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Mi sobrino. Mis hijas. El Camino.

Llevábamos ya tres jornadas del Camino, y habíamos pasado el cuarto día descansando en el paraíso del Puente de las Herrerías, al pie del Cebreiro. No olvidaré nunca el baño de pies en agua helada que nos dimos en el riachuelo que cruzaba la aldea; ni la merendola que nos pegamos luego. Creo que él tampoco… Un momento mágico, magnífico, un instante entrañable que llevaré siempre conmigo. Cuatro días llevábamos completamente juntos mi sobrino y yo. Yo le contaba historias y él se embobaba; todo eran preguntas: tío ésto, tío aquéllo, tío lo otro.

Sólo ocho o nueve años tenía; qué gracioso el mañaco; y se empeñó en venir conmigo: con su tío… Con sus dos cojoncitos, sí, pero pidiéndole permiso a mi hermana claro; que también tuvo el valor de dejar que me lo llevara.

“Me voy con el tío…” Le dijo a su madre.

Una buena mochila y unas zapatillas, un par de billetes de tren hasta León, otro de autobús hasta Villafranca del Bierzo, y luego el coche de San Fernando: unos ratitos a pié y otros andando.

Recuerdo la etapa reina del Camino, ya en las rampas del Cebreiro; casi nos habíamos terminado los tremendos diez kilómetros de subida, cuando va y me dice el niño aquéllo de: “tío, vamos a parar que me tiemblan un poco las rodillas…” ¡Jaaajaja…! Me reí de mí mismo porque he subido ya de adulto ese tramo en seis ocasiones, y en al menos cuatro, me ha dado siempre una de esas lipotimias brutales de quedarte blanco como el papel, y tener que parar casi media hora para echarte agua en el cogote y reponerte resollando.

¡Ángelico…! ¡Qué huevos, qué entrega y qué fe, qué a gusto estaba, y cuánto que disfrutó sudando y subiendo con su tío y su mochila de cinco kilos…!

Años más tarde me llevé también a mis hijas: la pequeña con diez y la mayor con trece… Y repetimos el mismo trayecto, aliviando nuestros pies sumergiéndolos de nuevo en aquel riachuelo, y descansando también al cuarto día… Luego, para ver de qué madera estaban hechas, las hice dormir una noche a la intemperie, al abrigo de una vetusta ermita y junto a su cementerio. Justo en la misma, donde yo también dormí al raso la primera vez que hice el Camino, hacía casi cuarenta años.

Recuerdo aquella vieja vecina loca, que parecía la dueña de la ermita, y que la impertinente, pretendía echarnos de allí insistiendo en que nos fuésemos a dormir al albergue que había cerca… Yo le explicaba que esa noche quería tener una experiencia especial con mis hijas, y que no se preocupase porque no daríamos cancán ni dejaríamos basura. También le pedí amablemente que dejara de darnos follón y por el saco, ya que a diferencia de ella no estábamos molestando a nadie. Solo nos encontrábamos al abrigo de una iglesia haciendo el Camino de Santiago, y siempre podíamos acogernos a sagrado para dormir bajo techo.

Recuerdo que a la pobre señora se le pusieron como que los ojos en blanco, y bufando y mirando al cielo, y creo que sin entender nada de nada, giró sobre sí misma y se largó de una vez mascullando aquella memorable frase tan gallega de: “¡Bueeeno, yo, ni só ni arre…! ¡Haced lo que queráis…!”

¡Jaaajaja…! Y pasamos una noche de lo más inolvidable al raso, charlando y mirando estrellas, acostados aunque algo inquietos, metidos en nuestros sacos de dormir tan cerca de aquellas viejas tumbas.

En otra ocasión, acabábamos de despertarnos en un albergue perdido en medio de ninguna parte. La tarde anterior habíamos llegado cansadísimos, y no había otro sitio habitado en kilómetros a la redonda. Salíamos a desayunar en las mesas afuera en la terraza cuando lo vimos; cuando mis hijas lo vieron: el pobre peregrino aquél, escarbaba en busca de comida en los cubos de basura del albergue… Las dos, se miraron e inmediatamente abrieron la bolsa donde guardábamos toda la comida que nos quedaba: una lata pequeña de atún, dos quesitos de untar, un jeme de chorizo y media barra de pan. Tampoco teníamos leche para el desayuno… No lo dudaron: ¡Papá, tenemos que darle comida a ése hombre…! Yo no sabía dónde ni cuándo íbamos a encontrar un lugar donde aprovisionarnos; también estábamos hambrientos y sin desayunar, y nos esperaba una muy dura jornada.

Pero la decisión ya estaba tomada: cortaron la mitad del chorizo, cogieron uno de los quesitos de untar, y partieron también por la mitad el pan que nos quedaba… Ambas se levantaron, y metiéndolo todo en una pequeña bolsa de plástico limpia, llevaron tan frugal desayuno a aquél desconocido. Recuerdo, que luego volvieron sonriéndose y caminando cogidas de la mano… Y nos pusimos a desayunar nosotros; era muy temprano, una mañana gris; y aunque era agosto, hacía frío.

Ellas han sido siempre mi mayor viaje, y el material del que estarán hechos mis recuerdos más inolvidables.

No soy yo un tipo ejemplar, pero como mal ejemplo sí que sirvo… Y soy un muy buen mal ejemplo porque sin duda, los malos ejemplos en la vida son tan importantes como los buenos. Y creo que, como no soy mal tipo pero me equivoco tanto, también soy un ejemplo magnífico de las cosas que no habría que ser… Y espero que me perdonéis la licencia, pero es que me pasa como a Oscar Wilde:

“El buen gusto, es la excusa que he dado siempre por llevar tan mala vida”.

…eeen fin. Gracias por leerme. 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.