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Quisiera darme cuenta, no cuerda.

Historias de Paco Sanz

Quisiera darme cuerda, no cuenta. Porque cuando me doy cuenta, parece que las razones para seguir dándome cuerda desaparecen. Me defiendo como puedo de esa hiperinformación que me atraviesa. La información, es una forma pornográfica del saber porque carece de esa interioridad que lo caracteriza. Del saber, también es propia una negatividad: tiene que conquistarse luchando contra la resistencia de la tontería. El saber, tiene una estructura temporal completamente distinta: se tensa entre el pasado y el futuro. La información por el contrario, habita junto al la tontería un tiempo que se ha satinado a partir de puntos indiferenciados. Es un tiempo sin acontecimientos ni destino.

No es lo mismo no estar informado que no saber, ni es lo mismo el control que la disciplina. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria sino de rendimiento. Sus habitantes ya no se llaman “sujetos de obediencia” sino “sujetos de rendimiento”. Estos sujetos son los emprendedores de ellos mismos. A la sociedad disciplinaria le rige el no: No puedes, no debes; su negatividad genera locos y criminales. A la sociedad del rendimiento le rige el a ver si: No puedes, no eres capaz; genera por el contrario depresivos y fracasados.

Hubo un tiempo en que creí preferible tener más libertad que más dinero, que no siempre más dinero significaba más libertad; creía que era más importante vivir siendo libre que procurar mi liberación. Un poco como aquel personaje de Zinoviev que enseñaba a vivir en el paraíso, dejando que los religiosos se quedaran con la exclusividad de las maneras alcanzarlo.

Mientras estás buscando algo que no tienes no disfrutas de ello. La libertad, en sentido propio, está vinculada siempre a una negatividad. Es siempre la libertad una obligación.

Debo estar harto de imágenes, porque suelo cerrar los ojos cuando me da por hacer el numerito ese de la meditación-respiración al que soy adicto desde mi juventud; las imágenes me cansan, el ver a la gente haciendo fotos me entristece. Pienso, como Kafka, que “Fotografiamos las cosas para auyentarlas del espíritu. Mis historias son una forma de cerrar los ojos…” Lo dejó escrito más o menos así, cuando la fotografía empezaba a serlo.

Ante la pura masa de imágenes hipervisibles no es posible cerrar los ojos. Tampoco deja ocasión para ello el rápido cambio de esas imágenes. Cerrar los ojos, es una negatividad que compagina mal con la positividad y la hiperactividad de esta sociedad de la aceleración, de la alienación. La coacción de la hipervigilia, dificulta el cerrar los ojos… Y es responsable también del agotamiento neuronal del sujeto de rendimiento, que siempre tiene que estar dándose cuerda.

Historias de Paco Sanz

PATERNALISMO Y TONTERÍA

Historias de Paco Sanz

Parece que lo de llevar la mascarilla cuando vas por una calle por la que no hay nadie ya no va a ser necesario. El que dejen de tratarnos como si fuéramos gilipollas, porque por lo que dicen hay muchos gilipollas, no deja de ser un alivio. Nunca acabé de entender si nos aconsejaban, nos recomendaban, nos mandaban o pretendían obligarnos a hacer tonterías como esa, pero lo de decirnos constantemente qué hay que hacer con nuestra vida como si fueran nuestros padres se ha convertido en una costumbre; le han cogido el gusto.

Es la pendiente resbaladiza: si fumas maría acabarás esnifando coca, tomando pastillas, pinchándote con heroína y en la cárcel por acabar traficando con ellas. Si puedes derivar con tanta facilidad hacia los paliativistas, cuando se te acabe la paciencia y el dinero autorizarás la eutanasia, y luego decidirás a quién dejas vivir sin que te tiemble el esqueleto. Se empieza con el paternalismo, luego llega el autoritarismo y el camino al totalitarismo está abierto. Es necesario un cierto orden, el desorden es peor que la injusticia.

Ayer mismo mi compañera, que es mucho más “ordenada” que yo, me reconvino cuando una vez más tuvo que oírme decir que los que mandan siempre se vuelven de derechas. Que les llamara totalitarios, porque si no mi izquierdismo de salón cantaba un poco. Cuando digo que la ultraderecha es algo rojilla y que la ultraizquierda sería de lo más reaccionario caso que le diera por existir y poder mandar, tengo que recordarme que mejor ir con cuidado, en estos asuntos es fácil acabar resbalando hacia la tontería. Pura y dura.

Donde hay confianza el paternalismo es innecesario. Donde no hay confianza resulta inadmisible. Que se vayan con su autoridad a hacer puñetas. Más allá de la privatización de la decisión o del paternalismo vacunal, es necesario comprender que la inmunidad es un bien común, que debe ser construido mediante la comprensión de que hace falta una sociedad entera, para cuidar de quienes no tienen la capacidad de cuidarse por sí mismos.

Me duele en el alma comprender que sin confianza, sin lealtad, no se puede. Preferiría no saber, poder no tomarme en serio aquello del Eclesiastés: que los que estamos siempre intentando saber, mejor sería que olvidáramos. “Y di a mi corazón a conocer la sabiduría y también a entender las locuras y los desvaríos: conocía al cabo que aún esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia, y quien añade ciencia añade dolor”.

Al buen padre, ¿quién le conoce? Si no tienes un buen padre, ¡hazte con uno! El buen padre siempre responde de algo, de una pregunta. ¿El paternalismo? Imponer la respuesta. Me encanta condenar la “ideología de la experiencia”, la idea de que aprendemos del pasado y que cuanto más mayores somos y más experiencias se supone que hemos tenido, más sabemos y más aptos nos volvemos para ocupar una función paternal, que consiste en explicar las cosas de manera interminable y en exhibir nuestros infinitos conocimientos.

Historias de Paco Sanz

TODAS LAS HISTORIAS DE PACO SANZ

Unos viajes fantásticos ✍️

Historias de Paco Sanz. TODAS.

Nadie escribe así.

…💕

“…el mero hecho de leerle, es, como que eliminara la roña que se me pega al cuerpo; como que me limpiara a fondo agujeros y recovecos. Leerle es aclarar con dialéctica y retórica, ciertos espacios nuestros, espirituales o no sé si intelectuales, que lo cotidiano nos anega con la mierda de la prisa…”

En este enlace podéis acceder a lo único que hay publicado de él.

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TODAS LAS HISTORIAS DE PACO SANZ ✍️

Gracias por leer.

Antonio Rodríguez Miravete.

SE HA IDO

Historias de Paco Sanz.

Mi Maestro Paco Sanz se ha ido. Ha decidido irse: “Voy a seguir, pero no aquí…” No se ha muerto pero estoy casi igual de triste, ya que mi única forma de contacto con él era una red social rara y minoritaria de la que se ve que se ha hartado, y de la que se ve que se va. Vamos, que se ha ido… No ha dejado forma de contactar con él; no hay rastro alguno. Lo he intentado pero nada… Empiezo a tener algo parecido a un síndrome de abstinencia; me había enganchado a leerle y no quiero quitarme.

Con la misma sorpresa con la que por casualidad me lo encontré, de repente va y se va… Saber despedirse es un lujo solo al alcance de ricos de espíritu, pero porque solo por éso es por lo que se nos recuerda: por el espíritu. Por el logos.

Como sus escritos nunca tendrán edad ni tiempo, sino solo letras, en todo momento no serán solo agradables sino recomendables y hasta necesarios, para… 💕

Gracias, gracias, gracias Paco Sanz 🙏

Os lo recomiendo. Si queréis y guardáis este enlace, siempre podréis leer casi todo lo publicado de él… No habrá otra forma de hacerlo en ningún otro sitio del Mundo, y es gratis:

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https://historiasenunfolio.wordpress.com/?s=Historias+de+Paco+Sanz

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

LA ÚLTIMA, Y ADIÓS.

Gracias, y adiós. 🙏

Historias de Paco Sanz

Largarse sin despedirse es como colgarle a alguien el teléfono. Algo contrario al buen gusto. De la misma manera que pudiendo abandonar tu isla solitaria, y no quieras, es una prueba de soberanía; el acabar con algo, con una costumbre por ejemplo, lo es de agencia, de fuerza. Sólo el exceso de fuerza es prueba de fuerza, que dice el clásico. “¿Acaso, no has acabado con la idea de Dios, la idea de que Dios te estaba mirando…?”

A mí me pasa como a Oscar Wilde: “El buen gusto es la excusa que he dado siempre por llevar tan mala vida”. No acepto excusas para quejarme, siempre que puedo no me quejo, me da vergüenza hacerlo. Como Nietzsche, “amo a los desgraciados que tienen vergüenza de si mismos, y que no vierten sus orinales en la calle. Cuyos corazones y lengua guardan todavía el suficiente buen gusto para saber decirse: es necesario honrar mi desgracia; es necesario disimularla…”

Como mi presbiacusia se ha acentuado, desconfío de las alabanzas. Llega un momento en el que sólo hago que emitir alabanzas, ése viejo remedio contra la sordera; y empiezo a aplicarlo a medida en que veo cada vez más sordos a mi alrededor. Aún suponiendo que queramos alabar, constituye un sutil y a la vez aristocrático dominio de uno mismo, el alabar únicamente cuando no estamos de acuerdo; de lo contrario, nos alabaríamos en efecto a nosotros mismos, lo cual va contra el buen gusto… Desde luego, es aquél un autodominio que ofrece una ocasión y un motivo magníficos, para que se nos malentienda constantemente.

Me gustaría poder despedirme de todos vosotros, pero uno por uno. Como en ese par de “fiestas” a las que he tenido ocasión de asistir, en las que el que se iba a morir pretendía despedirse de cada uno en particular, como si nos diera el pésame él a nosotros porque perdíamos su compañía. Un poco en plan: “no me pesa por mi muerte, porque yo morir debía, más me pesa por los míos, que pierden mi compañía”. Creo que habría que despedirse así de la familia, de los amigos, del cuerpo éste desde y en el que he vivido, tan poco a poco.

Al que nos señale la calva que comienza en nosotros hay que decirle: “prefiero perder las cosas poco a poco…” El contrato infame con la muerte es así menos duro… ¡Qué horror sería perder de una vez todo el pelo, sin haberse despedido de él poco a poco, pelo a pelo. Diente a diente, amigo a amigo, capacidad a capacidad, recuerdo a recuerdo, esperanza a esperanza…!

Es como ésos que empiezan un régimen o una desintoxicación. Hay que advertirles que no hay marcha atrás. No es que tengas la tensión alta y mejor que vayas con cuidado: es que eres hipertenso y vas a tener que ir con cuidado siempre. Es un paso atrás que debe marcar una nueva dirección, nada de recular; supongo que pienso que nuestra civilización debería haberlo dado -el paso atrás aquél- hace mucho, debería haber seguido hace tiempo otra dirección… Una larga tradición filosófica anima a limitar de alguna manera las necesidades, para poder encontrar alguna manera de verdadera felicidad.

Según Epicuro “el hombre que no se contenta con poco no se contenta con nada”. Su discípulo Lucrecio continúa su pensamiento diciendo que “si siempre deseas lo que no tienes acabas por despreciar lo que tienes; entonces tu vida discurre sin plenitud ni encanto, y cuando llega la muerte te encuentra ansioso, sin que puedas despedirte de esta vida ni contento, ni agradecido.”

Por la abundancia de las mercaderías hemos perdido la facultad de maravillarnos. Funesto, es el destino de una obsolescencia programada para toda la humanidad. Voy a seguir, pero no aquí… “A partir de un determinado momento en la vida -decía Aristóteles- sólo queda una alternativa: o filosofar, o despedirse y apartarse de ella…”

Dos años y pico aquí; es hora de largarse.

Historias de Paco Sanz

Gracias, y adiós Paco Sanz 🙏

PÉRDIDAS DE TIEMPO

Recuerdo aquella anécdota con mi gran amigo Iván… Antonio “el Polla” cerraba la cafetería para nuestra desgracia, y estaba deshaciéndose de los restos de aquellas pobres botellas empezadas: que si de ron Negrita, Licor 43 o whisky Dyc, que si de menta, ginebra Larios, Ponche Caballero… Y se ve, que al ver lo triste de nuestras miradas, Antonio nos regaló toda una caja llena de aquéllas botellas semillenas… Así que al rato, muy contentos, regresamos a casa de Iván con nuestro cargamento y nos dispusimos a escuchar música y a platicar, a reírnos y cómo no, a bebérnoslas… Era viernes.

Todo iba muy bien con Supertramp sonando de fondo, cuando mi querido Iván se dio cuenta de que yo con mi botella de whisky Dyc ya llevaba una guasa considerable, mientras él no parecía notarse ningún efecto etílico con la menta aquélla: nada de nada… Mosqueado cogió su botella y mirándola de reojo -ya casi se la había embaulado- empezó a darle vueltas y vueltas, muy extrañado; y venga vueltas… El caso es que al poco explotó:
— “¡Me cago’n tó…! ¡Tonto, tonto, tooonto…! ¿Pues no que llevo casi una hora bebiéndome la jodida menta ésta y resulta que no lleva alcohol…? ¡Me cago’n la puta, qué pérdida de tiempo…!”

¡Qué risa…!

…..

Otra historia era la de mi amigo Ramón, que cuando le entraba la tos se encendía un Ducados… El cabrón, fumaba ese tabaco negro e infame que te mata igual que todos. Y se murió, pero no de enfisema pulmonar sino porque quiso; no le importaba morir me dijo un día… Pero también, en otra ocasión me confesó que no querría morirse solo.

Era uno de esos tipos que te gustaría tener cerca si había algún cataclismo o un apocalipsis zombie, una invasión alienígena, una riada, o alguna pandemia… Un guerrillero, alguien con soluciones: “Lo que hiciera falta…” Uno puede necesitar un día tanto un saco de dormir como una máquina de soldar, y otro día, necesitar un manguito para un Audi, perejil, o quizás un arco y flechas. Daba igual, si te hacía falta una llave Allen o una red para pillar pájaros; si necesitabas un vendaje, sedal para pescar, o a lo mejor una pistola… No había problema, y si lo había mi amigo Ramón era tu hombre… Casi nunca perdía el tiempo.

Las pocas veces que voy a verle, dejo siempre un Ducados y un mechero junto a su lápida.

…..

Tampoco le gustaba perder el tiempo al metro noventa del bueno de Jose Antonio Crespo... Cuando eres tan grande e inteligente y tienes tanto sentido del humor y tanto talento, pero eres tan tan bueno, no sé porqué algo siempre falla y Dios va y se lleva a los mejores, antes… No olvidaré la vez que, aún sabiéndote bien jodido, te pregunté “Cómo estás” y me respondiste con tu retranca de siempre y tu sonrisa de hermano, aquéllo de:

– “¡Que no me oiga quejarme…!”

No volví a verte más. 💕

…eeen fin.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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TE INSULTAN

Historias de Paco Sanz

Ahora que el que insultaba manda, dice que lo de insultar no vale. Lo que no vale es hablar mal y no hacemos otra cosa. Los piropos se han convertido en una forma más de acosar. Dentro de poco nos dirán que tampoco vale motejar. Y ya puestos, pronto habrá que andarse con cuidado con los adjetivos, con las calificaciones. ¡Y hasta con la ironía…!

Por miedo al insulto, a que nos califiquen de fachas, no nos metemos con los abusos de los socialistas. Nos llamarán machistas si decimos que el abuso proviene de una mujer, traidores si nos metemos con que los que la cagan son nacionalistas, racistas si decimos que el delincuente es negro, homófobos si decimos que ése que lo ha hecho mal es homosexual, etc.

Mejor aprender a insultar; para motejar, piropear, o adjetivar, hay que hacerlo con gracia. Por ejemplo, una manera muy fina de insultar es alabar a alguien por las virtudes que no tiene. Hay que hacerlo bien para conseguir que crea que lo dices sinceramente. Luego, hay que aguantar los insultos con espíritu deportivo. Aunque eso de creer que el loro no sabe lo que dice cuando nos insulta, es no quererse ofenderse, porque el loro nos mira fijamente cuando nos insulta.

¿Qué haríamos sin la retórica epidíctica, sin la retórica del elogio y del insulto…? Aburrirnos más, sin duda. Hoy mismo se me ha olvidado una vez más una cosa, y me he encontrado diciéndome: “¡torpe, torpe, tooorpe..!” Como una vez me cantó mi nieta con una voz encantadora, cuando vio que de nuevo hacía algo muy mal.

La gracia, es la capacidad de insultar a otros sin que se ofendan; el frikismo es lo contrario. La peor manera de insultar es hacerlo con la verdad. La verdad puede ser tan inconveniente que a veces parece que no es verdad. Así que, del mismo modo que si non è vero è ben trovato, si no tiene gracia debe ser mentira.

Del mismo modo que hay más hombres que mujeres con poquísima inteligencia, también hay más con una inteligencia altísima. Pretendemos reducir el papel atribuido al machismo, como explicación exclusiva de por qué hay más hombres que mujeres en la comunidad científica e intelectual, del mismo modo, que por qué también hay más hombres en las prisiones.

Cuando los sentimientos y las actitudes son las referencias principales del argumentario, atacar cualquier posición se convierte automáticamente en un insulto, un ataque a lo que se considera “derechos…” Cada argumento se convierte en ad hominem. En un insulto.

Historias de Paco Sanz

UN VIEJO AMIGO

Historias de Paco Sanz

Hace poco volví a ver a un viejo amigo. Habíamos compartido muchas cosas, habíamos llegado a conocernos, a apreciarnos bien. Me soltó el “cómo estás” con el que solemos empezar a hablar los amigos. Le dije que bien, como de costumbre, rechazando los chistes de “bien ¿o te cuento…?” o el “pues anda que tú…”

Pero él ya me estaba preguntando, buscando en mis ojos: “¿pero bien, bien…?” Y dejándome sin palabras.

¡Qué cosa tan rara es la amistad…! El código fuente de la amistad es, la ignorancia tácita, sobre la razón última de su misma existencia. Lo primero que se me pasó por la cabeza al volverle a ver fue: ¿Cómo es que no hemos hecho nada por volver a vernos? Me consolé pensando, en que todo el arte en el trato con los seres humanos, está en mantener durante largos períodos de tiempo la misma agradable distancia media, sin alejamientos ni acercamientos, y sin variaciones de la cualidad. También el cosmos social de los conocidos, de los matrimonios, de las amistades reposa, igual que el cosmos astronómico, en ese equilibrio entre la fuerza centrífuga y la gravedad. La parte más agradable de la vida no es, sin duda, aquella que se basa en el cambio, sino aquella que se basa en la repetición.

Con toques de queda, estados de alarma, confinamientos perimetrales y domiciliarios, con restricciones de proximidad con los convivientes, y toda esa mala leche que los tiempos nos está imponiendo, el talento para la amistad es puesto a prueba. Como si hubiéramos estado enfermos, convalecemos. En general, somos criaturas que no aprendemos cosas que valgan mucho la pena, ni siquiera lo de disfrutar de la vida.

Extraños a convivencias prolongadas, nos aburrimos en general hasta de los mejores amigos después de estar con ellos media hora; sólo ansiamos verles cuando pensábamos en si hacerlo, y las mejores horas en que nos acompañan son aquellas en que sólo soñamos que estamos con ellos. No sé si esto indica poca amistad. Las cosas que más amamos, o creemos amar, sólo tienen su pleno valor real cuando son simplemente soñadas. Sobre todo ahora.

Al volverle a ver me doy cuenta de lo poco que se me ocurre ponerme a la defensiva con él. Cualquier intención de defensa con respecto a un amigo o a un paciente, aumenta nuestra vulnerabilidad, y disminuye nuestra capacidad de amistad, o de terapia. Yo debo tener un aspecto inquietante porque he visto demasiadas veces hasta qué punto las personas con las que trato se ponen a la defensiva conmigo. Hasta a mí me pasa conmigo; en cuanto me descuido un poco, me llamo de Usted.

De la amistades entre escritores que han pasado a la historia hay dos que no he olvidado; que de algún modo he tenido presentes, incluso antes de que se murieran mis mejores amigos. La primera es la amistad de Schiller con Goethe, un hecho feliz que forjó el convencimiento “de que ante lo eminente, no hay otra libertad que el amor”.

La otra es la de Montaigne, que analizaba así la fuente de su afecto hacia M. de La Boétie: “Sólo él gozaba del privilegio de mi verdadera imagen”. Únicamente él le comprendía de manera adecuada, le dejaba ser él mismo. Con su agudeza psicológica le hacía capaz de serlo, daba cancha a varios aspectos del carácter de Montaigne hasta entonces descuidados.

Y ello, sugiere que no sólo escogemos al amor y a nuestros amigos por su amabilidad y por su alegre compañía, sino quizás por algo más importante todavía: porque nos aceptan por lo que creemos ser.

Historias de Paco Sanz

LA LECHE 💕

Historias de Paco Sanz

Hace unos años pasé unos días con mi sobrina que vive en Francia. Amamantaba a sus dos hijas. La mayor llevaba lo del destete con poco sentido deportivo. Nosotros dormíamos en el piso de arriba, y la niña se pasaba toda la noche medio llorando y pidiendo a voz en grito: “Teta, tetaa, tetaaaaa…” Cuando ya desesperado de no dormir intenté unirme a sus gritos, mi compañera de cama me sacudió un codazo, fuerte.

Tampoco le hizo gracia que le recordase la célebre conclusión de Las Uvas de la Ira, en la que una joven aterida y mal nutrida, que acababa encima de dar a luz a un bebé muerto, ofrece su pecho a un desconocido famélico… Así es como la novela indica, que los valores éticos de cuidado y ayuda al prójimo permanecen vivos, aún cuando el mundo muestre su peor cara.

La leche es que es la leche. Y es que hasta la naturaleza es machista. Si no le das al niño la teta al menos durante un año es que eres una mala madre, y además te saldrá tarado. Y lo de los hombres dando un biberón es antinatural. Así, que las diferencias laborales entre hombres y mujeres tienen una razón de ser de lo más natural… Mientras las mujeres tengan hijos, den el pecho a los hijos, y vean en ellos una parte esencial de su vida, los hijos seguirán siendo obstáculos deseados en la lucha profesional, y tentaciones para tomar decisiones contra la autonomía económica y la propia carrera.

Al reducir la lactancia empezamos a civilizarnos. En las sociedades de cazadores-recolectores la separación entre nacimientos era de cuatro a seis años; y estaba causada por el uso de la lactancia prolongada como contraceptivo, y porque no había otra cosa que dar al niño. Con la agricultura y ganadería, se podía poner en su boca leche de origen animal y papilla mucho antes… La diferencia de edad entre hermanos bajó entonces hasta los dos años o menos. Con esa diferencia de edad el hermano mayor es mucho menos autónomo, más celoso, y por consiguiente más violento. La misma madre, inaugura la violencia educativa para proteger al segundo.

Cuando todavía podíamos ver las estrellas -y no os cuento lo que me costó en su día encontrar el lugar y la ocasión para mostrar la Vía Láctea a mis nietos- los hombres veían leche hasta en en el cielo… A veces, cuando se me escapa un ¡Ay la leche! me da por levantar la mirada a mí también. Galaxia es simplemente otra forma de decir ‘Vía Láctea’. Vía Láctea era una expresión latina que significaba ‘camino de leche’. Galaxia es la versión griega. Viene del griego gala, gálaktos, que significa ‘leche’. Compara gálaktos con lactosa o lácteo, y te darás cuenta de que contienen la misma raíz. Convertimos nuestra galaxia en la “Vía Láctea”, preservando los restos de un antiguo cuento que contaba cómo a la diosa Hera, mientras estaba amamantando a su hijo Heracles, se le escaparon unas gotas de leche que se convirtieron en estrellas.

Siempre me he preguntado por qué a los hombres nos gustan tanto las tetas. Supongo que nos hacen sentirnos niños… Decía Santa Teresa que “el conocimiento propio jamás se ha de dejar,/ ni hay alma en este camino tan gigante que no haya menester/ muchas veces tornar a ser niño y mamar.”

Historias de Paco Sanz

LA “INFO” CANSA…

Historias de Paco Sanz

Lo “info” cansa. La infoxicación de la infodemia me tiene harto. La primera función de la información que siembran los media, y la razón última de la recolección que llevan a cabo en nosotros, es la de controlarnos. ¿Cómo se consigue una celda de Matrix en una celda de monje? Mediante la tecnología, claro. El papel de la disuasión nuclear durante la Guerra Fría, lo han retomado hoy las nano-bio-info-cogno tecnologías. Si Cogno puede saberlo, Nano puede construirlo, Bio puede mejorarlo, e Info controlarlo. La esperanza que sale del fondo de la caja de Pandora de la tecnología, es un verdadero monstruo.

Atreverse a no saber ¡Qué logro! Hoy estamos todos apestados por la infobasura que los expertos no se preocupan nunca en recoger. Los expertos, ésa gente que no necesita pensar porque “ya sabe”. Averiguan lo que queremos saber y nos lo ofrecen. Votamos por lo que queremos oír y nos lo dicen. Como dicen que ser demócrata es bueno, pensamos que no está mal que la verdad se decida por mayoría de votos… ¡Dios, qué olor a almacén!

A la barbarie del especialismo, hay que oponer hoy la audacia de los aficionados. Con ésto, la barbarie del amateurismo nos hará tontos dos veces. Opondremos fecundamente al no saber de qué va la cosa, el no saber que vaya de cosa alguna. Lo simple es falso y lo complejo inutilizable. Una de las mayores pasiones de los hombres es la pasión de no saber -reprimir o mistificar- lo obvio. Así, hay una especie de conspiración, entre personas que desean no saber y que quieren permanecer estúpidas, y entre expertos que les mentirán y harán profesión de idiotizarlos.

Los que me conocen saben que no quiero saber nada de sus secretos. Que si ellos no saben guardar un secreto yo tampoco. Así que mejor que no me los digan. En cuanto a los míos, si me dejan, no van a tener otro remedio que oírlos.

A veces lamentamos no saber ya lo que significa el temor religioso. ¡Si al menos pudiéramos hacer renacer en nosotros el estremecimiento ante lo desconocido, el pánico ante lo indescifrable! Para recuperarlo, lo mejor es estudiar la mecánica cuántica, la evertiana, o la de los universos paralelos en particular. Que el colapso de la función de onda, la decoherencia y la no localidad, sean con nosotros. Amén.

Cada década el número de conocimientos se multiplica, los individuos cada vez disponemos de mayor información. Sin embargo, si entendemos como ignorancia el no saber de las cosas que nos afectan, entonces cada vez somos más ignorantes. Mejor no saber tantas cosas, me repetían mis padres cuando se dieron cuenta de que me iba a quedar para siempre estudiando.

En los sucesos me porto virilmente, pero en su preparación con puerilidad. El horror de la caída me duele más que el golpe. Me gusta no saber exactamente lo que tengo para sentir menos mis pérdidas. Espero siempre lo peor, y procuro llevar lo peor con placidez y paciencia. Ante un peligro, no pienso en cómo escaparé sino en lo poco que me importa escapar; aunque si en él pereciese, ¿qué más daría?

La voluntad del no saber, entendida no como antítesis de la voluntad de saber, sino como su expresión más refinada… Vuelvo a la tierra cada vez que levanto los ojos, y te veo a ti, que “casi anónima sonríes/ y el sol dora tu cabello./ ¿Porqué, para ser feliz,/ hace falta no saberlo…?”

Historias de Paco Sanz

ENVEJECER. MORIRSE.

Historias de Paco Sanz

No sabemos vivir mucho más tiempo que el de ir envejeciendo. Es más: el que no acierte a morir joven casi seguro acabará siendo un viejo. Para evitarlo, vive deprisa y muere joven. Sería bueno tomar de los griegos su juicio sobre la vejez: detestaban el envejecimiento más que la muerte, y preferían morir cuando cuando sentían que empezaban a volverse tan razonables y tan viejos, como para haber perdido toda esperanza y toda paciencia.

Les he repetido a mis viejos pacientes, que si quieres envejecer sano envejece temprano. Ahora que el viejo soy yo no lo tengo tan claro. Sigue sin gustarme hacerme el joven a cierta edad, pero lo de adelantar el envejecimiento para vivir más me parece poco deportivo… Creo que es más importante luchar contra el envejecimiento que contra la muerte. Un maltrecho y caduco soldado de la guardia de César, interpeló a éste en la calle pidiéndole licencia para hacerse matar. Y César, viendo el aspecto decrépito del hombre díjole con algo de zumba: “Pero ¿piensas estar vivo?”

”Envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro./ Pero ha pasado el tiempo/ y la verdad desagradable asoma:/ Envejecer, morir/ es el único argumento de la obra” dijo Jaime Gil de Biedma.

Cuando le invitaban a seguir escribiendo más poesía -con una inolvidable mirada al personal en la que pese a la fatiga, el odio al tópico y una nerviosa insolencia, trataba sin embargo de mantener el decoro- comentó más allá del bien y del mal: “Es que, sabes, para mí es ya como si hiciera los deberes del colegio”. Poco después se suicidaría… Seguramente pensaba como un poeta de otros tiempos, que “… aquella libertad esclarecida,/ que en donde supo hallar honrada muerte,/ no quiso tener más larga vida./ Y pródiga de l’alma, nación fuerte,/ contaba por afrenta de los años/ envejecer en brazos de la suerte”.

Los científicos que persiguen extender los límites de la vida humana se preguntan ¿a cuál de las dos estrategias debemos destinar los recursos científicos y económicos en investigación: a frenar el envejecimiento o a luchar contra las enfermedades? En otras palabras ¿fallecemos la mayoría de nosotros porque envejecemos o porque enfermamos? Desde un punto de vista convencional nadie se muere de viejo.
La convención que designa las causas médicas de la muerte, es, que la causa es aquello sobre lo cual podemos influir si nos fijamos como objetivo luchar contra la enfermedad o la muerte. La CIE (Clasificación Internacional de las Enfermedades) decidió suprimir la vejez de la lista de causas de defunción en 1948.

Un servidor siempre se ha quedado a punto de cumplir veintitrés años. Antes de hacerlo todavía me esforzaba. Era ya oficial del ejército, licenciado en medicina, y podía patronear legalmente un barco muy lejos de la costa. Sin habérmelo propuesto me doy cuenta de que en cierto modo siempre me he quedado a punto de cumplir veintitrés. Así de simple he sido, sigo siendo. Cuanto más simple sea el organismo, más difícil será aplicarle las definiciones de envejecimiento y de muerte. En el caso de priones y virus incluso es difícil decidir si viven o no.

Hace tiempo que cuando llego a una puerta al mismo tiempo que una jovencita, ella pretende que pase yo primero, incluso me da las gracias cuando la dejo pasar. Debería cambiar de aspecto. El hombre que quiera saber cómo ha cambiado cuando empieza a envejecer, puede consultar en los ojos de una mujer joven a quien se acerque y en el tono en que ella le hable: así aprenderá lo que teme saber… Dura escuela.

Como Valéry, no he retenido lo mejor ni lo peor de las cosas: queda lo que ha podido quedar. Esta aritmética me ahorra el asombro de envejecer. Deberíamos estar agradecidos a la lentitud del proceso de envejecimiento, gracias a la cual podemos olvidar que estamos terminando nuestro paseo por este mundo. “En un día soleado, han salido a dar un paseo… luego los alcanzaremos nosotros”. Escribe el poeta Rickert en las “Canciones para los niños muertos” inmortalizadas luego por Mahler.

Historias de Paco Sanz

NO HABLES, NO LEAS, NO ESCRIBAS…

Historias de Paco Sanz

No hables, no leas, no escribas. “No hables, si puedes leer. No leas, si puedes escribir. No escribas, si puedes pensar” Hanna Arendt dejó escrito algo parecido. El problema es que sólo podemos pensar con las palabras que tenemos a mano, a consciencia. Y sin ponerse a hablar, leer o a escribir, cuesta encontrarlas. En general sólo se puede pensar, hablar o escribir, más, que con las palabras que les da por aparecer. Creo que sigo leyendo por eso.

Ya de niños jugamos con lo que tenemos a nuestra disposición. A lo largo de la revolución industrial los científicos, fueron los beneficiarios de la nueva tecnología mucho más que sus benefactores. Dedujeron sus teorías del comportamiento de los nuevos aparatos que iban teniendo a su disposición, más que inspirarlos. El trabajo de los científicos es realmente acompañar y explicar los hallazgos empíricos, de quienes juguetean con la tecnología y terminan por descubrir algo.

A veces creo que primero pensamos y luego hablamos. O que primero estuvo el cerebro y luego la mano. O que antes estuvo la inteligencia y luego la memoria; pero la verdad es que para cuando el primer escriba garabateó y pronunció las primeras letras, el cuerpo humano ya era capaz de actos de escritura y de lectura que pertenecían al futuro. Es decir, el cuerpo estaba en condiciones de almacenar, recordar y descifrar toda clase de sensaciones, incluidos los signos arbitrarios del lenguaje escrito que aún estaban por inventarse.

A base de estar leyendo tanto uno termina por escribir. A base de hablar tanto uno termina por no tener nada que decir. Parece que para poder escribir hay que empezar a callar. Eso de hablar sin nadie que te escuche, es más patético que escribir sin que nadie te lea; en cuanto a lo de pensar sin palabras, como buen escribidor, me cuesta un huevo. En el scriptorium debía realizarse la actividad en silencio: “Calla; el escriba no sufre junto a sí a nadie que hable. Nada tienes que hacer aquí, garrulo, hablador: vete fuera”.

A mi edad sigo leyendo más por costumbre que porque quiera aprender nada. O porque no tenga nadie a quién decir nada. Aunque creo que un motivo plausible para que los mayores sigamos leyendo, es la creencia de que no somos verdaderamente viejos hasta que no empezamos a sentir que ya no tenemos nada que aprender. De hecho, a los viejos, la disminución del volumen prefrontal que aparece junto a las dificultades de aprender y ejecutar nuevas tareas, y la larga duración de distracciones invalidantes, se debe más a la pérdida de sinapsis y reducción de espinas dendríticas, que a tener menos neuronas porque éstas ya se hayan muerto del todo.

Muchas veces me he preguntado porqué sigo leyendo. No he olvidado las palabras de Platón: “¡Esclavo, toma el libro y lee!”. Me doy cuenta de que puedo hacerlo de muchas maneras, a veces porque no tengo otra cosa que hacer, pero en general es porque lo prefiero a cualquier otra cosa. Nuestra actividad de lectura está dirigida por los objetivos que mediante ella pretendemos; no es lo mismo leer para ver si interesa seguir leyendo, que leer cuando buscamos una información muy determinada, o cuando necesitamos formarnos una idea global del contenido para transmitirlo a otra persona. No nos perturbará del mismo modo percibir lagunas en nuestra información en un caso, que en otro.

Dice Nietzsche que “sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como con un mazazo en el cráneo ¿a qué molestarse en leerlo? ¿para que nos haga felices, como dices tú…? ¡Cielo santo, seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio”. He llegado a pensar que, en general, escribo por eso. También dice que “Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros mismos”. También lo hago por eso.

Historias de Paco Sanz

EL TACTO

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No pude sentir, así que intenté tocar… Vemos más, oímos más; olemos y gustamos más o menos como siempre; pero tocamos menos. De una persona demente se dice a veces que ya no toca. El diccionario dice que tocar es ejercitar el sentido del tacto. El tacto se llama así porque toca (tangere) y tacta (pertractere). Dos son las clases de tacto: una procede del exterior, como cuando nos hieren; otra tiene su origen en el interior mismo del cuerpo, es lo propioceptivo, como un embarazo.

“Cuando el dulce Cazador/ me tiró y dejó herida,/ en los brazos del amor/ mi alma quedó rendida./ Y cobrando nueva vida/ de tal manera he trocado,/ que mi amado es para mí/ y yo soy para mi amado”. Santa Teresa escribía cosas como éstas… Sentirse tocado por Dios hace que lo sintamos dentro.
Ahora que cada vez tocamos menos entre nosotros, entramos en contacto cada vez más con máquinas. Apenas quedan restos de intercambio recíproco de información, sino que son las máquinas las que cada vez más interactúan entre ellas, sirviéndose de nuestras mentes y cuerpos humanos, como una suerte de inconsciente háptico, cuya mediación hacia el mundo de las e-cosas, vendría servida por las manos (o, más exactamente, por la punta de los dedos) de cada usuario terminal.

El término “háptico” viene del verbo griego háptomai, que significa “entrar en contacto con”, “tocar”, “agarrar…” La simultaneidad del afectar y ser afectado. Tocar es ser tocado. Sentir es sentirse.   
En las relaciones humanas también tiene el tacto un sentido metafórico. Es algo así como la prudencia para proceder en un asunto delicado. Por ejemplo: hace falta mucho tacto para decir que no, sin herir. Es una especie de más allá de la buena educación. Si entras en un baño y ves una mujer desnuda bañándose, y cierras la puerta diciendo ¡Uy perdón Señora! éso, es buena educación; si dices ¡Uy perdón Señor! éso, es tacto.

Las personas que tenemos la suerte de tratar con gente con mejor educación que la nuestra, tenemos que prodigar el tacto. Ellas me han enseñado que el ser bueno con aquél a quien no agradas, exige no sólo mucha bondad, sino también mucho tacto.

Creo que los animales pueden sentir, yo siento cuando les toco. Las máquinas no. Las máquinas solo saben de “cuanta” no de “qualia”. Las propiedades fenoménicas, sentimientos crudos tales como el olor de la menta o el tacto de la piel amada, son rasgos de la experiencia sensorial. También se les llama “qualia”. Todos los organismos sensibles experimentan algún tipo de “qualia”. En cuanto a las máquinas, no las poseen; ni siquiera los robots, ni los zombis si es que existen. Las cosas no sensibles sólo poseen y detectan propiedades físicas (o químicas, biológicas, o sociales…)Ahora que estamos más en contacto con máquinas que nunca, me doy cuenta de que en lo de tocar no ayudan gran cosa. Los potenciales de la tecnología con respecto al cuerpo humano, se desarrollan de acuerdo con los siguiente apartados: La visión teleobjetiva, el oído telefónico, el movimiento automático, el tacto telemanipulado, la inteligencia artificial, y la presencia virtual.
 
En amorosas situaciones, el tacto es vital; a ciertas personas las quisiera tocar, pero no puedo, son audiovisuales. Aún y así no paro de decirles cosas… Incluso, he llegado pensar que la palabra nace para el amor, y se hace necesaria cuando el tacto es insuficiente.

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RECUERDA, TIENES QUE SUICIDARTE

Paco Sanz. Médico.

Marx acababa sus obras con un DESAM: dixit et salvavi animam meam… En mi caso, cada vez que doy por acabado algo de lo que escribo, debiera poner RTQS: recuerda, tienes que suicidarte... Como hacía una escritora cuyo nombre prefiero no recordar, y que efectivamente acabó suicidándose.

Digo esto por ver si así, si llego a tener que optar entre convertirme en un deber penoso para mis hijos o hacerme cuidar por extraños, conserve la suficiente voluntad, memoria y pericia, como para acabar conmigo.

Paco Sanz. Médico.

RELOJES

Historias de Paco Sanz

A mis primeros relojes de pulsera les daba cuerda, luego vinieron los automáticos que se cargaban con el movimiento, luego los que iban con pilas, incluso los hay que se cargan con la luz. Ahora llevo un reloj inteligente que no sólo da la hora sino que vibra en mi muñeca y me cuenta cosas de mi corazón, incluso del grado de oxigenación de mi sangre. Además, hace que no tenga que sacar el móvil del bolsillo un montón de veces. Si me lo quito para dormir, creo que no me entero de si he soñado poco o mucho esa noche.

Los primeros relojes mecánicos -en el siglo XIII- eran de una sola aguja, sólo tenían la manecilla de las horas. La manecilla de los minutos se añade en el siglo XVI, y la de los segundos -es significativo- en el XVIII, en paralelo con el desarrollo del capitalismo industrial. Desde que aparece la medición exacta del tiempo, las horas y los segundos medidos con precisión, se convierten en algo que se puede comprar y vender. El tiempo se convierte así en algo que puede ser mercantilizado, algo impensable en la anterior sociedad feudal. Así durante el medievo uno de los motivos por los que se prohibió la usura, fue el considerar que cargar con interés equivalía a vender tiempo, y se suponía que éste sólo pertenecía a Dios.

Un actor cinematográfico no actúa ante un público sino ante un aparato. De Nürmi se decía que no corría contra los demás sino contra un aparato. Un servidor no mira ya el reloj sino el cardiógrafo… En la radiografía de tórax de mi madre lo que mejor se veía era el marcapasos, un aparato diciendo dónde anda otro. Cuando ruedo en bici cada vez miro menos el paisaje, vigilo menos el tráfico, cada vez dejo que mi cabeza sueñe menos, estoy cada vez más pendiente de los kilómetros, de los segundos, del mapa por dónde se desplaza el puntero enlazando con satélites, de los latidos de mi corazón, de la velocidad máxima y media, y su relación con ellos… Verdaderamente lo de salir a dar una vuelta en bici dispuesto a estar tan pendiente de los aparatos, y hasta incluso a metérmelos por el culo, podría hacerlo hasta sin salir de casa.

“El tiempo que ibas contando/ por años, meses y días;/ por horas y por minutos,/ era el tiempo que perdías./ El tiempo que no se pierde/ es cuenta de otro contar:/ es una cuenta que se hace cuento de nunca acabar”. Las horas de la locura son medidas por el reloj, pero a las de la sabiduría ningún reloj puede medirlas. “El tiempo que estás perdiendo/ lo pierdes porque estás vivo./ Vivir es perder el tiempo./ Los que no pierden el tiempo,/ y es porque ya lo han perdido/ para siempre, son los muertos”.

El tiempo perdido, que introduce distancia entre cosas contiguas, y el tiempo recobrado, que al contrario instaura una contigüidad de las cosas distantes, funcionan de manera complementaria, siendo el olvido o el recuerdo quienes realizan del milagro. Pues la diferencia entre el tiempo perdido y el recobrado, no se encuentra aún ahí.

Vivimos sustancialmente con el piloto automático conectado, y recibimos los estímulos del mundo exterior como una fantasía actualizable minuto a minuto. En muchos estratos sociales domina la tendencia a una especie de consumismo de la vida. Vivimos para comprar vida y gastarla inmediatamente a golpes, de modo que los objetivos a largo plazo se aceptan con íntima reticencia.

“Durante mucho tiempo me acosté temprano”. Así empieza En Busca del Tiempo Perdido. Unas palabras sencillas que ocultan un incomparable panorama imaginario. “Faltan fuerzas a la alta fantasía;/ mas ya mi voluntad y mi deseo/ giraban como ruedas que impulsaba,/ aquél que mueve el sol y las estrellas.”. Así termina la Divina Comedia.

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EL VOTO Y LA VIOLENCIA

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¡A las urnas, ciudadanos, formad vuestras colas…! El “refrain” de la marsellesa dice: Aux armes, citoyens! Formez vos bataillons! Marchons, marchons! Qu’un sang impur… Abreuve nos sillons! ¡A las armas ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Caminemos, caminemos! ¡Que la sangre impura… Riegue los surcos que vamos dejando!

En días de elecciones recuerdo sin querer a los revolucionarios de antaño. ¿Qué ocurriría si la humanidad, sin aquellos que en todas las épocas producen su liberación con la violencia, cae más profundamente en la barbarie? ¿Y si la violencia fuese necesaria? ¿Y si asimilamos nuestra “armonía” con la renuncia a la ayuda al prójimo? Esta pregunta anula la tranquilidad.

El voto electrónico no ha llegado todavía, pero lo de las encuestas no cesa. Se puede aumentar la probabilidad de que el público acuda a las urnas, con sólo preguntar si tiene intención de votar. Cuando las encuestas no funcionan me siento como en casa. Y es que buena parte de los españoles se atiene a las encuestas como a la vieja conseja, según la cual “al que quiera saber, mentiras con él”. Y es que ya se sabe: ”mal de muchos… epidemia”. Antes se acababa la frase diciendo “…consuelo de tontos”.

Votar es el penúltimo refugio de la impotencia política, el último es dar nuestra opinión a un encuestador. El votante que emite un voto malo, se asemeja al criminal, que se aproxima sigilosamente al lugar del delito. Se encuentra en el aprieto siguiente: lo ha invitado a tomar una decisión libre un poder, que no piensa atenerse a las reglas del juego. Es el mismo poder que le exige un juramento, mientras ése poder mismo, vive de perjurar.

Si los votos son de todos, ¿cómo es que no votamos para que las cosas sean de todos? Iure natural sunt omnia omnibus. La ley natural es que todo sea de todos. Iure divino omni sunt communia. El derecho divino es que todo sea común. Habebant omnia communia. Que mantengamos todo en común. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar, desde el momento en el que el voto pertenece a cualquiera, hasta el de que la propiedad pertenezca a cualquiera?

Como cuando antes nos venían con chorradas religiosas en nombre del orden y la seguridad, ahora, van y nos vienen con las democráticas. Lo arbitrado en aras de la seguridad, gesta amenazas inauditas a la libertad. Más derechos inútiles de voto, menos derechos personales decisivos. ¿Qué derechos personales decisivos? Los que empiezan con la autonomía del placer propio, y acaban, en la autonomía para resolver la manera y el momento de la propia muerte.

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FRATERNIDAD…

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Entre los nuestros, compañeros de partido, de pandilla, cualquier gesto escéptico, cualquier manifestación de duda en relación con la sabiduría de las prácticas comunitarias, conlleva un tufillo a la siniestra, corrupta y detestada “quinta columna”. A los ojos de la comunidad, los hermanos que no son lo suficientemente expresivos en sus sentimientos fraternales, que carecen de entusiasmo, demuestran indiferencia o se demoran en actuar, pasan a ser considerados el “enemigo público número uno”. Las batallas más sangrientas no se se inician ni se libran en las murallas externas, sino en el interior de la fortaleza comunitaria. La meta de la fraternidad, santifica el fratricidio como medio aceptado.

Pocos generales odian a sus contrincantes, pero se vuelven ulcerosos y sufren ataques de apoplejía por culpa de sus aliados. La Iglesia trata de convertir a los paganos pero quema a sus herejes. Parece ser una ley política que el odio, aumenta en proporción a la cantidad de convicciones e intereses compartidos con el odiado.

Nada fomenta tanto los sentimientos de extrañeza y hostilidad entre las personas como las diferencias menores. Me tienta abundar en esta idea, pues quizá de ese “narcisismo de las diferencias menores” podría proceder la hostilidad que, en todas las relaciones humanas, lucha contra los sentimientos fraternales y acaba por imponerse al mandamiento de amaros los unos a los otros.

El motto cristiano “todos los hombres son hermanos” puede entenderse también en el sentido, de que los que no acepten la fraternidad no son hombres. Es también bastante difícil que un verdadero revolucionario pueda matar a un hombre, si ha muerto es por que uno de ellos lo ha matado, es una bestia criminal, no un hombre. Del mismo modo que aquél gracioso aseguraba que su novia no llegaba nunca tarde a una cita, porque a partir del momento en que llegaba tarde ya no era su novia. O que no puedo temer a la muerte, porque en el momento en que estoy muerto ya no puedo temer nada. Ya no estaré allí.

En presencia de toda gran fraternización, es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones, exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir.

Gorbachov les dijo a los estadounidenses y europeos cuando todavía se llevaban bien, que menuda jugada les estaba haciendo al dejarles sin enemigo. Acertaba.

La fraternidad es la más vieja forma de revuelta contra el padre, contra el poderoso. Sin ella, la revolución se cae como una mesa de tres patas al quitarle una. La fraternidad es la emoción que concilia la libertad con la igualdad. Ésa es la definición de fraternidad verdaderamente operativa. Los Estados Nacionales están cediendo su protagonismo a las asociaciones de ciudades y de empresas. Las diferencias de color, de raza, de religión, ceden su lugar a las de clase, de residencia.

La fraternidad se acaba, lo del hijo único es el destino para parar la demografía. La democracia participativa se ha ido al limbo de la historia, elegimos representantes por su atractivo, todos tienen programas muy parecidos, grupos muy poderosos apoyarán un candidato que tendrá exactamente las mismas cualidades y el mismo programa político que el candidato adversario. Fin de la ética. Se dice bien de una persona cuando se dice que es muy normal. Que hace lo que los medias dice que es bueno, lo que consigue atención, fama y dinero. Lo otro son excusas de perdedores.

Cuando criaba, mis hijos llamaban tíos a mis amigos. Los niños saben aún que todos los hombres son hermanos. En el himno a la alegría se habla de un tiempo en el que todos los hombres serán hermanos. Sin embargo no nos engañemos: Babilonios somos; no nos vuelva la tentación de levantar ninguna torre juntos ¡dejémonos ya de una vez por imposibles los unos a los otros, como buenos hermanos!

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MIS PRIMERAS TETAS

El alpargate subía y bajaba sobre el vientre de mi madre, acompasando perezosamente su sueño ligero de siesta escasa; mi hermana durmiendo a su lado, y yo al otro haciendo como que dormía… Ese alpargate, era la garantía de que como dictaba la norma no escrita entre los vecinos: “durante la siesta, los sagales estaban cada uno en su casa para no dar cancán”. Por ello, en el caso de que mi madre detectara algún sonido o anómala vibración, distinta de las habituales que causaría el sopor canicular a tres personas en una misma cama, ese calzado liviano, súbitamente se convertía en fusta lacerante y sonora ¡plafff…! que cortaba de raíz el impulso de escamotear la anteriormente descrita norma no escrita.

Quería bañarme sí o sí… las posibilidades eran escasas, pero tras agotar la espera mi paciencia, con movimientos de caracol pude deslizarme, descolgándome del borde de la enorme, alta y vetusta cama. Con un silencio de ofidio y cual tal, conseguí reptar hasta la puerta de la habitación cuya apertura era la justa, para escabullirme sin que sus goznes oxidados por el salitre chirriasen delatores mis intenciones transgresoras.

Tenía la playa parecía que para mí solo; las tempestuosas jornadas anteriores habían trastocado en una maravillosa tarde, de un tardío día de agosto… El mar rizado y brioso, aunque noble al mostrar con su irregular oleaje sus ocultas y peligrosas cicatrices, invitaba de nuevo al baño confiado.

Entonces, el rugido batiente de las olas pareció silenciado completamente debido a unos alaridos de auxilio desesperados, angustiosos, entrecortados…. Miré alrededor hasta localizar a duras penas una cabeza y unos brazos, que rendían su intento de permanecer a flote… La chica se ahogaba, y mis trece o catorce años dudaron a la hora de lanzarme en su auxilio, esperando que aquel hombre, como a unos treinta metros de la ella, lo hiciese.

-¿Es que no vas a ayudarla? Grité muy nervioso.

Era evidente que no. El tipo estaba petrificado; me miraba con ojos ovinos, de canguelo. Tras unos cincuenta metros de trabajoso esfuerzo contracorriente, me encontré jadeando y zarandeado cual pelele por la inmisericorde resaca, justo a un par de metros de ella.

Antes de que me diese tiempo a reaccionar me vi agarrado, arañado, mesado y sumergido, por una vorágine histérica en lucha a muerte por un vital resuello. La chica, al batallar por su vida de forma ciega, asustada y visceralmente egoísta, me utilizaba cual salvavidas pingajo sin reparar en mi también urgente necesidad de respirar, al menos de vez en cuando.

El croché submarino y desesperado que me vi obligado a estampar contra su rostro, claro que la hizo reaccionar, y puso una distancia entre nosotros que sirvió para que se diese cuenta que la calma, era lo único que nos hacía realmente falta, a los dos… El intento vano de hablar con ella se esfumó al darme cuenta de que era extranjera; así que, acercándome de nuevo con precaución, la agarré esta vez yo de la muñeca, firmemente. Sin dejar de mirarla a los ojos le solté el brazo e inmediatamente le tendí mi mano, dándole a entender que solo debía apoyarse en ella… Me sumergí empujándola hacia arriba, y pese al lastre que aquel cuerpo encima mío suponía, apenas podía agarrarme a la movediza arena del fondo anclando en ella mis pies intentando llegar al rompeolas, para lo que necesité varias agónicas e interminables inmersiones.

El avance hacia la orilla se hacía casi imposible por la corriente; suerte que el peso de ambos jugaba a nuestro favor y penosamente, nos permitió ir avanzando hasta el banco arenoso, sobreelevado del resto del fondo marino donde las olas rompían con más fuerza, pero donde también pudimos ambos hacer pie, y descansar con la respiración desbocada y el agua literalmente al cuello.

Extrañado, me di cuenta que llevaba algo como anudado en mi brazo, cual brazalete de tela casi a la altura del hombro. Varias veces tuve que mirarlo para darme cuenta de que era la braga del bikini de la chica, que en el fragor de la refriega marina por su vida y la mía, se deslizó de su trasero y sus rollizos muslos hasta que, Dios sabe debido a qué casualidad, terminó abrazada a mi brazo derecho.

Ella no se dio cuenta y yo no le di más importancia hasta que, a medida que el nivel del agua delataba nuestro esforzado avance hasta la salvadora orilla, me percaté de un par de prominentes bultos con puntas sobresalientes, como de azúcar tostada, flotando y asomando caóticamente del agua a poco más de un palmo bajo la barbilla de la chica… Con el agua por la cintura, comprobé que tampoco había rastro alguno del sujetador entre las generosas y temblorosas lorzas de la moza. Ésta, en estado de shock no se daba cuenta del desnudo integral que estaba regalando a la no muy concurrida audiencia, que prestaba indolente atención a los detalles de nuestra peligrosa peripecia en la playa.

Con el agua en los gemelos, la madre de la chica se acercó tremulosa y con lágrimas corriendo por su barbilla, con una toalla para tapar los excesos magros de su hija. Ésta, al reconocer su desnudez comenzó a proferir unos aullidos extraños, perdiendo de forma más histérica que en el verdadero trance que acabada de sortear, los papeles y el sentido del decoro… Algo descompuesta, comenzó a correr por la playa delante de su madre y chillando en no sé qué idioma, con el consiguiente despliegue de sus orondas hechuras tremolantes. Ésto, qué duda cabe contribuyó, a aumentar el interés de los espectadores que nos contemplaban.

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Yo, derrengado, subía la pendiente de la playa arenosa hasta mi casa, envuelto en tribulaciones de carne y roces temblorosos que soliviantaron mi ánimo esa tarde y muchas otras, sólo con su mero recuerdo.

Al fin y al cabo eran las primeras tetas que había… rescatado.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

JUGUEMOS…

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No hay pulsión a la repetición más allá del principio del placer. ¿Por qué volvemos a sacar el móvil y lo ponemos ante los ojos? ¿Por qué nos gusta tanto el fútbol? Porque nos gusta jugar. Somos más niños de lo que nos pensamos. No sólo con y contra otros, sino incluso con y contra contra nosotros mismos. A veces parece que desde los bichos hasta las máquinas, estuviéramos jugando todos.

Por ejemplo, hemos creado una máquina que juega tan bien al ajedrez que se aburre al enfrentarse con humanos. Tampoco le resulta interesante jugar con y contra programas diseñados por humanos. Ambos son débiles mentales. No puede aprender nada de ellos. En el fondo, la nueva máquina se siente intelectualmente sola, y únicamente mejora si juega contra ella misma.

Perdemos de vista la bondad de lo esencial, de lo que nos constituye, porque no podemos renunciar al placer de seguir jugando. La inteligencia es la preocupación eficaz por lo esencial. Pero, ¿para qué preocuparnos por lo esencial cuando gracias a los chips y las redes podemos interesarnos por todo? Por fin en el apartamento de la playa, ante el océano, podemos ponernos a jugar con el móvil.

Hace tiempo que hemos dejado de jugar a ganar. Conseguimos más placer, repetimos mejor, jugando por jugar. Un juego finito se juega para ganar, un juego infinito se juega por el placer de jugarlo. Las funciones son juegos finitos, los sistemas interactivos juegos infinitos. La computación interactiva resulta superior a la interacción simple. Trampa adelante. Jugar a partir de un momento dado a otro juego, y no darte cuenta de ello. Dejar que los demás sigan contando contigo como jugador.

Dios les dio a los gatitos el gusto por jugar, los ratones se encargaron de enseñarles el resto. Porque lo de jugar sirve incluso para aprender a vivir o para reproducirse. Las abejas al alimentarse de polen ayudan a las plantas a producir frutos. Pero las avispas “joden-juegan-aman” a las orquídeas sin comer nada de ellas ni producir frutos. Sólo se revuelcan, jugando, con el olor que las hembras que llegaron antes que ellas dejaron, sólo para jugar; y lo hacen para divertirse, no para alimentarse. Hay que amar como ama la avispa a la orquídea, más allá de la productividad. Si producen algo, es algo subjetivo, su goce; o algo útil en la medida en que es bello, la orquídea.

Hasta los jóvenes y no tan jóvenes científicos juegan. Casi como podría decirse que los antiguos físicos se dieron cuenta de pronto, que sabían muy pocas matemáticas para poder dominar la física, así puede decirse que los jóvenes se encuentran de pronto en la situación, en la que el entendimiento normal, sano, ya no alcanza. Todo se ha enredado tanto que, para dominarlo, haría falta un entendimiento excepcional. Pues ya no basta con poder jugar bien al juego, sino que siempre se plantea la pregunta: ¿hay que jugar a éste juego, o cuál es el juego correcto?

A los escribidores, si no nos gustara tanto jugar dejaríamos de hacerlo, porque a ver “¡Qué juego idiota sería ése de escribir cuando no hay nadie para leeros!”. “Cuando todo el mundo se ha largado, no hay nada más que hacer que jugar a juegos idiotas“. Lo esencial es volverse completamente inútil, diluirse en la corriente común, volver a ser pez y no jugar a los monstruos; el único provecho, me repito a mi mismo, que puedo sacar del acto de escribir, es ver desaparecer las cristaleras que me separan del mundo.

Es decir, jugamos a pensar más allá del acto de escribir, en el de dar a leer. Al igual que el actor no puede actuar a solas, en su dormitorio, porque sin público no actúa de verdad, sino que simplemente hace muecas de loco, tampoco el escritor puede escribir exclusivamente para la posteridad, porque necesita cierto eco, enseguida, de inmediato. Como aquel célebre escritor que tras decidir que solamente escribiría para la posteridad, se dio cuenta de que no tenía ganas de escribir. ¡Hacer como si no estuvieras solo en el mundo! ¡Qué gozada! A veces creo que saco el móvil del bolsillo sólo para comprobarlo.

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NO HACER NADA

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A los vagos lo del zazen nos va. Nadie lo practica con más convencimiento que nosotros. ¿Qué es lo más fácil de hacer? Nada. ¡Hagámoslo pues! Es la mejor definición que puedo proponer de lo del zazen, en todo caso la más corta: “¡No hacer nada, pero a fondo!” La primera regla es la inmovilidad estricta. ¿De pie? Demasiado incómodo. ¿Tumbados? Nos arriesgaríamos a dormirnos. Por lo tanto sentados. No hace falta encender artefacto alguno para que grandes sueños de acción me inmovilicen en un sillón.

A veces pienso que en nuestra sociedad líquida, si uno no puede disminuir la densidad del medio que le rodea, lo único que cabe es crecer. Repensar la escala. A pequeña escala la viscosidad es importante, el agua es como melaza. A mayor escala lo que cuenta es la inercia. Los físicos hablan del contraste entre un número de Reynolds alto o bajo. El caso es que en una criatura pequeña, un apéndice movible acabado en “setas” (pelos) se convierte en remo, en un órgano de propulsión. En una criatura mayor el mismo apéndice simplemente hace circular el agua mientras el animal se mantiene inmóvil y se convierte en un órgano para la filtración.

Pasar de defender el derecho a la pereza al de la inmovilidad. Extremar lo místico para acabar en la necesidad de Dios. Porque hay que permanecer inmóvil para unirse a lo que se desea, si a uno no se le acerca ni hay manera de acercarse. Uno ve a Dios así: no podemos acercarnos. La distancia es el alma de todo lo bello.

Para entrenarse en lo del zazen, en lo de estar sentado sin hacer nada, lo mejor es aprender a aburrirse como Dios manda. Hay que tomarse el aburrimiento con sentido deportivo. Entenderlo como un ejercicio de valor, de libertad. Aprender a dejar pasar las horas, de vez en cuando, sin sentirse mal frente al vacío. Éste no sería un aburrimiento en sentido etimológico (abhorrere, significa horrorizarse), sino un encuentro amistoso con uno mismo, o incluso compartido, durante el que se disfruta de la compañía de alguien sin hacer nada. Entre este aburrimiento tan grato y la acedia monacal hay, desde luego, un abismo.

Porque la segunda condición, para hacer del hacer nada una profesión, es no permitir que la tristeza entre en tu vida por esa puerta de atrás desde la que suele acometer, a los que no hacen nada en un mundo de ocupados compulsivos. Porque, a ver ¿Qué perseguimos cuando nos entregamos al acto, cuando hacemos alguna cosa? Sin duda aliviarnos de esa enfermedad, de ese incordio, que representa la conciencia. Algo, que para los ocupados es sólo una pequeña molestia que incordia de vez en cuando. En el trabajo el ser humano se olvida de sí mismo, lo cual, sin embargo, no produce en él una dulce ingenuidad, sino un estado próximo a la imbecilidad.

Más que ser felices, los seres humanos queremos estar ocupados. Todo el que nos procura ocupación es, por tanto, un bienhechor. ¡La huida del aburrimiento!. En Oriente la sabiduría se acomoda al aburrimiento, hazaña, que a los europeos les resulta tan difícil que sospechan que la sabiduría es imposible. Se acusaba antaño a Galba de vivir ociosamente, y él respondió que los hombres deben dar razones de sus actividades, no de su inactividad.

Esta tarde paseando cerca el muelle he visto mi “no hacer nada con mi vida” reflejado en los veleros amarrados. Esos bellos y grandes navíos, imperceptiblemente balanceados sobre aguas tranquilas, esos mástiles desocupados y nostálgicos, ¿no nos dicen en una lengua muda: cuándo partimos hacia la felicidad? Creo que como yo, se sienten perfectamente en el puerto. Sin tener hacer nada más que seguir flotando.

Todos los animales empezamos flotando. El embrión, es lo que distingue a animales y plantas de los otros tres reinos; la blástula, lo que distingue al animal de la planta. Un embrión vegetal es una masa sólida dentro del tejido materno; un embrión animal es una bola hueca de células que suele flotar en el agua. En fin, mientras estoy sentado permitiéndome no pensar en nada, noto en el ambiente de la tarde, que flota ese aroma de ausencia, que dice al alma luminosa: nunca, y al corazón: espera.

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EN LAS ÚLTIMAS

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Estoy llegando a las últimas. Me doy cuenta de como me muero por cómo me estoy quedando sin compañía. Recuerdo al viejo judío saliendo del campo de concentración, cuando le preguntaron cómo se sentía, decía que le sorprendía seguir vivo pues todos los que quería se habían muerto. O del viejo poeta español que dejó escrito eso de: “No me duele de mi muerte, porque yo morirme tenía, más me duele por mis hijos, que pierden mi compañía”.

Cuando acabé con mis ritos de iniciación, cuando por fin no tuve que depender de mis superiores en la universidad, la mili o el trabajo, me di cuenta de que había generado una especie de alergia a las jerarquías. No he sido maestro de nadie, y en general mala compañía para todo el mundo. Cuando le digo a mis hermanas de lo insociable que soy levantan las cejas, pues estoy siempre entre parientes y amigos, por no decir de mi matrimonio que es de una duración escandalosa.

Esta pandemia nos está matando porque cada vez somos menos compañía, nos necesitamos menos unos a otros. Eso consigue que acabemos siendo extraños para nosotros mismos incluso sin salir de casa, que nos sintamos otros. Otro, imaginándolo todo para hacerme compañía. En la misma oscuridad que tu criatura, o en otra. Rápido, imagina.

Ahora mismo, escribiendo en la tablet, me doy cuenta de que busco compañía al otro lado del cristal. Hago como si hubiera otro mundo al otro lado del espejo, del cristal. ¡Cristal, espejo nunca! reclama el buen amante. Como aquel poeta que escribió una vez ”¡Besame!, dices, te beso, y mientras te beso pienso en lo fríos que serán tus labios en el espejo”. Hago por seguir escribiendo para no estar tan solo. En fin, que cierta actividad mental es complementaria de la compañía.

Bien pensado estoy en compañía de otro ser vivo, que también está al otro lado de un cristal: Un pez. Da vueltas en su pecera, veo sus ojos al otro lado de su pantalla. Está en cierto modo navegando como yo, dando vueltas, como yo. Es el primero de los vertebrados, yo soy uno de los últimos. Cada dos días le doy de comer, cada cuatro le cambio el agua. Yo leo casi siempre. A veces escribo, a veces salgo a la calle. A él, el otro pez se le murió. Mi Santa sigue a mi lado.

Nietzsche llamaba a su dolor su perro. Le hacía compañía, le era fiel. Estos días veo pasear a mucha gente con su perro por el descampado, algunos incluso los llevan atados. En el gusto por estar así acompañados se ha reconocido siempre el alma del eremita. San Roque, el patrón de los apestados, es representado en pinturas y esculturas con su perro a su lado. Como es imaginario, en fotos no.

Al haber envejecido un poco más deprisa que de costumbre por la falta de compañía, nos hemos vuelto un poco más religiosos, un poco más solitarios. Los mejores cristianos primero renunciaron a las mujeres, después al mundo, y finalmente a la compañía de otros hombres, eran los hombres del eremos, del desierto. El desierto crece ¡ay de aquel que en sí albergue desiertos! Pues a volar.

Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera es que se va a lo más alto; la segunda que no sufre compañía; la tercera que pone el pico al aire; la cuarta que no tiene determinado el color; la quinta que canta suavemente.

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EL PARTO

Como le interesaban tanto lo de las energías, lo del yoga, el karma, y eso de los chacras y el despertar del tercer ojo, le pregunté ¿que si entendiéramos la vida como una sucesión de ese tipo intercambios energéticos, cuál, diría ella que es el acto más energético que podríamos experimentar…?

Tardó, un poco, en responderme que hacer el amor; vamos, que follar. Que estar dentro de o tener dentro a alguien. Porque sin duda es un acto aquél, en el que se intercambian multitud de energías humanas y de fluidos esenciales para la vida y tal.

Yo le dije, que seguramente lo más energético que hay en este mundo es hacer explotar una bomba atómica; o tal vez parir… Pero, porque no debe haber forma más energética de sentir dentro a alguien o sentirse dentro de alguien, que pariendo o naciendo. Ese empujar de una misma y desde dentro; desde tus propias entrañas, sin remedio y sin siquiera punto de apoyo. Esa condena a parir o a morir, a salir o a matar. Esa hemorragia de vida. Todo ese mal trago. Todo, solo por tener o ser un hijo… Energía pura.

Recuerdo abrir la puerta del paritorio del hospital con terror, y ver de repente a aquella parturienta sudando encendida y congestionada, retorcida, gritando a no sé quién y mirando a no sé dónde: “¡Que te salgas…! ¡Que te vayas de aquí…! ¡Que me dejes…!” Estaba como fuera de sí.

¿Y yo qué sabía…? No sabía, ni dónde meterme en medio de tanto grito de las al menos cuatro o cinco hembras pariendo en aquella sala. Los dolores de verdad ya habían empezado. Rotas las aguas, las contracciones aumentaban, la tensión me espantaba. Ya, de parto. El dolor en todas sus formas siempre me había aterrado, superado.

Estaba a su derecha cagado de miedo agarrándole la mano, cuando los ojos de la matrona emergieron por encima de aquel monte de Venus que paría, para urgirme a que fuera corriendo a cortar el cordón umbilical.

“¡Vamos, ven, ahora…! ¡Ya está aquí…!”

¿Cómo coño iba yo cortar semejante cosa. Yo, que me mareo siquiera al pincharme cortando una rosa…?

Deja deja, córtalo tú le dije en un puro mareo. Casi que me caigo al suelo en redondo. ¡Qué nervios! Entre gritos nacemos… Y yo, como un pollo sin cabeza, blanco como el papel, y enredando por allí enmedio.

Me la dejaron echada como ahí; como en el mostrador de una tienda. Solita. Recién lavada eso sí, pero como desamparada y envuelta ella, tan solo en una ligera muselina también de color hospital verde claro. Como si me la hubiesen dejado en un dispensario cualquiera, a la espera de que alguien viniera y se me la llevara. Y claro, no me separé de ella ni un solo segundo.

Recuerdo a mi derecha a un tipo como desagradable, con gorro, mascarilla y bata verde como yo; luego, supe que era el doctor jefe de maternidad del hospital. No paraba de mirarme de soslayo aquel tipo, ni de enumerar un sin fin de detalles médicos varios e incidencias técnicas del parto; luego, supe que estaba dictando los detalles del certificado de nacimiento… Cuando ya llevaba descritos muchos detalles de aquellos, se paró extrañado. Me miró ahora fijamente, y me dijo el desagradable ¿que qué coño hacía yo que no tomaba notas…?

¿Notas yooo…? ¡Ufff qué nervios…!

Sosteniéndole la mirada y muy sorprendido por lo maleducado de su pregunta, le respondí algo retador ¿Que qué coño noootas…? No se había percatado el doctor de que yo era el padre… Como de puro nervioso no me estaba quieto por ahí, me confundió, con el enfermero encargado de rellenar el formulario certificando el nacimiento. ¡Ufff qué nervios…!

Entonces, aquellos ojos de matrona con mascarilla abandonaron por un momento la episiotomía en la que estaban, y volvieron a emerger de aquel mismo monte de Venus ahora ya parido, para decirme casi encanada de la risa que dejara ya de enredar por ahí, que me portara bien y me estuviera tranquiliiico. Y que ya, faltaba poco para que todos saliéramos de allí… Hasta la madre recién parida empezó a reírse de lo chocante de la situación.

Y no te digo nada, cuando pretendieron subir a mi pequeña a la planta de neonatos sin que yo la acompañara. Una enfermera me dijo sin más que me apartase, que iban a subirla… Yo le dije “que nanai, que lo que había en esa incubadora era mío; y que tenía que acompañarla sí o sí para saber dónde me la dejaban, no fuera a ser que por error me la cambiasen por otra…”

Aquella enfermera bufaba, e insistía: “que no dijera tonterías y que no podía subir y punto. Que entendiera que estaba prohibido; que esto era un hospital y que era las normas y tal…”

Y yo, cabezón y tajante la intimidé, cuando acercándome a su cara y mirándola fijamente le dije implacable “que era ella la que no lo había entendido… Que yo era el padre, y que me daba igual todo; porque iba a subir a planta con mi hija sí o sí, se pusiera ella como quiera que se pusiera…”

Y al final claro, subí con mi hija y ella.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

ROBOTS

Historias de Paco Sanz

Los cyborgs casi son nuestros hijos, los robots serán nuestros nietos, ¿por qué no deberíamos amarlos? Queremos a nuestros hijos y nietos a pesar de que sabemos que un buen día se harán con el mando, que seguirán en la tierra cuando nosotros ya no estemos. Para los niños nipones educados en la religión sintoísta, hay espíritus vivos en todas partes. Aprecian a los robots como si fueran perros. Hay otra razón para que los quieran: para los japoneses son sus futuros cuidadores, los encargados de los cuidados en un país envejecido. ¿Quién o qué va a cuidar de tanto viejo? Descendemos de robots y estamos compuestos de robots, y toda la intencionalidad de que disfrutamos, deriva de la intencionalidad de estos millones de sistemas elementales.

Me han dicho que si vivo lo suficiente puede que muera dándole la mano a un robot no humano. Mientras no me lo parezca, vamos bien. Un chimpancé pasa totalmente de la imagen de un monstruo, pero se muestra aterrorizado por la de otro chimpancé decapitado. Un humano no teme a un robot que parece un robot, pero sí a un robot que se distingue muy poco de un ser humano. En el valle del misterio, algo, puede parecerse algo a un humano, pero si se parece mucho acojona.

Como soy de por sí bastante tonto, y no sólo por ser poco exigente, lo de la proliferación de la inteligencia artificial me aburre. ¿Coches, teléfonos, casas inteligentes? ¡Anda ya! Hace sesenta años con lo de la inteligencia militar hacíamos bromas, ahora ha llegado el momento de hacerlas con la inteligencia artificial, y ya puestos, con la inteligencia artificial militar. El 25 de enero del 2021 se cumplieron cien años de la publicación del libro Rossum Universal Robots (RUR), escrito por el autor checo de ciencia ficción Karel Čapek. Robots que trabajan, robots que pueden hacer la guerra, peor que nosotros.

Desde el punto de vista ético, los sistemas de inteligencia artificial militar pueden participar en la toma de decisiones que permitan salvar muchas vidas o condenar a muerte a muchas otras. Los usos posibles que se pretende dar a este sistema, incluyen tanto sistemas de armas autónomas letales, que puedan seleccionar y atacar objetivos sin la necesidad de una intervención humana, como sistemas para hacer programas de apoyo que tomen decisiones propias.

La inteligencia artificial militar es capaz de potencialmente acelerar el combate hasta el punto, en que las acciones de las máquinas superen las capacidades mentales y físicas de los responsables humanos en la toma de decisiones, de los puestos de mando que libren esta guerra en el futuro. Por lo tanto, la tecnología superará a la estrategia, y es muy probable que los errores humanos y los de las máquinas terminen por combinarse y afectarse mutuamente, con consecuencias bastante impredecibles e indeseadas.

La decisión de apagarme puede que venga de un robot, espero que no vaya por su cuenta. Como los LAR (Lethal Autonomous Robot). En ellos, ya no aprieta el gatillo el operador del dron: el gatillo se aprieta solo. Entonces ¿quién tiene la culpa, quién tiene que responder, quién ha cometido el pecado, de quién es la deuda, quién tiene que pagar? ¿El que inventó el programa, el dispositivo, el que lo comercializó, el que pagó la investigación, el que adelantó el dinero, el que firmó la ley que lo hizo posible, el ministro, el gobierno, la compañía de seguros que lo aseguró…?

Historias de Paco Sanz

PACIENTES DE LA PANDEMIA

Historias de Paco Sanz

Hay cosas que no cambian ni con la pandemia. Supongo que son nuestras cosas esenciales. ¿Qué es lo mejor que puedes vivir en la vida? Alegría, hermano. Y ¿cuál es el enemigo de siempre? La tristeza. Entristece ver como el enemigo avanza con la enfermedad, con la pobreza, con el rencor… con el desamor.

Decía Freud que el que no pierde la cabeza en ciertas circunstancias es que no tiene cabeza que perder. Me gusta creer que con el corazón pasa algo parecido, que no basta con querer no perderlo en ciertas circunstancias, se trata de recuperarlo cuanto antes. Un personaje de una novela de Sartre paseaba indignado por las calles de Nueva York, porque estaba llena de carteles que decían: “Not to grin is a sin”. Mientras, había guerra en España.

Ahora con la mascarilla las sonrisas falsas, ésas sólo con los labios, no se ven. Me dicen mis amigos, con los que todavía me hablo, que los pueblos parecen tristes. Les cuento que como paseante compulsivo que soy, me doy cuenta, de que cada vez buscan menos mis ojos los de la gente con la que me cruzo. Hasta qué punto proyecto nunca lo sé. Por decirlo en verso: “Esta tristeza del campo/ en que el alma se aposenta/ ¿es una tristeza suya/ o es una tristeza nuestra?/¿Son sus soledades tristes/ como las de las estrellas/ que nos parece a los ojos/ que están vivas y están muertas?”

Hay que recordar quienes somos, que somos mejores de lo que creemos, por pura coherencia. Ese es el frente al que hay que acudir, donde presentar batalla. Con palabras de Spinoza: “Experimentamos alegría cuando un cuerpo se encuentra con el nuestro y se compone con él, cuando una idea se encuentra con nuestra alma y se compone con ella, o, por el contrario tristeza, cuando un cuerpo o una idea amenazan nuestra propia coherencia”.

Ahora que no puedo abrazar a mis amigos, ni a mis hijos ni a mis nietos, ahora que todavía no me ha pasado lo que le pasó a Machado cuando perdió a su amada: “Nos quedamos solos mi corazón y el mar”, dar con ideas que compongan con mi alma es más necesario que nunca. La pandemia me lo pone especialmente difícil.

Joäo Gilberto no contrapone la tristeza a la alegría sino a la felicidad, son las suyas de esas palabras que, cuando las recuerdo, me pongo a cantar: lo canta así: “Tristeza não tem fim/ Felicidade, sim/ Tristeza não tem fim/ Felicidade, sim/ A felicidade é como a gota/ De orvalho numa pétala de flor/ Brilha tranquila, depois de leve, oscila/ E cai como uma lágrima de amor”.

¿Buscas la felicidad en las palabras? Combate la tristeza donde la encuentres, vuelve a Spinoza, me digo. Él llevaba tan lejos su lucha que hasta en la “esperanza” y en la “seguridad” encuentra ese poco de tristeza, que basta para hacer de ellas, sentimientos de esclavos. La verdadera ciudad, propone a los ciudadanos más amor a la libertad que esperanzas de recompensa o seguridad de los bienes; pues “a los esclavos y no a los hombres libres, es a quienes se promete seguridad o se recompensa por su buen comportamiento”.

Hasta entonces: Paciencia y barajar. Paciente es no el que huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza. La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu “sea quebrado por el abatimiento y pierda su grandeza”. Pacientes de esta pandemia, lo somos todos.

Historias de Paco Sanz

Liz Taylor y Richard Burton

Historias de Richard Burton.

Una de las parejas más legendarias de Hollywood: Elizabeth Taylor y Richard Burton. Marco Antonio y Cleopatra.

Esta carta fue escrita y enviada por Richard Burton, a Elizabeth Taylor, a los ocho meses de haberse casado con su última mujer y una semana antes de morir a los 59 años. En ese último año no volverían a verse. La carta la encontró Liz Taylor en su casa de California, al regresar del entierro de Richard Burton en Suiza.

“Quiero saber cómo estás, odio mío… Mi cara y mi cruz, sombra y luz, mi paloma y mi cuervo. Por aquí nada nuevo: el lago opaco, la tapia de lluvia, la ventana ciega por la que brilla el ágata del recuerdo de tus ojos violeta. Repta el domingo por la tarde, bebo.

Déjame decirte que estoy triste como un perro viejo y que mi soledad es una casa enorme, vacía e inútil, como ésta. Mi gata amarilla maúlla. Ojalá fuera a tu sombra, a tu silueta de diosa antigua. También la gata te añora y araña el molde de tu ausencia. Parece que le has dejado tus ojos puestos para que no pueda olvidarte… Si pudieras contestarme que aún, no es demasiado tarde para el marinero borracho que desea volver a su muelle… Aprieto el corazón contra la ventana y mi pulso, y el reloj de la lluvia, repiten tu nombre y el mío. Eres como la lluvia y la memoria, clara y oscura, el arma y la herida, falsa y hermosa, ardiente y fría.

Me da por pensar que te has quedado, que el tiempo no ha pasado y que ésta no es la carta de un borracho sino un poema desbaratado. Siempre vuelve a mí ese tiempo que habitamos como huéspedes del éxito, con nuestra cama a la deriva por los remolinos del Tíber, con las caricias de los celos y los mordiscos del deseo, las seducciones del engaño y el beso de la culpa… No hay vida sin ti, eres el hueso y la vena, turbia y clara, el muro y la hiedra, la hierba que besará mi lápida: la vida y la nada. Ya no volverá el instante de tiniebla donde galopabas sobre la ola de mi orgasmo. Conmigo en tí sueño.

Ya termino como te digo, por aquí no hay nada nuevo, el lago opaco, los ladridos del viento, es domingo por la tarde. No, ya es de noche, y bebo.

Sigue lloviendo sobre esta casa nueva, ruinosa, que parece que no tiene techo, solo el suelo de tu ausencia. Llueve sobre mí y sobre estas palabras borrosas que te nombran mil veces. En el fondo nunca nos hemos separado. Y supongo que nunca lo haremos…”

💕

Richard Burton… Historias de Richard Burton.

MÁQUINAS Y MASCOTAS

Historias de Paco Sanz

Busco pasearme por lugares socialmente distanciados para poderlo hacer sin mascarilla. La mayoría de la gente con la que me cruzo llevan perros, estamos tan lejos de la civilización que hasta pueden dejarlos sueltos, y según por dónde, acaban dejando lo que sueltan porque no hace falta ir a recogerlo.

Pienso en los animales que han estado a mi cargo, en las mascotas de mis hijos, en los animales del laboratorio cuando en ellos trabajaba, en las corridas de toros, en los rebaños de corderos en las tierras altas, en las condiciones de las granjas, en el pez que está ahora al lado de la pantalla… y en los que me he comido. En el agapornis de mi hija, en el loro de mi cuñado, en los perros de cuando vivía en el campo, en el porche en el que dejaba restos de comida y en el que llegué a contar hasta diecisiete gatos.

Pero vínculos serios sólo los he establecido con un perro, un mastín de cincuenta kilos que vigilaba a mi hija pequeña, con un gato atigrado que estaba encima de la mesa mientras escribía y que a veces dormía la siesta conmigo, y sobre todo con un caballo no muy grande, con el que durante tres años estuve “saliendo”. Humo, Ahora, y Hombrecito. Me “conocían…” El primero se murió delante mío atragantado con un hueso, al segundo lo mató un perro, y a Hombrecito no me lo pude llevar cuando me fui a vivir a la gran ciudad.

He sentido la moto, el barco de vela, la bici, como extensiones de mi cuerpo, pero lo del caballo es una forma de prolongarse, de fundirse con un ser vivo de otra especie muy particular. Supongo que lo de poner tu vida en sus manos debe ayudar a eso. Y lo de moverse, bailar a la vez, también.

La convivencia, las relaciones con los animales cuando uno ya no puede vivir en el campo, son necesariamente perversas. El recoger la cacas de los perros por la calle lo recuerda. El no ser vegano, o al menos el no ser animalista en la ciudad, es algo que hago a contracorazón. Los especistas me cargan, no son tan nefastos como los racistas, los machistas o los fascistas, claro, pero no dejan de ser también bastante despiadados.

La credibilidad de los animalistas aumentaría, si se aplicaran con más determinación por lograr que se protejan y promocionen los derechos humanos, más que en de defender los de las bestias. Que la necesidad de hilar más fino en lo del cuidado de las bestias, fuera una especie de consecuencia de hacerlo con el cuidado de las personas. No al revés, es decir, en la necesidad de cuidar a los seres humanos con el cuidado que les debemos a las bestias.

La cuestión no es: ¿Pueden razonar? Ni tampoco: ¿Pueden hablar? Sino: ¿Pueden sentir el sufrimiento? Y quien dice sufrimiento dice también placer o bienestar, a fin de que el común denominador de las buenas bestias no tenga un aire tan triste.

Ahora, que el transhumanismo me apunta, ya no me pregunto si las máquinas serán o no más inteligentes que nosotros, pero creo que no podrán sufrir. Y es que no serán tan bestias. Al menos mientras nosotros no podamos alimentarnos de kilovatios, y ellas no puedan ingerir kilocalorías alimenticias para seguir funcionando o multiplicándose, no me dan ninguna pena. Algo de miedo, lo que harán con nosotros, sí, claro.

Historias de Paco Sanz.

EL FRÍO…

Historias de Paco Sanz

He pasado más miedo con el frío que con el calor. Cuando vivaqueaba, recuerdo haberme despertado porque un lado de la cara se me había quedado helada. También que cuando llega la fiebre, lo primero que sientes es frío. Del frío mejor guardarse. Uno de los consejos más viejos de la medicina dice que: “Conviene tomar baños calientes, dormir sobre algo blando, embriagarse una o dos veces, de cuando en cuando, y entregarse al coito cuando se presente la ocasión”. Decía Ramón, y tengo que darle la razón, que “cuando sentimos un pie frío y otro caliente, sospechamos que uno de los dos no es nuestro”.

Todavía ahora combatimos el frío intentado que, de vez en cuando, el calor nos llegue a los huesos. Recuerdo a Margarita, una vieja a la que su hijo había acabado convenciendo de que se fuera a vivir con él en un apartamento, con calefacción central y todo. A veces, cuando el invierno apretaba, se venía nuestra casa y nos pedía permiso para quedarse un rato junto al hogar. Después de estar un buen rato cerca del fuego se volvía a su casa. Nos decía que en su casa se estaba bien, pero que si se quedaba fría, por mucho que se acercara al radiador el frío no se le iba.

A veces pienso en ella cuando, al volver de uno de esos paseos idiotas a los que por mucho frío que haga en la calle a veces no puedo evitar entregarme, intento abrazar a mi señora. Me dice que por qué no intento antes estar un buen rato junto a un radiador. Para los viejos el calor corporal puede llegar a ser un tesoro.

Mira que lo sabía, pero cuando le di un beso en la frente a mi madre, poco después de que hubiera muerto, me quedé sorprendido de lo fría que estaba. Lo que está cerca del nacimiento es húmedo y caliente, y crece mucho, como lo que todavía está en la infancia. El individuo joven procede de una mezcla de elementos calientes y secos. El hombre, cuando ya no se desarrolla más es seco y frío, porque el calor que afluye ya no domina. Los viejos son fríos y mojados, porque el fuego se retira y el agua afluye.

En una habitación fría, cuando llega la noche, nos acercamos mejor unos a otros. Pues no sólo del invierno habla el frío, también de la noche. Cada uno, cuando llega el invierno, cuando llega la noche, se calienta con lo que puede. Unos con una compañera más joven que uno, otros con la libertad. Y es que “Como en la oscuridad de la noche invernal/ nuestros ojos buscan el alba/ como en los brazos del frío amargo/ el corazón ansía el sol/ así de ciega y atada/ nos reclama el alma entre sollozos/ sé nuestra luz, nuestro fuego, nuestro aliento/ ¡Libertad!”

Además, por la pandemia y el frío que está haciendo, mejor quedarse en casa. Esperando que si lo hacemos así, sean con nosotros más clementes los dioses. Como si fuéramos esquimales. Para los esquimales hay dos religiones: la de verano y la de invierno. Sus dioses no eran iguales. Los de invierno tenían que protegerlos dentro de los iglúes, y los de verano ayudarles en sus actividades de caza y pesca.

No hay que permitir que el frío, que la noche, que el invierno, se nos metan dentro. Decía Rimbaud “Temer mucho al invierno, porque es la estación del confort”. Cuando el entorno es demasiado confortable, ni la libertad, ni la proximidad de la compañía, son tan necesarias, tan preciosas como debieran ser.

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CARTAS DESDE UN BAR

Historias de Paco Sanz

Hace años que escribo cartas. Lo hacía antes de que llegaran los ordenadores y aun conservo cartas que escribieron mis padres y abuelos. Los charlatanes escribiendo somos menos aburridos; con no leer la carta no hay siquiera que contestarla. Hace tiempo mis hijos me pidieron que si quería, si tenía que escribir, que me limitara a hacerlo sobre cosas que me pasan, que sobre las cosas que pasan bastante se escribe ya, y que por supuesto que de lo que me pasa por la cabeza no hacía falta que dijera nada. Un sacrificio desde luego, porque no me pasa nada, y por la cabeza no paran de pasarme cosas.

En fin: “Antes me querías/ ahora no me quieres./ ¡Qué cosas más raras pasan en el mundo/ sin que uno se entere!” Me consuelo pensando que más que buenas cartas por escribir, tengo por delante buenos libros por leer. Una buena carta habla de quién la escribe, un buen libro del lector. El papel de los humanismos ha sido el de “domesticar” a los seres humanos mediante la lectura, haciendo que dominen sus instintos “bestiales”, pero creando unos privilegiados, que se escriben unos a otros extensas cartas bajo la forma de libros.

Cuando al escribir a mis hijos me enrollo como una persiana, recuerdo a veces las disculpas que pedía Unamuno a un amigo al que había enviado una extensa carta: “Si me he extendido tanto al escribirte, ha sido porque no he tenido tiempo”. Para escribir bien, supongo. Labore di porre, trabajo de pintor, que va añadiendo cosas. Labore di levare, escultor, que va quitando cosas. Leonardo sea con nosotros.

Antes para escribir cartas uno tenía que hacer buena letra, pensar en expresarse con claridad venía en segundo lugar. Hacerlo, era una especie de cortesía al cuadrado, al menos si uno cree que la cortesía del filósofo es expresarse con claridad, como Ortega dejó escrito no sé donde.

En Montecasino, Alberico escribió en el siglo XI el Breviario de Dictamine, en el que establece las cinco partes constitutivas de una carta, (salutatio, captatio benevolentiae, narratio, petitio y conclusio). La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo -considerado desde un punto de vista exclusivamente teórico- una terrible perturbación de las almas.

¡A quién se le ocurrió que la gente pueda mantener relaciones por correspondencia! Uno puede pensar en una persona ausente, y puede tocar a una presente, todo lo demás supera las fuerzas humanas. Los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas en el camino, y esa abundante alimentación hace que los fantasmas se multipliquen en forma desmesurada.

San Francisco pensaba que eso de escribir cartas sin saber quien lo leería no estaba bien. Sólo escribía a sus amigos. Nietzsche, que aquel que conoce al lector ya nada hace por el lector. Deleuze, que escribir era cartografiar. Algunos escriben bien porque piensan que Dios les ve. Cuando escribo a mis hijos, pienso que sería peor si tuvieran que aguantarme.

Aquí estoy, como en un bar, enrollándome con desconocidos. Gertrude Stein sostenía que uno escribe para si mismo y para los desconocidos, una magnífica reflexión que yo extendería a un apotegma paralelo: uno lee para si mismo y para los desconocidos.

Historias de Paco Sanz

HUMILDAD Y AÑO NUEVO

Historias de Paco Sanz

El año se ha acabado, y pocas veces se le ha puesto más fácil al Año Nuevo mejorar al anterior. Ya veremos, dijo el ciego. Mirando hacia atrás sin ira, pienso en la lección de humildad que este desastre nos ha propinado. Me he pasado la vida intentando ser más humilde en vano. Nietzsche pensaba que la primera cuestión de la filosofía es la llevarse bien con la propia soledad, yo creo que lo verdaderamente difícil es ser humilde. De cabeza y de corazón. Recuerdo a Pasolini, la cualidad que poseía en rara medida no era la humildad, sino algo mucho más difícil de encontrar: el amor a lo humilde, y diría, la competencia en humildad.

Antes, que no hacíamos tanto la pelota a los niños, eran los niños más humildes, y siempre creeré que hasta que los niños no vuelvan a la humildad, la vida estará horrorosamente trastocada. Pasarse la vida estudiando creo que ayuda. La humildad, que no abunda entre los doctos, aun es menos frecuente entre los ignorantes. En el dominio de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que prestar atención. No hay nada más cercano a la verdadera humildad que la inteligencia. Es imposible estar orgullosos de nuestra inteligencia, en el momento en que la ejercemos realmente.

Tampoco tiene que irnos siempre bien en todo ¿no…? Es un desconocimiento racionalista de la esencia del fluir de la vida personal, el pensar y exigir que ésta, haya de vibrar en todo momento con las mismas amplitudes anchas y armoniosas con que brota en los instantes agraciados. Tales exigencias, arrancan de una falta de humildad interna ante el misterio y el carácter de gracia inherente a toda vida.

En política, por ejemplo. La vida política no es un proyecto de mejora del mundo en donde se invierten las esperanzas trascendentales de un mundo sin fe. En cambio, se trata, de una tarea desesperadamente humilde de improvisación infinita, en donde todo bien se ve comprometido por los demás; se busca un equilibrio entre los males necesarios de la vida humana. Y la perspectiva omnipresente del desastre, es conjurada hasta el día siguiente.

¿En qué consiste esa cualidad de la humildad, siempre tan elusiva y tan añorada? Es la única cualidad, que si se pensara que se posee se perdería al instante. Me recuerda a las frases cachondeándose de la lógica. La más famosa es: “Miento”. Si efectivamente miento al decirlo, entonces digo la verdad, aunque no lo sepa. ¿Puedo afeitarme a mí mismo…? Últimamente me despierto pensando que la vejez añade, mientras quita. Humildad, por ejemplo.

Es buena contra la envidia y contra las mentiras, favorece la bondad de quitarse de en medio. Por decirlo en verso: “Aquí la envidia y la mentira/ me tuvieron encerrado./ Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado,/ y con pobre mesa y casa/ en el campo deleitoso,/ con sólo Dios se compasa,/ y a solas su vida pasa/ ni envidiado ni envidioso”. Aunque: “ En los extremos del hado/ no hay hombre tan desdichado/ que no tenga un envidioso/ ni hay hombre tan virtuoso/ que no tenga un envidiado.”

Considero que es un pecado contra la humildad el dar publicidad a lo que escribo. Pienso, que escribir es únicamente asumir la sacralidad que llena cada instante, es la humilde anotación, que tiene en el asombro su comienzo, el de un logos que alienta en todas partes. He disfrutado escribiendo, lo he hecho también leyendo lo que he escrito, ¿qué tercera cosa espero, como los necios?

La verdadera humildad es cuando puedes sorprenderte a ti mismo más que a los demás; el resto es timidez o buen marketing. La humildad no puede enseñarse por medio de la propaganda, pero la esclavitud sí… A ver si lo recuerdo.

Feliz Año Nuevo.

Historias de Paco Sanz

FILIAS Y FOBIAS

Historias de Paco Sanz

El miedo al contacto tiene hasta nombre: hafefobia. Es tanto miedo a tocar como a ser tocado. Las fobias son la leche, son como la ansiedad, bicamerales las pobres. Pasa también con aporofobia, (del griego ἄπορος áporos ‘pobre’ y φόβος fóbos ‘miedo’ ) que es tanto el rechazo hacia la pobreza como hacia las personas pobres.

Recomendaba Talleyrand a los secretarios a los que daba clases, que desconfiaran de sus primeros movimientos porque eran generalmente generosos. Propios de un hombre primitivo. Era un tipo serio, según él: “Con las bayonetas se puede hacer de todo. Todo, menos una cosa: sentarse en ellas”.

Hoy, el antiguo proverbio sumerio que ha sido traducido como “Obra prontamente, haz feliz a tu Dios” tiene vigencia, sobre todo en el mercado. Pide que ignores al enemigo. Que no seas paranoico. Paranoia, viene de para y nous. Otra mente, describe tanto el estado alucinatorio de la esquizofrenia como el de la mística del hombre bicameral, que escucha voces, o se imagina enemigos.

Algunos pueblos de África Occidental cuentan que, antes de llegar al mundo, cada uno establecemos contacto con un doble celestial que prescribe qué haremos con nuestra vida: cuánto viviremos, con quién nos casaremos, cuántos hijos tendremos, etc. “Entonces, justo antes de que nazcas, te conducen al Árbol del Olvido, al que abrazas y a partir de ese momento pierdes todo recuerdo consciente de tu contrato”. Sin embargo, si no cumples todas tus obligaciones contractuales, “enfermarás y requerirás la ayuda de un adivino, que empleará toda su habilidad para contactar con tu doble celestial, y descubrir qué artículos de tu contrato estás incumpliendo”.

No está mal eso de creerse varios para enfrentarse a las fobias. La poesía también ayuda. “Me bañé, afeité, vestí; me miré en el espejo./ “Vamos”, le dije a mi agarofobia, y salimos/ juntos a dar un paseo por el parque”. El otro lado de las fobias son las filias. Los que disfrutamos de la comida y de la música lo sabemos. El conflicto entre la necesidad de resistirse y la necesidad de adaptarse, es un modelo que se repite a todas las escalas, desde la cocina, con la necesidad de conciliar la neofobia y la neofilia, hasta la música, con la de armonizar la repetición y la diferencia.

Sucede algo parecido con los viajes. Se puede viajar por filotopía, por amor a un lugar. Pero también por topofobia, es decir viajar contra un espacio, partir impelidos por la imperiosa necesidad de no estar en un lugar. Tanto fobias como filias tienen un efecto rebote que vendedores y políticos usan sin manías.

Por ejemplo, la invención de la Islamofobia ha sido ha sido hábil pues ha acabado convirtiendo al Islam en un objeto intocable bajo pena de racismo. Alimentados desde hace medio siglo en el respeto a la diferencia, se nos invita a no evaluar una religión extranjera con criterios occidentales. El relativismo cultural, nos manda ver lo que llamamos nuestros valores, como simples prejuicios, creencias de una tribu particular que se llama Occidente. Pasa también con la xenofobia. La xenofobia no es una actitud exclusiva de las culturas invasoras, se da también en las invadidas, en las culturas de los vencidos. La sensación de que los propios dioses han muerto conduce a veces a perseguir a los propios abuelos.

El Gran Inquisidor de la España cristiana del siglo XVI oculta sus orígenes judíos, y se vuelve con odio contra aquellos de los suyos que han conservado sus raíces. El que ha tenido que aprender catalán de mayor, es el que más insiste en que sólo se hable en catalán.

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¿Me habré vuelto virtual?

Historias de Paco Sanz

¡Anda que si les quiero porque no están conmigo! ¿Me habré vuelto virtual? A menudo para que descubramos que estamos enamorados, incluso quizá para que nos enamoremos, es necesaria la separación. El amor entendido como carencia. Amamos con especial intensidad al perseguir algo inaccesible, lo que no poseemos; amamos de un modo particular cuando lo hacemos sólo en potencia, al darnos cuenta de que “no está conmigo…” Moriremos solos. Es preciso, pues, hacer como si estuviéramos solos. Reposar en la soledad de su compañía; y así, su ausencia duele, y es más difícil descansar.

La gente deprimida tiende a actuar con más calma bajo la presencia de la amenaza o la catástrofe, es como si ya supieran que cosas así iban a suceder. La estrategia del melancólico: la única manera que tiene de relacionarse con las cosas que no ha tenido nunca, que nunca tendrá, es tratar a las cosas que aún tiene como si ya las hubiera perdido. “Si no sabes si la quieres piérdela…” La necesidad como carencia, o la necesidad como proyecto. “La miseria consiste no en la carencia de las cosas sino en la necesidad de las mismas”.

El manipulador saca partido de este hecho: en efecto, no es la gran variedad de cosas lo que deslumbra. Es posible desasosegar mucho más al ser humano y meterle más miedo, si se le da a entender lo que puede desperdiciar o perder si no colabora haciendo ésto o aquéllo. La potenciación de las necesidades fuertes, está en la base de las maniobras de manipulación de las necesidades. Los individuos que han desaprendido a reconocer sus propias necesidades y a reclamar sus propios derechos, se convierten en presas de la megamáquina que define, en lugar de ellos, sus carencias y sus reivindicaciones. “No tengo ganas de saber lo que me falta, sino de conseguir lo que quiero…” La voluntad de poder no hay que entenderla como querer el poder, sino como el poder querer.

La voluntad creadora y donadora, “la virtud que hace regalos”, que se encuentra en el propio hecho de desear su objetivo: lo que quiero, lo necesitaré siempre. Se concentra en la necesidad, como proyecto de satisfacción, no como final de una carencia.

Mucho me temo que lo que queda en mí de amor a Dios, al Azar que me constituye, a la totalidad que me engloba, provenga de aquellos malos religiosos en mi educación. Dios es amor, o Theós agape estin.

Historias de Paco Sanz

EUTANASIA

Historias de Paco Sanz

Ahora que se está muriendo tanta gente prematuramente se aprueba una ley que modifica lo de la eutanasia. Es posible que el rigor asistencial que dedicamos al agonizante no sea a partir de ahora el mismo. “Santa Ana, dame una corta agonía, y de poca cama”. Así se reza a la patrona de las agonías. El médico podrá objetar ahora a otro nivel. Además ni los gastos en paliativos, ni la presión legal sobre el que acorta la agonía, serán las que eran.

Parece que toca añadir un capítulo de infierno y degradación, a una biografía como la nuestra, testimonio de la era científica en la que nos ha tocado vivir. La Iglesia de la Eutanasia, que forma parte de los movimientos de extinción voluntaria, tiene cuatro pilares: el suicidio, el aborto, el envenenar el medio ambiente y el llevar mala vida.

El suicidio vital crónico y la eutanasia social están emparentadas. Las formas autodestructivas de llevar tan mala vida y la sociedad asesina, tienen antepasados comunes. El contentarse con poco, y la manera que tiene la sociedad de acabar con las personas a base de condenarlas al aislamiento social y a la pérdida de dignidad, parten de una ausencia general de sentido para la vida y la consciencia.

Hay dos tipos de eutanasia, la activa, prima hermana del suicidio asistido, y la pasiva. El “encarnizamiento terapéutico” divide la eutanasia pasiva en dos clases: La omisión de medios médicamente proporcionados y necesarios, o la impericia en usarlos, y la prolongación “artificial” de la vida recurriendo a medios médicos “desproporcionados.”

No es lo mismo preguntar sobre la ética de una interrupción de un tratamiento que pudiera parecer ensañamiento (distanasia), pero que según cómo pudiera entenderse como eutanasia, que sobre las consecuencias jurídicas de una acción o de otra. La primera busca luz sobre la esfera autónoma y sobre la heterónoma la segunda, si nos ponemos en plan kantiano.

Como me he pasado media vida profesional al otro lado de la mascarilla, recuerdo lo importante de repasar los términos para la posible objeción. Con el respeto al rechazo del enfermo, se acepta que la muerte le llegue. Con la detención de la actuación fútil, permitimos que la muerte llegue. Con la analgesia y la sedación, aliviamos la muerte que viene. Pero con la eutanasia, provocamos la muerte.

La objeción de conciencia sólo puede practicarse en el último caso. Ni podemos hacer nada cuando creemos que se equivoca, ni estamos obligados a hacer algo que creemos que no sirve para nada, ni a suspender medidas contra la ansiedad o el dolor. Podemos decir que no nos prestamos a hacer nada que le mate. Es decir, podemos no ponerle una vía, o una sonda nasogástrica, o una mascarilla de oxígeno, si no nos dejan, si no van a hacer más que prolongar un proceso irreversible a corto plazo… Pero quitárselas es otra cosa. De la ley aprobada por fin ayer se puede entender, que ésta no te perseguirá si lo haces.

¿Dónde quieres morir? La cuestión es un poco vana en una época en la que, de manera general, uno no muere ya en su casa, en la que la muerte se ha vuelto virtual y los muertos son retirados de la vista de los vivos, tomados “a cargo” por los expertos en tanatopraxia, en la que uno expira con su último aliento en un espacio de paso, en una entelequia llamada hospital. Sin embargo la cuestión debe plantearse. ¿Cuál quieres que sea tu última dirección? ¿Cuál es tu lugar para morir? Tu habitación.

Más que morir, Dios ha sido ejecutado lentamente, su lugar está ocupado por las ideologías. El amor fue ejecutado por los psicólogos, su puesto ha sido ocupado por el sexo y las relaciones significativas. Una nueva ciencia, la tanatología o muerte con dignidad, está en vías de dar muerte a la muerte.

Acomodarse al terror a la muerte, a la larga y ardua educación de Sócrates, aprender a morir, ya no será necesario.

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EL ALCOHOL

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Millones de años atrás, termitas y hormigas empezaron a la vez a colocarse con productos fermentados por levaduras y a socializarse y pastorear. También muy atrás en la historia de los primates, la alcohol deshidrogenasa cambió, e hizo posible que el alcohol no matara a los que se bebían la miel que había fermentado. Los hombres saltamos de cazadores-recolectores a agricultores-ganaderos, casi al mismo tiempo que empezamos a gustar más de la miel fementada que de la miel sin más. El aguamiel, es seguramente la primera bebida alcohólica.

Tiene más calorías que la miel, y se puede metabolizar hasta llegar al ATP. El alcohol se convierte en acetaldehido por la acción de la alcohol deshidrogenasa. El acetaldehido deviene en acetato. En las personas sensibles al alcohol, la velocidad de catálisis del acetaldehido sólo funciona con concentraciones muy altas del mismo, por lo que la ingesta de alcohol les afecta más. Además también hay diferencias de la alcohol deshidrogenasa inherentes al sexo. Con el alcohol, cuanto mayor la concentración más rápida la absorción. Y cuanta más grasa, más se retarda su eliminación.

Me he hartado de decirles a pacientes y amigos que el alcohol es malo a cualquier dosis. Que eso de que un poco de vino en las comidas es bueno para la salud es un cuento, chino iba a decir. Pues como lo del virus, no sé si es chino o no, pero menudo cuento. Lo de que la gente joven prefiera beber para socializar, me lleva a pensar en los monos rebuscando miel fermentada en los huecos de los árboles. “En la embriaguez del éxtasis nos encaramamos en el carruaje de los vientos” según dice el Rig-Veda.

No puedo predicar con el ejemplo, claro. Pero por eso no puedo hablar tan mal de lo de alterar la conciencia metiéndonos venenos en el cuerpo. Cuando empezaban a a hacer soplar a los conductores, mis hijos me regalaron un alcoholímetro. Cuando la reunión de amigos en la bodega se había acabado, medíamos el alcohol en sangre de los que parecía que podían conducir para llegar al pueblo de al lado, y el que tenía menos, conducía. La broma de que había que estar francamente bebido para dejar conducir a según quién, normalmente a alguna señora con más sentido común que los demás no solía hacerle ninguna gracia.

El imperio que el alcohol ejerce sobre la humanidad, se debe a que puede estimular facultades generalmente trituradas por los fríos hechos y las críticas descarnadas. La sobriedad reduce, discrimina y dice no; la embriaguez expande, une y dice sí. Del mismo modo que el café estimula la racionalidad y el individualismo, el alcohol estimula las virtudes proletarias de colectividad y solidaridad.

El alcoholismo tampoco tiene maldita la gracia, como no la tiene el nacionalismo. El nacionalismo se nutre de esos seres cultos, sensibles pero elaboradamente tontos, que tienen presbicia intelectual y no ven jamás lo obvio, sólo lo remoto y traído por los pelos. Carecen de sentido común. La identidad nacionalista es para la mente como el alcohol barato: primero te emborracha, luego te ciega, y al final te mata.

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AYER SE MURIÓ MI AMIGO

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Ayer se murió mi amigo. Hace mucho que no nos veíamos, pero sabíamos el uno del otro. Se acercaba a los ochenta. El yuyu le dio en el coche. Volviendo de trabajar. Le dio tiempo a pararse, bajarse y morirse en la calle. Sin haber dejado nunca de luchar, con las botas puestas, como se moría la gente en la películas del Oeste que veíamos de jóvenes. Siempre había contado con ello. Lo de de morte subita liberanos Deo siempre nos pareció una majadería.

Suscribíamos mejor aquello de que el que ama el peligro perece en él. Dicho de otra manera: “Los que tomen la espada perecerán por la espada… y los que no la tomen por enfermedades malolientes”. De joven había destacado en lucha grecoromana, y en la Universidad “sacamos” las marías tirando a pistola. Tener un amigo más valiente que uno anima mucho. Me enseñó a dar la cara. Era un artista en evitar las confrontaciones que podían acabar siendo violentas en unos entornos en que eran muy posibles.

En muchas cosas me recordaba a Mishima. Mishima vivía de manera que jamás, pudiera encontrarse en el brete de tener que defenderse echando mano a la espada… ¿Hay alguien que desee después de todo siempre el triunfo? Solamente aquellos seres de probada estupidez, aquellos seres mezquinos… Este sabio a pesar de su ejemplaridad jamás asumiría liderazgo alguno. Estos sabios no persiguen cambiar el mundo, sino que cambian los mundos, tal como urgía San Francisco de Asís a sus discípulos.

Entiendo la admiración de Federico por Ignacio Sánchez Mejías, el torero. Recuerdo a este respecto unos versos de otro poeta: “La mano del piadoso nos quita siempre honor;/ mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador./ Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;/ escudo, espada y maza llevar bajo la frente;/ porque el valor honrado de todas armas viste:/ no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste”.

Es algo como lo de antigua nobleza. Que el mucho andar a caballo a unos hace caballeros y a otros caballerizos. Por decirlo de otra manera: “El noble sigue siendo noble aunque sea un pésimo espadachín, mientras que el mejor espadachín no se convertirá por ello en noble”.

Hay algo en la manera de moverse de los que saben defenderse, que recuerda a la manera de andar de un corredor. Los maestros de esgrima dicen a menudo: “Demasiada fuerza” porque la esgrima es una suerte de cortesía. Cualquier cosa mínimamente brutal y arrebatada es descortés: los signos son suficientes; la amenaza es suficiente… una taza de té sostenida en la mano civiliza a un hombre. El maestro de esgrima juzgaba a un tirador por la manera de remover la cucharilla en la taza de café, sin hacer un movimiento de más.

¡Ay! “Los caminos del recuerdo/ se pierden detrás de mí/ y no puedo recorrerlos./ No puedo volver a verlos,/ ni a soñarlos, ni sentir/ su lejanía de tiempo./ ¡Ay!, lo pasado se ha muerto/ en mi corazón, dejándome/ sin memoria el pensamiento.

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SE HAN MASCULINIZADO

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Me gustan las personas, las feministas no tanto, qué le vamos a hacer. La incorporación de las mujeres al mundo del empleo y del sueldo (porque trabajar en lo que hay que trabajar, cuidando, eso siempre lo han hecho) ha sido un desastre. La medicina y la sanidad es lo que más ha mejorado por su incorporación al mercado laboral. En otras cosas se ha cumplido la vieja amenaza: más que conseguir introducir la inteligencia y la delicadeza femenina en el entorno laboral, ellas se han masculinizado. Y la educación de los niños y el cuidado de los viejos, “personalizados”, en casa, se ha vuelto imposible.

Mi generación ha sido testigo de todo el proceso. Mis hijos pudieron ir “tarde” al colegio porque su madre pudo dedicarse a criarlos, e incluso a traer algo de dinero a casa trabajando fuera, porque sus padres vivieron esos días de crianza con nosotros. Morirían en un entorno doméstico. También habían criado a sus hijos con abuelos en casa. Sin embargo, mis padres, ni admitieron a los suyos en casa ni vivieron con nosotros más que en vacaciones. Murieron en residencias.

En la ciudad donde he ejercido la medicina durante más de cuarenta años, asistíamos a mucha gente de los pueblos cercanos. Los más mayores habían sido pacientes de mi padre, incluso alguno de mi abuelo. Cuando les decía que mi padre había perdido la cabeza, que mi madre ya no podía con él ni a pesar de tener ayuda en casa, y que habíamos decidido que estaría mejor en una residencia después de muchas dudas sobre todo por parte de la familia que vivía en otras ciudades, me decían que habíamos hecho bien… Sin embargo venían a la consulta con sus hijos, me hacían ir a su casa para visitarles, y estaban peor que mi padre pero los aguantaban en casa, incluso los que tenían más dinero que nosotros. Cuando veía a las nueras pensaba en la sopa de amapolas, y en el dejar dormir al abuelo de las matronas romanas, cuando la eutanasia, la buena muerte, se cocinaba en casa.

Mi madre sin embargo, maternalizó las relaciones con sus hijos hasta el final. No quiso venir a vivir con nosotros para no darnos la lata, cuando le llegó la hora de los pañales y la silla de ruedas, ingresó en una residencia “pues tenía dinero para pagársela” Y yo no podía dejar de ir a verla casi cada día. Porque con la mala conciencia sí me quedé. La cuestión era para ella: que nosotros estuviéramos bien. En comparación con otros padres, cuya longevidad y dependencia caen como una losa sobre los hijos ya mayores, ella nos lo puso muy fácil.

Marx acababa sus obras con un DESAM: Dixit et salvavi animam meam. En mi caso cada vez que doy por acabado algo de lo que escribo debiera poner RQTQS: recuerda que tienes que suicidarte, como hacía una escritora cuyo nombre prefiero no recordar, y que efectivamente acabó suicidándose. Digo esto por ver si así, si llego a tener que optar entre ser un deber penoso para mis hijos o hacerme cuidar por extraños, conserve la suficiente voluntad y memoria como para acabar conmigo.

La verdad es que las personas que les ha tocado hacer de mujer últimamente lo han hecho muy mal. Somos demasiados porque ellas lo han permitido. Lisístrata, la de Aristófanes, propuso una especie de huelga sexual: no acostarse con los hombres que fueran a la guerra. Se ha quedado como personaje de una comedia. Además, seguimos creciendo y multiplicándonos como animales. Porque nos encantan los niños.

Las instituciones imperantes siguen creyendo, en la primacía y la eficacia del crecimiento económico como indicador clave del bienestar del sistema, incluso a la luz de unos recursos en continua disminución. No sería necesario, según este dogma, aceptar la realidad de que un crecimiento económico en continua expansión, es en realidad un absurdo en un sistema finito: algo ridículo, y que pronto acabará, incluso aunque los activistas no hagan nada para oponerse a él.

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EL SUEÑO

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Dormir bien es como cagar bien, claves para envejecer bien. La primera queja que reportan los geriatras: el estreñimiento; la segunda, el insomnio. De que se nos vaya la cabeza suelen quejarse los demás. Mi filósofo de cabecera dice que es difícil dormir bien, que para ello hay que estar bien despierto todo el día. El gaucho lo tiene más claro: “Cada vez que considero/ que me tengo que morir/ tiendo mi capa en el suelo/ y me “jarto” de dormir”.

Cuando era niño iba a la iglesia, de joven fui al mar. De niño dormía bien, pero tuve que hacerme a la mar para poder entender lo de rezar. De mayor leí: “Quien no sabe rezar debe ir al mar/ y quien no sabe dormir a la iglesia debe ir”. En mi caso fue exactamente así. No me he atrevido a decirle nunca a un paciente que rece para dormir, la religión y la medicina deben guardar las apariencias, y mi alegre travesura no da para tanto. Aunque bien recuerdo una oración de Unamuno: “Méteme, Padre Eterno, en tu pecho,/ misterioso hogar,/ dormiré allí, pues vengo deshecho,/ del duro bregar”.

En los sin techo puede observarse como la necesidad de espacio para dormir se acerca al mínimo; una caja de cartón sobre la cabeza puede valer para señalar la demanda de espacio del durmiente. Del más famoso de los sin techo se ha transmitido ese dicho: “Los zorros tienen cuevas y los pájaros del cielo tienen nidos: pero el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. ¿Qué significa esto? Quien es sostenido por una hiperinmunidad esférica (et non sum solus, quia pater mecum est) no estoy solo porque mi Padre está conmigo; no exige un lecho propio, pero sí un cobertor paradisíaco.

Para conciliar el sueño a veces hay que tomar pastillas, más veces de lo que quisiéramos confesar, los efectos secundarios de las pastillas para dormir son menores que los de no dormir, eso no se lo puedo contar a los que duermen bien, aunque es algo que no cuesta mucho venderle a los insomnes. Un insomne es alguien que toma somníferos. Que depende de ellos para dormir.

También ayuda a dormir bien el olvidar bien. O al menos el tener esperanzas. Una vez leí de un experimento, en el que los participantes que completaron una lista de quehaceres pendientes antes de acostarse, conciliaban el sueño, de media, 16 minutos después de apagar la luz. En cambio los que se quedaron pensando en el pasado, necesitaron de promedio, 25 minutos para dormirse. Cuanto más específica y extensa era la lista de actividades por efectuar, antes cerraban los ojos los voluntarios.

La más temprana experiencia humana es la carencia. Carencia de oxígeno, que ciertamente activa el mecanismo respiratorio, pero no sin un sentimiento de asfixia. La segunda sumirse en el olvido: dormir por vez primera, como todas las venideras, es “regresión al estadío de mágica omnipotencia alucinatoria en el cuerpo de la madre”. Dormir es sucedáneo de prenatalidad. Cada uno se defiende, con sus sueños de “nacer” a un mundo de deseos imposibles de cumplir: se defiende de despertar. Dígase lo que se diga, el instante más feliz de las personas felices es el de dormirse, y el más infeliz de las personas desgraciadas, el de despertarse.

El sueño es como un segundo apartamento que tuviéramos, y al que fuéramos a dormir, abandonando el nuestro. En una poesía que Juan Ramón dedicaba al agua soñada, recuerdo mi dormir cuando navegaba: “El dormir es como un puente/ que va del hoy a mañana./ Por debajo, como un sueño,/ pasa el agua”.

Por volver al de la cabeza de pólvora, al poder anfetamínico de su retórica:”¿Qué hacer para estimularse cuando uno está disgustado y fatigado de si? Uno recomienda la tabla de juego, el otro el cristianismo, un tercero la electricidad. Pero lo mejor querido melancólico, sigue siendo: dormir mucho, en sentido propio y en sentido figurado. ¡Así se reencontrará la mañana! El punto de apoyo en el arte de vivir consiste en intercalar en el buen momento el sueño bajo todas sus formas”.

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La costumbre de mi abuelo…

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“Señor, me sedujiste, y yo me dejé seducir”. Eso se repite el cartujo en el recogimiento de su celda. Está a veces encantado, y a veces espantado por eso. A mí me pasa también con ella; ella, a veces ella, esa persona, y a veces la vida entera. A ella no me une sólo el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto.

Por seguir con la costumbre de mi abuelo, y su manía de hacer pareados, o de hablar siempre de un modo poético, proverbial: El “Ser” que puede ser comprendido, es lenguaje. El lenguaje que se ha quedado sin “Ser” se convierte en charlatanería. Hace falta mucho silencio para que la frase se haga proverbial. Para que llegue a su “altura”.

Recordaré siempre a un niño que una vez, le dijo a su abuelo cuando yo estaba hablando con él: “Abuelo, este señor habla como si estuviera leyendo un libro”. Y su manera de decirlo. Ya me gustaría a mí escribir como si estuviera hablando con ése niño, que por todo lo vivido, nunca he dejado de ser. Pero lo que hago es escribir como si estuviera prestando por fin atención a la música, como si estuviera andando, un poco como el que sale a darse una vuelta, para despejarse.

Pienso que la buena escritura, la buena música, invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se lee con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de que el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan no sólo para andar sino para leer, para escuchar.

En uno de los paseos que me di este verano, vi a un viejo leyendo un libro en un banco del parque. Lo hacía sin gafas, por deformación profesional pensé, a ése ya le han operado de cataratas, y bachiller que es uno me fijé en el título del libro: “Ética”. No me costó mucho identificarlo porque es un libro de esos que adornan mi biblioteca y de los que nunca he conseguido deshacerme. Una persona leyendo a Spinoza, en el parque, con mascarilla y todo, ¡qué nivel!

Un motivo plausible para que los mayores sigamos leyendo, es la creencia de que no somos verdaderamente viejos hasta que no empezamos a sentir que ya no tenemos nada que aprender. De hecho, la disminución del volumen prefrontal que aparece junto a las dificultades de aprender y ejecutar nuevas tareas a los viejos, sobre todo con retardos de larga duración y con distracciones invalidantes durante ellos, se debe más a la pérdida de sinapsis y reducción de espinas dendríticas, que a tener menos número neuronas porque se hayan muerto.

La filosofía o la poesía no se estudian, se leen. Lo del estudio tiene un tono muy solemne. Estoy estudiando a Dante suena a mucho más, que estoy leyendo a Dante; en realidad es mucho menos. Nuestra actividad de lectura está dirigida por los objetivos que mediante ella pretendemos; no es lo mismo leer para ver si interesa seguir leyendo, que leer cuando buscamos una información muy determinada, o cuando necesitamos formarnos una idea global del contenido, para transmitirlo a otra persona. No nos perturbará del mismo modo percibir lagunas en nuestra información, en un caso que en otro.

Nos seduce, nos espanta, el Señor o ella, mi vida, del mismo modo. La amo.

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GOTAS DE AGUA

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Ya sé que mi familia no es la leche, que no soy yo el centro del mundo, ya sé que no es lo consciente lo determinante en mi mente, que no es mi cultura la mejor para todos, que no es mi especie la primera que se creó ni la que sobrevivirá a las demás, que no podemos seguir manteniendo que la inteligencia es anterior a la vida; ya está claro que nuestra sociedad es incapaz de gestionar la vida en este planeta, ya no apunta hacia nosotros el fin de la evolución, no está la tierra en el centro del Universo.

No tenemos razones para creer que éste es el único Universo posible, aunque solo sea porque la mayor parte de la materia de este Universo parece ser materia oscura, no-bariónica, materia de un tipo distinto a aquél del que nosotros estamos hechos.

Hay que desandar este camino y volver hasta los míos, hasta el logos y el yo, hacia mí, hacia el que todos los objetos del Universo perpetuamente confluyen, para el que todos los enunciados han sido creados, para así dar fe de su sentido. Para cambiar esta sociedad, para llegar a ser la especie que nos sucederá.

Si hoy tenemos el genoma, un disco duro que almacena más de veinticinco mil genes y que sirve como plano guía, como modelo para formar nuestro cuerpo, ¿tendremos en el futuro, otro disco, al que podemos llamar conectoma? ¿Lograríamos así sacar la mente del cuerpo? ¿Habrá en el futuro bibliotecas de “almas”, con nuestra memoria y nuestra personalidad almacenadas en un disco?¿Podrá tener conciencia mi conectoma tras mi muerte? ¿Podría yo perpetuarme en él?

El individuo humano puede ser comparado a una gota de agua, que al final de su existencia temporal se une al mar de la Divinidad. El temor a la pérdida de la individualidad, puede conducir a la pretensión de perpetuarla como única forma de realizarla. Pero, ¿qué somos?, ¿la gota de agua o el agua de la gota?

Ahora que se muere más gente que nunca en anteriores tiempos de paz, no nos dejan ir a los cementerios. El 1 de noviembre celebrábamos el día de todos los santos y el 2 el de todos los fieles difuntos. También para celebrar hay clases. Ya puestos el 3 podríamos celebrar el del resto de los difuntos, que no son ni santos ni fieles. Pero bien pensado a esos mejor dejarles en paz. Perpetuamente también.

La idea escéptica de que el mito es falso es tan tonta, como la idea religiosa de que es verdadero. El escepticismo es el heredero de la religión, y como todo heredero, está demasiado interesado en la perpetuación del material que hereda, como para no ser secretamente respetuoso con él.

Me he parado a pensar en la fidelidad de los difuntos. Mis únicos difuntos fieles, a los que guardo fidelidad, con los que siempre estoy hablando están para mí en los libros, en las viejas poesías. Sigo, ahora más viejo y confinado que nunca, con ellos: “Retirado en la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Sigo en el desierto, con Burton, allí: “El frío del pesar entumece mi pensamiento/ creo oír el toque de difuntos/ al apagarse por aquella fina línea azul/ el tintineo de la campana del camello”. Y en fin, y por seguir agavillando: “Ayer se fue: mañana no ha llegado/ y hoy se está yendo sin parar un punto:/ soy un fue, un será y un es causado./ En el hoy y mañana y ayer junto/ pañales y mortaja, y he quedado/ presente en sucesiones de difunto”.

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MONSTRUOS

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Leo en una revista de ecología política lo malos que son los de la extrema derecha en ecología, ecofascistas les llaman. Veo un documental sobre lo cándidos que son los activistas en estas cosas. Buenistas les vienen a llamar. La derecha acusa a la izquierda en ecología de falta de cálculo, la izquierda a la derecha de mala voluntad.

La gente que no cuenta no cuenta. Unos por demasiado gusto por los cuentos y otros por demasiado gusto por las cuentas, la verdad es que los de ciencias y los de letras tienen que estar a la greña incluso en biología. Hasta con la gestión, con las palabras y los números de la pandemia, siguen jugando “sucio”.

Para producir un vatio eléctrico se necesitan tres térmicos. Para producir una caloría de alimento son necesarias diez en combustibles fósiles. Cada día como, cada día cargo mis dispositivos. Estoy empezando a mirar los enchufes de mi casa con ojos golositos. Nuestros descendientes algo cyborgs ya cargan cada noche baterías de patinetes, bicis y coches. Supongo que pronto se cargarán ellos durante la noche. Que habrá, un día que se podrá hacer algo parecido a la comida directamente de la electricidad.

Con la energía “limpia”, “renovable”, que viene del sol, me pasa como con el pecado de Adán y Eva. ¿Quién tentó a Adán?: Eva. ¿Quién tentó a Eva?: la serpiente. ¿Quién tentó a la serpiente?: No blafemes, por favor. ¿De donde sale la electricidad que mueve los coches eléctricos?: Del sol, de la lluvia, del viento, gracias a las placas solares, las centrales hidroeléctricas y los molinos. ¿Y la energía necesaria para construirlos?: Calla, no seas aguafiestas.

Seguro que encima me vendrás con el cuento que a veces no hace viento, no llueve y encima es de noche.

La verdad es que desde el punto de vista biológico somos un desastre. Un animal del tamaño del hombre necesita de dos a tres mil kilocalorías al día. Pero usamos alrededor de cuarenta mil, el equivalente a un animal de cinco a siete toneladas. Y encima si viene el covid y tenemos que parar un poco nos deprimimos.

De los conceptos marxistas, el más aplicable a la economía ecológica es el del fetichismo de la mercancía o, en nuestro vocabulario, la ficción de la capacidad de medirlo todo: o sea, el hecho de que no podemos comparar kilogramos de carbón con horas de trabajo humano en las mismas unidades, aunque a primera vista, una medida en dinero o una medida energética los haga conmensurables.

El uso de los combustibles fósiles supuso un salto exponencial en la disposición de energía. Se estima que un barril de petróleo (159 litros) contiene una energía equivalente a 25.000 horas de trabajo humano. La energía que ellos proporcionaron en 1995 equivalía a la de 280.000 millones de trabajadores, lo cual suponía 55 esclavos por persona. No es de extrañar que las guerras del siglo XX hayan sido motivadas en gran medida por el control del petróleo, y que las perdieran aquellos países que no pudieron asegurarse un flujo suficiente del mismo, como fue el caso de Alemania en las dos guerras mundiales y de Japón en la segunda.

En los últimos cincuenta años nuestra demanda de energía ha sido mayor que toda la energía consumida durante la historia humana precedente. Con toda seguridad la historia de la vida en nuestro planeta nunca había hospedado a parejas criaturas. Hay motivos para preguntarse si, por ser plenamente conscientes de ello, no nos hemos convertido en una generación de monstruos.

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TIRICIA

El hecho de cruzarnos con gente casi sin rostro, enmascarados de mirada gacha, esquiva o ensimismada, nos está acostumbrando a algo así como lo que se debe sentir al cruzarse, y tener que interactuar, con uno de esos inquietantes robots cinematográficos cuasi humanos… Es como el miedo, diríase que una especie de leve repulsa o de extraña tiricia, que actúan como freno irremediable ante la posibilidad siquiera del mero contacto físico con un prójimo ajeno…

Repasaba el expositor de los quesos en el supermercado, cuando al girar la vista a mi izquierda tropecé con la hermosísima mirada de los ojos de Manuela; pese a las mascarillas, noté que ella también había reconocido los míos de inmediato. En su mirada gris verdosa leí alegría sincera, sorpresa, alborozo y hasta cierto rubor… ¡Cuánto tiempo y qué bien te veo…! me dijo, sabiéndola yo algo socarrona tras su mascarilla… Y cogiéndole la broma y sonriéndole yo tras la mía, me separé solo un poco de ella para, con intención de piropearla, dedicarle una miradita lenta y de alto en bajo… ¡Pues anda que tú…! le respondí enmascarado…

Sólo la mirada para comunicar la intención. Esas miradas solitarias; besos sin dar, abrazos castrados, amagos de gestos cariñosos que se quedan solo en éso: en gestos o en amagos… Se te va sin querer, un guiño cálido, una mueca apenas de la intención al menos, de querer abrazar, de dar la mano o de chocar las palmas. Pero lo reprimes, porque no sabes si la otra persona quiere o no ser tocada…

Estamos perdiendo la cualidad de lo espontáneo, al aceptar sin rechistar, esta forma forzosa de autismo gestual y emocional al que estamos siendo sometidos, con el uso obligatorio de las putas mascarillas y el mantenimiento del jodido distanciamiento social.

El uso masivo de mascarillas está causando unos estragos en la sociedad tan trágicos, que pareciera, que las propias mascarillas son más peligrosas que el sentimiento mismo de tragedia, que nos provoca el número de muertos que está causando el mismísimo coronavirus…

Mierda de bicho…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL SENTIDO DEL HUMOR

Historias de Paco Sanz

La pandemia arrecia. La tristeza por lo que nos espera también. La tontería se combate con sentido del humor, para la desgracia no sirve. Qué pena. Para alegrarnos la vida en lugar de centrarnos en lo desgraciados que somos por lo de la peste, o para poder perdonarnos lo tontos que hemos sido gestionándola, podríamos intentar reirnos. Lo malo de la tontería es que a veces se ejerce, lo malo del sentido del humor es que muchas veces nos olvidamos de ejercerlo.

Hay que combatir las vanidades personales, las infatuaciones, los tópicos, porque sobre eso se sostiene este lío de nosotros, y de eso se aprovecha todo lo que es tiranía y oscurantismo. El humorismo es lo que merecen los nuevos fanatismos, la nueva desesperación, el nuevo ciclo catequista, la nueva sumisión al martirio. El humorista es un hombre alegre al que ponen tristes los demás. Ramón Gómez de la Serna, el mejor humorista del que recuerdo haber leído, así lo dejó escrito.

Nos dicen que la peste se contagia por aerosoles, que son como una especie de humo de cigarrillo, de humor aéreo. Como la mala leche. Cuando un humor era el causante de alguna enfermedad, se hablaba antes de humor pecante. Sin embargo, cuando la persona tenía equilibrados esos humores, se decía que estaba de buen humor. En nuestros días empieza a ser cada vez más común el humor pecante. Se peca, precisamente, por falta de ventilación, por malos humores. Sólo con el buen humor vamos a poder ver la otra cara de la moneda. Esa moneda que nos empeñamos en que solo tiene cruz.

La pandemia está acabando con nuestro sentido del humor. Poseer un refinado sentido del humor implica una gran capacidad para simular el futuro. Con muchos futuros posibles en la cabeza uno se echa a reír ante cualquier final, a cualquier desenlace le vemos cierta gracia. El futuro al que nos vemos abocados es una atrocidad.

El buen humor relaja el control del pensamiento lento sobre la acción: estando de buen humor nos volvemos más intuitivos y más creativos, pero también menos cautelosos y más propensos a los errores lógicos. El buen humor es una señal de que las cosas van bien en general, de que el entorno es seguro, de que todo está en orden y podemos bajar la guardia. La mala leche nos dice que las cosas no marchan del todo bien, que algo puede amenazarnos y que debemos estar vigilantes.

El dolor y la desesperación deben abrirse al alborozo de la ligereza y la alegría, en el buen humor: ”Toda tarea intelectual es esencialmente humorística”. Así hablaba Zarathustra. Salta la paradoja, la chispa jocosa de la aparente incompatibilidad entre dos ideas, que sin embargo deben ir juntas.

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INTELIGENCIA. CONSCIENCIA. DIOS.

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De la inteligencia a la consciencia hay una gran brecha. De momento, no parece que la inteligencia no viva, haya podido saltársela. La idea de que existe inteligencia fuera de la vida, inteligencia artificial, la hemos “realizado” ya mediante algoritmos y dispositivos. Cuando esos mismos matemáticos armados con esas mismas herramientas, van al origen mismo de la vida, se dan cuenta de que algo no cuadra.

Pudiera ser, que fuera de una intervención sobrenatural y fuera del ciego azar, existiera una tercera vía para explicar el origen de la vida y la evolución. Vendría a ser como el resultado de una ley natural, de una necesidad inherente a la naturaleza misma. No sé si creerme éso, de que la Inteligencia es anterior a la Vida. Pero veo posible, pensar que algún tipo de inteligencia sea posterior a ella.

«Raffiniert ist der Herrgott, aber boshaft ist Er nicht». Refinado es el Señor, pero nunca malicioso. Decía Einstein. También dijo que Dios no juega a los dados con el Universo. Planck, le replicó en tono jocoso que eso de decir, lo que Dios podía o no podía hacer, era mucho decir… Pero el que existe una especie de ley natural, que tiene que orientar nuestra comprensión, más acá, de la mera probabilidad de fenómenos tan improbables como el que surja la vida, parece que está incluso en la mente de los más escépticos. “Todo es posible” significa que Dios existe. Bueno, pero con condiciones. El mero azar como explicación, no nos basta ni a los ateos.

Ahora, que me encamino hacia mi casa de la eternidad, me da por pensar más en la que me precedió. Los mismos primeros segundos después del Big Bang, ya son un misterio tan grande que no lo entiende ni Dios… Siempre me ha hecho gracia la deriva religiosa de los de la tercera edad: ahora me toca a mí. Con lo joven que me siento… Y como me muevo más a gusto en la biología que en la física, intento entender qué era esa Inteligencia anterior a la Vida. Porque lo de lo anterior al Big Bang, como recordó el anterior papa: “Que no digan nada los que no van a la iglesia…”

En cuanto a la inteligencia que vamos a dejar atrás, cuando no haya vida, me ha hecho volver a pensar en ello, lo de empezar a guardar información en la doble hélice del ADN. Por no decir nada de los intentos de Greg Bear de conseguir alguna manera de introducir información, en un caldo prebiótico, para conseguir que de ahí surja vida y poder enviar esa información, mediante haces de luz láser, orientados hacia entornos de agua y carbono que estén relativamente a nuestro alcance.

En una de las “Pruebas” de la existencia de Dios, se dice, que al poder concebir el ser más perfecto, no podemos concebir el que no exista. Siempre me ha parecido algo así como la “típica” gracia sacerdotal; pero he vuelto a ella, cuando he pensado que el ser más inteligente tiene que ser también el más consciente… Y he pensado en el momento, que supongo que está al caer, en que la Inteligencia Artificial se convierta en Consciencia Artificial… ¿Qué tendremos entonces que hacer con ella…? ¿O qué va a ser entonces de nosotros…?

¡Ay, la consciencia, esa misteriosa capacidad de distanciarse de las cosas para hacerlas presentes! La consciencia, entendida como más allá de la inteligencia, parece ser más que la vida misma… La idea ingenua, de que la consciencia es segregada por la conducta de las neuronas, pero que una vez segregada, adquiere una vida propia… Como Dios.

Historias de Paco Sanz

BANDAZOS…

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Hubo una vez, que tuvimos que enterarnos de que éramos una especie de primos del mono. Del Manual de Civismo para Jovencitas recuerdo un consejo: Si te dicen que el hombre se distingue del mono porque no tiene cola, no remuevas diciendo que sí tiene una.

El hecho de que un hombre se entienda a sí mismo, bien como imagen de Dios o bien como la de un mono que ha tenido éxito, establecerá una clara diferencia en su comportamiento con relación a los hechos reales. También en ambos casos oirá muy distintos tipos de mandatos dentro de sí mismo.

Para que los niños no se comporten como animales, vamos a no decirles que lo son, que descienden de ellos. Es el argumentum ad consecuentiam, falacia muy querida por los antievolucionistas, que hacen como si una cosa fuera verdadera o falsa, según nos gusten o no sus consecuencias. Como exclamó una dama de la alta sociedad, al escuchar las noticias sobre sus menos que nobles orígenes: “Esperemos que no sean ciertos. Pero si lo son, esperemos que no se haga público”.

Veo que la gente descendemos de una larga secuencia de ancestros humanos y animales, en una serie interminable de acontecimientos fortuitos, encuentros accidentales, rapiñas brutales, escapatorias afortunadas, esfuerzos sostenidos, supervivencias a la guerra y la enfermedad. Se necesitó una concatenación intrincada e improbable de acontecimientos para llegar a cada uno de nosotros, una inmensa historia que otorga a cada persona la sacralidad de un sequoya milenario, o a cada niño la exquisitez de un secreto.

Nuestro sistema de vida se ha estropeado, es hora de dejar hacer a la evolución su trabajo. Una vez que la selección natural ha solventado un problema, suele quedarse en esa solución siguiendo la máxima: “Si no está estropeado no lo arregles”. Dicho de otro modo, en ausencia de una presión selectiva para cambiar, los sistemas no se renuevan y ostentan muchas huellas de su pasado evolutivo. Puede, que un proceso se lleve a cabo de una cierta manera simplemente porque primero evolucionó de esa manera, no porque ésa sea en absoluto la mejor y más eficaz.

Tengo miedo de que se nos hinche un lado de la cabeza, debido a que el éxito evolutivo de los hombres rápidos, acabe conduciendo a una hipofunción del pensamiento lento; con la consiguiente hipertrofia de estructuras nerviosas, probablemente del hemisferio derecho, idóneas para reforzar el pensamiento rápido.

Y en la medida que vaya tratándose, más de sintonizar que de hacer encajar; que las cuestiones clave, sean cuestiones más de buen gusto que de buenas razones, tengo miedo también de que acabemos, yendo así, siendo cada vez menos humanos, más mala gente.

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ENAMORADO

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Siempre me sorprende volver a ver la cara de mi amada. Y no he olvidado nunca la pregunta de un amigo, de esos que dan clases de psiquiatría, de por qué no van al psiquiatra las parejas que siguen enamoradas después de tantos años. Mi padre cuando envejeció estaba celoso de los cuidados que nos daba nuestra madre. Mis hijos hace muchos años que no viven con nosotros. Ahora que tengo mi Santa para mí solo lo entiendo.

Que después de tantos años sigamos enamorados tengo que atribuirlo no sólo al conformismo, o a lo solo que me doy cuenta que por lo visto estaba antes de empezar a vivir con ella, sino también a la tiranía de las costumbres. Una especie de sentido común de aquellos de antes de la revolución: “Ya que no podemos librarnos de estos aristócratas, al menos querámoles un poco”. La vida resultará así más agradable.

Decían que antes pierde el hombre el diente que la simiente. Supongo que entre otras cosas para explicar que los hijos sean de ciertos maridos decrépitos. Me he parecido siempre a mi padre; cuando le preguntaba si era hijo suyo solía contestar: “Al menos te mantengo”. De que la menopausia llegue a las parejas antes que la andropausia, surgen tantas separaciones como de que los hijos se vayan de casa. Cuando todavía era sociable había visto a menudo, como habían maridos que no odiaban a sus mujeres sólo porque las engañasen. Para San Jerónimo, en el siglo IV, no hay nada tan infame como amar a la esposa como a la amante.

Mis amigas viudas y separadas parecen encantadas de la vida. Y demasiadas veces he visto a amigos mucho más felices sin pareja, como para no preguntarme si en lugar de tanto amar, estudiar y aprender, no estaría mejor sin ella.

Supongo que estaba casado ya antes de estarlo. Para los solteros natos no existe el matrimonio. Del mismo modo que algunos maridos imaginarios, que cada noche esperan que vuelva su mujer a pesar de estar viviendo en una isla deshabitada y no haber estado casados jamás, ellos esperan que por fin llegue; encontrar a alguien digno de ser seducido, es su única esperanza. Y si viene, si llama a su puerta, ellos no la oirán siquiera, escucharán tan sólo sus pasos que se alejan y se dirán tan sólo: no ha venido, no es ella. Decía Ramón que el mal del solterón es que se va volviendo viudo.

Los solteros por definición no quieren a los niños, no quieren la revolución. Hay demasiados solteros, ese es el mal de nuestro siglo y de nuestro mundo, está lleno de eslabones sueltos, de especies agotadas en su propia trivialidad, de hombres sin hijos que han perdido el respeto por las cosas necesitadas de un futuro, en el que llegar a ser mejor de lo que somos. Lo contrario de la soltería no es el matrimonio, sino el amor. Y lo contrario de estar soltero no es estar casado sino estar enamorado.

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PRANAYANA

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Parece que el virus ese se contagia por la respiración. Pensar en ella ayuda a concentrarse. Pranayana, se le ha llamado al control de la respiración a fin de descubrir lo que es voluntario y lo que es involuntario al mismo tiempo. Lo que haces y lo que te sucede, en un mismo proceso.
Parece que la mayoría de los que mueren por esta pandemia lo hacen por no poder respirar; al nacer, la primera cosa que hacemos “fuera” es intentarlo. Hasta las plantas lo hacen. Los vegetales de noche respiran con sus mitocondrias, y de día fotosintetizan con sus cloroplastos.

Nos tapamos los ojos y dejamos de ver, nos tapamos las orejas y dejamos de oír, pero si nos tapamos la boca y la nariz y tratamos de dejar de respirar, nos morimos. Etimológicamente hablando, el aliento no es neutral y transparente: es aire de cocina; vivimos en constante hervor a fuego lento. Hay un horno en nuestras células, cuando respiramos pasamos el mundo a través de nuestros cuerpos, lo cocinamos ligeramente y volvemos a soltarlo, levemente alterado por habernos conocido.

Aparte del ritmo, hay también cambios únicos en la proporción de tiempo, dedicada a la inhalación y a la expiración en un movimiento respiratorio dado. Como mejor se mide esto es en el porcentaje que recibe la inhalación en el ciclo respiratorio. Este porcentaje es de cerca del 16% al hablar, 23 al reír, 30 en trabajo mental activo, 43 en descanso, 60 o más en estado de emoción, 70 en individuos que se imaginan en una situación maravillosa o sorprendente y 75% ante un terror súbito. De cómo altera ese ritmo el respirar a través de la mascarilla, ni idea.

Lo primero que me dice el filósofo cuando viene a hablar conmigo es: “Tómate tu tiempo”. Quizá el espíritu deba su origen a un excedente de tiempo, a una respiración pausada. Quien se queda sin aliento se queda sin ánimo, sin espíritu. Ser hombre, es no poder permanecer y a la vez no poder moverse del lugar. Y sólo donde se da la peligrosidad del estremecimiento, se da también la felicidad de la admiración, aquel arrebato despierto que constituye el aliento de todo filosofar.

Los charlatanes estudiamos la respiración de nuestros contertulios para meter baza, también estudiamos las comas, los puntos y coma, los puntos y seguido y los puntos y aparte, para no parecer tan maleducados al empezar a hablar, como esos viejos tipos que debatían el otro día…

Nadie pone más en evidencia su torpeza y mala crianza, que el que empieza a hablar antes de que su interlocutor haya terminado. Hay tanta gente así, que uno no sabe qué hacer para dejar de oír tonterías propias de gente de mala crianza, que interrumpir de una vez dando pruebas de la suya, y solidarizarse así con el que no parece dispuesto a callarse así como así.

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DEBERES Y DERECHOS

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Algo falla cuando veo a los niños pasando tanto tiempo haciendo los deberes en casa. Me pasa con los deberes en casa como con los exámenes, no se me ocurren alternativas. De examinarme a mí mismo estoy harto y eso de examinar a los demás me parece un asunto de mal gusto. En cuanto a los deberes, quiero decir de los deberes hacia mí mismo, que paso tanto de ellos como hubiera querido pasar de los deberes del colegio.

Cuando a Jaime Gil de Biedma le invitaban a seguir escribiendo, a escribir más poesía… con una inolvidable mirada al personal, en la que la fatiga, el odio al tópico y una nerviosa insolencia, trataba sin embargo de mantener el decoro, comentó más allá del bien y del mal: “Es que, sabes, para mí es ya como si hiciera los deberes del colegio”. Poco después se suicidaría.

La noción de obligación es anterior a la de derecho, que le es subordinada y relativa… Un hombre considerado en sí mismo sólo tiene deberes, entre los cuales se encuentran algunos deberes hacia sí mismo. Los demás hombres, consideraros desde su punto de vista, tienen sólo derechos.

En 1795, durante la Revolución Francesa no sólo se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre, sino que simultáneamente se hizo también la Declaración de los Deberes de los Ciudadanos, algo que es por lo visto demasiado de derechas como para celebrarlo. La segunda no se recuerda nunca cuando se habla de revolución, el victimismo sigue vendiendo mejor, los moralistas nunca descansan. Hay que hacer lo posible para no ser uno de ellos. Uno protesta en nombre de los demás porque pisotean sus derechos, no porque no le dejen ejercer sus poderes. En cuanto a los deberes, ¿que es eso? ¡Ah, sí! Lo que hacen los niños en casa. ¿Tienen los niños derecho a que no les manden deberes que hacer en casa? Quién sabe.

La forma de exclusión más importante, al menos en el sentido de su extensión y de las dificultades que comporta, es la que viene asegurada por la distinción entre hombre y ciudadano… Esto significa que si no hay derechos más que donde aparecen deberes correlativos por parte de otros, y si no hay un “deber de solidaridad universal” y tampoco existe un sujeto al que pueda atribuirse la competencia -ergo la carga- de satisfacer ese deber, difícilmente cabe seguir hablando de derechos universales, pues al no existir deberes correlativos a escala universal, no hay a quién dirigiese de forma segura para exigir respeto en ese ámbito.

Los deberes, según Kant, se compendian en dos: buscar la propia perfección y promover la felicidad de los demás. Gandhi por su parte decía que si dejando los deberes sin cumplir corremos detrás de los derechos, éstos se escaparán de nosotros como fuegos fatuos. Lo fundamental no son los derechos humanos ni las necesidades humanas, sino qué tipo de personas queremos ser; éste ha sido siempre el problema fundamental, hasta que la riqueza nos transformó en idiotas.

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SILENCIO. CONVERSACIÓN.

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Me cuentan del silencio que hay ahora en las aulas al volver a clase en plena segunda oleada. Es más antinatural que el bullicio. El latín distingue dos formas de silencio: tacere es un verbo activo, cuyo sujeto es una persona, que significa interrupción o ausencia de palabra; silere es un verbo intransitivo que no sólo se aplica al hombre sino también a la naturaleza, a los objetos y a los animales, y que expresa la tranquilidad, una presencia apacible que ningún ruido interrumpe.

Una es la pausa que permite el “por turno” de una conversación, el silere. Da sentido, despeja el sentido. Es la respiración del discurso. Interrúmpese para escucharse. Pero hay otra clase de interrupción, más enigmática y más grave, el tacere, que mide la irreductible distancia entre los interlocutores. Una permite el intercambio, la otra es la del cansancio, la del dolor, de la desgracia, del advenimiento de lo neutro entre nosotros. Maldita pandemia.

Recuerdo haber tenido que copiar cien veces lo de “No hablaré en clase”. En mi página cuadriculada, dejando una línea sin escribir cada diez para llevar mejor la cuenta. Los charlatanes administramos el silencio y las interrupciones con mucho cuidado. La interrupción es necesaria en cualquier sucesión de hablas; hace posible el devenir, asegura la continuidad de la escucha. El discurso se convierte en diálogo, en dis-curso. En direcciones diferentes.

Cuando el poder de hablar se interrumpe, no se sabe, nunca se puede saber a las claras qué está actuando: si la interrupción que permite el intercambio, o la que suspende el habla para restaurarla en otro ámbito, o la interrupción negativa que, lejos de ser habla que toma aliento y respira, pretende -si es posible- asfixiarla y destruirla para siempre.

He visto una pancarta que reza: “El silencio es violencia”. Me he quedado de piedra. He pensado en mis nietos que han vuelto a clase estos días, que no se pueden quitar la mascarilla, que se tienen que lavar las manos cinco veces al día, que tienen que untarse de geles cuando entran en la tienda con su madre… y en el silencio que dicen las maestras que hay en el aula. Pobres niños. Ninguna civilización es posible fuera de la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, espermatozoides verbosos, estamos químicamente unidos a la palabra.

Sin poder hablar la libertad desparece. Sería ingenuo creer que este silencio, que esta anulación del libre albedrío tiene remedio. No somos nosotros quienes controlamos la técnica, es la técnica la que nos controla a nosotros. Y a un maestro desfalleciente o estúpido, nada le hace más feliz que un colegio silencioso y pacífico con todos los niños pegados a la pantalla. Cicerón ya dijo hace 20 siglos que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.

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ABUSO. PODER.

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Que los que se han hecho con el poder abusen, se podía esperar. Todo poder es abuso de poder, es de derechas. Cada vez se saben más cosas de cada uno de nosotros. Del abuso de memoria se pasa muy fácilmente al abuso de poder. El poder sin abuso pierde su encanto. El poder se convierte en abuso en cuanto se olvida de toda responsabilidad, particularmente la de informar, la de formar, y la de delegar.

Yo también he abusado. He abusado de mi hastío. ¿Pero que otro vocablo escoger para designar un estado, en el que la exasperación está sin cesar corregida por la lasitud y la lasitud por la exasperación? Todo es locura, vanidad, naderías, pero sólo una cosa es pecado: el abuso de la palabra. Lo dice un libro sagrado. También dice que no hay que tomar el nombre de Dios en vano. Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo Inconcebible.

Las máquinas son cada vez más inteligentes, pero no abusan de nosotros. Los hombres las usamos para abusar unos de otros. No todo el mundo ve con buenos ojos que los sistemas cognitivos se hagan más inteligentes o que incluso nos superen. Temen que vendedores o políticos, servicios secretos u organizaciones criminales, puedan cometer abusos si los ordenadores descubren fácilmente nuestras preferencias a través de nuestro lenguaje.

Algo de eso hay. Existe un uso ideológico de internet en orden de aparentar cercanía, limitar la participación, protegerse mediante la simulación de transparencia, o simular comunicación. La construcción política de un espacio deliberativo, capaz de generar relaciones de responsabilidad, empatía y respeto entre representantes y representados, puede hacerse más difícil precisamente por el abuso de inputs y outputs en pantallas táctiles.

En la naturaleza humana existen, al menos en la medida en que el hombre convive con otros hombres, tres causas principales de conflicto: La competencia, la desconfianza, y el afán de fama. La primera conduce al abuso de las ganancias, la segunda al abuso de la seguridad y la tercera al abuso del prestigio.

En algún rincón de mi biblioteca, detrás de alguna fila de libros deben estar durmiendo, enrollados en un tubo de plástico, los documentos que certifican mis dos licenciaturas. Nunca he tenido los huevos de enmarcarlos y colgarlos en la pared, pero en cierto modo he disfrutado de la posibilidad de abuso que me conferían. La palabra para expresar abuso era en el mundo romano licencia. La licencia implica permiso, y si me apuras abuso. Por ejemplo la licencia de armas.

En la comunidad de regantes a la que pertenecía mi abuelo materno era preceptivo que el presidente de la comunidad, ante la autoridad competente, tomara una vez al año agua del canal con un vaso y se la bebiera. Decía entonces: ¡Uso!. Luego tomaba otro vaso. Se llenaba la boca y la escupía. Decía entonces: ¡Abuso!, levantando claramente la voz.

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Fracasan, fracasan de nuevo…

“…todo aquel que tenga que explicar su fracaso ha fracasado…”

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Adaptarse, hacerlo cuanto antes: a lo de no poder echar a estos tíos que lo están haciendo fatal. Fracasan, fracasan de nuevo, fracasan peor. Se explican, se explican de nuevo, se explican peor. Galbraith dijo una vez que debería haber, en todas las cuestiones económicas y políticas, una regla según la cual todo aquel que tenga que explicar su fracaso ha fracasado… Debemos ser amables con aquellos que hayan tenido una pobre actuación. Pero no debemos llevar nuestra benevolencia hasta el extremo de mantenerles en sus cargos.

Siempre he encontrado curiosas las críticas de la gente con mentalidad práctica, con respecto a las comunidades utópicas y los experimentos comunistas, basándose en que a menudo fracasan y desaparecen muy rápidamente. No estoy seguro de que lo peor que pueda decirse de una institución humana, sea que posee la flexibilidad orgánica que le permitirá descomponerse tras haber fracasado, dejando ahí terreno libre para un nuevo crecimiento.

Existe una posibilidad más funesta: puede negarse a morir cuando ha sobrevivido a su fase de inutilidad, puede seguir funcionando y realizando su tarea obsoleta, imponiéndose a la gente para la que ya carece de valor, agotando su lealtad y energía. Creo que ésta es la situación con que nos encontramos en las organizaciones demasiado desarrolladas de la sociedad industrial informacional. Ponen en peligro a la persona y al planeta, pero no por ello se extinguirán y dejarán el paso libre… No son biodegradables.

Son filósofos. Estamos por fin gobernados por filósofos como quería Platón. La filosofía es cosa de perdedores, ayuda a serlo. Tomarse las cosas con filosofía es adaptación pura y dura. Pépin distingue entre los fracasos que nos vuelven más combativos, los que nos hacen más sabios, y los que nos devuelven la disponibilidad para hacer otra cosa nueva. Nuestra clase política, combativa sí es.

He visto a demasiadas buenas personas, a gente especialmente brillante apartarse de la política, hasta yo me he apartado sin serlo. “Desde que tengo uso de razón asisto al indefectible fracaso de nuestros mejores hombres, rendidos por tener que emplear sus facultades arcangélicas contra boxeadores cotidianos”. Ortega lo dijo así. Otros lo sentimos así, pero lo decimos de cualquier manera.

Personalmente “en la guerra que sostengo, siendo mi ser contra mí, pues como yo mismo me combato, defiéndame Dios de mí…” Con otras palabras: en mi guerra contra el mundo defiendo al mundo. Los que estamos acostumbrados a carreras contra nosotros mismos estamos acostumbrados a fracasar.

Asistimos al fracaso del antigénico. La vía exitosa de defensa contra algún antígeno, nos lleva a pretender la misma para otro diferente, aunque los anticuerpos que se generan ya no sirvan contra el nuevo enemigo.

Es como ese viejo dicho militar de que los generales, especialmente los vencedores: “combaten como en la última guerra que libraron…” Parece como si el sistema inmunitario confiara más en reforzar las viejas defensas que en organizar otras nuevas, sobre todo si la antigua estrategia pareció funcionar razonablemente bien, con gran rapidez, y contra un enemigo tan parecido…

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LA CAJA DE HERRAMIENTAS

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No quiero saber cómo funciona mi móvil. Es una caja negra, es magia. Entiendo por cajanegrismo al punto de vista según el cual, la conversión de cajas negras en cajas translúcidas mediante el relleno de las primeras con “mecanismos definidos”, no es necesario ni deseable. ¿No entiendo lo que no puedo crear? Hemos dejado atrás eso de Feynman. ¡La comprensión, está tan pasada de moda, es tan de otra época! ¿Quién quiere comprensión, cuando todos podemos ser los beneficiarios de artefactos que nos ahorran todo ese arduo trabajo? Se puede saber más, de lo que se puede demostrar.

El éxito limitado en el intento de establecer relaciones directas entre fenómenos observables, es el que nos lleva advertir que la diversidad del universo actual, debe ser superior a la diversidad que nos revelan nuestros sentidos. Desde un punto de vista lógico, el cajanegrismo es semejante al holismo y al Gestalismo, en cuanto estas escuelas igualmente desean detener el análisis, esto es, limitar la razón. Aceptar la magia.

Tener que aceptar la magia de cosas que no entiendes en nombre de la mejora de la capacidad predictiva, es algo contra lo que los investigadores siempre han luchado. Einstein diría que Dios no juega a los dados con el Universo, y los que dicen que entienden la mecánica cuántica, es que no la han entendido. Feynman lo dijo. Hay personas que nos pasamos la vida intentando comprender.

Von Neuman, recordaba Feynman, me dio una idea interesante: que no tienes que responsabilizarte del mundo en el que estás. De modo que, como consecuencia de su consejo, he desarrollado un sentimiento muy fuerte de irresponsabilidad social. Eso ha hecho que yo sea un hombre feliz desde entonces.

Al conjunto de métodos de aprendizaje automático, que permiten a un humano saber cómo y porqué se ha vuelto un valor concreto, se les denomina métodos de caja blanca, y en gran medida coinciden con los métodos simbólicos. Por otra parte, al conjunto de métodos que no permiten interpretar fácilmente los motivos que han llevado a la máquina a arrojar un resultado determinado, se les denomina métodos de caja negra. Usualmente los métodos de caja negra muestran una mejor capacidad predictiva, mientras que los métodos de caja blanca ofrecen una mejor capacidad explicativa.

Me paso la vida intentando blanquear cajas. Intentando comprender libros. Para Proust un libro debe ser como unas gafas, si te las pones y ves mejor, ¡adelante!, ¡úsalas! Si no: ¡busca otras! No es algo a comprender sino a utilizar. Foucault decía que debía usarse como una caja de herramientas, Nietzsche pensaba en un hacha… que quiebre el hielo que cubre nuestro mar.

Ahora que llega la pobreza, más que blanquear cajas o conformarse con su negrura habría que mejorar nuestras herramientas. La proletarización entre los obreros, no está consumada más que con la destrucción de toda capacidad autónoma de producir su subsistencia. En tanto que el obrero posea una caja de herramientas que le permita atender sus propias necesidades; en tanto que disponga de un pequeño jardín en que cultivar legumbres o cuidar gallinas, su proletarización le parecerá accidental y remediable, ya que convencido por la experiencia de una autonomía posible: debe ser posible salir de ella, establecerse por su cuenta un día, comprar con sus ahorros una pequeña granja, bricolear para atender a sus necesidades una vez jubilado. En resumen, que si van mal las cosas sólo es por mala suerte… Como tiene su propio subsuelo, puede aceptarla, o no.

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ESTAR PENSANDO…

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Mi hijo ha compartido conmigo la tara de la precocidad. No sólo cuando se tarda en saber, en comprender, puede uno convertirse en un “retrasado”, también haciéndolo antes de hora. Tuvo la suerte de tener una maestra que le puso en su sitio a tiempo. A mí no me pasó lo mismo, de haber sido puesto tanto como ejemplo por los maristas en clase, no me he recuperado nunca.

Su maestra, con la que compartí el gusto por ciertos libros y a la que ayudé cuanto pude en los “conciábulos y conventículos” con los padres de alumnos, me dijo que una vez encontró a mi hijo solo en el patio “encantado”, es decir con cara de no estar haciendo nada. Se acercó y le dijo “ Hola, ¿qué estás haciendo?”. El niño la miró de arriba abajo y contestó: “No me moleste, señorita, no ve que estoy pensando”. La pobre mujer se retiró de lo más cortada. En Oriente se considera una impertinencia interrumpir a alguien cuando está en contacto con su ángel bueno, y ella era un poco budista, como yo.

Hoy día eso de pensar por pensar ha ido a menos. No me extraña, y es que el pensar no conduce a un saber como las ciencias. El pensar no produce ninguna sabiduría aprovechable para la vida. El pensar no descifra enigmas del mundo. El pensar no infunde inmediatamente fuerzas para la acción.

Y es que no estamos para eso, con tanta necesidad por tener algo que hacer, no hay quien piense. Si el pensar actualiza la diferencia dentro de nuestra identidad dada en la conciencia, y ello produce la conciencia como subproducto; entonces el juzgar -el subproducto del efecto liberador del pensar- realiza el pensamiento, lo hace manifiesto en el mundo de las apariencias, donde nunca estoy solo y siempre demasiado ocupado para pensar… La manifestación del viento del pensar no es el conocimiento; es la capacidad para distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo.

Supongo que el niño estaba encantado porque todavía podía pensar sin palabras. Lo que es todo un lujo, todo un nivel. Luego las necesitamos -a las palabras- tanto para pensar que no sólo dejamos de poder hacerlo sin ellas, sino que a veces, da la sensación de que sólo podemos pensar con las palabras que tenemos en la mente. Más tarde cuando nos da por escribir esto se acentúa, no sabes lo que piensas hasta no darte cuenta de lo que estás escribiendo. Y es que la pluma es al pensar lo que el bastón al caminar. El caminar más ligero se realiza sin bastón, el pensar más perfecto sin pluma. Pero cuando uno empieza a hacerse viejo usa de buena gana tanto el bastón como la pluma. Y los imbéciles (palabra que deriva de in-baculus: uno que lleva un bastón por compañía) ya no saben salir a pasear sin bastón o a pensar sin pluma o teclado. La imbecilidad no es mala, lo malo es ejercerla.

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LA MÚSICA ESTÁ CAMBIANDO

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Las cosas están cambiando, y ante los cambios si no has podido anticiparte toca adaptarte. Nos adaptamos perfeccionando las madrigueras, las defensas, la ayuda mutua, o cambiando de lugar, de entorno. Pero mejor anticiparse, claro. Y para anticiparse en las cosas de la vida hay que recordar que está es ondulante, que la cronobiología es determinante. Por ejemplo: Tengo la regla.

Hay ritmos circadianos, alrededor del día; mareales, de 14 días; lunares, de 28; anuales de 365; y hasta septanos, de siete años. Las plantas siguen a veces ritmos de luz a luz, de 24 horas, y también de luz a oscuridad, de 10 horas. En cronobiología se usa el término reloj de arena para designar aquellos procesos rítmicos, que no son autosotenidos, y que requieren un acontecimiento periódico que dispara cada ciclo.

En nuestro cuerpo ondulan muchas cosas como la glucemia o la tensión arterial, es bueno que lo hagan. En el organismo sano, el intervalo entre latidos cardíacos es caótico, fluctúa pero no responde a ningún patrón periódico. Unos días antes de una muerte cardíaca súbita el ritmo cardíaco es sospechosamente regular, y trece horas antes del infarto es prácticamente constante.

Eso de adivinar el fluir natural y luego seguirlo, es muy fácil de decir y muy difícil de hacer, porque a veces el que puedes seguir mejor no es el natural. Cuando les fue provisionalmente concedido el derecho del trabajador a seguir su “ritmo natural” llegaron rápidamente a la conclusión de que “nuestro ritmo natural es el de no trabajar” al menos en las condiciones técnicas y sociales existentes.

También es sabido que es más fácil cambiar el tiempo de vigilia a base de retrasar la hora de irse a dormir, que madrugando. Por eso en las fábricas en las que se rotan turnos, se toleran mucho peor los que lo hacen hacia atrás, de noche-tarde-mañana, que los que lo hacen hacia adelante, mañana-tarde-noche. Y cuando nos cambian la hora protestamos más, llevamos peor la que nos hace madrugar, que la que nos deja estar un rato más en la cama por la mañana que de costumbre.

Los mecanismos de acción de las feromonas y la cronobiología son dos de los sentidos que nos quedan por investigar. Y los misteriosos caminos de la simpatía, o la coincidencia de la gente que ha estado en contacto con nosotros, son los otros dos. Pero para misterios, ondas y ritmos, nada como la música recuerda la vida.

En música el ritmo se refiere a la fragmentación temporal de una melodía, la cual se compone, a su vez, de una serie de sonidos y silencios. Se basa en la repetición regular del compás. No todos los compases son iguales. El típico compás 3/4 del vals vienés consiste en una serie de un pulso acentuado y dos sin acentuar. Este patrón conforma la métrica de una pieza musical. Mientras el ritmo y la métrica configuran la sucesión temporal de los sonidos, la armonía corresponde a su combinación simultánea.

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Y las bibliotecas, ¿volverán?

Historias de Paco Sanz

En la casa que va a ser de mi nieto hay veinte o treinta mil libros. Mi consuegro y yo hemos heredado libros de nuestros mayores, nuestros amigos nos los han dado, otros los hemos comprado. En el casoplón del pueblo, antigua mansión de algún noble, han ido quedándose los libros. He ramoneado en bibliotecas y librerías desde niño. En una ciudad nueva mientras los demás van de tiendas y museos yo me pierdo en ellas. Sigo haciéndolo en la casa que va a ser de mi nieto, me maravillan. Como Borges, siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. Decía Ramón que cuando sacamos unos libros de la estantería, los otros se atraviesan en su hueco como para no volverlos a dejar entrar.

Cuando a mi primo el loco de la montaña le dije que nadie iba a leerlos, que me sabía mal tirarlos pero que estaban empezando a ocupar demasiado sitio, a acumular demasiado polvo, incluso en la gran casa que nadie vive; me dijo que no se me ocurriera tirarlos, que volverá a hacer frío en invierno, que si se queman despacio arden bien, dan calor, que hay otras formas más caras de devolver el carbono a la atmósfera. Me he acordado de Farenheit 451. Ahora no hace falta quemarlos, basta dejarlos en sus estanterías para que mueran solos. Cada vez hay menos gente que lee libros… viejos. La curiosidad sigue otros caminos. Y como dice la primera frase del libro ese: “It was a pleasure to burn”.

Pedir a los niños que dejen la tableta es como pedir a la gente que vive sola que no vea tanta televisión, es inútil. Si encontraran algo mejor que hacer lo harían. Además, las virtudes de la lectura están sobrevaloradas. Cuando los godos devastaron Grecia, uno de ellos salvó las bibliotecas de ser quemadas diciendo que convenía dejarlas a los enemigos, como cosa idónea para apartarlos de los ejercicios militares y entregarlos a ocupaciones sedentarias y ociosas. Mega biblion, mega kakón.

Creo que en los libros veo a las personas que los escribieron, tradujeron, editaron, compraron, regalaron, almacenaron, e incluso a los que los leyeron. A veces recuerdo al que era cuando leí alguno de ellos. Siempre me han gustado los cuentos de los abuelitos, tirarles de la lengua a los que vivieron cuando yo era niño. Siempre he pensado que cuando un anciano muere, aunque sea en una remota aldea de la selva, es como si ardiera una biblioteca entera. Los mayores eran las bibliotecas de las sociedades sin libros. Cuidar a los ancianos podría ser una cuestión de vida o muerte, similar al cuidado que un marino debe tener por sus cartas náuticas.

Incluso cuando los androides replicantes se mueren, desaparecen como lágrimas en la lluvia, pasa algo parecido: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tanhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die”.

En los monasterios, y estoy viviendo la pandemia ahora en lo que fue uno de ellos, al lado de la biblioteca había otro recinto más íntimo aun: el scriptolorium. El nombre procede del pequeño espacio en el que en la Edad Media los cistercienses copiaban los códices. Era un scriptorium de menores dimensiones: un simple rincón donde escribir, de paredes desnudas, y con sólo una mesa, una silla y un atril. Los copistas, muchas veces tenían que memorizar el texto antes de escribirlo.

Las bicicletas han vuelto a las ciudades, y las bibliotecas, ¿volverán?

Historias de Paco Sanz

EL SABIO Y LA MUERTE

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Una vez un sabio me recomendó no cansarme de volver a sentir los efectos de fenómenos, sobre todo cuando eran agradables. Parecía algo de sentido común. Pero lo que no me dijo es que ciertas cosas dejaban de funcionar solas, perdían solas su gracia. Será por eso porque buscamos cosas nuevas, por ver si nos podemos sentir como nos sentíamos con un nuevo amante, con una nueva música, en otro sitio. Sin embargo cuando uno envejece, hay que saber quedarse en un peldaño determinado.

He ido diciendo adiós a unas cosas, a unas relaciones, sin saber muy bien por qué, y otras se han quedado y siguen conmigo y tampoco tengo mucha idea de por qué. Supongo que todos envejecemos como podemos, y aun peor, a veces. Panero, Don Leopoldo María, dedicaba un libro de poesías: “A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede sólo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto desastre”. Otro poeta, Gil de Biedma, habla de aquel momento en el que envejecer, morir, es el único argumento de la obra.

Un viejo de mi pueblo que acaba de volver del entierro de un pariente de 98 años me dice que “a viejo se llega, pero no se pasa”. Ya me gustaría poder alcanzar, como en la Edad de Oro que describe Hesíodo, ese estadío en el que los seres humanos vivían sin envejecer y, llegada su hora, quedaban dulcemente vencidos por el sueño. Sería bueno tomar de los griegos su juicio de la vejez: Detestaban el envejecimiento más que la muerte, y preferían morir cuando sentían que empezaban a devenir razonables, y se volvían tan viejos como para haber perdido toda esperanza y toda paciencia.

Esta mañana en la piscina hablaba con mi tía levantado un poco la voz ambos, pues somos de esos hipoacúsicos resignados, acerca de como han llevado nuestros parientes eso de irse quedando sordos. Me he acordado de aquel cuento de uno, que le echa una mano a la Muerte; que no sé en qué lío se había metido, ni siquiera cómo pudo haberse metido en un lío; pero bueno, un cuento es un cuento… La Muerte agradecida, le dice que quisiera devolverle el favor.

“Ya sé que me tengo que morir, pero si no te importa unos meses antes de que vengas a por mí házmelo saber”. Pasan los años y ella viene a buscarle. El hombre protesta, ¿pero no quedamos que me avisarías? Pero si no he dejado de hacerlo, contesta ella. A qué crees que ha venido el que hayas necesitado, un año gafas para ver, otro audífonos para oír, y ayuda hasta para las cosas más elementales. Pues menos mal que no se lo ha dejado más claro, pensé cuando me contaron el cuento.

Al envejecer pasan cosas muy raras. Por ejemplo envejeciendo aprendemos a convertir nuestros terrores en sarcasmos. Envejecer es retirarse gradualmente de la apariencia. Hay que desaparecer a tiempo, vaya. Siempre es otro el que se muere.

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LA REBELIÓN

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¿Hasta qué punto puedes aguantar según qué? Es un misterio. Recuerdo una propia de nazis: dejaban a un sujeto en una habitación con un niño que lloraba constantemente, con un llanto especialmente angustiante, y que no dejaba de hacerlo hasta que le daban de comer. Era una habitación pequeña, mal iluminada. El niño estaba en una cuna. Era vigilado por una cámara.

Cuando el pobre tipo se había cansado de sostener al llorón, cuando se había cansado de acariciarle, de intentar calmarle, de pasar de él a base de acurrucarse al otro lado de la habitación tapándose los oídos… llegaba un momento que iba a por el niño con malas intenciones, entonces se abría la puerta y se acababa el experimento… Se intentaba relacionar la formación, el sexo, la raza, la edad de los sujetos, con el momento de no poder aguantar más. El intento de maltrato era en todos los casos una cuestión de tiempo. No sé si creérmelo.

Nos han obligado a quedarnos en casa, a no salir de la ciudad, del territorio. A guardar la distancia de seguridad, a llevar la mascarilla, a usar guantes, a untarnos de gel, nos han recomendado no tocarnos tanto la cara, ahora incluso no nos dejan fumar en la calle. Lo han hecho tan mal en tantas cosas que dan ganas de llorar. ¿Hasta qué punto aguantaremos? Es un misterio. Estos bichos de dentro y de fuera nos están convirtiendo en bichos a nosotros mismos. El heroísmo de quedarse aguantándolo todo, es el heroísmo de la cucaracha.

Vuelvo a Cumbres Abismales, aquella novela de Zinoviev de cuando en la Unión Soviética estaban a punto de no poder aguantar más, y viene alguien de fuera a ayudar: “¿Qué siente usted ahora? Preguntó el Visitante. Confusión, dijo el Charlatán. ¿Qué desea? Preguntó el Visitante. Tranquilidad, dijo el Charlatán. Tenga fé, dijo el Visitante. La fé no da seguridad, dijo el Charlatán. Resígnese, dijo el Charlatán. Nos imponen un estado de angustia e ira. Luche, dijo el Visitante. No puedo, dijo el Charlatán. Hay que luchar pero no por eso. Y bien, dijo el Visitante, aguante. Falta poco.”

Nos están obligando a desobedecer ya. Antes de embarcarse en un acto de desobediencia civil deberíamos: Informarnos de los hechos, la injusticia de los hechos que nos llevan a esta acción, contrastarlos adecuadamente, considerar cómo pueden cambiar por lo que vamos a hacer. Negociar a muerte apurando todas les medidas legales a nuestro alcance. Examinarnos para precisar si somos lo bastante fuertes para aguantar lo que se nos viene encima, por ejemplo una enfermedad. Y finalmente: Hacerlo, y mantenernos firmes en ello, sin dar marcha atrás.

Entiendo a esos que hartos ya van a por el bebé… En los términos de hoy, que hacen por contagiarse. Una vez en la vida el hombre tiene que hacer experiencia de su pobreza, de su soledad y desarraigo frente al mundo. A lo largo de una noche tiene que aguantar a pie firme, mirando a los ojos de la muerte.

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Bailad, bailad malditos…

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Recuerdo un tiempo que a los bares se les llamaba tabernas. En una de ellas había un letrero que rezaba: “Se prohíbe cantar mal. Si usted cree que canta regular o bien, cante, pero en la calle”. Ahora parece que lo que vamos a tener que hacer en la calle es bailar, porque en sitios cerrados no dejan bailar ni con mascarilla. Bailar no respetando las distancias, es bailar mal. “Se prohíbe bailar mal, si usted cree que baila regular o bien, baile, pero en la calle”.

En mi pueblo queda una taberna, al menos una que conserva ese nombre. Es pequeña, mal iluminada y sin apenas sillas, casi nunca hay nadie en ella. Una de esas poesías que no he podido olvidar, supongo que es porque de algún modo compone conmigo, decía algo así: “Si es o no invención moderna/ vive Dios que no lo sé/ pero venturosa fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento/ pido vino de lo nuevo/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”. Supongo que de esas tabernas salía la gente a bailar a la calle, como todavía se hace en las fiestas del pueblo.

La expresión “que me quiten lo bailao” se va a convertir pronto en un anacronismo similar al de las tabernas. Me entristece pensar que bailamos menos. Es una de las mejores maneras de escuchar música. También hubo un tiempo que se cantaba para acompasar el paso militar y cargar mejor contra el enemigo. Para crear un esprit de corps se han descrito diversas formas de “bonding muscular”. Las manadas se vuelven eufórico-grupales al responder sus individuos conjuntamente, el acompasamiento del esfuerzo se experimenta como un desahogo, el desgaste de fuerzas rítmico común aleja el punto de agotamiento. Siguiendo el ejemplo de los macedonios, las tropas romanas utilizaron la marca del paso en voz alta para marchas que exigían gran rendimiento. Ciertamente, el compás mecánico es sólo una forma sustitutoria del arrebato del baile.

Decía Nietzsche que la buena escritura, la buena música invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. “Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se escribe con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de si el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan para escuchar”. A mí me cuesta mucho menos escribir con música que leer con ella.

Ahora mismo ha acabado el “Diminuendo and Crecendo in Blue” de Ellington, casi sin darme cuenta se movían mis pies aun estando sentado. Y es que cuando Duke tocaba el piano, con la mano izquierda tocaba un ritmo bailable, mientras que con la derecha se dedicaba a arrojar arena de colores por el aire.

Tanto los caminos como los discursos tienen que poder ser danzados, cantados. En el momento en que el poeta empieza a escribir “lentamente, para poder ser leído”, cuando sus palabras no son una invitación a la danza, hay una pérdida de magia, de “poder milagroso”.

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REINVENTARSE…

Estoy, un poco ya hasta el capullo de tanto reinventarme, y como Don Juan Carlos I, también sin trabajo. Pero yo lo estoy por culpa del puto coronavirus éste, y seguramente, y aunque también en menor medida, porque ése debe ser el sino de mi mala cabeza… ¡Ayyy, mi primer trabajo! Veinte añitos y vendiendo fotocopiadoras; quién los volviera a pillar… El trabajo que más me duró -once años- no me gustaba. El trabajo que más me gustaba no me duró; unos meses… Más de treinta años trabajados en asuntos ajenos, por cuenta ajena; y ahora hay que empezar otra vez, oootra vez hay que joderse.

Empezar de nuevo… Y no me quiero quejar, porque ése no solo parece ser mi sino, sino también el de los tiempos laborales que nos esperan: el de los jóvenes por ejemplo y por desgracia… Yo, ya con cincuenta y tres años, de momento al menos, tengo poco más que dónde caerme muerto, el culo pelao, y creo que la experiencia suficiente para sobreponerme y poder hacer frente a casi cualquier cosa… ¿Pero, y mis hijas y vuestros hijos…?

No sé de qué hilo tirar para arrancar con este relato. Son las 0:52… Tengo tantas ganas de escribir y tantos temas que no sé por dónde empezar… Todas las ideas se me agolpan, como si intentaran caóticamente ponérseme en fila pero todas a la vez, gritando a lo loco para colarse en mis folios; todas… Todas como clamando con urgencia; reclamando el ser escritas, plasmadas negro sobre blanco en mis pantallas… Me siento, como cuando antes de saltar al mar desde un acantilado te asomas al peligro desde su altura; y te miran… Sabes que hay profundidad suficiente, pero tienes miedo a caer mal y hacerte daño, o quizás solo a quedar en ridículo por torpe si te sale un mal salto. Y todo, porque en verdad y en el fondo lo que eres, es un miedoso.

La historia de una de tantas noches que paso en blanco, en las que gasto las horas probando a escribir no sé qué para ver qué sale… Como si hablando en completo silencio, solo… Como si canturreando mentalmente melodías compuestas de palabras sueltas, para ver si al unirlas encuentro la música que os quiero cantar… Sintiendo el frío de lo que esperáis leer, para ver si de verdad consigo, ese calor que surge entre nosotros cuando escribo algo y se me entiende…

Sabéis que os quiero…💞

Se agradecen ofertas de trabajo…

😂🤣

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Ni sonrisas, ni caras….

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Eso de no poder ver la boca de la gente… iba a decir que jode un huevo, pero voy a dejarlo en que es una putada. Parece que estemos rodando una película de extraterrestres; cuando alguien se ríe parece que lo haga con sordina, y la verdad, necesito ver cómo la gente se ríe, incluso la gente con la que me cruzo por la calle, porque “Tu risa me hace libre,/ me pone alas/ soledades me quita,/ cárcel me arranca. / Boca que vuela,/ corazón que en tus labios/ relampaguea”. Hay en la cara algo luminoso que no se encuentra en otras partes del cuerpo.

En cuanto a lo de no ver poder ver sonrisas o caras enteras voy a dejarme de calificativos. Hoy una persona que hace más de veinte años que no veía me ha reconocido. “Pero si iba con mascarilla y sombrero”, le he dicho. “Ha sido por los ojos”, ha contestado. Pues menos mal que no llevaba gafas de sol, he pensado, si encima llevo gafas de sol no me reconozco ni yo. Tengo que empezar a sonreír más sinceramente, quiero decir con los ojos, con el orbicular de los ojos, para dejar ver al otro que estoy sonriendo. Se nos van a acabar poniendo ojos de bocaza.

Me ha dicho mi prima, que está pasando unos días en una playa de cuyo nombre mejor no acordarse, que los vigilantes de la playa usan drones para ver quién no lleva mascarilla, aunque esté a cincuenta metros de cualquier otra persona. Para poder reconocernos es posible que tengamos que incorporar a nuestra mascarilla una matrícula. Que con saber de nuestro móvil igual los algoritmos que nos tutelan no tengan bastante.

Lo que cuesta es llevar la boca cerrada dentro, cuando podamos volver a ir sin mascarilla a alguno se le habrá quedado cara de tonto, de tanto ir por la vida con la boca abierta para poder respirar. De momento cuando voy por la calle parece que volviera a tener que trabajar, gran parte de mi vida ha sido entre enmascarados. La gente a la que no puedo ver la cara me parece más amenazante, menos amable.

Tendremos que volver a apreciar la sonrisa arcaica, esa expresión profunda de amabilidad, que despierta allí donde la cara rompe su rigidez, se hace “carente de límites”, se transforma en una especie de “cara de nadie”. La amabilidad arcaica está despojada de toda interioridad, no conoce ningún tú enfático. Nos hemos vuelto todos malcarados de repente.

Algunos investigadores han informado de que una cara enojada “sobresale” entre una multitud de caras de felicidad, mientras que una sola cara de felicidad no sobresale entre una multitud de caras enojadas. En el cerebro de los humanos y de otros animales hay un mecanismo diseñado para dar prioridad a los eventos malos. Reduciendo en unas pocas milésimas de segundo el tiempo necesario para detectar la presencia de un predador, este circuito mejora las probabilidades de que el animal viva el tiempo necesario para reproducirse.

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YA TE LO DIJE

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Uno de los juegos a los que hace mucho tiempo he dejado de jugar es al de “ya te lo dije”. Eso no me ha llevado a dejar de hablar, claro. Y cuando me dicen “eso ya lo habías dicho”, por ejemplo los que tienen que aguantar mis batallas de abuelito, me parece una lección más de humildad que agradecer, pues entre la gente, las personas que tenemos una autoestima casi sofocante, estas lecciones son como algo fresco que llevarse al coleto en verano.

Pero cuando lo que ya había dicho es una profecía, de esas nefastas y que has tenido la desgracia de acertar, lamento profundamente no haberme callado. Un poco como si fuera el rey que hace morir al mal profeta, o lo de Casandra, que condenaba al profetizar. La maldición de Casandra, no era acertar con sus profecías, sino que bastaba que las dijera ella para que no las tuvieran en cuenta…

Pues bien, ahora que estamos solos vamos a contar mentiras: mi última profecía autocumplida: No va a haber vacuna. Ojalá, quiera Dios, que no sea así. Como de vacunas se supone que entiendo, espero que los que me lo oyeron decir hace seis meses lo hayan olvidado.

Estamos siendo víctimas de muchos personajes nefastos, paso lista… Siete personajes nefastos que estos días he estado interpretando: El asesino del mensajero; intenta evitar así que la red se pliegue, que llegue la noticia de lo mal que nos va a ir todo… El que se burla de Casandra, que dice que hablar del mal es un mal, condenándonos a él… El que mira hacia otro lado y ve sólo lo bueno de las cosas, porque para qué entristecerse si no hay nada que hacer… El que cambia por cambiar, y sale de la boca del lobo para meterse en la del dragón… El que busca donde no hay luz, porque donde no puede verse es inútil buscar nada… El cirujano desfalleciente, que se conforma en sacar lo que puede y cierra enseguida… El chamán de pacotilla, que hace sus pases mágicos, y confía en ellos para arreglar las cosas…

Estoy harto de la pandemia, harto de no poder hablar de otra cosa. Sé de sobra hasta qué punto el autocumplimiento, se da en el ámbito de las enfermedades y afecciones médicas. Cuando se debate en los media de no importa qué enfermedades, se consigue que más gente se presente a ver al médico con esos síntomas, y aumentan las posibilidades de que los médicos diagnostiquen más (correcta e incorrectamente) dichas enfermedades. Como en el caso del autismo, que, como cuando dicen que hay más gripe, acaba habiendo más por hablar de ella. Es en este sentido por lo que hablamos tan poco del aumento de la tasa de suicidios como podríamos.

Tengo hacia la bondad de permitir que nueva química entre en nuestro cuerpo, la prevención que tiene el que ha tenido que pechar con las consecuencias del tratamiento de enfermedades mediante agentes químicos. Porque si se permite tratar químicamente a enfermedades que se han diagnosticado como alteraciones químicas del cuerpo o del cerebro, estamos haciendo una especie de profecía autocumplida. Ahora ya no hay duda, nuestro cuerpo o nuestro cerebro, tienen un desequilibrio químico.

La peor manera de insultar es hacerlo mediante la verdad. Se puede vivir perfectamente en el mundo haciendo profecías, pero no diciendo verdades. A veces mejor no verlas. El don del pensamiento especulativo pudiera parecerse, al don con el que Juno honró a Tiresias, a quién primero privó de la vista, con el fin de poder otorgarle después el don de la profecía…

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LO ESCRITO…

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Había escrito para la Providencia… Para ser coherente con ella los papeles iban a la papelera, y cuando estaba llena, uno de los días en los que bajaba la basura la vaciaba. Más tarde empecé a guardar lo que escribía. Al principio no ponía ni la fecha, pequeños cuentos, poesías, llevar más allá las buenas ideas, de entre las cosas que había leído y otras por el estilo. Luego empecé a poner no sólo la fecha sino desde dónde escribía, o algún acontecimiento que me hubiera llamado la atención. Como en su día había estudiado grafología intentaba hacer buena letra, quiero decir que no disimulaba en el trazo lo que estaba sintiendo al escribir.

Hace ya cuarenta años llegaron los ordenadores, poco después los procesadores de texto. Seguí haciendo lo mismo, ya sin caligrafía, adecuando el tipo de letra, tipografía le llaman a eso, al tema del que quisiera escribir. Eliminarlo era mucho más fácil que cuando tiraba lo “escrito a mano”. Pero también eso lo empecé a guardar. Una vez al año llevaba al encuadernador los manuscritos. Y luego con lo de las pantallas, empecé a imprimirlo; hacía hacer de ello un libro que acababa ignorado en una estantería.

Más tarde me dio por publicar. Escribía como ahora, pero con algo más de cuidado. Como si alguien lo fuera a leer. Muchas de las webs en las que publicaba cerraron, de alguna me echaron, y de otras muchas me fui. No contestaba, sigo sin hacerlo casi nunca. Una muestra más de mi mala educación. Prefiero no saber nada del lector. También lo publicado, como lo escrito para no ser publicado, acompañaron a las cartas a mis amigos y parientes en su destino de pantalla, encuadernador y estantería.

Pero, y ahora viene lo bueno, me he puesto a ojear lo escrito después de tantos años. Y he constatado que lo escrito a pluma es sorprendente, como si lo hubiera escrito alguien al que me cuesta reconocer pero que me cae bien; lo escrito a pantalla para mis ojos sólo, y también las cartas salientes o entrantes, no están mal del todo; pero todo lo que escribí pensando que igual lo publico apesta. Quiero decir que no quiero saber nada con ese tío, es como mi voz grabada, que no puedo ser ese panoli, vaya. Pedantones al paño, llamaba Machado a gente así. No le soporto. ¿Qué es lo que está fallando ahí?

Unas personas prefieren la emoción del reconocimiento, otras prefieren la sorpresa. El hemisferio izquierdo parece estar especializado en el procesamiento de estímulos altamente estructurados, que pueden encajar como si de repente se produjese un clic entre ellos; mientras, el derecho integra informaciones nuevas e imperiosas como una súbita iluminación. El izquierdo esencialmente reconoce la relación que guarda el estímulo, con lo que ya antes conocía. El derecho maneja materiales de los que no tiene previa experiencia.

¿Estilo? Depende del tipo al que crees dirigirte. Aquel que conoce al lector ya nada hace por el lector. Olvido una y otra vez que como lector es clave escoger la correcta soledad, y también las buenas compañías. Y reconocer cuando las dilatadas bibliografías no son sino el camuflaje de un pensamiento pusilánime que, sin embargo, quiere imponerse. Asumir que, aunque abundan los libros, los que realmente ayudan son un bien escaso, que uno llega a poder leer bien pocos en el tiempo de una vida… A menudo más vale leer dos veces un determinado libro que dos libros; los que no merecen la relectura acaso no valga la pena leerlos ni una sola vez. Los que he escrito yo, por ejemplo.

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LOS ENCANTOS

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Tengo suerte, mi pareja es encantadora. Soy víctima de sus encantos, sin duda. Estar libre de encantamientos puede ser una suerte, Don Quijote que no lo estaba, y que se sabía “malquiso” de los encantadores, tuvo que padecerlos a consecuencia de haber pasado tanto tiempo entre libros como un servidor. La primera vez que los menciona es cuando llega a la posada: “Quizá por no ser armados caballeros como yo lo soy, no entenderán con vuesas mercedes los encantamientos deste lugar, y tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como son real y verdaderamente, y no como a mi me parecen”.

Los que estamos encantados de estar encantados puede que no seamos ni príncipes ni caballeros, pero lo estamos al cuadrado. La intelectualización y racionalización crecientes, no significan un creciente conocimiento de las condiciones generales de nuestra existencia. Su significado es muy distinto; significa que se sabe o se cree que en cualquier momento, si se quisiera se podría comprobar que no existen sobre nuestras vidas poderes ocultos o imprevisibles, sino que por el contrario, todo puede ser dominado por el cálculo y la previsión… Pero esto significa el desencantamiento del mundo. Y eso sí que no. Pues bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.

Cuando vemos a alguien que de repente parece no estar con nosotros, a veces, decimos que se ha quedado encantado. Los monjes zen budistas, los sadu hindúes, los sufís islámicos, los hasidin judíos o los místicos cristianos comparten técnicas de encantamiento, de estar ahí, de prestar atención. Cuando terminas con un pensamiento, y antes de empezar el siguiente, ¿no se produce una pequeña pausa, no pareces haberte quedado encantado? Es la entrada a tu casa de eternidad. Alarga el momento, agranda tu casa, sigue ahí. En un lugar así se está definitivamente bien.

Mi vida, el que siga vivo, es un misterio, no lo entiendo pero me encanta. Cuando Einstein decía: “¿Y qué si tengo la tonta impresión, aquí y allá, de que sobre mis teorías no entienden ni una palabra? Creo que resulta divertido e incluso interesante de observar. Estoy seguro, de que es el misterio de no comprender nada lo que les atrae… les impresiona, tiene el color y el encanto de lo misterioso”. Estaba pensando en personas como yo.

Más de una vez también me he sentido como uno de esos últimos hombres nietzschianos. El “último hombre” es el consumidor místico, el utilizador integral del mundo, es decir, un hombre que no se reproduce pero que disfruta de sí mismo, como en un estado final de la evolución. Encuentra una especie de devoción, un encantamiento religioso, en la idea de su propia existencia. En las grandes ciudades lleva una vida en solitario con una nada amueblada.

He tenido suerte, he conocido mucha más gente encantadora, que de esa que está encantada de haberse conocido; creo como O. Wilde que es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es encantadora o aburrida. Y es que por caprichos de la fortuna me he relacionado, casi siempre, más con personas a las que les han ido bien las cosas que con gente que trata de hacer algo por el mundo, que suelen ser insoportables; cuando el mundo ha hecho algo por ellos, en cambio son encantadores.

Pienso que ella sabe lo que es el encanto; una manera de escuchar decir sí, sin haberse planteado ninguna pregunta clara. No me une a ella tanto el amor, como el espanto de perderla, será por eso que me encanta tanto… Alguna vez se lo he dicho.

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Cómo mueren las cosas…

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Más acá de la microbiología está la biología molecular, allí, es donde la química orgánica deviene en vida… La parte de la química orgánica que no está viva, la necrosfera, es considerable. En la Tierra, la cantidad de materia orgánica muerta (necromasa) es 8-14 veces mayor que la materia contenida en la biosfera viva. Sin contar materiales fósiles antiguos (gas, carbón, petróleo…)

El principal supuesto de la mayoría de los científicos en cuanto al origen de la vida, es que ésta se originó a partir de la materia inanimada, a través de un incremento gradual y espontáneo de la complejidad molecular y funcional. Lo inorgánico devino en orgánico a nivel microscópico merced a los microorganismos… En una primera fase, la amonización transformó en amonio el nitrógeno molecular de la atmósfera; y sólo las arqueas y las bacterias podían. En una segunda, la nitrificación convirtió el amonio en nitrito y luego el nitrito en nitrato; ésa fase, de momento, también depende casi exclusivamente de microorganismos.

¡Cómo mueren las cosas es algo fascinante…! es la condición para otra cosa también fascinante: ¡Que “algo” que no vivía consiga vivir…! A nivel celular y a nivel humano la muerte es condición de vida, de nueva vida… Cuando estás dejando atrás el otoño de tu vida, cuando has visto desaparecer a algún amigo porque una parte de su cuerpo no ha sabido morirse a tiempo, cuando has visto convertirse en zombis a tantos, uno llega a agradecer que ciertas cosas mueran.

Pero hasta para morir a nivel celular hace falta una cierta gracia. Apoptosis: de apó y ptosis; en griego separar y caer, como las hojas de los árboles en otoño. Las células que la experimentan mantienen íntegra su membrana, por lo que su fagocitosis y posterior metabolización es mejor para el organismo, que las que mueren por muerte “involuntaria”, por necrosis, que al hacerlo así envenenan el entorno… En la apoptosis la membrana celular externaliza fosfatidilserina, un fosfolípido que hace que el macrófago la identifique como muerta y empiece a fagocitarla fácilmente…

Los divulgadores de cómo creen que se comporta el virus ése no paran de soltar trolas… Como a los que siguen viviendo de las noticias inventadas, les dé por hacernos entender, cómo podemos ser también virus y bacterias, cómo somos y cómo convivimos y coevolucionamos con toda esa parte de nuestro cuerpo que no lleva genes propiamente humanos, la de “inexactitudes” que pueden soltar a este respecto sería mucho mayor…

Hay más diferencia de ser humano a ser humano que de virus a virus. Del virus tenemos el genoma. Lo nuestro es una maraña de microvida y de relaciones, células y humores del carajo. Mejor que no empiecen a intentar divulgar eso. Porque para lío con los números de los epidemiólogos, ya hay de sobra.

Un dado al aire es nuestra vida. Cómo nos va a ir con la enfermedad, la desgracia, la muerte… se tiran los dados.. El juego por excelencia, el juego de los dados (ad zardum), de donde viene la palabra azar. Rima con rezar.

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