo ordenaba las gomas de borrar por tamaños y según si de lápiz o si de boli; tenía los lápices de colores perfectamente afilados y ordenados de mayor a menor tamaño e intensidad: verdes, rojos, amarillos y azules, juntos, pero no revueltos.

Cuando comparaba sus cuadernos de apuntes con los míos, me daba cuenta de la calidad del detalle con el que mi primo veía el Mundo. Pasados a limpio, caligrafía impecable, subrayados rectos hechos con regla, párrafos cuidadosamente escritos con bolígrafo de distintos colores, nada de tachones, dibujos perfectamente coloreados y escuetos, didácticos… Aquel rincón suyo tan limpio y ordenado evidenciaba, que mi primo tenía que ser necesariamente una gran persona, ya que yo era un sinvergonzón desordenado.

También sacaba sobresalientes cada dos por tres el tío… Una máquina.

……….

Recuerdo cuando le dimos la pedrada a Gregorio; los dos, en las gafas. Casi le escurrimos un ojo… Jugábamos a lanzarnos piedras a ciegas, por encima de las ruinas del antiguo Liceo de Almoradí, y claro, no nos teníamos a la vista. Las piedras volaban como locas por arriba de aquel montón de escombros y había que estar muy muy atento para no llevarte una buena pedrada; no eran muy gordas, peeero… A éso jugábamos: a correr riesgos.

Le oímos gritar… Arrancamos a correr a horcajadas saltando y rodeando aquellos ripios del Liceo, cuando nos lo encontramos con las manos en la cara, tapándose el ojo derecho chorreando de sangre; las gafas en el suelo, uno de los cristales roto… Estábamos a un par de kilómetros de casa y asustados, alarmados por la sangre, echamos los tres a andar casi corriendo hasta que llegamos de vuelta.

Cuando mi tía espantada vio el susto que traíamos, y nos preguntó que qué había pasado, me lancé yo y dije que una pedrada en el ojo… Y cuando mirándonos fijamente a Alberto y a mí y con los brazos en jarra, volvió a preguntarnos que quién había sido el culpable, fue mi primo el que se arrancó solidario y le dijo, con dos cojones: que los dos, que nosotros dos, él, y yo… Y era la verdad, y era toda la verdad porque nunca podremos saber en forma alguna con certeza, quién fue el que arrojó la piedra aquélla, si él, o yo.

Mi primo Gregorio no solo no perdió su ojo derecho, sino que le quedó una cicatriz muy chula y que a día de hoy todavía le confiere un rasgo facial muy particular, e incluso atractivo.

…eeen fin.

¡Qué suerte tenemos…! 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

LO SENCILLO

Historias de Paco Sanz ✍️

Pretendo elogiar la sencillez porque a la sencillez vamos, me alegran el alma las cosas sencillas, como el hogar, como el fuego del hogar, allí: “Encendido en palabras puras/ el fuego conversa conmigo./ Como un abuelo labrador,/ de cenizas encanecido,/ llamea en su boca barbada/ un consejo de campesino./ Y tiene sencillez de campo,/ sencillez de ropa de lino,/ sencillez de pan de centeno,/ sencillez de ataúd de pino./ Un poco de cielo desciende/ al humoso ademán tranquilo”.

Vamos hacia una sencillez de vida, no del sentido de la vida. No me gusta la pobreza, y menos cuando empieza a parecerse a la miseria; cuando el hambre es de pan, no tiene maldita la gracia. Tenemos que aprender a vivir sencillamente para que los demás, sencillamente, puedan vivir. Mejor encontrar sentido a verlo así. La simple vida no debería preferirse a las razones para vivir, sencillamente porque nada garantiza que en la vida hallemos razones suficientes para exigir que dure.

Si desconfío de la bondad, de la ambición o la codicia, todavía desconfío más de los que vienen con milongas de que es mejor vivir más sencillamente. Los llamamientos a una «vida sencilla» realizados sin desafiar la producción y las relaciones sociales capitalistas, significan potencialmente salarios más bajos, consumir menos y una mayor explotación laboral, pudiendo acelerar de este modo tanto la acumulación capitalista como la degradación ecológica. La injusticia, a muchos niveles.

Soy un pensador, es decir, me dedico a tomar las cosas por más sencillas de lo que son. “Mis gustos son sencillísimos: siempre estoy satisfecho con lo mejor”. Sarcasm is the lowest form of wit, but the highest form of intelligence. Por cortesía hay que expresarse con claridad. La claridad es la cortesía del filósofo. Con el paso del tiempo uno aspira a lograr no la sencillez, que no es nada, sino una humilde y secreta complejidad.

Einstein matizaba diciendo que había que explicar las cosas tan sencillamente como pudiera, pero no más. Einstein era partidario de un ideal de vida que él llamaba “el ideal de la pocilga”, de una existencia caracterizada por la sencillez, la modestia y la frugalidad; movida por el conocimiento de que nuestro hacer se apoya siempre en el trabajo de otros, respetuosa de las tradiciones y orientado hacia la belleza, es decir, hacia la bondad y la verdad.

“Toda situación difícil tiene una solución sencilla… y equivocada”. ¿Qué es un discurso cuyas características principales son la sencillez, la rapidez y la distracción-emoción? La respuesta aparece muy clara: un discurso infantilizante.

Renunciaremos a la tontería del lujo, la renuncia no quita, la renuncia da. Da la fuerza inagotable de lo sencillo. Su fórmula espacial es la profundidad de la distancia. Como San Francisco, que en la desnuda y despojada sencillez de su vida, no quiso desprenderse de su único jirón de lujo: las buenas maneras de su excelente educación.

Historias de Paco Sanz ✍️

UNA PIEDRA EN EL CAMINO

Se nos perdía cada dos por tres… Solo tenía setenta y nueve años y todavía podía caminar pese al alzheimer manejándose apoyado en su bastón; pero el gran, el verdadero problema era, que no podía quedarse sólo ni quieto un instante so pena de armar un lío de mil demonios en cuanto nos descuidásemos.

Debido a su costumbre tenía la manía de seguir haciendo de comer todos los días, y o bien cocinaba disparates dado que el pobre no recordaba ya receta alguna, o bien provocaba problemas también disparatados y catastróficos, cuando a discreción se dejaba por ahí aparatos eléctricos conectados, grifos abiertos o fuegos encendidos… Y no te digo nada del trajín que teníamos todos los días con la flojera de sus esfínteres, o con lo cada vez más soez de su vocabulario cuando le contravenías.

Hacía un calor infernal de tarde de finales de agosto quemada por tanto verano; el asilo, estaba a menos de kilometro y medio saliendo del pueblo por la vereda aquélla que hacia poniente, parecía que se perdía en la huerta… Todo el mundo sabía que el camino ése terminaba, se acababa justo, frente a las rejas de la puerta del vetusto edificio monacal que desde hacía tantos años servía de moridero municipal. También se ve que todos los vecinos se consolaban sabiendo, que de sus pobres usuarios y de sus cuidados postreros, ya se encargaría el grupo de frailes anónimos consagrados a tan piadosos fines y que desde siempre, regentaban ese lugar crepuscular tan al final de la vereda.

Dócil como era él, con pasos cortos y confiado, mi padre echó a andar a mi lado como era su costumbre. Ambos, en silencio, caminábamos acompañados solo por los ruidos del chirriar de las cigarras y el del ritmo cansino del golpe de su bastón contra el suelo, a cada paso. Tac, tac, tac… Mucho calor; no llevaba agua conmigo; ya faltaba poco para llegar… A solo medio kilómetro, el viejo se paró en seco respirando de forma agitada con claros signos de cansancio. Sin decir ni media se apartó, y se sentó en una piedra bajo la sombra de una de las moreras centenarias plantadas junto al camino.

Una algarada de niños gamberreando en bicicleta me hizo girar hacia atrás la cabeza, cuando vi a mi hijo y sus amigos acercarse por la vereda… Nos reconocieron al instante, y rápidamente, llegaron hasta donde estábamos envueltos en una polvareda derrapando y frenando con la bicicletas inclinadas y ladeadas.

— ¿Donde vais papá…? ¿No estás un poco lejos para andar con el abuelo por ahí…?

Todos los jovenzuelos nos miraban y la inocente extrañeza de mi hijo me conmovió hasta el tuétano.

Justo en ese momento, y sonriendo, mi padre de repente nos miró él diríase que en uno de sus extraños instantes de lucidez, y como sin venir a cuento, nos gritó asombrado y como feliz aquéllo de:

— ¡Coooño, qué casualidad, en esta misma piedra se sentó a descansar mi padre cuando lo llevaba al asilo…!

Hubo un impasse de silencio en el que todos nos miramos estupefactos, pero con atención; mi hijo y yo con extrañeza. Luego, el viejo parpadeó como que lentamente, y volvió a no mirarnos otra vez perdiéndose no sé dónde por el alzheimer… En aquel momento el tiempo pareció coagularse, suspenderse durante unos segundos; al menos para mí.

— Volvemos a casa Papá, tu nieto tiene razón, estamos muuuy lejos.

…eeen fin.

Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

……….

SE ME VA ‘LA PINZA’

No sé si son tonterías mías pero cuando escribo y me leo después, muchas veces como que me descubro riñéndole por escrito a alguien: pobrecillo… Diríase, que le doy a ese alguien una charla que te cagas para que aprenda o para que escarmiente, pero por algo que no viene mucho a cuento, que además no queda tampoco muy claro, y encima, lo hago creo que ensañándome un poco más de la cuenta… Pobrecillo, lo siento. De veras.

Manías mías.

Divago, elucubro, me enredo, y se me va la pinza intentando acercarme al máximo escribiendo de los detalles de las cosas, mientras me empujan al describirlas motivos digamos que justicieros. Como si escribir así a lo bruto sirviese de algo… ¿Vaya tontería no…? Éso de que escribir pudiera servir para algo.

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…..

EL LOCO

Aquella primera vez me enteré ya de noche de que lo habían ingresado en el hospital… ¡Joooder…! Le tenía un muy especial cariño y quería verlo a cualquier precio; no sabía dónde me metía. Subí casi completamente a oscuras las escaleras hasta la planta de psiquiatría. Pregunté por él, y asombrados, tanto su familia como los enfermeros me conminaron expresamente a que de ninguna manera se me ocurriera entrar en su habitación; que estaba muy muy mal y era muy tarde, me dijeron.

Cuando insistí cabezón en lo de entrar a verlo fuese cual fuese su estado o condición, noté claramente una expresión diría hasta que de espanto en sus caras, en el cruce de sus miradas. Ni que tuviesen allí encerrado un basilisco pensé… Para tenerlo bien vigilado y de cerca su habitación permanecía siempre monitorizada iluminada y abierta; y era la situada justo junto al box del control de planta.

Pero él, ya había oído mi voz:

— ¡¡Antonio Rodriiíguez, estás ahiií…!!

Me llamaba y claro, entré… Jack Nicholson en la película de El Resplandor gritando mi nombre no me hubiera inquietado tanto. Nos conocíamos desde niños y a fondo pero no tenía claro a quién me iba a encontrar en esa habitación… Al entrar, solo fue ponerme al alcance de sus grandes ojos redondos y juntos, cuando se clavaron en los míos y fue girándolos siguiéndome rodeando la cama hasta que me senté a su lado… Yo simplemente y como siempre, le sostuve cariñoso esa mirada. Un olor dulzón mezcla de miasmas de urea y desinfectante alcohólico lo pringaba asquerosamente todo. Estaba atado y bien atado de pies y manos, pero lo encontré bien, tranquilo mientras me acercaba.

— «Antonio anda, suéltame un ratico y dame algo pa’fumar…«

Me lo dijo con un gesto chocante, incluso zalamero en su cara; como si yo fuera cómplice suyo, su primo, o tal vez el director del hospital. Pero en verdad que sobre todo y lo que era es amigo mío y se lo debía.

Tras pensármelo francamente poco y cerrar la puerta de la habitación, empecé a soltar despacio la brida de su brazo derecho mientras lo miraba fijamente y él me miraba a mí como preguntándome si me atrevería también a soltar la de su otro brazo… Sin que él dijese ni media lo hice, sí, me atreví.

Casi me cagué en los pantalones cuando una vez que se vio con sus dos brazos libres y con un movimiento rápido y muy brusco, me agarró con sus dos manos gigantes la cabeza, y sin dejar de mirarme fijamente, se la fue acercando a su cara gritando aquello de:

— ¡Ahaaá, por fin…! ¡Me caaago en la puta…!

— ¡Ehhh, pero no te asustes…!

Me lo susurró al oído inmediatamente después, besándome en la mejilla cariñosamente al verme blanco como el papel.

Luego, una vez me repuse del susto le solté también las bridas de los pies; y me salté también la prohibición de abrir la ventana; y la de fumar hacer fuego y tomar drogas, porque también encendimos un porrito escondido en mi paquete de tabaco… Un buen rato sí pasamos sí, asomados, platicando y contemplando la noche aquélla desde aquel ventanal: él con el culo al aire asomándole por la abertura trasera de su pijama azul hospital, y yo, no sé si despidiéndome… Y claro, fumando y charlando de nuestras viejas cosas también pasamos, creo, uno de nuestros últimos ratos entrañables.

Más tarde y con la docilidad de un gato montés, consintió muy poco a poco y a regañadientes el que yo volviese a amansarlo y a atarlo vivo a aquélla cama… Cosa, que hizo no sin dejar de mirarme fijamente todo el rato mientras llorábamos sin muecas en completo silencio.

¿Y tú, no has sido el loco nunca…?

¡Quién nos ha visto y quién nos ve amigo mío…! Los recuerdos llega un momento en el que se te amontonan todos; y es un hecho éso de que el pasado nos persigue.

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…………..

MI PRIMO EL POGO

Mientras estuvo preso el primer año y un día que pasó en la cárcel, se presentaba todos los días cual pajarito buscando la salida de la puerta principal, haciéndose el loco pero muy formal, aseado, con su maleta, y listo para salir:
— ¿Hoy me toca irme no…? Preguntaba.
— ¡Queee nooo…! Le respondían… Y se marchaba.

Y así todos los días: trescientos sesenta y seis… Me parece tierno.

El mejor portero de balonmano, el más efectivo, con las manos más grandes y los brazos más largos, el más famoso y desmadrado, bragado, excesivo e inconsciente que habrá nunca en Almoradí, fue mi primo el Pogo… Un claro ejemplo a no seguir, pero todo un personaje local en el mejor de los sentidos.

En un pueblo como el nuestro y en aquella época, él y yo nacimos con poco más o menos quince días de diferencia, coincidimos en el colegio, éramos familia, comulgamos y hasta nos fuimos a la mili el mismo día y al mismo sitio. ¿Cómo no voy a tenerle cariño…? ¿Qué le vamos a hacer…? Es primo carnal; primo segundo. Para los de mi época el parentesco es algo importante: somos familia.

Recuerdo aquella vez que me dieron el palo comprando hachís, haciendo la mili en Cáceres. Éramos unos pipiolos de cuartel, pero todo cambió cuando volvimos para ajustar las cuentas con los camellos, y el Pogo dejó de preguntarles y empezó a soltar guantazos a diestra y siniestra con esas manos que parecían sartenes. Verle era todo un espectáculo, parecía una segadora, un helicóptero ¡pim pam, pim pam, pim pam…! Iba como dejando un surco por donde pasaba… Si el Pogo te daba una guantá era como si te dieran con algo muy muy grande; con algo así como con un atrapasueños, ante el que caías fulminado ipso facto, dormido… Por supuesto que recobramos y con creces mi inversión inicial, y nos hicimos de paso un sitio entre los que mandaban en el cuartel cuando se enteraron de la proeza.

En aquella época no era mi primo tardo ni malo ni mucho menos. Y yo sé que era más bien lo contrario, pero el pobre no tenía límites… Algo loco siempre estuvo, y aunque no lo creáis, a la vez también siempre fue un bruto sensible, un artista basto, frustrado, alguien capaz de dibujar con criterio o de esculpir en madera, pero a la vez un poco demasiado vicioso y por ello no muy listo. Quizás un animal, bruto, sí, pero siempre con un instinto protector hacia mí que no olvidaré en la vida… Éramos familia.

Y no le he preguntado, pero sé que él está, estará, o estaría de acuerdo en que yo cuente esta pequeña historia suya en un folio; pero porque es mi primo segundo y soy -y él lo sabe- una de esas pocas personas que en verdad lo conoce, un poco.

Ángel Rodríguez, el Pogo, mi primo. Hijo de mi tío Ángel Rodríguez, el Pogotrigo… Ésto de los apodos en los pueblos es que es la ostia. Si eres de Almoradí deberías saber que estamos hablando del mejor portero de balonmano que dará este pueblo. Peeero…

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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VIEJO SERÁ TU PADRE

VIEJO
1. adj. De edad avanzada.

ANTIGUO
1. adj. Que existe desde hace mucho tiempo.

Yo, como nunca tendré edad, voy a vivir todo el tiempo que me toque o todo el que me dé a mí la gana. Y por eso, viejo, lo que se dice viejo, será tu padre… Con suerte llegaré a ser antiguo, con algo más de suerte seré bastante antiguo, y con mucha más suerte podría ser muy muy antiguo. Pero repito: viejo, lo que se dice viejo, será tu padre. Yo, nunca.

Solo consentiré que me llamen viejo cuando se me haya ido del todo la cabeza; y sólo porque al habérseme ido del todo no le podré soltar un guantazo a quien se atreva a llamármelo… Viejo, repito: será tu padre porque yo voy a vivir lo que me de la gana y cuánto me de la gana; y seré muy muy antiguo, como mucho…

Voy a cumplir ya un montón de años, más que la orilla de la playa, y claro, me encuentro tan bien que es extraño el pensar que en cualquier momento podría darme un jamacuco y quedarme en el sitio… Y sin embargo empieza a darme igual, no es una cuestión de cantidad… Es más, la obsesión por la cantidad de años de vida es una verdadera plaga, una esclavitud, un miedo real, una enfermedad.

¿Porque para qué quiero a los ochenta y tantos unos implantes dentales fantásticos y una picha química, si no puedo comer ni follar y luego acordarme de qué, dónde, cuándo, y cuánto…? Si a mí me aseguraran que a partir de cierta edad y si me someto a unas prácticas ordenadas y obedientes ya fueran conservadoras o progresistas, voy a ir biológicamente a mejor: yo haría lo que fuese.

O no… Ya veríamos a ver.

Porque por otra parte, cuando me pongo a pensar en serio, llego también a la conclusión de que a partir de ninguna edad se va a mejor en lo biológico… “Lo que llamamos muerte es acabar de morir, lo que llamamos nacer es empezar a morir, y lo que llamamos vivir es morir viviendo. Por eso cuando el hombre muere acaba a un tiempo, de vivir y de morir…” Quevedo, nació antes que La Ciencia.

Sin embargo a partir de cualquier edad se puede ir a mejor en lo intelectual, y éso justo es lo que nos hace verdaderamente humanos, civilizados, que recuerdan… Por éso, repito: viejo, será tu padre 💕

Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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UN NUEVO PROYECTO

Dice mi chorbi, que nunca antes había tardado tanto en cruzar la plaza del pueblo como desde que lo hace paseando del brazo conmigo al lado. Dice, que tengo algo así como un efecto magnético en la gente, algo extraño, una cualidad. Que cuando paseamos por el pueblo, es raro, pero como que parezco conocer a casi todo el mundo y pareciera que casi todo el mundo me conoce a mí… Y que por ello, siempre andamos por ahí saludando a diestro y siniestro y parándonos cada dos por tres: o bien para darle dos besos a fulanita, quizá el parabién a menganita, o tal vez recuerdos a zutanita que llevábamos tanto tiempo sin vernos… Por el contrario él, es un poco samordo.

¡Pero que sepáis, que es todo un placer para él y para mí notar la sinceridad de vuestro cariño cada vez que simplemente nos saludamos por ahí…!

También, se asombra mi chorbi de que me sepa vuestros nombres y apellidos, hijas de quién sois, si tenéis hermanos, hijos… Le extraña el que yo, sin un ordenador esté tan al tanto de vuestras cosas, de vuestros trabajos, de cómo os va… Son casi veinte años juntas y claro, el ocuparme de vosotras lo considero asunto de simple y buena educación. ¿Cómo no voy a valoraros más que al oro en paño, si sois precisamente vosotras, el fruto más preciado de mi trabajo y fuente de la que brota mi vocación…?

En septiembre curso nuevo y local nuevo. ¡Qué nervios pero qué estimulante, cuánta cosquilla en la barriga…! Pero sobre todo qué ilusión; creo que me hace más incluso que cuando inauguramos el gabinete por vez primera hace ya seis años. Y estoy más ilusionada porque ahora tengo bastantes menos miedos, acumulo mucha más experiencia y sé, que también os tengo a vosotras.

Sin vosotras, ésto no tendría sentido alguno porque sois a la vez el motor y el combustible de mis ganas de trabajar, de mi ilusión por mejorar, del esfuerzo necesario para innovar constantemente… Os quiero mucho.

¡Qué orgullosa me siento de vuestra consideración cuando paseo por ahí…!

¿Que si tengo miedos…? Claro.

Manuela Rosales

….

PÉRDIDAS DE TIEMPO

Recuerdo aquella anécdota con mi gran amigo Iván.

Antonio «el Polla» cerraba la cafetería para nuestra desgracia, y estaba deshaciéndose de los restos de aquellas pobres botellas empezadas: que si de ron Negrita, Licor 43 o whisky Dyc, que si de menta, ginebra Larios, Ponche Caballero. Y se ve, que al ver lo triste de nuestras miradas «el Polla» nos regaló toda una caja llena de aquéllas botellas semillenas Así, que al rato y muy contentos nos fuimos a su casa a pasar la tarde con nuestro cargamento de botellas empezadas, y nos pusimos a escuchar música y a platicar, a reírnos, y cómo no, a bebérnoslas… Era viernes.

Todo iba muy bien con Supertramp sonando de fondo, cuando mi querido Iván se dio cuenta de que yo con mi botella de whisky Dyc ya llevaba una guasa considerable, mientras él no parecía notarse ningún efecto etílico con la menta aquélla: nada de nada… Mosqueado cogió su botella y mirándola de reojo -ya casi se la había embaulado- empezó a darle vueltas y vueltas muy extrañado; y venga vueltas. El caso es que al poco explotó:

— «¡Me cago’n tó…! ¡Tooonto…! ¿Pues no que llevo casi una hora bebiéndome la jodida menta ésta y resulta que no lleva alcohol…? ¡Me cago’n la puta, qué pérdida de tiempo…!»

¡Qué risa…!

…..

Otra historia, era la de mi amigo Ramón que cuando le entraba la tos se encendía un Ducados. El cabrón, fumaba ese tabaco negro e infame que te mata igual que todos… Y se murió, pero no de enfisema pulmonar sino porque quiso; no le importaba morir me dijo un día… Pero también, en otra ocasión me confesó que no querría morirse solo.

Era uno de esos tipos que te gustaría tener cerca si había algún cataclismo o un apocalipsis zombie, una invasión alienígena, una riada o alguna pandemia. Un guerrillero, alguien con soluciones: lo que hiciera falta… Uno puede necesitar un día tanto un saco de dormir como una máquina de soldar, y otro día necesitar un manguito para un Audi, perejil, o quizás un arco y flechas. Daba igual si te hacía falta una llave Allen o una red para pillar pájaros; si necesitabas un vendaje, sedal para pescar o a lo mejor una pistola. No había problema, y si lo había mi amigo Ramón era tu hombre… Casi nunca perdía el tiempo.

Las pocas veces que voy a verle dejo siempre un Ducados y un mechero junto a su lápida.

…..

Tampoco le gustaba perder el tiempo al metro noventa de el bueno de Jose Antonio Crespo, mi amigo… Cuando eres así de grande e inteligente, tienes tanto sentido del humor y tanto talento, y encima también eres así de buena gente, no sé porqué algo siempre falla y Dios va y se lleva a los mejores antes… No olvidaré la vez que aún sabiéndote bien jodido y mirándote a los ojos, te pregunté cómo estás, y sin apartar el ánimo de los tuyos me respondiste con tu retranca de siempre y tu sonrisa de hermano aquéllo tan memorable de:

– «Antonio, que no me oiga quejarme..

No volví a verte más. 💕

…eeen fin.

Gracias por leerme. 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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Va, y me dice…

Gracias Rincón 💕

«…hablabas de sensatez y de términos parecidos. Yo la pierdo, a menudo, o por pasota o por mi ictus. Jejeje… Mas tú no la pierdas, que no se te quede anclada, ni en camino único que no contemple desvíos, ni en atajos. La necesitamos tus leyentes…»

💞 ¡Wow 😳 qué bonito…!

Si es queee, te tengo que querer Jose, y mucho.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL TACTO

Historias de Paco Sanz
No pude sentir, así que intenté tocar… Vemos más, oímos más; olemos y gustamos más o menos como siempre; pero tocamos menos. De una persona demente se dice a veces que ya no toca. El diccionario dice que tocar es ejercitar el sentido del tacto. El tacto se llama así porque toca (tangere) y tacta (pertractere). Dos son las clases de tacto: una procede del exterior, como cuando nos hieren; otra tiene su origen en el interior mismo del cuerpo, es lo propioceptivo, como un embarazo.

“Cuando el dulce Cazador/ me tiró y dejó herida,/ en los brazos del amor/ mi alma quedó rendida./ Y cobrando nueva vida/ de tal manera he trocado,/ que mi amado es para mí/ y yo soy para mi amado”. Santa Teresa escribía cosas como éstas… Sentirse tocado por Dios hace que lo sintamos dentro.
Ahora que cada vez tocamos menos entre nosotros, entramos en contacto cada vez más con máquinas. Apenas quedan restos de intercambio recíproco de información, sino que son las máquinas las que cada vez más interactúan entre ellas, sirviéndose de nuestras mentes y cuerpos humanos, como una suerte de inconsciente háptico, cuya mediación hacia el mundo de las e-cosas, vendría servida por las manos (o más exactamente, por la punta de los dedos) de cada usuario terminal.

El término “háptico” viene del verbo griego háptomai, que significa “entrar en contacto con”, “tocar”, “agarrar…” La simultaneidad del afectar y ser afectado. Tocar es ser tocado. Sentir es sentirse.   
En las relaciones humanas también tiene el tacto un sentido metafórico. Es algo así como la prudencia para proceder en un asunto delicado. Por ejemplo: hace falta mucho tacto para decir que no, sin herir. Es una especie de más allá de la buena educación. Si entras en un baño y ves una mujer desnuda bañándose, y cierras la puerta diciendo ¡Uy perdón Señora! éso, es buena educación; si dices ¡Uy perdón Señor! éso, es tacto.

Las personas que tenemos la suerte de tratar con gente con mejor educación que la nuestra, tenemos que prodigar el tacto. Ellas me han enseñado que el ser bueno con aquél a quien no agradas, exige no sólo mucha bondad, sino también mucho tacto.

Creo que los animales pueden sentir, yo siento cuando les toco. Las máquinas no. Las máquinas solo saben de «cuanta» no de «qualia». Las propiedades fenoménicas, sentimientos crudos tales como el olor de la menta o el tacto de la piel amada, son rasgos de la experiencia sensorial. También se les llama “qualia”. Todos los organismos sensibles experimentan algún tipo de «qualia». En cuanto a las máquinas, no las poseen; ni siquiera los robots, ni los zombis si es que existen. Las cosas no sensibles sólo poseen y detectan propiedades físicas (o químicas, biológicas, o sociales…)Ahora que estamos más en contacto con máquinas que nunca, me doy cuenta de que en lo de tocar no ayudan gran cosa. Los potenciales de la tecnología con respecto al cuerpo humano, se desarrollan de acuerdo con los siguiente apartados: La visión teleobjetiva, el oído telefónico, el movimiento automático, el tacto telemanipulado, la inteligencia artificial, y la presencia virtual.
 
En amorosas situaciones, el tacto es vital; a ciertas personas las quisiera tocar, pero no puedo, son audiovisuales. Aún y así no paro de decirles cosas… Incluso, he llegado pensar que la palabra nace para el amor, y se hace necesaria cuando el tacto es insuficiente.

Historias de Paco Sanz

JUGUEMOS…

Historias de Paco Sanz

No hay pulsión a la repetición más allá del principio del placer. ¿Por qué volvemos a sacar el móvil y lo ponemos ante los ojos? ¿Por qué nos gusta tanto el fútbol? Porque nos gusta jugar. Somos más niños de lo que nos pensamos. No sólo con y contra otros, sino incluso con y contra contra nosotros mismos. A veces parece que desde los bichos hasta las máquinas, estuviéramos jugando todos.

Por ejemplo, hemos creado una máquina que juega tan bien al ajedrez que se aburre al enfrentarse con humanos. Tampoco le resulta interesante jugar con y contra programas diseñados por humanos. Ambos son débiles mentales. No puede aprender nada de ellos. En el fondo, la nueva máquina se siente intelectualmente sola, y únicamente mejora si juega contra ella misma.

Perdemos de vista la bondad de lo esencial, de lo que nos constituye, porque no podemos renunciar al placer de seguir jugando. La inteligencia es la preocupación eficaz por lo esencial. Pero, ¿para qué preocuparnos por lo esencial cuando gracias a los chips y las redes podemos interesarnos por todo? Por fin en el apartamento de la playa, ante el océano, podemos ponernos a jugar con el móvil.

Hace tiempo que hemos dejado de jugar a ganar. Conseguimos más placer, repetimos mejor, jugando por jugar. Un juego finito se juega para ganar, un juego infinito se juega por el placer de jugarlo. Las funciones son juegos finitos, los sistemas interactivos juegos infinitos. La computación interactiva resulta superior a la interacción simple. Trampa adelante. Jugar a partir de un momento dado a otro juego, y no darte cuenta de ello. Dejar que los demás sigan contando contigo como jugador.

Dios les dio a los gatitos el gusto por jugar, los ratones se encargaron de enseñarles el resto. Porque lo de jugar sirve incluso para aprender a vivir o para reproducirse. Las abejas al alimentarse de polen ayudan a las plantas a producir frutos. Pero las avispas “joden-juegan-aman” a las orquídeas sin comer nada de ellas ni producir frutos. Sólo se revuelcan, jugando, con el olor que las hembras que llegaron antes que ellas dejaron, sólo para jugar; y lo hacen para divertirse, no para alimentarse. Hay que amar como ama la avispa a la orquídea, más allá de la productividad. Si producen algo, es algo subjetivo, su goce; o algo útil en la medida en que es bello, la orquídea.

Hasta los jóvenes y no tan jóvenes científicos juegan. Casi como podría decirse que los antiguos físicos se dieron cuenta de pronto, que sabían muy pocas matemáticas para poder dominar la física, así puede decirse que los jóvenes se encuentran de pronto en la situación, en la que el entendimiento normal, sano, ya no alcanza. Todo se ha enredado tanto que, para dominarlo, haría falta un entendimiento excepcional. Pues ya no basta con poder jugar bien al juego, sino que siempre se plantea la pregunta: ¿hay que jugar a éste juego, o cuál es el juego correcto?

A los escribidores, si no nos gustara tanto jugar dejaríamos de hacerlo, porque a ver “¡Qué juego idiota sería ése de escribir cuando no hay nadie para leeros!”. “Cuando todo el mundo se ha largado, no hay nada más que hacer que jugar a juegos idiotas“. Lo esencial es volverse completamente inútil, diluirse en la corriente común, volver a ser pez y no jugar a los monstruos; el único provecho, me repito a mi mismo, que puedo sacar del acto de escribir, es ver desaparecer las cristaleras que me separan del mundo.

Es decir, jugamos a pensar más allá del acto de escribir, en el de dar a leer. Al igual que el actor no puede actuar a solas, en su dormitorio, porque sin público no actúa de verdad, sino que simplemente hace muecas de loco, tampoco el escritor puede escribir exclusivamente para la posteridad, porque necesita cierto eco, enseguida, de inmediato. Como aquel célebre escritor que tras decidir que solamente escribiría para la posteridad, se dio cuenta de que no tenía ganas de escribir. ¡Hacer como si no estuvieras solo en el mundo! ¡Qué gozada! A veces creo que saco el móvil del bolsillo sólo para comprobarlo.

Historias de Paco Sanz

MÁQUINAS Y MASCOTAS

Historias de Paco Sanz

Busco pasearme por lugares socialmente distanciados para poderlo hacer sin mascarilla. La mayoría de la gente con la que me cruzo llevan perros, estamos tan lejos de la civilización que hasta pueden dejarlos sueltos, y según por dónde, acaban dejando lo que sueltan porque no hace falta ir a recogerlo.

Pienso en los animales que han estado a mi cargo, en las mascotas de mis hijos, en los animales del laboratorio cuando en ellos trabajaba, en las corridas de toros, en los rebaños de corderos en las tierras altas, en las condiciones de las granjas, en el pez que está ahora al lado de la pantalla… y en los que me he comido. En el agapornis de mi hija, en el loro de mi cuñado, en los perros de cuando vivía en el campo, en el porche en el que dejaba restos de comida y en el que llegué a contar hasta diecisiete gatos.

Pero vínculos serios sólo los he establecido con un perro, un mastín de cincuenta kilos que vigilaba a mi hija pequeña, con un gato atigrado que estaba encima de la mesa mientras escribía y que a veces dormía la siesta conmigo, y sobre todo con un caballo no muy grande, con el que durante tres años estuve “saliendo”. Humo, Ahora, y Hombrecito. Me “conocían…” El primero se murió delante mío atragantado con un hueso, al segundo lo mató un perro, y a Hombrecito no me lo pude llevar cuando me fui a vivir a la gran ciudad.

He sentido la moto, el barco de vela, la bici, como extensiones de mi cuerpo, pero lo del caballo es una forma de prolongarse, de fundirse con un ser vivo de otra especie muy particular. Supongo que lo de poner tu vida en sus manos debe ayudar a eso. Y lo de moverse, bailar a la vez, también.

La convivencia, las relaciones con los animales cuando uno ya no puede vivir en el campo, son necesariamente perversas. El recoger la cacas de los perros por la calle lo recuerda. El no ser vegano, o al menos el no ser animalista en la ciudad, es algo que hago a contracorazón. Los especistas me cargan, no son tan nefastos como los racistas, los machistas o los fascistas, claro, pero no dejan de ser también bastante despiadados.

La credibilidad de los animalistas aumentaría, si se aplicaran con más determinación por lograr que se protejan y promocionen los derechos humanos, más que en de defender los de las bestias. Que la necesidad de hilar más fino en lo del cuidado de las bestias, fuera una especie de consecuencia de hacerlo con el cuidado de las personas. No al revés, es decir, en la necesidad de cuidar a los seres humanos con el cuidado que les debemos a las bestias.

La cuestión no es: ¿Pueden razonar? Ni tampoco: ¿Pueden hablar? Sino: ¿Pueden sentir el sufrimiento? Y quien dice sufrimiento dice también placer o bienestar, a fin de que el común denominador de las buenas bestias no tenga un aire tan triste.

Ahora, que el transhumanismo me apunta, ya no me pregunto si las máquinas serán o no más inteligentes que nosotros, pero creo que no podrán sufrir. Y es que no serán tan bestias. Al menos mientras nosotros no podamos alimentarnos de kilovatios, y ellas no puedan ingerir kilocalorías alimenticias para seguir funcionando o multiplicándose, no me dan ninguna pena. Algo de miedo, lo que harán con nosotros, sí, claro.

Historias de Paco Sanz.

TORTILLAS EN CALDO

a Jesús De La Llave.

El otro día hice por vez primera, y no sé porqué, este guiso que hoy llamaríamos vegano; y colgué de él una foto en el güasap. Recuerdo de niño cuánto detestaba esa comida; era una de aquéllas que yo calificaba sin duda como comida de viejas. También recuerdo cuando años después, harto de comida de rancho, volvía de la mili a mi casa y le decía a mi madre aquello de: «mamá, por favor, hazme aunque sea unas tortillicas en caldo…»

Pues resulta que un amigo entrañable de aquella misma mili, me ha pedido que le pase esta humilde receta, y que se la pase por güasap. Voy a ver si lo consigo.

¡Qué cosas…!

Es ésta una de esas raras y valiosísimas recetas en peligro de extinción, de lo que yo llamo la cocina del hambre de mi tierra... De aquellos tiempos en los que había que cocinar con casi nada o casi con cualquier cosa. Tenías que tener sobre todo hambre, algo de aceite, una patata para espesar el guiso, una cebolla y un tomate. Y luego, igual daba si tenías un puñado de judías o de guisantes, un par de champiñones o de alcachofas, zanahorias o pimientos; casi cualquier verdura que tuvieras a mano valía… Y para las tortillas solo había que tener pan duro y un huevo, un diente de ajo, sal, y si tenías, perejil.

Y espera, que se me olvidaba el consabido aunque imprescindible ingrediente del cariño. Porque mucho cariño había que ponerle a los trajines de ese guiso, si querías sacar algo sabroso de ingredientes tan parcos.

Como otras muchas en cocina, esta receta hay que empezarla pochando mucho y con criterio una cebolla picada fina; luego hay que añadir el tomate rallado, y a fuego muy lento, reducirlo todo casi a seco. Es lo único que se sofríe… El resto de las verduras solo hay que cortarlas de forma que queden trozos lo suficientemente grandes, para que quepan en boca y así, poder apreciar los detalles de cada una de ellas adecuadamente. Luego las añadimos al sofrito y las rehogamos apenas, sin maltratarlas, con cuidado de no romperlas… Un poco de vino blanco, otro poco de agua, y lo dejamos todo a fuego muy muy lento, cociéndose.

Y ahora viene cuando la peinan…

Es el momento de hacer las tortillas, que no son otra cosa que simples albóndigas, hechas solo con miga de pan duro ablandada con un poco de caldo de las verduras y un huevo crudo, y sazonadas solo con sal y ajo y perejil muy picado… Hay que amasarlo todo con mucho cuidado, muy suavemente, sin aplastar, de forma que nos quede una masa amable y esponjosa con la que hacer a mano las tortillas. Después solo hay que sofreírlas para que cuajen y no pierdan la forma. Y una vez sólo sofritas, hay que añadirlas con mimo al guiso de las verduras con el fin de que cual esponjas se empapen de los sabores cocinándose poco a poco.

El punto justo del guiso es, cuando tienes el caldo espesado por la fécula que suelta la patata al cocerla, y a la vez, puedes apreciar en boca el sabor y la textura de las verduras sin que se te hayan pasado por un exceso de cocción. Ése, es el momento en el que se añaden especias o hierbas aromáticas al gusto, y listo.

A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que no he hablado ni de tiempos ni de cantidades, mi madre siempre dice que eso de medir es cosa de reposteros… Que en cocina lo que sirve es el instinto; que la misma comida te dice todo lo que necesita; y que la receta siempre depende de lo que tengas y de cómo hayas tenido, ése día para cocinar.

La cocina depende del tiempo que tengas, de los ingredientes que hayan, de la mucha o poca hambre de los comensales; de los fogones con que tienes que guisar; de si hace frío o calor o de si estamos o no de humor; de si es fiesta o no.

Y ya está. ¡A la orden mi sargento…!

Que aproveche.

Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

AMIGOS DEL COLEGIO…

Quiero al Rovira algo así como a un hermano porque nuestros apellidos casi consecutivos por orden alfabético, hicieron que casi siempre estuviéramos sentados en el mismo pupitre, durante años y años. Él era zurdo, y siempre jugábamos a éso de darnos porsaco sentándonos él a la derecha y yo a la izquierda del pupitre: nos divertíamos estorbándonos al escribir.

Como los seres humanos nos formamos como tales -o nos forman- de niños, la infancia es indudable que marca el resto de nuestras vidas de forma indeleble. Por ello, no sé si me pasa a mí solo éso de tenerles tanto y tan especial cariño a mis viejos amigos, a aquéllos compañeros y colegas de infancia, de colegio, de juventud… Tengo la teoría de que querámoslo o no, las personas de las que sabemos ciertos secretos están más cerca de nosotros; que nos unen con ellas saberes íntimos de índole tan personal que es un tesoro saberlos.

Y yo, os advierto que tengo el tesoro de saber algunos secretos vuestros, nuestros… Recuerda, cómo eran de frías nuestras antiguas escuelas; de qué era aquel bocadillo preferido que te ponía tu madre para almorzar; de si jugabas bien al fútbol o eras un fardo como yo, y de quién se duchaba luego en los vestuarios y quién no; de los que ligaban más, de quiénes no ligaban tanto, y de los que no ligábamos nunca… Yo me acuerdo del gesto del llanto en tu cara cuando te lisiaste la rodilla en aquel golpe en bicicleta; de si tenías mal perder pero eras un buen chico, o de si eras un malqueda pero porque te daban miedo las chicas.

Sé de tí y tú de mí secretos de compañero tan entrañables, que también sé que nos unirán un poco para siempre… Sé si eras de los listos, de los revoltosos o de los empollones; si te comías los mocos, las uñas, las dos cosas o ninguna; y sé si eras valiente, solo tímido, o llorón… Todavía me acuerdo de la música que te gustaba, de muchos de los conciertos a los que fuimos y de si eras viciosillo, solo bailaorico, o las dos cosas.

Y sé si eras un genio, que también los hay entre nosotros, mira Daniel García.

Os quiero. Mucho.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

HUMILDAD Y AÑO NUEVO

Historias de Paco Sanz

El año se ha acabado, y pocas veces se le ha puesto más fácil al Año Nuevo mejorar al anterior. Ya veremos, dijo el ciego. Mirando hacia atrás sin ira, pienso en la lección de humildad que este desastre nos ha propinado. Me he pasado la vida intentando ser más humilde en vano. Nietzsche pensaba que la primera cuestión de la filosofía es la llevarse bien con la propia soledad, yo creo que lo verdaderamente difícil es ser humilde. De cabeza y de corazón. Recuerdo a Pasolini, la cualidad que poseía en rara medida no era la humildad, sino algo mucho más difícil de encontrar: el amor a lo humilde, y diría, la competencia en humildad.

Antes, que no hacíamos tanto la pelota a los niños, eran los niños más humildes, y siempre creeré que hasta que los niños no vuelvan a la humildad, la vida estará horrorosamente trastocada. Pasarse la vida estudiando creo que ayuda. La humildad, que no abunda entre los doctos, aun es menos frecuente entre los ignorantes. En el dominio de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que prestar atención. No hay nada más cercano a la verdadera humildad que la inteligencia. Es imposible estar orgullosos de nuestra inteligencia, en el momento en que la ejercemos realmente.

Tampoco tiene que irnos siempre bien en todo ¿no…? Es un desconocimiento racionalista de la esencia del fluir de la vida personal, el pensar y exigir que ésta, haya de vibrar en todo momento con las mismas amplitudes anchas y armoniosas con que brota en los instantes agraciados. Tales exigencias, arrancan de una falta de humildad interna ante el misterio y el carácter de gracia inherente a toda vida.

En política, por ejemplo. La vida política no es un proyecto de mejora del mundo en donde se invierten las esperanzas trascendentales de un mundo sin fe. En cambio, se trata, de una tarea desesperadamente humilde de improvisación infinita, en donde todo bien se ve comprometido por los demás; se busca un equilibrio entre los males necesarios de la vida humana. Y la perspectiva omnipresente del desastre, es conjurada hasta el día siguiente.

¿En qué consiste esa cualidad de la humildad, siempre tan elusiva y tan añorada? Es la única cualidad, que si se pensara que se posee se perdería al instante. Me recuerda a las frases cachondeándose de la lógica. La más famosa es: “Miento”. Si efectivamente miento al decirlo, entonces digo la verdad, aunque no lo sepa. ¿Puedo afeitarme a mí mismo…? Últimamente me despierto pensando que la vejez añade, mientras quita. Humildad, por ejemplo.

Es buena contra la envidia y contra las mentiras, favorece la bondad de quitarse de en medio. Por decirlo en verso: “Aquí la envidia y la mentira/ me tuvieron encerrado./ Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado,/ y con pobre mesa y casa/ en el campo deleitoso,/ con sólo Dios se compasa,/ y a solas su vida pasa/ ni envidiado ni envidioso”. Aunque: “ En los extremos del hado/ no hay hombre tan desdichado/ que no tenga un envidioso/ ni hay hombre tan virtuoso/ que no tenga un envidiado.”

Considero que es un pecado contra la humildad el dar publicidad a lo que escribo. Pienso, que escribir es únicamente asumir la sacralidad que llena cada instante, es la humilde anotación, que tiene en el asombro su comienzo, el de un logos que alienta en todas partes. He disfrutado escribiendo, lo he hecho también leyendo lo que he escrito, ¿qué tercera cosa espero, como los necios?

La verdadera humildad es cuando puedes sorprenderte a ti mismo más que a los demás; el resto es timidez o buen marketing. La humildad no puede enseñarse por medio de la propaganda, pero la esclavitud sí… A ver si lo recuerdo.

Feliz Año Nuevo.

Historias de Paco Sanz

LA VOCACIÓN

OXALIS

«Mamá mira, mira que flores tan bonitas…» ¡Qué graciosa…!

Casi todos damos por hecho aquello de que hay carreras vocacionales, como la medicina, las matemáticas, la música o el sacerdocio. Pero si nos fijamos bien, en realidad, lo que hay son personas con vocación, o con vocaciones, o sin ellas… Por ello, sin médico no hay medicina, sin plantear el problema no surge el número, sin músico no hay melodía, o sin fe no hay Dios.

Y mira si es así, que ya desde bien pequeña mi hermana volvía tooodos los días del colegio, portando el tesoro a sus ojos de uno de aquellos primorosos ramilletes, que ella sola, iba componiéndose con las distintas floretas que se iba encontrando por ahí, por las calles. En aquellas calles, cada uno de los árboles plantados en los alcorques, se adornaba o con arbustos ornamentales o con plantones de flores; haciéndolas lucir de bonitas -las calles- de una forma que ya quisiéramos hoy.

En aquellos años, el simple primor de las mujeres era lo que las empujaba a plantar flores frente a sus casas: margaritas o cornetas, don pedros o geranios; algunas hasta se atrevían con las rosas. Otras, cultivaban hierbabuena, hierbaluisa o arbustos de laurel, alhábegas, galanes de noche o jazmines… Pasear por mi pueblo, engalanado de esas flores y por esas fragancias, tan humildes pero tan evocadoras, era una experiencia tan deliciosa, que incluso mi memoria olfativa puede recordarla hoy si cierro los ojos y vago rememorando aquellas calles.

Y claro, yo creo que ella heredó ese instinto digamos que materno-estético-vegetal, que la empujaba con primor, a disfrutar contemplando todas y cada una de las plantas con las que se tropezaba, cual si de verdaderas maravillas únicas se trataran… Aprendía, por puro gusto, sus nombres latinos o cosas como qué tipo de abonos necesitaban; se interesaba por su época de floración, por sus zonas de cultivo, por la duración y el grado de la belleza de sus flores, por la clasificación de sus fragancias…

Y no te digo nada, cuando descubrió casi sin darse cuenta eso del arte floral, o sea, su propia forma, de expresar con detalle la profundidad de algunos sentimientos, para los que casi siempre y si os fijáis, usamos flores… Para las declaraciones de amor o para pedir perdón; para premios, recuerdos, honores; en los nacimientos y en los entierros; en las alegrías y en las melancolías.

Hoy, se ve que todo el mundo sabe lo que es una pérgola, pero recuerdo, la cara que le puse a mi hermana cuando me dijo que ése iba a ser el nombre de su floristería: «¿Nena, qué coño es una pérgola…?»

Y resulta que, encima, te casaste con el jardinero fiel… Dale un abrazo.

Te quiero Nena.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MI SOCIO

No siempre puedes decir que le has cambiado los pañales a uno de tus colegas. Es extraño, lo reconozco. Pero por eso le conozco tan bien, y encima lo quiero casi como a un hijo; pero insisto, casi: no es mi hijo, aunque quizá sí el mejor si no uno de mis mejores amigos. Una especie de socio especial.

— Eres un cascarrabias, siempre me estás riñendo.
— Muy bien, a partir de ahora me vas a dar igual del todo, completamente igual; no me importarás nada, como si fueras un crío cualquiera de los muchos que me cruzo cuando voy por ahí, por la calle…
— Vaaale, ríñeme.

El socio, es una figura que se ha ido perdiendo pero que yo reivindico. Ya no confiamos lo suficiente los unos en los otros para tal grado de relación; para, como dice el castizo «jugarte los cuartos» con él o por él. ¡Ay la confianza…! Como mucho, tenemos buenos amigos, pero con los que llevamos el cuidado de no jugarnos nada verdaderamente importante, y que podamos perder además de a ellos mismos; o conocidos sin más, tal vez colegas de infancias, de ciertos gustos o profesiones; pero ya, casi nadie tiene un socio… Yo, sí.

Como sus padres estaban separados casi desde antes de que él naciese, recuerdo con qué ternura me preguntó ya con cuatro o cinco añitos, que qué era yo de él… Si algo así como un tío suyo, tal vez como una especie de padre postizo, o quizás un abuelo extra; no lo tenía claro el pobre. «Nada de eso, yo soy tu socio…» Se lo dije tal y como me salió. Y ahí se quedó la cosa. Yo, salí del brete dialéctico de explicarle al crío, que amo a su abuela y vivo con ella pero no soy su abuelo; que lo he criado y le riño a diario pero no soy su padre; y que lo quiero muchísimo pero que él no es nada mío. Él, era ni más ni menos que mi socio.

Me deshago de cariño cada vez que recuerdo la inocente expresión en su carita, al hacer como que entendía aquéllo que yo le intentaba decir con lo de socio… Luego, me abrazó con mucha fuerza…

Qué bonito, qué gracioso y qué entrañable. ¡Quiero a ese chico…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Caminante, no hay camino…

Respuesta a un TLP…

Que sepas, que no tienes pinta ninguna de estar trastornada en forma alguna. Ojalá pudiese yo ayudarte. Consuélate, sabiendo que la solución que tanto buscas la llevas dentro, la tienes ya.

La primera vez que vi una foto tuya, enseguida, como en un flash, me vino a la mente el semblante de tu padre. Y no sé porqué tengo la impresión de que aparte del enorme parecido físico y de su misma mirada, y por lo poco que yo sé, tienes también algo de aquellos legendarios cojones, de la misma impulsividad, garra y mala leche que tenía él… Vas bien.

Con el paso del tiempo y cuando él y yo ya nos conocíamos un poco, muchas veces le dije a tu padre medio en broma medio en serio, que si en vez de conocerle así peladito y de militar, le hubiera conocido con las greñas que se gastaba de civil, seguramente ambos hubiéramos terminado mal: peleándonos… Él era un heavy con cadenas, melenudo, macarrón y del Foro; y yo, era como un poco más moña y más formalito, de pueblo. Muy diferentes sí, pero teníamos en común el que éramos casi igual de altos y de bragados, de golfos, porreros y bebedores; de cabras locas; pero también de buenas gentes, nobles, cabezones, duros aunque sensibles, cumplidores.

Ambos éramos de los bajitos de la Compañía, pero en nuestro caso se debía a lo mucho que nos pesaban los huevos. Y claro, a mala ostia no nos ganaba nadie. Y recuerdo lo mucho que nos extrañamos primero y nos cabreamos después, cuando sin venir a cuento nos ascendieron una mañana a cabos de cuartel.

— ¿A santo de qué; qué ostias cabo ni qué cabo…? ¡Me cago’n el Calis…!

Ninguno de los dos queríamos serlo y fuimos a protestar y a pedir explicaciones a los oficiales, quienes nos dijeron aquello de «chitón chaval y ajo y agua…» Que la decisión estaba tomada y era irrevocable. Nos habían estado observando con detalle durante las semanas que llevábamos allí y confiaban en nosotros; en cómo reaccionábamos. Que nos fuéramos haciendo a la idea.

Lo pasamos muy mal y en muchas ocasiones, pero porque siempre teníamos la obligación de llegar a la marca fijada en el mapa; conseguir el objetivo no era una opción. Al precio que fuese había que sortear los obstáculos; daba igual el tiempo que se tardase; daba igual lo mucho que costase llegar.

«No hay a su pie risco vedado,
sueño no ha de menester.
Quejas, no quiere.
Donde le llevan, va jamás cansado.
Sumiso, valeroso, resignado.
Obedece, pelea, triunfa,
y si es menester, muere»

Jamás he tenido soluciones ni para mí mismo. Pero como tú pareces ser casi calcada a cómo era tu padre, no te preocupes mucho porque solo tienes que seguir siendo justo así, justo como eres… Estás hecha de buena madera seguro. Y seguro, que ya sacarás cuando llegue el momento y sea necesario, los arrestos suficientes para sortear el obstáculo que sea.

Y mientras, cuídate siempre mucho, cultívate y lee mucho, viaja mucho y ama mucho, enamórate intensamente. Disfruta, goza dejándote penetrar por el mundo y penetra tú en sus caminos. Y pregúntale a tu padre; o a tu madre, que seguro es una santa queriéndoos como os quiere a pesar de los berrinches que seguro tú y tu padre le dais.

Dales un beso muy fuerte de mi parte.

Abrazoooooss

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

CONDUCÍAMOS A PELO

Era un modelo raro de ver, creo que no había entonces ninguno igual en el pueblo. Sentado al volante de aquel coche tenías el culo a poco más de un palmo de la carretera, y ésta, fluía ante tus ojos de una forma muy especial vista desde tan bajo punto de vista.

Todavía recuerdo lo robusto de aquel motor. Nunca dio problema alguno ni falló jamás en todo el tiempo que lo disfruté. Para ponerlo en marcha, antes había que darle siempre un par de pisotones al acelerador, para así, inundar por completo de gasolina el estárter del arranque. Luego, solo había que girar apenas la llave para que aquellos cuatro cilindros explotaran, y sus caballos despertaran relinchando broncos, como nerviosos. Oías, el brusco abrirse del segundo carburador cuando pisabas a fondo. Sentías lo blando o duro de tus neumáticos, agarrándose o no a la carretera. Conducías a pelo, sin ningún tipo de ayuda electrónica. Solos, el hierro y el fuego, la carretera, las gomas… y tú.

Acababa de estrenar aquel precioso Ford Capri 2.0 blanco; un coupé del 78. Bueno, lo de estrenarlo es un decir porque lo compré de segunda mano, en el 89. Aunque confieso, que me hizo la misma ilusión de uno nuevo porque fue un verdadero amor a primera vista; además, en aquella época nunca me hubieran dado mis haberes para estrenar un coche así; y encima, es que estaba completamente nuevo, impecable… El interior era del todo original, de fábrica. Unos maravillosos asientos Recaro de cuero negro y textil a cuadros. Volante deportivo de tres brazos de acero forrado con el mismo cuero negro, también a juego con el del pomo del cambio de marchas, el del salpicadero, y el del resto de la tapicería. Equipo de música Pioneer. Techo solar retráctil. Y todo, absolutamente todo funcionaba a la perfección. Como nuevo, gracias a la calidad de los materiales con que estaba fabricado, y a aquellas simples tecnologías de manivela, pestillo y pisotón.

Tenía aquel haiga una salvaje tracción trasera que convertía su manejo, si a fondo, en un peligro si no estabas acostumbrado a aquella sensación de empuje de popa tan excitante: la de ser impelido desde atrás y con fuerza a correr un riesgo, peligroso pero delicioso, excitante, calculado… No solían tener los coches de aquella época siquiera ni dirección asistida, por lo que ésta sí era algo dura -por ejemplo para aparcar- comparada con las de ahora que las mueves con una mano… Pero con el coche en movimiento, esa misma dirección te proporcionaba una sensación fantástica del control de la potencia, de suavidad, y un tacto muy preciso de la carretera.

Por otro lado, aquellos nerviosos 115 CV y un cambio de marchas maravilloso, con cuatro larguísimas velocidades, eran más que suficientes para empujar con rotundidad aquel hermoso coupé blanco por donde quiera que fueres… Unos eficaces frenos de disco delanteros, la sensación del peso del motor delante tuyo y la tracción trasera tan bruta, hacían que conducir con garra aquel bicho mecánico fuera una experiencia inolvidable, solo limitada, por tu pericia al volante y por la cantidad de gasolina que quisieras quemar.

Poco más de once años impecables tenía cuando lo compré. Y sólo unos cincuenta mil kilómetros hechos por una señora para la que la maniobra más arriesgada con el coche, seguramente habría sido la de guardalo todos los días a cubierto en su cochera, y sin rayarlo… Y mira por dónde, solo al tercer año de tenerlo, lo esclafó el listo de mí, estrellándolo y casi matándome en un siniestro total contra un bancal de palmeras, al salirme de una curva en una carretera conocidísima, y debido solo al par de segundos transcurridos en un descuido de mierda.

¡Qué cosas…!

…eeen fin. La vida.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

CINCUENTA SEGUNDOS

Sólo necesitaría unos cincuenta de tus segundos lector; aproximadamente lo que duran treinta o cuarenta de tus respiraciones; o lo que tarda tu corazón en latir entre sesenta y setenta veces… Necesito, para comenzar ésta nuestra relación epistolar, disponer del total de tu atención durante estos vitales primeros cincuenta segundos; importantísimos para aceptar el iniciar cualquier tipo de relación. Ese instante breve, efímero y subconsciente, en el que la mente sin dar cuentas a la consciencia ya ha tomado una decisión. Ya ha elegido… Elígeme pues tú, y tenme paciencia; y aguanta aquí leyendo conmigo.

No sé dónde vamos a llegar a parar pero llegaremos seguro. Qué te cuento o con qué te atrapo es la cuestión. Y sí, ya sé que se nos ha hecho un poco tarde, pero no tanto porque todavía estás ahí, leyéndome… Ésto es un lío.

Seguro que érase una vez, aquélla vez, en la que como yo ahora creíste necesitar que perduraran en el tiempo cosas, momentos importantes, tuyos… Aquella vez, que quisiste contar eso que te pasó, inventar un cuento para tus hijas, preservar la Historia, o conservar recuerdos de tus ancestros.

¡Qué milagro, y qué suerte el que ya llevemos más de cincuenta segundos juntos…! ¿No…? Yo te hablo al oído; tú, te dejas… A ver qué historia te cuento ahora…

Te quiero 💞

Y gracias…🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

APRENDÍ HACE AÑOS

Aprendí hace muchos años, Geografía y sobre todo Historia de España cuando todavía casi no había autonomías. Bueno, estaban recién estrenadas porque recuerdo hasta el momento en que en mi colegio cambiaron el mapa político de las antiguas regiones de España, que colgaba desde siempre junto a la pizarra y el crucifijo, por aquel nuevo mapa. Uno nuevo, autonómico decían… Cuando lo colgaron me pareció exactamente igual que el anterior aunque con más colores; pero era diferente, insistían.

¿En aquella época, con diez, doce o catorce años, qué coño íbamos a saber…? Quedó colgado solemnemente en la pared frontal de mi clase, ésa hacia la que todos mirábamos cuando los maestros querían enseñarnos algo. Hoy para aprender algo solo miramos pantallas frías, sin pizarras ni maestros… Poco después se descolgaron también los crucifijos; no sabemos si gracias a Dios.

Tengo más años ya, que la orilla de la playa.

Y precisamente por eso, justo por aprender de España en ausencia de autonomías, creo que todavía recordaría el nombre de la mayoría de los ríos de la península y de sus afluentes principales; el de los cabos y golfos más importantes de nuestras costas; el de nuestras hermosas cordilleras y macizos montañosos, y el de sus picos más altos e importantes. Me sé, el nombre creo que de casi todas nuestras islas. Crecí, entendiendo que era España desde Gerona al Ferrol, y que tan españoles éramos los de Bilbao como los de mi pueblo, o los de Segorbe, Cuenca o Barbate.

Se ve que soy un romántico. O un facha que dicen ahora.

Una de las cosas de las que más presumo es de conocer esta España nuestra casi entera, pero por haberla recorrido desde siempre y con entera libertad… Nada que ver con lo de ahora en que se masca una tensión, una estúpida diferencia entre nosotros como inducida, como obligada, por un ambiente político irrespirable creado por nuestra panda de reyezuelos nacionales y autonómicos.

Unas diferencias entre españoles, por las que se arrancan los políticos hasta los ojos unos a otros; todo sea por defender sus prebendas, sus carguicos, y sus propias cuentas pendientes… ¡Qué asco…!

Cuando en el ochenta y seis hice el servicio militar obligatorio, para no aburrirme, me fui voluntario ni más ni menos que al Cuerpo de Operaciones Especiales del Ejército… Una vez todos allí solo éramos españoles extrañados unos de otros. Pero completamente iguales y por completo ignorantes de la dureza que nos esperaba tras nuestra equivocación voluntaria… Solo un montón de jovenzuelos locos e insensatos, debido seguramente a una acumulación excesiva de testosterona en nuestros cojones. Éramos poco más que adolescentes, inocentes, bragados, y seguramente patriotas… Y la mayoría, estoy seguro de que simplemente buscábamos aventura. De Córdoba, de Granada, de Cuenca, de Toledo, de Alicante, de Lugo, de Albacete, de Murcia, de Málaga.

…eeen fin.

Ahora parece que buscamos la aventura, en partirnos entre nosotros la cara en trozos para comprobar una vez más lo gilipollas que somos como sociedad; como colectivo. Sufrimos una metástasis roja fruto de un cáncer siniestro, que nuestro país sufre mucho y desde hace mucho. Tanto, que hasta yo estoy a punto de odiarme a mí mismo.

Cuando salgamos de ésta, querría que saliésemos a recuperar unas calles que de verdad todos sintiéramos nuestras. Que volviéramos a pasear por ellas asumiendo como propias nuestras propias calles… Que aprendiésemos como desde pequeños hacen los anglosajones, que nuestra casa no acaba cuando salimos de ella, sino que todos somos responsables de cuidar lo público, porque también es nuestra casa.

Que sintiéramos, que ese suelo que estos días no hemos podido casi ni pisar, es profunda y rotundamente de nuestra propiedad; de todos nosotros, los españoles.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

¿Soy un loco…? 😳

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Soy un loco si afirmo algo tan simple como que todos los españoles deberían tener, exactamente, los mismos derechos y obligaciones con independencia de dónde vivan, voten, cotizen, follen, residan, hayan nacido, parido, o se quieran morir.

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Tengo la sensación de que me miran raro cuando -como sin complejos hacen la mayoría de británicos y japoneses, suecos u holandeses- digo preferir sin duda alguna una moderna y serena Monarquía Parlamentaria, a la primera segunda o tercera República que se saque de la chistera cualquier politicastro iluminado, al que, exhibiendo no se qué mayoría, se le ocurra semejante cosa.

Por un retrógrado me tienen si añoro Los Valores y La Ilusión de aquella España de La Transición: escarmentada y sensata, trabajadora y noble, unida, bien educada, y que con tanto esfuerzo y renuncias nos legaron nuestros padres. Aquélla España en la que crecí, en la que creí, y a la que amo.

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Parece ser que parezco un orate ignorante al afirmar sin ambages que si cualquier otra nación poseyera nuestra historia, nuestras tierras y sus gentes; y si además hiciera gala de nuestro arte y nuestra fuerza; y si también gozara de una lengua tan rica y de un sentido del humor y de la vida tan agudo como el español; esa otra nación, reitero, sería hoy faro del mundo como otrora nosotros ya lo fuimos.

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Por ello debo de parecer un carcamal cultural porque con solo la fe de la lógica, creo y me atrevo a afirmar que el conocimiento y el uso de un idioma tan hermoso y versátil como el español, con tanta historia, y una influencia en un mundo de más de seiscientos millones de hispanohablantes, debería de ser un derecho y una obligación para todos los españoles. ¿No…?

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Un morlaco mal encornado debo de ser si a porta gayola sostengo -conste que no me gustan los toros- que la tauromaquia ha influido con hondura, durante siglos, en nuestra forma bragada de entender la vida, de afrontar el riesgo zaino de nuestro destino, o de mostrar el valor con los pies juntos pese al miedo… Y si continúo sosteniendo que además forma parte troncal de nuestra lengua, o que ha sido muleta de nuestra historia y faena de muchas de nuestras artes, soy una bestia.

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Cual fascista quedo cuando aseguro que el Estado de Las Autonomías es, sin duda, ahora mismo la principal causa de la cancerígena disgregación nacionalista que padece nuestra Nación. Y si además, clamo al cielo al afirmar que esa misma disgregación nacionalista es sin duda el principal peligro que acucia el futuro vital inmediato de nuestro País, me llaman cenizo.

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Se ve que también soy un machista con rabo y cuernos porque en mis carnes, he sufrido esa paranoica ideología de género que, con una mera acusación de parte, discrimina, señala y segrega; predispone, acusa y hasta encarcela a la otra parte. Ni más ni menos que al ‘otro’ indefenso cincuenta por ciento de la población española… De locos.

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Así, cuando a mis hijas intento inculcarles que sobre todo amen profundamente a su prójimo, o les aseguro que si quieren entender el pasado no lo juzguen con criterios de presente, me queda la duda de si no debo de ser también, un idiota.

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Y es chocante por último que ahora a mis cincuenta y tantos años, parezco poco menos que un potencial asesino paranoico si reconozco, que me gusta el jamón ibérico casi tanto como mirar un buen par de tetas.

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Jorge, la regla y la Maestra…

Mil novecientos setenta y siete, o setenta y ocho… Aquella mañana hacia frío; primeros de octubre.

Eran los inicios del curso y la Maestra traía ese día un humor de perros; algo raro seguro le pasaba. Huraña, como dolorida o descompuesta y muy muy arisca. Nos reprendía con una acritud inusitada, tan solo, porque algunos traíamos no sé qué tareas sin hacer… Así, decidió por ello y se dispuso, a administrarnos aquel correctivo tan típico de la época. El primero del curso.

Éramos cinco; nos levantamos en silencio y formamos una hilera; dóciles, estiramos al frente el brazo derecho girando la palma de la mano hacia arriba; y resignados, esperamos casi temblando el golpe y la quemazón de un buen reglazo.

Parece ser que Jorge, al vernos, por imitación y seguramente creyendo que aquello era algún tipo de juego, se levantó también de su pupitre, y muy divertido, se colocó el primero de la hilera por la izquierda, justo a mi lado, remedando nuestra postura con el brazo extendido… Pero él, sonriendo.

Solo un momento antes, la profesora se había girado, dándonos la espalda para coger de la mesa aquella temible regla de madera. Y debido seguramente a esa desazón personal en la que se encontraba, se ve, que no se dio cuenta de la incorporación inesperada de Jorge a esa hilera de justiciables esperando castigo.

Tenía la pobre, sin duda, una mala mañana.

Todavía de espaldas, y algo teatrera, alzó con ademán brusco aquella regla; después, se giró hacia nosotros, despacio. Pero lo hizo sin mirarnos directamente. Ojos gachos, como contritos. Mirada esquiva o avergonzada, fija tan sólo, en esa primera mano de aquella hilera de manos anónimas… Seguramente no se sentiría bien mirando a la cara de sus reos, en el preciso momento de ajusticiarlos.

Se oyeron entonces tres sonidos, casi simultáneos: el chasquido seco del reglazo contra aquella primera mano abierta, la de Jorge; inmediatamente una palabrota y un gruñido; y finalmente, solo se oían los espantosos aullidos de dolor de la Maestra al recibir como respuesta instantánea a su reglazo, el tremendo patadón en la espinilla que, cual resorte, Jorge, le propinó con aquellas temibles y enormes botas reforzadas que siempre usaba.

Patadón aquél, que quebró su tibia, y la hizo caer como se desploma un árbol talado tras el último y definitivo hachazo.

Se le veía feliz viniendo por fin al colegio, puntual, como un reloj, y con aquella destartalada cartera de cuero cobrizo. En ella atesoraba su almuerzo, algunos lápices de colores mordidos y gastados, y un ajado cuaderno maltratado, garabateado y grasiento. Grasiento, porque tenía la obsesiva costumbre de almorzar siempre lo mismo, un bocadillo, su favorito, con abundante aceite de oliva y chocolate en polvo… No existía nada parecido a la nocilla en aquella época.

Se había ganado, por méritos propios, el que le considerásemos uno más, uno de los nuestros. Era un niño enorme para su edad, más de setenta kilos y muy fuerte; su aspecto, algo osco, realmente imponía. Pero era sin embargo muy cariñoso, obediente, y tenía la empatía y el sentido común suficientes para portarse de manera más que correcta en clase; mejor que muchos otros que no éramos de su condición.

A los nueve años, sus padres y profesores tuvieron la audacia en aquellos tiempos, de acordar que, por su bien, Jorge asistiese normalmente al colegio con la chavalería de su edad. A los niños como él, simplemente se los ocultaba, enclaustrándolos en el oprobio de sus familias y en el silencio de sus casas; seguro que con la buena intención de protegerles del mundo exterior, pero condenándolos sin remisión al vacío de una vida castrada, sin estímulos, ni amigos.

Jorge no entendía nada; era la primera vez que le habían disciplinado en el colegio. Estaba asustado por el reglazo, por la patada, por la sangre y los gritos; por los otros maestros entrando alarmados en tromba; por las expresiones de pavor en nuestras caras debido a tamaño suceso.

Gritos, llantos, carreras.

Recuerdo que intenté calmarlo, hablándole conciliador, y pasándole amistoso desde atrás mi brazo sobre sus hombros. Desorientado, sin mirarme y creyéndose amenazado, braceó bruscamente para zafarse de ese abrazo golpeándome sin querer en la cara… Caído en el suelo, yo también, empecé a sangrar profusamente por la nariz.

Al girarse, reconocerme y darse cuenta de mi estado, agarrándome con suavidad de los brazos y sin esfuerzo, me levantó con sumo cuidado.

Miró mis ojos con una expresión asustada; de disculpa diría. Yo, vi lágrimas asomando en los suyos. Y sin dejar de mirarme, espantado por la hemorragia que manchaba mi cara y mis ropas rompió a llorar. Pero lo hizo en un completo silencio, no emitía suspiro, queja, o sonido alguno. Solo unas leves muecas quebradas en su cara, y el rastro de los carriles húmedos de sus lágrimas, evidenciaban ese llanto mudo, sentido.

– ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo…! Me repetía.

Éramos vecinos; apenas a doscientos metros vivíamos el uno del otro.

De repente, me abrazó de lado con toda la firmeza de su brazo derecho; y con un leve empujoncito pero que no admitía oposición alguna, comenzamos a caminar buscando la puerta de salida del colegio; ignorando, o empujando, a todo aquél que pretendiese impedírnoslo.

– ¡A tu casa! ¡A tu casa! ¡A tu casa!

Al escabullirnos de clase trompicando en medio de la confusión, vimos a la Maestra tirada en el suelo, sangrando por una tremenda herida contusa y con la pierna deformada por la rotura. Chillaba la pobre, retorciéndose de dolor, a la vez que desesperada pedía auxilio a los otros profesores que en ese momento la asistían. Tenía la falda, grotescamente remangada por la caída.

No podía saberlo entonces pero, en ese momento, descubrí la causa de su humor de perros cuando, mirándole las bragas, extrañado, vi esa mancha marrón oscura que como empapaba aquel triángulo blanco de su entrepierna.

Todo un misterio para mis ocho años.

Finalmente, trastabillando, pero abrazados y casi al paso, pudimos salir del colegio… Jorge parecía un jugador de rugby, placando y apartando bruscamente con su potente brazo izquierdo, a todo aquél que osó interponerse frente a su resuelta intención de llevarme, a toda costa, indemne a mi casa.

Y lo consiguió.

Gracias Jorge; que sepas que no lo he olvidado.

Me libraste de aquel primer reglazo, y me acompañaste hasta el final.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

LA VIDA EN UN MOMENTO

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Me despertó bruscamente aquel sordo ronquido, entre agónico y estertóreo, que apartó de mí el rácano pero necesario sueño que comenzaba a conciliar… Eran las once de la noche; del cuarto día ya.

Mis lumbares crujieron al incorporarme de aquel sillón infernal de la habitación del hospital donde la habían operado… Una vez que embotado conseguí levantarme sin quebrarme, observé los labios amoratados y me alarmó su respiración sibilante, trabajosa y desacompasada; síntomas que, a sus ochenta y cuatro años, no presagiaban nada bueno.

La llamé por su nombre, y solo acertó a balbucear sonidos guturales deslavazados que, junto con lo perdido de su mirada, confirmaban el síncope inesperado que estaba sufriendo tras su colectomía de la víspera… Como aturdido, y embridando el miedo y mi alarma, llamé a las enfermeras de guardia; quedé en silencio y a solas con ella, con la frustración de comprobar lo poco que yo podía hacer.

Mi entereza estaba a punto de romperse por el pánico de asistir, a solas, a la muerte de mi madre… Pensaba en llamar a mi única hermana cuando, de repente, entraron en tromba al menos tres enfermeros y un médico, quién con una rotundidad calculada, me sugirió que era mejor que saliese de la habitación.

El pánico seguía ganando terreno en mi espíritu cuando, al controlar mentalmente lo desbocado de mi respiración asustada, y así, aquietar aquel redoble miedoso de mi corazón, extraña y lentamente experimenté, rompiendo a llorar, una especie de revelación al recordar.

En esos críticos momentos, un extraño carrusel de instantes de mi vida, de alguna manera, se proyectaron desordenadamente frente a mí… Me di cuenta de que ahora, éste, y no otro, era el mejor sitio donde podía estar dado el trascendente momento.

Si mi madre iba a morir, no había nada más importante que hacer que estar a su lado; pero no solo por ella, sino también por mí.

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El ejemplo que mis padres siempre me han dado, ha sido un verdadero regalo de amor; y con el ejercicio constante de ese amor, me han dotado de un universo moral hermoso, basado en la verdad y en el sacrificio personal. He sido inculcado con nobles principios que creo han hecho de mí, al menos, una buena persona.

He de reconocer que la mayoría de la multitud de mis defectos, de mis fracasos y decepciones, han sido precisamente fruto de las veces en las que, de forma insensata, he ignorado las normas de mis padres, desoído sus consejos, y ninguneado sus ejemplos.

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He visto a mis padres honrar a los suyos con un sempiterno respeto; los he visto, a ambos, cuidar de sus ancestros con sincera compasión, en la vejez y hasta la muerte; haciendo de ello no una obligación sino un orgullo, al devolverles con verdadero sacrificio y verdadero agrado, aquellos cuidados que un día sus padres les entregaron amorosos, cuando niños.

Oyendo el ruido acompasado del taconeo de mis pasos en el pasillo, me percaté de que el control de mi agitada respiración y mis latidos, la reflexión del curso calmado de mis pensamientos, y el disfrutar del tierno vagar de mis recuerdos, acallaron mi pánico inicial dando paso a una sensación calmada, como de una obligatoria aunque feliz aceptación del inevitable dolor por venir.

Tenía, la trascendente oportunidad de asistir a la muerte tranquila de uno de mis progenitores, y de honrarles a ambos con la dignidad de mi entereza.

El caso es que a día de hoy, a meses de este suceso que os relato, por suerte todavía sigo disfrutando de la presencia y del ejemplo de ambos.

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Antonio rodríguez Miravete

EL PAN…

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Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja.

Una maravilla os lo aseguro.

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña.

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras.

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados. Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados. Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar.

el pan

Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros. Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla.

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones. Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez.

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.