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Calvotaso

calvotaso:

Vulgarismo. Golpe leve, digamos que educativo a mano abierta pero sin malicia, rápido, sonoro, cariñoso y merecido, que te daban como de atrás pa’lante en el cogote y por tonto.

Tendría yo unos cinco años y no recuerdo ni por qué fue, pero un buen berrinche sí que tuve que darle a mi madre, sí… Así, que se decidió a utilizar uno de sus peores castigos que no era otro, que el de después de darme una charla que te cagas, sentarme una vez más en aquella mierda de silla de pensar. Todo, para no darme un par de calvotasos… Algo bastante moderno para la época. Sí, siempre fue innovadora.

El detalle, estaba en que como ella sabía que yo era muy desinquieto, que no me podía estar quieto y que lo peor que podía pasarme era estarme quieto, tenía una silla un poco más alta de la cuenta en la que me sentaba en el centro de la cocina. Lejos de poder alcanzar con las manos cualquier cosa, y con los pies que tampoco me llegaran al suelo; como colgado, me dejaba sentado en una especie de taburete con respaldo… Luego, me advertía de que se juntarían el cielo con la tierra siquiera si se me ocurría tan solo bajarme; y se iba, y me dejaba solo.

Algo más tarde mi memoria cayó en la cuenta de que aquel taburete tan alto era una trona, mi trona; y de que ella tan sólo se iba a la habitación de al lado… Bien es verdad que se iba durante las horas que hicieran falta: “pero para que yo pensara…”

Pura asociación de ideas: “si te portabas como un mañaco, en vez de un par de calvotasos, mejor a la silla de pensar…”

¡Qué rabia me daba éso a mis cinco años ya…! Para mí, estarme quieto era lo peor a lo que podían obligarme, pero en aquella época he de reconocer que era un castigo original, innovador… O éso, o te daban un par de calvotasos y ya estaba: te callabas y te estabas quieto.

Años más tarde, como al llegar del colegio a mi casa siempre tiraba la cartera en el primer sitio que pillaba, y como ya me lo habían advertido muuuchas veces, ella aprovechó para darme otra lección… Cuando volví de jugar en la calle, ya casi de noche, no me dijo ni media la jodía… Fue al día siguiente al tenerme que ir al colegio cuando fue imposible encontrar mi cartera. ¡Qué nervios…! La busqué por todos sitios: en mi habitación y en la salita de estar, en el zaguán de la entrada y hasta me recorrí el patio entero y la cochera, pero nada, ni rastro de la cartera con mis libros… Y claro, me tuve que ir al colegio con una mano delante y otra detrás.

¡Qué tragedia…! yo que era de los de las buenas notas ¡Que vergüenza..! a ver qué explicación iba yo a dar… Mañana y tarde estuve atormentado dándole vueltas y vueltas a ver dónde habría dejado yo la cartera… Pero nada.

Y fue, cuando volví ya por la tarde del colegio lamentando mi mala cabeza y tras darme otra de aquéllas charlas que te cagas, cuando mi madre me dijo aquéllo de que, el único sitio donde no habíamos buscado por la mañana era en el cubo de la basura... 😳

¡Y coooño qué casualidad…! La tarde anterior había escondido justo ahí mi cartera y a propósito, sólo para escarmentarme… La principal lección que aprendí, entre otras, creo que fue la de que no trates a tus cosas ni a los demás como si fueran basura…

A parte de innovadora se ve que también era muy imaginativa. Sí… 💕

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MI PRIMO EL POGO

Mientras estuvo preso el primer año y un día que pasó en la cárcel, se presentaba todos los días cual pajarito buscando la salida de la puerta principal, haciéndose el loco pero muy formal, aseado, con su maleta, y listo para salir:
— ¿Hoy me toca irme no…? Preguntaba.
— ¡Queee nooo…! Le respondían… Y se marchaba.

Y así todos los días: trescientos sesenta y seis… Me parece tierno.

El mejor portero de balonmano, el más efectivo, con las manos más grandes y los brazos más largos, el más famoso y desmadrado, bragado, excesivo e inconsciente que habrá nunca en Almoradí, fue mi primo el Pogo… Un claro ejemplo a no seguir, pero todo un personaje local en el mejor de los sentidos.

En un pueblo como el nuestro y en aquella época, él y yo nacimos con poco más o menos quince días de diferencia, coincidimos en el colegio, éramos familia, comulgamos y hasta nos fuimos a la mili el mismo día y al mismo sitio. ¿Cómo no voy a tenerle cariño…? ¿Qué le vamos a hacer…? Es primo carnal; primo segundo. Para los de mi época el parentesco es algo importante: somos familia.

Recuerdo aquella vez que me dieron el palo comprando hachís, haciendo la mili en Cáceres. Éramos unos pipiolos de cuartel, pero todo cambió cuando volvimos para ajustar las cuentas con los camellos, y el Pogo dejó de preguntarles y empezó a soltar guantazos a diestra y siniestra con esas manos que parecían sartenes. Verle era todo un espectáculo, parecía una segadora, un helicóptero ¡pim pam, pim pam, pim pam…! Iba como dejando un surco por donde pasaba… Si el Pogo te daba una guantá era como si te dieran con algo muy muy grande; con algo así como con un atrapasueños, ante el que caías fulminado ipso facto, dormido… Por supuesto que recobramos y con creces mi inversión inicial, y nos hicimos de paso un sitio entre los que mandaban en el cuartel cuando se enteraron de la proeza.

En aquella época no era mi primo tardo ni malo ni mucho menos. Y yo sé que era más bien lo contrario, pero el pobre no tenía límites… Algo loco siempre estuvo, y aunque no lo creáis, a la vez también siempre fue un bruto sensible, un artista basto, frustrado, alguien capaz de dibujar con criterio o de esculpir en madera, pero a la vez un poco demasiado vicioso y por ello no muy listo. Quizás un animal, bruto, sí, pero siempre con un instinto protector hacia mí que no olvidaré en la vida… Éramos familia.

Y no le he preguntado, pero sé que él está, estará, o estaría de acuerdo en que yo cuente esta pequeña historia suya en un folio; pero porque es mi primo segundo y soy -y él lo sabe- una de esas pocas personas que en verdad lo conoce, un poco.

Ángel Rodríguez, el Pogo, mi primo. Hijo de mi tío Ángel Rodríguez, el Pogotrigo… Ésto de los apodos en los pueblos es que es la ostia. Si eres de Almoradí deberías saber que estamos hablando del mejor portero de balonmano que dará este pueblo. Peeero…

…eeen fin. Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…………..

LA NOTA A MANO

Una carta o una nota, escrita a mano, desde siempre fue la forma más íntima y personal -maneras encriptadas en el trazo- de enseñar detalles tan sutiles de uno mismo, que no lo conseguirá así ninguna otra forma humana de comunicación. Nunca. La caligrafía y la grafología siendo emociones escritas a mano. Nada mejor que notar ese papel, y percibir anotadas, aquellas palabras de amor verdadero descritas con el pálpito indeleble de un breve gesto de tinta.

El arte de la caligrafía epistolar era como el acierto de un buen piropo: un regalo imposible de rechazar. Escribir bien era un guiño intelectual, atractivo; la exhibición de un lujo léxico. La buena letra constituía algo así como una forma de presentación personal, acaso elegante y por ello, una reverencia simbólica al buen gusto… Una muestra más, y exquisita, de verdadera estima y respeto por nuestro muy nuestro y estimado interlocutor: el lector.

Cosas así, son las que estamos perdiendo irremisiblemente los humanos debido a lo de usar tanto artefacto. Aunque, ahora que lo pienso… el tintero, el papel, y la pluma de ganso ahuecada y cortada en cuña también lo eran: simples artefactos… El caso es que aquí estamos, seguimos; leyendo.

No nos engañemos, a la caligrafía la hemos perdido casi irremisiblemente, pero nunca deberíamos perder de vista a la sintaxis: es un arma muy, mucho más poderosa. Por otro lado, la correcta ortografía en este siglo XXI tan guapo y tan listo, se nos debería exigir a todos tal y como se le exige el valor al soldado, es decir: siempre… No a las faltas de ortografía; no, gracias.

Las tres, ortografía, caligrafía y sintaxis, fueron verdaderos problemas cuando niño, época en la que casi no entendía nada y tampoco sabía expresar casi nada… Luego pasó el tiempo llegaron los números y claro, en mi caso fue todavía peor: más confusión. Los números siempre me han servido solo para contarme los dedos y poco más. Soy -debo de ser- algo torpe, o de letras o de artes. Soy creativo, eso sí… Eso de ser creativo se ve que es el refugio de los que, aunque nos lo creyésemos en su día, resulta que no somos tan tan listos como creíamos.

Si tuviera estudios serían de letras, o no; vete tú a saber… No sabría decirlo. Es cosa extraña éso del saber, eso de saber cosas, y lo de las cosas ésas del saber. Yo he de confesar que no me aclaro mucho. Menos mal que hoy en día tenemos los emoticonos ésos 😳 ¡Qué cosas…! Menudo invento.

…eeen fin.

Sabéis que os quiero 💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

¿Qué era aquello…?

Yo la vi. Oscura, cada vez más y más grande al acercarse, sucia e informe. ¿Qué era aquello..? De repente la playa se llenó de extraños. En aquella época no había turismo en Guardamar como lo conocemos hoy -cuatro gatos aparte de los que veraneábamos- y éramos casi todos del Pueblo: los Galí, Balín, Paco el caballero, Pepe Barrera, Santi Soto, Yo…

Los extraños se arremolinaron en semicírculo frente a la playa, pero como escondiendo algo.

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De repente, una imagen que no habíamos visto nunca: hombres rana que ahora parecerían ridículos por su primitivo equipo, emergían a unos veinticinco o treinta metros de la playa quitándose trabajosamente sus escafandras.

Mientras, los extraños comenzaban a advertir a los bañistas de que se alejasen por precaución.

Por la mañana fuimos nosotros en el primer baño matutino, los que descubrimos esa mancha oscura y como circular, entre la playa y la línea que delimitaban las boyas de señalización.

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Buceábamos, temprano, en una mañana radiante de mediados de septiembre en la que el verano languidecía. El agua estaba fría, muy fría, y era el mejor momento para recoger unas enormes almejas a unos cinco o seis metros de profundidad, semienterradas en la arena del fondo, a la altura de las boyas.

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Nos asustamos, todo hay que decirlo, y no poco… No sabíamos qué podría ser esa cosa; no parecía el típico montón de algas enmarañadas por el oleaje flotando a la deriva; tampoco se parecía a ningún banco de peces pastando cerca de la orilla… Nos atrevimos apenas a acercarnos a unos cinco o seis metros, lo suficiente para advertir unas extrañas e inquietantes protuberancias cilíndricas. Manolo Galí, el más bragado de todos nosotros, fue el único que se atrevió a tocarla… Bueno, apenas la rozó, pero era algo a lo que no nos hubiéramos atrevido ninguno salvo él. Su tacto duro, rugoso y metálico según nos dijo, no hizo más que aumentar nuestra curiosidad y también el temor que empezábamos a sentir respecto a aquella cosa… ¿Qué era…?

Una vez satisfecha en parte nuestra aventurera curiosidad por esa novedad extraña en el tramo final de nuestras vacaciones estivales, corrimos a contar nuestro hallazgo… Tras el inicial revuelo, recuerdo como el padre de uno de nosotros tras comprobar con evidente alarma nuestro descubrimiento y salir del agua apresuradamente, corrió al restaurante Valentí en busca del único teléfono que había en las inmediaciones… Al poco empezó a llenarse la playa de los extraños.

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A mediodía y tras un frenético ir y venir, comenzaron a llegar guardias civiles uniformados, lo que contribuyó todavía en mayor medida a aumentar nuestra curiosidad por el suceso. Dos o tres de los hombres rana se sumergieron de nuevo con la, nos pareció, evidente intención de sacar esa cosa a la playa.

Nuestra sorpresa aumentó más tarde al comprobar cómo un barco militar se situó extrañamente cerca de la playa, maniobrando durante un par de horas hasta que “eso” -que no pudimos ver claramente debido a la distancia a la que nos encontrábamos- comenzó a flotar enganchado con algo parecido a unas cadenas diría que también flotantes, y era remolcado por el buque aguas adentro hasta perderse de vista…

Más tarde supimos que se trataba de una mina explosiva procedente de quién sabe qué lejana refriega de nuestra infausta guerra civil.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MIS PRIMERAS TETAS

El alpargate subía y bajaba sobre el vientre de mi madre, acompasando perezosamente su sueño ligero de siesta escasa; mi hermana durmiendo a su lado, y yo al otro haciendo como que dormía… Ese alpargate, era la garantía de que como dictaba la norma no escrita entre los vecinos: “durante la siesta, los sagales estaban cada uno en su casa para no dar cancán”. Por ello, en el caso de que mi madre detectara algún sonido o anómala vibración, distinta de las habituales que causaría el sopor canicular a tres personas en una misma cama, ese calzado liviano, súbitamente se convertía en fusta lacerante y sonora ¡plafff…! que cortaba de raíz el impulso de escamotear la anteriormente descrita norma no escrita.

Quería bañarme sí o sí… las posibilidades eran escasas, pero tras agotar la espera mi paciencia, con movimientos de caracol pude deslizarme, descolgándome del borde de la enorme, alta y vetusta cama. Con un silencio de ofidio y cual tal, conseguí reptar hasta la puerta de la habitación cuya apertura era la justa, para escabullirme sin que sus goznes oxidados por el salitre chirriasen delatores mis intenciones transgresoras.

Tenía la playa parecía que para mí solo; las tempestuosas jornadas anteriores habían trastocado en una maravillosa tarde, de un tardío día de agosto… El mar rizado y brioso, aunque noble al mostrar con su irregular oleaje sus ocultas y peligrosas cicatrices, invitaba de nuevo al baño confiado.

Entonces, el rugido batiente de las olas pareció silenciado completamente debido a unos alaridos de auxilio desesperados, angustiosos, entrecortados…. Miré alrededor hasta localizar a duras penas una cabeza y unos brazos, que rendían su intento de permanecer a flote… La chica se ahogaba, y mis trece o catorce años dudaron a la hora de lanzarme en su auxilio, esperando que aquel hombre, como a unos treinta metros de la ella, lo hiciese.

-¿Es que no vas a ayudarla? Grité muy nervioso.

Era evidente que no. El tipo estaba petrificado; me miraba con ojos ovinos, de canguelo. Tras unos cincuenta metros de trabajoso esfuerzo contracorriente, me encontré jadeando y zarandeado cual pelele por la inmisericorde resaca, justo a un par de metros de ella.

Antes de que me diese tiempo a reaccionar me vi agarrado, arañado, mesado y sumergido, por una vorágine histérica en lucha a muerte por un vital resuello. La chica, al batallar por su vida de forma ciega, asustada y visceralmente egoísta, me utilizaba cual salvavidas pingajo sin reparar en mi también urgente necesidad de respirar, al menos de vez en cuando.

El croché submarino y desesperado que me vi obligado a estampar contra su rostro, claro que la hizo reaccionar, y puso una distancia entre nosotros que sirvió para que se diese cuenta que la calma, era lo único que nos hacía realmente falta, a los dos… El intento vano de hablar con ella se esfumó al darme cuenta de que era extranjera; así que, acercándome de nuevo con precaución, la agarré esta vez yo de la muñeca, firmemente. Sin dejar de mirarla a los ojos le solté el brazo e inmediatamente le tendí mi mano, dándole a entender que solo debía apoyarse en ella… Me sumergí empujándola hacia arriba, y pese al lastre que aquel cuerpo encima mío suponía, apenas podía agarrarme a la movediza arena del fondo anclando en ella mis pies intentando llegar al rompeolas, para lo que necesité varias agónicas e interminables inmersiones.

El avance hacia la orilla se hacía casi imposible por la corriente; suerte que el peso de ambos jugaba a nuestro favor y penosamente, nos permitió ir avanzando hasta el banco arenoso, sobreelevado del resto del fondo marino donde las olas rompían con más fuerza, pero donde también pudimos ambos hacer pie, y descansar con la respiración desbocada y el agua literalmente al cuello.

Extrañado, me di cuenta que llevaba algo como anudado en mi brazo, cual brazalete de tela casi a la altura del hombro. Varias veces tuve que mirarlo para darme cuenta de que era la braga del bikini de la chica, que en el fragor de la refriega marina por su vida y la mía, se deslizó de su trasero y sus rollizos muslos hasta que, Dios sabe debido a qué casualidad, terminó abrazada a mi brazo derecho.

Ella no se dio cuenta y yo no le di más importancia hasta que, a medida que el nivel del agua delataba nuestro esforzado avance hasta la salvadora orilla, me percaté de un par de prominentes bultos con puntas sobresalientes, como de azúcar tostada, flotando y asomando caóticamente del agua a poco más de un palmo bajo la barbilla de la chica… Con el agua por la cintura, comprobé que tampoco había rastro alguno del sujetador entre las generosas y temblorosas lorzas de la moza. Ésta, en estado de shock no se daba cuenta del desnudo integral que estaba regalando a la no muy concurrida audiencia, que prestaba indolente atención a los detalles de nuestra peligrosa peripecia en la playa.

Con el agua en los gemelos, la madre de la chica se acercó tremulosa y con lágrimas corriendo por su barbilla, con una toalla para tapar los excesos magros de su hija. Ésta, al reconocer su desnudez comenzó a proferir unos aullidos extraños, perdiendo de forma más histérica que en el verdadero trance que acabada de sortear, los papeles y el sentido del decoro… Algo descompuesta, comenzó a correr por la playa delante de su madre y chillando en no sé qué idioma, con el consiguiente despliegue de sus orondas hechuras tremolantes. Ésto, qué duda cabe contribuyó, a aumentar el interés de los espectadores que nos contemplaban.

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Yo, derrengado, subía la pendiente de la playa arenosa hasta mi casa, envuelto en tribulaciones de carne y roces temblorosos que soliviantaron mi ánimo esa tarde y muchas otras, sólo con su mero recuerdo.

Al fin y al cabo eran las primeras tetas que había… rescatado.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

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En un inefable programa de televisión de gran audiencia, que hace befa del enamoramiento y mercancía del amor, preguntaron a los y a las participantes, por las cualidades que más estimarían en su ‘ideal’ de pareja.

Entre otras lindezas más minoritarias, la mayoría de ‘ellos y ellas’ curiosamente, coincidieron al valorar como imprescindible el requisito, por otro lado impecable, de que esa persona ‘se cuidase…’

Hasta aquí, bien.

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Pero lo extraño sucedió al preguntarles qué entendían, concretamente, por ‘cuidarse…’

De forma asombrosa y significativa, casi todos aquellos variopintos participantes, también coincidieron en sus estrafalarias respuestas. Esa mayoría expresó con rotundidad preferencias tan pintorescas, tan simples pero tan concretas, como las de que ‘fuesen al gimnasio y llevasen tatuajes…’

Por el contrario, pocos, demandaron de sus parejas aficiones culturales o espíritu de trabajo, corrección formal o sanas ambiciones; tampoco ninguno de ellos, reclamó hondura espiritual, bonhomía personal, o alguna clase de fe.

Al reflexionar sobre el resultado de esa fullera consulta televisiva, podría concluirse que aquel par de preferencias burdas, son torpes y tristes ejemplos de los arquetipos actuales del deseo ideal medio: ‘que nuestra pareja se cuide…’.

Pero entendiendo por ‘cuidarse’ cosas, como el que frecuente las visitas al gimnasio, y ¿cómo no? el que se perpetre unos bonitos tatuajes que lo adornen bien… Condiciones éstas, ‘sine qua non’ se comerá una rosca.

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Conceptos inquietantes y torcidos, tan abstrusos como absurdos, pretenden definir aunque confunden, los objetivos e ideales vitales de gran parte de la juventud actual: postverdad, poliamor, especismo, sexo, hembrismo, fascismo, droga, derechos, relaciones abiertas, izquierda, LGTBI, feminismo, relativismo, consumismo, patria, víctima, derecha, comunismo, y hasta felicidad.

Una sibilina plaga dialéctica.

¿Dónde se atrincheran por el contrario los conceptos, razón, amor, orgullo, España o concordia; qué ha sido del humanismo, la hermandad, el respeto o el mérito…? ¿Por qué están proscritas palabras tan alejadas entre sí, como corrida, obediencia, follar, fe, piropo, orden, éxito, propiedad o amistad…? ¿Son éstos todos, conceptos y palabras discutidas y discutibles…?

Es un hecho, que disponemos de más información y más medios de acceso a ella que nunca; pero paradójicamente nuestros jóvenes adolecen de un mínimo bagaje cultural clásico. Clásico, entendido como conjunto de habilidades intelectuales, básicas y concretas, útiles para discernir ‘lo correcto’ en el mundo real.

Tal paradoja se plantea, amén de otras razones, porque confundimos la información con la formación, la lectura con la literatura, o el maltrato con el castigo; creemos que las series son cine, que el amor es sexo, que la fiesta es amistad, o que la vida son años… Hay un considerable vacío de auténtica cultura, de crítica constructiva, de discusión inteligente. Nos conformamos con el mero entretenimiento vacuo; ruido sordo de fondo vacío; sopa boba intelectual.

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Somos más inseguros como sociedad, porque cada vez lo somos más individualmente. Necesitamos unirnos a una u otra tribu, asumir ciegamente ésta o aquella ideología. Admitimos extrañas tendencias foráneas adoptando a veces preferencias retorcidas, que nos inducen a comprometernos con causas alejadas del sentido común, o hasta del decoro moral. Parece obligatorio colgarse algún cartel que nos defina: ‘somos algo, o de algo…’

Algo habremos hecho mal, porque, pese a toda la vorágine de información que nuestro tecnológico mundo provee, las personas -todas en general, pero especialmente los jóvenes- cada vez somos más ignorantes. Y extrañamente más lo somos, frente a realidades antaño prístinas e inmutables: tus padres, la propia orientación sexual, el valor del esfuerzo, la amistad o el respeto… Sempiternos valores personales, son ahora minusvalorados si no denostados: la patria, la caballerosidad o las normas de corrección social, la austeridad, la fidelidad, el respeto y la autoridad de los mayores.

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A poco que nos descuidemos, indefectiblemente, estaremos creando una inculta y prepotente sociedad mañaca. Sociedad que producirá sin remedio zombis éticos, inanes y rebañudos; seres carentes de sólidas anclas morales o sentimentales, religiosas o históricas, que los amarren de forma segura, a un mundo que no comprenden y que por ello, temen.

Razones quizá para que esta sociedad, ‘se cuide‘ tanto…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

PICARDÍAS…

Sólo queríamos aventura, lo juro; éramos tan jóvenes; tendríamos doce o trece años poco más o menos. Vivíamos todos cerca, vecinos casi de la misma manzana; y éramos también como familia; como primos segundos, miembros de la misma tribu: Mi Primo y el Grillo, el Pancho, el Gitano y yo.

Estábamos los cinco digamos que estudiando en mi casa aquella tarde, cuando los pollos del gallinero empezaron a chillar espantados, como locos. En aquella época eran frecuentes los gatos famélicos y asilvestrados, especializados, en dar caza a los animales domésticos que la gente criaba en sus casas. Y por éso, se ve que se nos ocurrió subir a la terraza para ver qué coño pasaba con los pollos y los gatos; también para descansar un rato de los libros; y seguro, que para ver qué tal se veía el mundo desde lo alto de los tejados.

Todo empezó como el juego de a ver quién la tiene más grande. ¿A ver, quién tiene los huevos de llegar más lejos andando por los tejados…? Me hice yo el chulico primero cuando, ya desde el tejado, me asomé al patio de mi vecino y le vi durmiendo la siesta a pierna suelta, con la boca abierta de par en par, y con sus más de ciento cuarenta kilos acostados bocarriba en el suelo y a la sombra de su morera… ¡Qué risa, qué animal, cómo roncaba…!

Luego le tocó al Pancho… Con la agilidad de un mico saltó el muro del linde, y echó a andar en cuclillas sobre los tejados hasta que lo perdimos de vista cuando pasó a la otra casa. Tardó un poco en volver; y lo hizo como traspuesto, excitado, extasiado… Casi con los ojos en blanco y cachondo como era él, sudando un poco y diría que como relamiéndose, nos contó que había visto a mi vecina, desnuda.

— Le he visto hasta las tetas… Dijo.

De verdad, que vino descompuesto y claro, aquello fue algo irresistible. A toda prisa fuimos a ver en tromba pero a hurtadillas cómo la moza se lavaba desnuda en el patio de su casa, con aquel derroche de carne, jabón y palangana… Toallas húmedas, bragas y sostenes usados esparcidos por ahí, ruido de agua, olor a limpio… Sensualidad pura.

En aquella época, si veías aunque solo fuera unas bragas colgadas secándose en una cuerda de tender ya te ponías ido; pues imagínate… Y claro, nos dio por estudiar muchísimo juntos durante aquel curso.

¡Qué cosas…!

A José Antonio Ruiz Puig, nuestro Pancho; el principal mecánico de mi millón y pico de kilómetros. Alguien, que tenía la virtud de hacerte sentir especial solo porque estabas a su lado… Los habrá iguales pero mejores no. Adiós, amigo.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

……

AMIGOS DEL COLEGIO…

Quiero al Rovira algo así como a un hermano, porque nuestros apellidos casi consecutivos por orden alfabético, hicieron que casi siempre estuviéramos sentados en el mismo pupitre, durante años y años. Él era zurdo, y siempre jugábamos a eso de darnos porsaco sentándonos él a la derecha y yo a la izquierda: nos divertíamos estorbándonos al escribir.

Como los seres humanos nos formamos como tales -o nos forman- de niños, la infancia, es indudable que marca el resto de nuestras vidas de forma indeleble. Por ello, no sé si me pasa a mí solo, eso de tenerles tanto y tan especial cariño a mis viejos amigos, a aquéllos compañeros y colegas de infancia, de colegio, de juventud… Tengo la teoría de que, querámoslo o no, las personas de las que sabemos ciertos secretos están más cerca de nosotros; que nos unen con ellas, saberes íntimos de índole tan personal, que es un tesoro el saberlos.

Y yo, os advierto que tengo el tesoro de saber algunos secretos vuestros; nuestros… Recuerda, cómo eran de frías nuestras antiguas escuelas; de qué, era aquel bocadillo preferido que te ponía tu madre para almorzar; de si jugabas bien al fútbol o eras un fardo como yo, y de quién se duchaba luego en los vestuarios y quién no; de los que ligaban más, de quiénes no tanto, y de los que no ligábamos nunca… Yo me acuerdo, del gesto del llanto en tu cara cuando te lisiaste la rodilla en aquel golpe en bicicleta; de si tenías mal perder pero eras un buen chico, o de si eras un malqueda pero porque te daban miedo las chicas.

Sé de ti y tú de mi, secretos de compañero tan entrañables, que también sé que nos unirán un poco para siempre… Sé, si eras de los listos, de los revoltosos o de los empollones; si te comías los mocos, las uñas, las dos cosas, o ninguna; sé si eras valiente, solo tímido, o llorón. Todavía me acuerdo de la música que te gustaba, de muchos de los conciertos a los que fuimos; y de si eras viciosillo, solo bailaorico, o las dos cosas… Y sé si eras un genio, que también los hay entre nosotros, mira Daniel García.

Os quiero. Mucho.

💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

AYER SE MURIÓ MI AMIGO

Historias de Paco Sanz

Ayer se murió mi amigo. Hace mucho que no nos veíamos, pero sabíamos el uno del otro. Se acercaba a los ochenta. El yuyu le dio en el coche. Volviendo de trabajar. Le dio tiempo a pararse, bajarse y morirse en la calle. Sin haber dejado nunca de luchar, con las botas puestas, como se moría la gente en la películas del Oeste que veíamos de jóvenes. Siempre había contado con ello. Lo de de morte subita liberanos Deo siempre nos pareció una majadería.

Suscribíamos mejor aquello de que el que ama el peligro perece en él. Dicho de otra manera: “Los que tomen la espada perecerán por la espada… y los que no la tomen por enfermedades malolientes”. De joven había destacado en lucha grecoromana, y en la Universidad “sacamos” las marías tirando a pistola. Tener un amigo más valiente que uno anima mucho. Me enseñó a dar la cara. Era un artista en evitar las confrontaciones que podían acabar siendo violentas en unos entornos en que eran muy posibles.

En muchas cosas me recordaba a Mishima. Mishima vivía de manera que jamás, pudiera encontrarse en el brete de tener que defenderse echando mano a la espada… ¿Hay alguien que desee después de todo siempre el triunfo? Solamente aquellos seres de probada estupidez, aquellos seres mezquinos… Este sabio a pesar de su ejemplaridad jamás asumiría liderazgo alguno. Estos sabios no persiguen cambiar el mundo, sino que cambian los mundos, tal como urgía San Francisco de Asís a sus discípulos.

Entiendo la admiración de Federico por Ignacio Sánchez Mejías, el torero. Recuerdo a este respecto unos versos de otro poeta: “La mano del piadoso nos quita siempre honor;/ mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador./ Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;/ escudo, espada y maza llevar bajo la frente;/ porque el valor honrado de todas armas viste:/ no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste”.

Es algo como lo de antigua nobleza. Que el mucho andar a caballo a unos hace caballeros y a otros caballerizos. Por decirlo de otra manera: “El noble sigue siendo noble aunque sea un pésimo espadachín, mientras que el mejor espadachín no se convertirá por ello en noble”.

Hay algo en la manera de moverse de los que saben defenderse, que recuerda a la manera de andar de un corredor. Los maestros de esgrima dicen a menudo: “Demasiada fuerza” porque la esgrima es una suerte de cortesía. Cualquier cosa mínimamente brutal y arrebatada es descortés: los signos son suficientes; la amenaza es suficiente… una taza de té sostenida en la mano civiliza a un hombre. El maestro de esgrima juzgaba a un tirador por la manera de remover la cucharilla en la taza de café, sin hacer un movimiento de más.

¡Ay! “Los caminos del recuerdo/ se pierden detrás de mí/ y no puedo recorrerlos./ No puedo volver a verlos,/ ni a soñarlos, ni sentir/ su lejanía de tiempo./ ¡Ay!, lo pasado se ha muerto/ en mi corazón, dejándome/ sin memoria el pensamiento.

Historias de Paco Sanz

Mujeres desnudas

Me preguntó mi madre entre inquisidora y picarona: ¿Nene porqué te ha dado ahora por dibujar mujeres desnudas…? Hacía poco me había pillado una de aquellas revistas calentonas; casi la única fuente de pornografía en aquella época. Recuerdo que respondí explicándole que, después de estar hasta ahora dibujando amaneceres y atardeceres, bodegones, paisajes, naturalezas vivas y muertas, marinas, puertos, barcos y oleajes, escorzos, perspectivas cruzadas y picados; de verdad lo que me pedía el cuerpo, el lápiz y la mirada, casi compulsivamente, era dibujar desnudos; mujeres desnudas.

Dibujarles de cerca y con el máximo detalle, tanto las suaves curvaturas de las tetas como lo erizado o no de sus pezones. Perfilar con precisión lo anguloso de sus nudillos y atrapar, así, el gesto en sus manos… Entramar con carboncillo el triangulo casi negro de sus entrepiernas; y captar con lápiz de trazo algo más fino, lo pillo de sus miradas, y el cuenco, que se forma en sus vientres si acostadas boca arriba. Plasmar un parecido con ellas mismas. Dibujar sus espaldas, el desnivel de sus caderas; dibujarlas durmiendo, sonriendo, atusándose el pelo o lavándose. Dibujarlas. Dibujar no es pecado, es mirar con todo detalle ¿no…?

Pues eso.

¿Que cuándo me dio por escribir…? Pues cuando me dí cuenta de que cuando muera, aquí no quedará una mierda; nada. Que mi Paula y mi Rosa no tendrán dónde agarrarme. Que dibujar, pintar o esculpir, fotografiar o cantar, no son medios suficientes para contar con precisión… Que ninguna pintura, canción o artefacto tecnológico alguno, podrá sustituir nunca, a lo sentido en un solo rato de lectura atenta, entregada, intensa.

Gracias por leerme. 💞

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

NO TE CREAS NADA

Lejos de mí está, te lo juro lector, el pretender expresar aquí verdades o certezas. Aunque sí es mi deseo, el conseguir acercarme si quiera a describir con palabras esos sutiles y secretos filamentos, que forman la trama y la urdimbre donde se tejen nuestras emociones. Porque son éstas en verdad, de lo que os quiero hablar en mis relatos… Pero hay dos cosas, que procuro nunca hacer al escribir: una es contaros verdades, realidades; y la otra es mentir.

Solo pretendo, lector, que te quedes conmigo cuatro, cinco o seis minutos. Que me permitas tocarte con letras y si es posible, que vibres o se te erize el vello cuando junto esas letras. Y si no, que al menos te sirva para algo el leer mi intento de expresar; de escribir.

……….

Tras tomar aquella decisión juntos, encanados a llorar, decidimos que iríamos también juntos a la clínica con tal de solucionarlo de una vez. Una decisión muy muy difícil. Recuerdo que cada vez que si quiera pensábamos en ello, rompíamos a llorar de puta culpa y de vergüenza… Éramos tan jóvenes, tan ignorantes.

Y no, no dijimos nada; a nadie.

Entramos creo que temblando, cruzando unas puertas automáticas translúcidas; de esas de apertura lenta y sensación aséptica, típicas de clínicas privadas y caras. Una impoluta enfermera, al vernos titubear agarrados de la mano nos atendió solícita, se ve, que pretendiendo calmarnos con una de esas fingidas y frías sonrisas de buzón abierto de par en par. Una sonrisa como automática, maquinal, corporativa… Comprobó, lo primero, la tarjeta de crédito al rellenar la ficha con nuestros datos.

Como en todas las salas de espera de este tipo de clínicas caras, olía a un exceso de ambientador de notas sofisticadas y como pretenciosas; se ve que para disimular ese otro tufo, mezcla de miasmas, secreciones y ansiedades, propio de toda clínica ya fuere de ricos o de pobres… Antros éstos, que desinfectan y adormecen el olvido y la culpa, y en los que por igual te operaban para abortar, que para implantarte una polla artificial o enderezarte la nariz; siempre y cuando claro, la tarjeta estuviera a la altura.

Nos llamaron a la vez, y nos despedimos con un beso fuerte. Él a la habitación 16 y yo a la 14. Y llegó el momento de que abriésemos las piernas.

Casi tres horas después, nos volvimos a encontrar, temblando, de nuevo en aquella sala de espera de lujo. Ambos lucíamos un rictus espantado, y un evidente y extraño bulto doloroso en la entrepierna.

……….

Lo que sí confieso que hago, lector, es darme algo así como una especie de capricho… Quiero contar algo; y tengo un hecho real que lo ilustra. 0Pero sobre todo lo que tengo es la potestad de poder cambiar cualquier relato a mi antojo, siempre y cuando claro, sea fiel a la historia y a éso que te quiero contar. Ansío hablar de pequeñas verdades en las que creo, y es cierto que disfruto al contarlas; jugando a mezclar la verdad y la mentira, la realidad y lo imaginario, el presente y lo pasado; hablando de risas entre lágrimas, o al contrario.

………..

Menos mal que la tarjeta de papá no tenía límite de disposición, porque en aquella casquería de lujo, nos clavaron tres mil quinientos pavos por un par de cortes en los bajos… Su fimosis curó en unos cuantos días; pero costó semanas que el corte en mi vulva cicatrizara, y dejara expedita ya de una vez la estrechez de mi coño. Vulvitis adhesiva congénita, me dijeron.

Menos mal que ya podríamos follar sin que nos doliera. Lo que sí nos dolió, y mucho, fueron los tres mil quinientos sesenta y cinco pavos que nos estafaron. Porque en aquella clínica, nos tangaron con nuestra propia prisa.

……….

Adolescentes, queriendo colmar y aplacar sus urgencias carnales… Un oscuro negocio de matarifes frustrados.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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¿Cómo se hacen los niños?

Todavía recuerdo aquella mañana de domingo en la que se ve que me desperté algo más temprano de la cuenta; y como siempre hacía, fui a retozar un rato en la cama de mis padres. Tendría yo siete u ocho años… Al ir acercándome al dormitorio sin duda noté algo raro. La puerta estaba entornada al máximo; y tanta oscuridad en la habitación se debía a que también las persianas estaban casi completamente cerradas. Me paré, indeciso y furtivo ante el umbral de la puerta. En completo silencio la empujé, poco a poco, lo justo para colarme. Y la vista se me fue acomodando a la oscuridad.

Nada se percató de mí, y no sé porqué me agaché y volví a entornar la puerta.

¡Qué extraño! En vez de encontrarme dos personas durmiendo bajo las sábanas como sería de esperar, apenas distinguí entre la penumbra una especie de bulto semoviente, blanquecino; algo grande e informe. Algo, envuelto bajo los pliegues de la inmensa sábana de aquella cama. Y como que palpitaba el bulto ése; pero con impulsos lentos diríase acompasados y muy sigilosos. Se movía aquello en una especie de caótico y suave vaivén; un subibaja repetitivo; piiim pam, piiim pam… Y sólo se oían lo que me parecieron como cuchicheos guturales, o gruñidos suspirados o reprimidos; y una especie de bisbiseos ininteligibles.

No, no lo tenía claro… Viendo lo visto y muy extrañado no me atreví a interrumpir aquello. Así que con un silencio ofídico y volviendo lentamente sobre mis pasos, regresé a mi cama pensativo y atribulado.

Dejé transcurrir la mañana hasta que los oí removerse; y noté, que lo hicieron tarde y de muy buen humor… Desayunábamos ya a eso las diez de la mañana cuando me preguntaron extrañados el porqué, de no haber ido esa mañana a jugar con ellos en su cama.

– Me había quedadooo, durmiendo.

El recuerdo de lo acontecido no me dejaba parar de mirar constantemente a mi padre. Estuve toda la mañana creyendo detectar algo extraño entre sus gestos, o quizá en sus facciones; le observaba con detalle, sin que él se apercibiese. Me parecía verlo como más chulo y hasta más guapo; diferente… Creo, que hasta noté un extraño brillo que parecía aureolar su figura. No sé, serían cosas mías.

Y mi madre, si te fijabas también lucía enigmática, distinta, contenta.

¿Cómo se hacen los niños…?

Si habéis tenido hijos sabéis que cuando llega el momento, es ésta una pregunta que a no ser que llevéis mucho cuidado, te enreda en un nudo dialéctico y didáctico del cual es difícil salir airoso ante a tu crianza… Que si París y el amor; que si el papá y la mamá porque duermen juntos; que si aquellos monos del zoo; que si el huevo y el pollito; que si las chicas porque los chicos; o que si la manida cigüeña… Un problema.

Pues imaginaos a los niños en mi infancia… Hace cuarenta años cuando preguntabas por asuntos de cintura para abajo todo eran silencios; sapos y culebras. Es decir: o no te decían nada o como mucho te contaban alguna filfa para salir del paso y que te callaras. Un sí, pero no… Y como fueses descarado incluso te llevabas un buen cuesco o un pellizco, dependiendo si le preguntabas a papá o a mamá.

Estábamos solos ante un tupido velo de puritanismo cándido. Te enfrentabas a un páramo sexual, ignoto. Las chicas con las chicas; los chicos con los chicos; aquéllas, eran siempre un completo misterio… Descapullar era un verbo imposible; y si tú mismo te la tocabas mucho se te reblandecían las rodillas y los nudillos; o te salían unos granos en la cara de una pus muy sospechosa. Casi todo era pecado, malo, o estaba prohibido.

Pero a diferencia de hoy había tanta libertad entonces, que nos saltábamos todas aquellas normas y prohibiciones veniales con suma facilidad… O bien haciéndonos a hurtadillas con las páginas más picantes del Interviú. O bien colándonos, escondidos en los retretes del cine para después ver una película X. O mezclándonos con los mayores, para ver si nos enterábamos ya de una vez de qué coño era aquello de hacerse pajas, lo de comerse un torrao, o lo de darse un magreo.

No sabíamos nada. Y no había Internet. Subíamos sin miedo a los árboles a robar fruta; jugábamos juegos sin juguetes; salíamos en bicicleta sin cuidado, sin límites ni permiso; y aprendíamos a estudiar con libros de verdad, o también a fumar tabaco negro sin toser… Aprendíamos.

Yo ya tendría mis doce o trece años una tarde de verano en aquella pinada. Éramos amigos de ésos temporales; desconocidos conocidos en un par de meses de vacaciones: un madrileño, vasco, murciano, y hasta un alemán… Competíamos en una de esas típicas exhibiciones de pichas inexpertas, propias de adolescentes salidos… Que si yo la más grande, que si la tuya la más dura, o que si la de aquél la más gorda.

– ¿Y qué se hace con ésto…?

– ¿Y los niños qué, no eran cuestión de amor…?

– ¡Pero qué amor ni qué amooor…!

– Picha en breva.

Sé que quedé como un tontaina; pero aquella tarde aunque me lo explicaron riéndose, sentí, que en ese preciso momento me convertía en un hombre.

Y luego, muuucho más tarde, me convertí en padre.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El dilema

Va a hacer nueve años ya, desde que tuvimos que romper la infancia de mis hijas; nueve… ¿No fue suficiente con que inevitablemente, tuvieran que sufrir aquéllo…? No acierto a entender porqué, para hacerme daño a cualquier precio, tiene que volver a avergonzarlas y a hacerlas sufrir con esta infamia…

Después de todo este tiempo, resulta, que el próximo día 21 de este mes de Octubre, a las doce en punto y en la ciudad de Orihuela, como denunciado tengo obligación de asistir a juicio penal en calidad de acusado, onerosa, cicatera y falsamente, de un delito por impago de la pensión de mis hijas…

Y ahora que faltan solo unos días, he de confesar que sí, que ya tengo miedo…

La única manera que tengo de probar mi inocencia ante esta denuncia ratera, es, ni más ni menos, que subir al estrado a mis hijas… Usarlas cual armas arrojadizas como testigos, para que declaren, contradiciendo y por ello acusando a su madre en público y bajo juramento, que han sido siempre ellas las que todos los meses, han ido recibiendo de mis manos y en metálico, la práctica totalidad de la cuantía de esa mensualidad… Haberes que con tanta penuria y esfuerzo -a dios pongo por testigo- les he ido sin falta entregando…

Y mi gravísimo dilema es, que tengo que elegir entre defender legalmente mi libertad, o luchar moralmente por mi hondura y ejemplaridad como padre… Me encuentro ante la decisión salomónica de, o bien asumir el cáliz amargo del oprobio y la prisión; o bien de ser yo también la causa del trauma, que seguro sería para mis hijas el verse en la obligación, de tener que testificar ante un juez contra de las mentiras avaras de su madre. Con ello tal vez conseguiría librarme de la prisión, sí; pero traicionaria el lema que siempre he pretendido inculcar en mis hijas: aquél de que la familia, es siempre lo primero…

No estoy dispuesto, ni a obligar a mis hijas declarar en contra de su madre, ni a consentir que siquiera el juez lo haga… Solo consentiría que fueran su libre albedrío y su conciencia, lo que las hiciese subir al estrado…

Y como tampoco estoy dispuesto en forma alguna a volver pagar, un dinero que ya he pagado, precisamente porque el hacerlo sería aceptar esa espuria acusación de que no lo había hecho antes, creo que, a menos que suceda un milagro, voy a ir a la cárcel… Pagaré, con cárcel.

Me siento tan impotente y tan atrapado, tan enmarañado entre la injusticia y la indefensión de esta denuncia, que hace tiempo decidí plantarme ese día yo solo y a calzón quitado, en la Sala de lo Penal Número Tres de Orihuela… Voy a presentarme allí, siempre con el máximo de los respetos, pero a portagayola… Ni me he preocupado siquiera de disponer o no de abogado, ya que ni lo quiero, ni lo necesito dado cómo de en mi contra están estas leyes… Voy a comparecer, con las armas solas de mis palabras, la tranquilidad de mi conciencia, mis cojones, y mi profunda indignación…

Pero, pese a ésta mi pose digna y chulesca, confieso que necesito alivio y consejo, porque estoy comenzando a temblar ante la proximidad de los padecimientos de este cáliz que me espera… Cáliz, que no puedo apartar de mí en forma alguna, y cuyos tragos amargos son, precisamente, lo que quiero describir aquí, y ahora…

Antonio Rodríguez Miravete

Si levantas la mano, y no das…

Cuando en mi niñez te castigaban, el escarmiento lo era, y de veras… Y nunca, jamás, se perdonaba el correctivo porque dejaba entonces de de tener sentido, de ser efectivo, de servir para algo…

“El que la hace la paga… Porque si de verdad tienes que levantar la mano, y no das; luego, no tienes fuerza pa’ná…”

Sólo se levantaba la pena en caso de que el penado, primero, hubiera cumplido una buena parte de aquélla, y segundo, diera verdaderas muestras tanto de contrición, como de un firme deseo de no volver a cometer aquellos actos causa de su penitencia…

El propósito así de los castigos, no era el del resarcimiento de una afrenta o de un delito, como lo es la pena para un reo… Su finalidad en cambio era la imposición, aunque fuere a la fuerza, de algún concepto importante, muy importante; generalmente relacionado con aspectos troncales de nuestra educación, comportamientos, o formas de actuar en determinadas situaciones vitales, trascendentes, o morales…

Por ello, la motivación de quien nos imponía un castigo ejemplar era, casi siempre, fruto de alguna forma de aprecio o de cariño, de sincera amistad, o hasta de amor…. Nadie, se toma el trabajo de castigarte si no espera inculcar algo positivo en ti, o si no desea pulir alguna mejora en tu persona… Así, el castigo, es también y en cierta forma un acto de estima y de fe en el castigado, ya que con esa expiación forzosa de sus faltas, se pretende, la redención de sus errores, una evidente mejora personal, o el aprendizaje de alguna lección muy muy importante…

Es un hecho demostrado, que aquella educación clásica basada en el mérito y la valía personal, en la disciplina, en el respeto a los mayores y en el esfuerzo constante, era la forma más efectiva de formar personas completas, responsables, curiosas y cultas… Y modernas.

Y, de verdad, estoy ya hasta los cojones de los independentistas…

¿Porqué no les hemos levantado una gran mano nacional, para darles una buena y ejemplar ostia, también nacional…? 🤔

Cataluña es mía también. Y de mis hijas…

Los cobardes son más, pero ésta es una lucha de valientes…

Antonio Rodríguez Miravete

Jorge, la regla y la Maestra…

Mil novecientos setenta y siete, o setenta y ocho… Aquella mañana hacia frío; primeros de octubre.

Eran los inicios del curso y la Maestra traía ese día un humor de perros; algo raro seguro le pasaba. Huraña, como dolorida o descompuesta y muy muy arisca. Nos reprendía con una acritud inusitada, tan solo, porque algunos traíamos no sé qué tareas sin hacer… Así, decidió por ello y se dispuso, a administrarnos aquel correctivo tan típico de la época. El primero del curso.

Éramos cinco; nos levantamos en silencio y formamos una hilera; dóciles, estiramos al frente el brazo derecho girando la palma de la mano hacia arriba; y resignados, esperamos casi temblando el golpe y la quemazón de un buen reglazo.

Parece ser que Jorge, al vernos, por imitación y seguramente creyendo que aquello era algún tipo de juego, se levantó también de su pupitre, y muy divertido, se colocó el primero de la hilera por la izquierda, justo a mi lado, remedando nuestra postura con el brazo extendido… Pero él, sonriendo.

Solo un momento antes, la profesora se había girado, dándonos la espalda para coger de la mesa aquella temible regla de madera. Y debido seguramente a esa desazón personal en la que se encontraba, se ve, que no se dio cuenta de la incorporación inesperada de Jorge a esa hilera de justiciables esperando castigo.

Tenía la pobre, sin duda, una mala mañana.

Todavía de espaldas, y algo teatrera, alzó con ademán brusco aquella regla; después, se giró hacia nosotros, despacio. Pero lo hizo sin mirarnos directamente. Ojos gachos, como contritos. Mirada esquiva o avergonzada, fija tan sólo, en esa primera mano de aquella hilera de manos anónimas… Seguramente no se sentiría bien mirando a la cara de sus reos, en el preciso momento de ajusticiarlos.

Se oyeron entonces tres sonidos, casi simultáneos: el chasquido seco del reglazo contra aquella primera mano abierta, la de Jorge; inmediatamente una palabrota y un gruñido; y finalmente, solo se oían los espantosos aullidos de dolor de la Maestra al recibir como respuesta instantánea a su reglazo, el tremendo patadón en la espinilla que, cual resorte, Jorge, le propinó con aquellas temibles y enormes botas reforzadas que siempre usaba.

Patadón aquél, que quebró su tibia, y la hizo caer como se desploma un árbol talado tras el último y definitivo hachazo.

Se le veía feliz viniendo por fin al colegio, puntual, como un reloj, y con aquella destartalada cartera de cuero cobrizo. En ella atesoraba su almuerzo, algunos lápices de colores mordidos y gastados, y un ajado cuaderno maltratado, garabateado y grasiento. Grasiento, porque tenía la obsesiva costumbre de almorzar siempre lo mismo, un bocadillo, su favorito, con abundante aceite de oliva y chocolate en polvo… No existía nada parecido a la nocilla en aquella época.

Se había ganado, por méritos propios, el que le considerásemos uno más, uno de los nuestros. Era un niño enorme para su edad, más de setenta kilos y muy fuerte; su aspecto, algo osco, realmente imponía. Pero era sin embargo muy cariñoso, obediente, y tenía la empatía y el sentido común suficientes para portarse de manera más que correcta en clase; mejor que muchos otros que no éramos de su condición.

A los nueve años, sus padres y profesores tuvieron la audacia en aquellos tiempos, de acordar que, por su bien, Jorge asistiese normalmente al colegio con la chavalería de su edad. A los niños como él, simplemente se los ocultaba, enclaustrándolos en el oprobio de sus familias y en el silencio de sus casas; seguro que con la buena intención de protegerles del mundo exterior, pero condenándolos sin remisión al vacío de una vida castrada, sin estímulos, ni amigos.

Jorge no entendía nada; era la primera vez que le habían disciplinado en el colegio. Estaba asustado por el reglazo, por la patada, por la sangre y los gritos; por los otros maestros entrando alarmados en tromba; por las expresiones de pavor en nuestras caras debido a tamaño suceso.

Gritos, llantos, carreras.

Recuerdo que intenté calmarlo, hablándole conciliador, y pasándole amistoso desde atrás mi brazo sobre sus hombros. Desorientado, sin mirarme y creyéndose amenazado, braceó bruscamente para zafarse de ese abrazo golpeándome sin querer en la cara… Caído en el suelo, yo también, empecé a sangrar profusamente por la nariz.

Al girarse, reconocerme y darse cuenta de mi estado, agarrándome con suavidad de los brazos y sin esfuerzo, me levantó con sumo cuidado.

Miró mis ojos con una expresión asustada; de disculpa diría. Yo, vi lágrimas asomando en los suyos. Y sin dejar de mirarme, espantado por la hemorragia que manchaba mi cara y mis ropas rompió a llorar. Pero lo hizo en un completo silencio, no emitía suspiro, queja, o sonido alguno. Solo unas leves muecas quebradas en su cara, y el rastro de los carriles húmedos de sus lágrimas, evidenciaban ese llanto mudo, sentido.

– ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo! ¡Perdona amigo…! Me repetía.

Éramos vecinos; apenas a doscientos metros vivíamos el uno del otro.

De repente, me abrazó de lado con toda la firmeza de su brazo derecho; y con un leve empujoncito pero que no admitía oposición alguna, comenzamos a caminar buscando la puerta de salida del colegio; ignorando, o empujando, a todo aquél que pretendiese impedírnoslo.

– ¡A tu casa! ¡A tu casa! ¡A tu casa!

Al escabullirnos de clase trompicando en medio de la confusión, vimos a la Maestra tirada en el suelo, sangrando por una tremenda herida contusa y con la pierna deformada por la rotura. Chillaba la pobre, retorciéndose de dolor, a la vez que desesperada pedía auxilio a los otros profesores que en ese momento la asistían. Tenía la falda, grotescamente remangada por la caída.

No podía saberlo entonces pero, en ese momento, descubrí la causa de su humor de perros cuando, mirándole las bragas, extrañado, vi esa mancha marrón oscura que como empapaba aquel triángulo blanco de su entrepierna.

Todo un misterio para mis ocho años.

Finalmente, trastabillando, pero abrazados y casi al paso, pudimos salir del colegio… Jorge parecía un jugador de rugby, placando y apartando bruscamente con su potente brazo izquierdo, a todo aquél que osó interponerse frente a su resuelta intención de llevarme, a toda costa, indemne a mi casa.

Y lo consiguió.

Gracias Jorge; que sepas que no lo he olvidado.

Me libraste de aquel primer reglazo, y me acompañaste hasta el final.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

el borracho…

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Eran las tantas de una de aquellas madrugadas escarchada de invierno, y todavía estábamos en el WAY-KAY, un sempiterno garito de mi pueblo. Apurábamos nuestro cuarto o quinto gintonic de aquella noche cuando oímos abrirse la puerta de entrada… Nos giramos con desgana para ver quién era el parroquiano que, a semejantes horas, buscaba refugio a su noche.

Al ver entrar a Vicente nuevamente nos giramos, al unísono esta vez, pero para mirar a Pepe, el dueño del establecimiento.

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Éste frunció el ceño, y cordialmente aunque con cierta superioridad paternalista, salió de la barra para con unos empujoncitos insistentes conminarle a que se marchase a su casa.

Vicente se le acercaba trabajosamente. Le miraba nebuloso y beodo. Los vaivenes cruzados de sus pasos y el pícaro desatino de su mirada, evidenciaban su animoso y espeso estado etílico.

Había sido Vicente toda su vida aparcero de mi abuelo Antonio en nuestra finca de El Saladar, y yo le recordaba siempre cercano y familiar desde que tengo memoria. Era un tipo chaparro, bajo y ancho en exceso aunque no gordo sino ligeramente como chafado; tenía sin duda una figura algo grotesca… Su cara también como aplastada, así como su chata expresión, estaban surcadas por unas arrugas de tiempo indefinible que le daban el aspecto de un raro y feo treintañero, aunque cincuentón.

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Como trabajador era algo maganto, pero era valioso por lo leal y por lo gracioso, y especialmente, porque poseía una enorme experiencia y algo parecido a un don especial para casi todas las labores de la agricultura. Derrochaba, una simpatía ramplona y sincera aunque en absoluto estúpida ya que no era tardo ni mucho menos. Y tenía una conversación siempre chocante, ácida y bullanguera y algo ‘salida’, cosa que yo en mis tiempos mozos siempre le agradecí, dada la falta de fuentes de información que había a esos respectos.

Vicente, pese a los empellones que Pepe le daba en dirección a la puerta de salida, con toda la corrección que su pedal le permitía y dejándose arrastrar, le imploraba para que le sirviese una copa de soberano.

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En ésas estaban cuando en su tira y afloja pasaron por delante de nosotros, y Vicente, al reconocerme, con el suplicar de su mirada me pidió que intercediese por él para conseguir aquella copa.

No me pude resistir, era amigo mío… Haciendo un gesto condescendiente a Pepe, aplaqué a regañadientes su intención de sacar a empujones de su establecimiento a tan estrafalario parroquiano… Accedió a ponerle la copa finalmente.

Se la sirvió con desgana; dejando caer poco a poco aquel líquido ambarino mientras fijaba molesto sus ojos en los desvalidos de su cliente. Éste, oscilaba espirituosamente frente a él con la suavidad de su pedal, mirando la copa, y agarrándose a la barra con sus dos manos; abriendo ligera y aunque trabajosamente las piernas, en una búsqueda inestable de estabilidad corporal.

Una vez servida la copa, de forma desabrida y rotunda, Pepe le dijo:

– ¡Vicente, ésta es la última copa que te pongo…!

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Vicente abrió como platos sus ojos de curda mirando a los de Pepe; a la vez, beodo perdido, seguía meciendo suavemente su cabeza cuando estiró de repente los brazos que le agarraban a la barra, hasta el punto de casi caer de espaldas… Pasaron unos segundos de silencio entre mutuas miradas extrañadas, hasta que Vicente consiguió aclarar lo justo sus pensamientos… En aquel momento, incorporándose apenas y casi retador, va, y le dice con voz caldosa, mirándole todo lo fijamente que podía y con un bamboleo borracho y socarrón:

– ¡Ootiaa Pepe…! ¿la údtima…? ¿Eg que te vasss aa moriiirr…?

Justo estaba escuchando la respuesta con el trago de gintonic en la boca, cuando de la risa, la pedorreta inevitable me hizo escupir hasta por las narices aquél combinado.

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El pub entero comenzó a reír por lo ocurrente de la respuesta hilarante, ágil e inesperada, de un tipo tan sencillo como Vicente. Aquello no pareció gustarle demasiado a Pepe, quien haciéndose el sueco empezó a enredar con sus labores propias de barman, restándole importancia a la chocante derrota dialéctica que acababa de sufrir a manos de alguien como Vicente.

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Estábamos apenas reponiéndonos de nuestras carcajadas cuando del tirón, Vicente se embauló de un trago la copa. Con garbo chocarrero y con sus pasos cruzados por el pedal, se despidió de mí y del resto de los feligreses nictálopes que ahí quedábamos en el garito… La bonita curda que llevaba hizo que del impulso al abrir la puerta para salir, se golpease fuertemente los hocicos con la misma, cayendo de espaldas con una marcada línea roja en la cara que le cruzaba verticalmente el ojo derecho y parte de la nariz.

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No pude evitar el recoger del suelo a Vicente y acompañarle durante los acaso cien metros que nos separaban de su casa, a la que llegamos haciendo eses, abrazados, y parloteando de forma viscosa y embarullada de nuestros recuerdos comunes.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL PAN…

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Cuando ahora al entrar en la panadería estiro el cuello, y a través del mostrador y de mis años, me asomo con curiosidad para ver el obrador, compruebo complacido que el horno es el mismo de hace más de cuarenta añadas… Solo la zona de venta al público ha sido actualizada y reformada; el resto del establecimiento es, a mis ojos, exactamente el mismo.

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Todavía puedo oír a La Dolo gritándonos, espantada, para que nos alejásemos de la peligrosa boca del horno… Monas, rollos secos, magdalenas y bizcochos de docena, salían a borbotones por aquel agujero abrasador; y peligraban, lógicamente, con nuestra ávida y atracadora presencia en las inmediaciones… Almojábanas, toñas o mantecados; relentes, pelusillas y pastas flora; tortas de sal y tortas de calabaza o boniato; dulces de yema tostada, almendrados y hojaldres con cabello de ángel; panes de leche, empanadas y pasteles de cierva; tortas de santiago, tartas de novia o tetas de monja.

Una maravilla os lo aseguro.

Siempre pillábamos algo porque sabíamos, de las vecinas generosas que obsequiaban con una de aquellas delicias todavía candentes, el que les abriésemos las puertas, o el que las ayudáramos a cargarse apoyándolas en las caderas, aquellas enormes bandejas negras, metálicas y quemadas por el uso, que acarreaban con garbo y maña.

En aquellos años de mi infancia los dulces se hacían en cada casa, casi nadie los compraba; en parte porque era caro, pero en mayor medida porque las mujeres tenían cada una el prurito de hacer sus propias recetas; en una especie de franca competición vecinal para que, al compartirlas, comparásemos la excelencia de aquellas ambrosías caseras.

Los críos, andábamos enredando y haciendo alguna faena entre delantales y artesas, pellizcando ávidos a diestro y siniestro las mullidas masas fermentadas y olorosas; babeando detrás de aquel baile continuo de aromas insinuantes y confitados. Engullíamos compulsivos los merengues batidos y azucarados, y rebañábamos afanosos, almíbares, mermeladas y mieles, en una vorágine de ir y venir en procesión incesante, y casi hipnótica, de irresistibles manjares golosos… Esas mujeres mágicas de mi puericia, creaban una repostería sublime con solo sus manos y unos saberes ancestrales, aprendidos de la tradición y del respeto a sus antepasados. Saberes que exhibían cada año en navidades o por pascua, por todos santos, y por cualquiera otra excusa que hubiera para un buen yantar.

el pan

Ayer compré un pan de kilo y medio, rotundo, hermoso, como los de hace ocho lustros. Una hogaza como antigua, salida del horno de la calle San Francisco, de esas que duran más de una semana, y que estarán mejor al tercer día que en el momento de comprarla.

Un pan de textura amable y crujiente, que junto con su sabor honesto, dulce y salado a la vez, invocó borrosos recuerdos, sentimientos difuminados y olvidadas sensaciones. Una hogaza de pan molludo, blanco y cálido, con un olor maternal y acogedor a tostado y a levadura, que tuvo la virtud de rebobinar mi memoria hasta evocar con intensidad y ternura mi niñez.

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras.

8 de Marzo…

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Me preguntan mis dos hijas, desde su inocente adolescencia, mi opinión acerca de la huelga feminista del ocho de Marzo.

Les respondo que, hasta que yo recuerdo, siempre se había celebrado el ocho de marzo, como el DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA. Que siempre había sido ese día, jornada no de huelga sino de merecida celebración insisto; y de justas reivindicaciones, como no podía ser de otra manera.

Celebración de lo femenino, del mérito de ser mujer en toda época y circunstancia. Y siempre habían hecho las mujeres de este día, repito, no uno de de tensión social y huelga cuasi obligatoria, sino algo así como un ‘día feriado’ en el que la que podía, no trabajaba. Pero ese ‘no trabajar’ era algo así como un gesto casi festivo, de demanda y exigencia de de unos derechos y libertades más que merecidos.

Había sido siempre el ocho de marzo una ocasión para alabar la valentía de la maternidad trabajada; el coraje de engendrar, parir, educar y nutrir amorosamente.

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Una fecha histórica para exaltar las virtudes del trabajo, el esfuerzo y la dignidad femeninas. Un día éste, para ensalzar a la mujer en la figura de las esposas amadas y las amantes deseadas; de las hijas adoradas; de las madres abnegadas y de las hermanas cercanas. Un gesto para amigas sinceras y compañeras… Era en el fondo un rendido homenaje a un género, el femenino, que si no existiera, habría que inventarlo.

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Creo que el hacer de una celebración así, ocasión para enfrentar casi agresivamente en una huelga tramposa a hombres contra mujeres, no es sino un intento sibilino de instaurar, la perversión paranoica de un complejo maníaco depresivo, que persigue la disolución de lo femenino en favor de una sectaria ideología de género, ya no feminista, sino represora, oscura y revanchista; además de segregadora y completamente inútil.

Que no os engañen
¡¡¡ VIVA EL DÍA DE LA MUJER…!!!

Antonio rodríguez Miravete. Juntaletras

ALEGATO DEL TERNO

Vivimos tiempos moñas, faltan redaños. Tiempos èstos, en los que hay que pesar y medir las palabras para, o bien redundarlas, o bien esconderlas; pero ante todo hay que filtrarlas, con cuidado, para adaptarlas al tamiz de un melífluo y pegajoso lenguaje políticamente correcto. Lenguaje, impecablemente acorde con esta ideología inane y de arreones que nos rodea, que nos comprime, y que sibilinamente nos reprime.

No podemos llamar a las cosas por su nombre… No.

Tenemos que buscarnos, y cavar, trincheras léxicas, para expresar no sólo a la defensiva sino cobardemente, conceptos que necesitarían ser expresados de viva voz, además de con palabras presumidas y rotundas, prístinas y refulgentes.

Una verdadera mierda, estos tiempos en los que hay que esconder con cuidado lo español, y sin embargo hay que enarbolar nuestras diferencias con inquina, para parecer modernos y progres, siniestros de ideas e implicados en lo político.

En realidad con esta actitud, lo que como sociedad evidenciamos es una evidente y vergonzosa cualidad ovina. Defecto éste, que cualquier sátrapa con habilidad suficiente para obnubilar rebaños, usará en su espurio favor para manejarnos a su antojo, y casi, sin que nos demos cuenta.

Hasta los huevos estamos, de jovenzuelos arrogantes aunque bisoños, medianamente preparados, y que quieren matar al padre con su lerda ideología adanista, mesiánica, y zurda.

Y con ellos, vendrá el reino de los cielos… Y la iniquidad, la corrupción y la injusticia, a partir de ellos, no habitarán ya más entre nosotros.

Amén… Queee les den.

Quieren enseñar al padre a tener hijos. ¡Los tontos del capullo…!

Han olvidado, que sus padres y sus abuelos hicieron un trabajo excelente. Cambiaron su mundo para mejor sin duda. Escucharon a su Historia para legarnos un ejemplo y un pasado decente del que estar orgullosos. Aceptando, y perdonando; asumiendo, y trabajando.

Estos políticos somierdas, ahora solo buscan lo inmediato: el voto de mañana mismo. Les importa una higa nuestro común beneficio para pasado mañana.

Por eso. ¡Coooño a por ellos…!

¡¡VIVA EL LENGUAJE…!!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

El grito

El sopor y la morriña que el calor provocaba en la tarde de un miércoles de agosto, en plena canícula estival, era irresistible. Las sombras caían perpendiculares al suelo, apenas rebasando el contorno de los objetos que las proyectaban, el calor espeso parecía que detenía el tiempo, lo ralentizaba pesado y pegajoso. A la hora de la siesta, en la huerta, solo se oían el crujido de mis pasos en la hierba seca y el chirriar de las cigarras.

El grito de auxilio sacudió mi pereza y mis embotados sentidos… Respondí con otro, esperando respuesta para poder ubicar el origen de donde provenía. El consiguiente grito hizo cambiar bruscamente el rumbo hacia donde desorientado me dirigía.

No acertaba ver a nadie; largas filas de algodón plantado geométricamente a lo largo y ancho de un enorme bancal frente a mí, más atrás, la línea verde intenso de la acequia bordeada de cañaverales que partía en dos la finca. Volví a gritar y la respuesta me mantuvo en la dirección hacia la que me dirigía, pero seguía sin ver a nadie. Corría alarmado a horcajadas evitando pisar las hileras de las plantas, acercándome rápidamente a la acequia, no parecía haber nadie, sin embargo los gritos no cesaban.

Llegué hasta la mota de la acequia, junto a una compuerta, ésta retenía el agua haciéndola subir de nivel hasta que rebosaba hacia una “regaera” que distribuía finalmente el líquido, progresivamente a cada uno de los márgenes del bancal. Las cañas se dejaban caer lánguidamente de las motas hacia el cauce de la acequia cerrándome la vista del mismo; estaba muy cerca del lugar origen de los incesantes gritos pero el espeso follaje me impedía distinguir nada. Finalmente pude atisbar una cabecita que apenas asomaba del nivel del agua, y unos brazos que agarraban frenéticamente cañas y follaje para mantenerse a flote, las paredes lisas de hormigón de la acequia impedían apoyarse en lugar alguno para poder izarse y salir; los dos metros largos de profundidad tampoco ayudaban.

nina-gritando

Al acercarme más pude darme cuenta de que se trataba de una niña. Los gritos cada vez eran más débiles debido al cansancio; el esfuerzo de mantenerse a flote y de luchar contra la corriente, que arreciaba justo en ese punto junto a la compuerta, estaban desgastando la tenacidad de la pequeña. Los remolinos del agua apretujándose por la presión, arrastraban y succionaban a la niña hacia abajo venciendo poco a poco, pero de forma inexorable, su resistencia… Me lancé al agua, con precaución para no golpearme con las paredes de hormigón de la acequia, a la vez que me agarraba de alguna de las cañas que se vencían hacia el cauce… Conseguí acerqué a ella y me di cuenta que era una gitanilla de no más de ocho años que gritaba y se agitaba como una loca.

En cuanto sintió mi contacto al agarrar su bracito, bruscamente se giró; con la agilidad de un mono me agarró ella y, literalmente, trepó primero por mi brazo, luego pisó sin misericordia mi cabeza con sus pies desnudos, arañándome e impulsándose hasta agarrar mi otro brazo que sujetaba la caña que nos sostenía a ambos. Finalmente consiguió otro agarre más arriba hasta que, con una rapidez y habilidad inesperada, en un último impulso y golpeándome sin miramientos con sus piernas, de un brinco consiguió salir del cauce.

Allí me quedé yo, hablándole para tranquilizarla, pidiéndole que me ayudase ahora ella buscando una caña robusta o algo que sostuviese mi peso para salir; me preocupaba mucho que estuviese asustada o herida, no paraba de hablarle y de pedirle que me hablase…

Tras un instante me di cuenta de que se había largado… la cría había salido corriendo dejándome allí tirado, mojado, sin ayuda y hablando solo; ni gracias.

Sin mucho esfuerzo conseguí salir de la acequia y, refrescado eso sí, comencé a espionar algodón.

Gracias por leerme 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Furtivos

El aspecto exterior del edificio era imponente pero ruinoso, aunque las ajadas y desvencijadas puertas exteriores todavía lo mantenían, aunque precariamente, cerrado y secreto….

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Ellos dos sabían que saltando la valla trasera se podía acceder al patio posterior; éste, comunicaba con el fondo del antiguo escenario, a través de una pequeña puerta casi completamente desarbolada de puro vieja… Yo, en cambio, pese a ser familia de los propietarios del vetusto edificio, casi no sabía absolutamente nada del mismo, y he de confesar que hasta ese momento nunca había tenido curiosidad alguna por él…

Pero la propuesta de colarnos esa tarde, de forma furtiva, era irresistible.

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Esperamos rondando nerviosos por los alrededores el momento adecuado, cuando Luis dio la señal… Tras saltar rápidamente la valla exterior y forzar sin mucho esfuerzo la pequeña puerta de acceso, de repente, nos encontramos al principio de un lóbrego pasillo que iluminábamos apenas con la única linterna de que disponíamos…

Avanzamos, hasta llegar a una pequeña habitación de techo muy bajo, que a su vez comunicaba con el enorme e inquietante patio de butacas… El haz de luz de nuestra raquítica linterna, se perdía en la espesa oscuridad del negro espacio vacío y húmedo, iluminando tan solo, un caótico universo en movimiento de infinitas motas de polvo, suspendido por el tiempo y la desidia…

En penumbra, llegamos hasta el pasillo y casi a tientas nos dirigimos hacia la salida central, llegando hasta lo que parecía el hall de la entrada principal. Allí nos separamos… Fernando se quedó con la linterna, y Luís y yo nos tuvimos que apañar con cerillas y mecheros para abrirnos paso por la aplastante oscuridad que nos rodeaba…

Giré intimidado a la izquierda, llegando hasta un estrecho pasillo lateral por el que se accedía a los palcos; éste, se curvaba ligera e inquietantemente siguiendo la forma elíptica de la enorme sala, lo que hacia que no pudiese ver el final del mismo… La sensación al avanzar era como si ese opresivo, angosto y tétrico pasillo, no acabase, no tuviese al recorrerlo un final definido…

Crujían mis pisadas al aplastar papeles, cristales y pedazos de ajados marcos de madera que, seguramente, alguna vez habían orlado fotos de viejas glorias del espectáculo, hacía mucho tiempo olvidadas. De repente, unos ruidos extraños e inquietantes; rítmicos, tétricos, sobresaltaron mi ánimo erizando cada pelo de mi cuerpo de puro miedo; grité llamado a mis compañeros…

Guiado por el sonido de sus respuestas, llegué a trompicones de nuevo a la zona del patio de butacas, justo al pie de una escalera por la que se subía al escenario; sobre éste, y situado en el centro, se hallaba un fantasmagórico y destrozado piano, cuyas viejas y desgastadas teclas estaban siendo aporreadas nerviosamente por Fernando, de forma que roncas notas metálicas, desafinadas y lúgubres llenaban el espacio espantándonos…

Debido al canguelo que sentíamos los tres, instintivamente, nos reunimos nerviosamente junto al piano, y justo cuando bromeábamos golpeando de nuevo las desgarbadas y sordas teclas, sentimos un gran crujido sobre nuestras cabezas, tras el que se produjo un enorme estruendo, precipitándose sobre nosotros gran parte de la arcaica tramoya situada sobre el escenario…

Los polvos de color rojo cubren a uno de los participantes en el festival de Gauhati, India.

De repente, aunque milagrosamente indemnes de daño físico alguno, quedamos completamente cubiertos de una polvareda sucia, espesa y asfixiante, que nuestra exhausta linterna podía apenas penetrar…

La enorme dificultad para respirar, y el gran susto en mayor medida, hizo que arrancásemos a correr casi a ciegas, espantados, tropezando, y buscando frenética y ansiosamente la salida por la que habíamos penetrado en el edificio…

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Casi sin resuello nos encontrábamos en el exterior del teatro, corriendo, y alejándonos espantados a la vez que exultantes, cubiertos completamente de polvo, y con la respiración entrecortada por el gran susto, la excitación, y la carrera…

A nuestros 13 o 14 años, la experiencia había valido la pena…

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras