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¿Qué era aquello…?

Yo la vi. Oscura, cada vez más y más grande al acercarse, sucia e informe. ¿Qué era aquello..? De repente la playa se llenó de extraños. En aquella época no había turismo en Guardamar como lo conocemos hoy -cuatro gatos aparte de los que veraneábamos- y éramos casi todos del Pueblo: los Galí, Balín, Paco el caballero, Pepe Barrera, Santi Soto, Yo…

Los extraños se arremolinaron en semicírculo frente a la playa, pero como escondiendo algo.

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De repente, una imagen que no habíamos visto nunca: hombres rana que ahora parecerían ridículos por su primitivo equipo, emergían a unos veinticinco o treinta metros de la playa quitándose trabajosamente sus escafandras.

Mientras, los extraños comenzaban a advertir a los bañistas de que se alejasen por precaución.

Por la mañana fuimos nosotros en el primer baño matutino, los que descubrimos esa mancha oscura y como circular, entre la playa y la línea que delimitaban las boyas de señalización.

Resultado de imagen de mancha de algas en el fondo del mar

Buceábamos, temprano, en una mañana radiante de mediados de septiembre en la que el verano languidecía. El agua estaba fría, muy fría, y era el mejor momento para recoger unas enormes almejas a unos cinco o seis metros de profundidad, semienterradas en la arena del fondo, a la altura de las boyas.

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Nos asustamos, todo hay que decirlo, y no poco… No sabíamos qué podría ser esa cosa; no parecía el típico montón de algas enmarañadas por el oleaje flotando a la deriva; tampoco se parecía a ningún banco de peces pastando cerca de la orilla… Nos atrevimos apenas a acercarnos a unos cinco o seis metros, lo suficiente para advertir unas extrañas e inquietantes protuberancias cilíndricas. Manolo Galí, el más bragado de todos nosotros, fue el único que se atrevió a tocarla… Bueno, apenas la rozó, pero era algo a lo que no nos hubiéramos atrevido ninguno salvo él. Su tacto duro, rugoso y metálico según nos dijo, no hizo más que aumentar nuestra curiosidad y también el temor que empezábamos a sentir respecto a aquella cosa… ¿Qué era…?

Una vez satisfecha en parte nuestra aventurera curiosidad por esa novedad extraña en el tramo final de nuestras vacaciones estivales, corrimos a contar nuestro hallazgo… Tras el inicial revuelo, recuerdo como el padre de uno de nosotros tras comprobar con evidente alarma nuestro descubrimiento y salir del agua apresuradamente, corrió al restaurante Valentí en busca del único teléfono que había en las inmediaciones… Al poco empezó a llenarse la playa de los extraños.

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A mediodía y tras un frenético ir y venir, comenzaron a llegar guardias civiles uniformados, lo que contribuyó todavía en mayor medida a aumentar nuestra curiosidad por el suceso. Dos o tres de los hombres rana se sumergieron de nuevo con la, nos pareció, evidente intención de sacar esa cosa a la playa.

Nuestra sorpresa aumentó más tarde al comprobar cómo un barco militar se situó extrañamente cerca de la playa, maniobrando durante un par de horas hasta que “eso” -que no pudimos ver claramente debido a la distancia a la que nos encontrábamos- comenzó a flotar enganchado con algo parecido a unas cadenas diría que también flotantes, y era remolcado por el buque aguas adentro hasta perderse de vista…

Más tarde supimos que se trataba de una mina explosiva procedente de quién sabe qué lejana refriega de nuestra infausta guerra civil.

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Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

MIS PRIMERAS TETAS

El alpargate subía y bajaba sobre el vientre de mi madre, acompasando perezosamente su sueño ligero de siesta escasa; mi hermana durmiendo a su lado, y yo al otro haciendo como que dormía… Ese alpargate, era la garantía de que como dictaba la norma no escrita entre los vecinos: “durante la siesta, los sagales estaban cada uno en su casa para no dar cancán”. Por ello, en el caso de que mi madre detectara algún sonido o anómala vibración, distinta de las habituales que causaría el sopor canicular a tres personas en una misma cama, ese calzado liviano, súbitamente se convertía en fusta lacerante y sonora ¡plafff…! que cortaba de raíz el impulso de escamotear la anteriormente descrita norma no escrita.

Quería bañarme sí o sí… las posibilidades eran escasas, pero tras agotar la espera mi paciencia, con movimientos de caracol pude deslizarme, descolgándome del borde de la enorme, alta y vetusta cama. Con un silencio de ofidio y cual tal, conseguí reptar hasta la puerta de la habitación cuya apertura era la justa, para escabullirme sin que sus goznes oxidados por el salitre chirriasen delatores mis intenciones transgresoras.

Tenía la playa parecía que para mí solo; las tempestuosas jornadas anteriores habían trastocado en una maravillosa tarde, de un tardío día de agosto… El mar rizado y brioso, aunque noble al mostrar con su irregular oleaje sus ocultas y peligrosas cicatrices, invitaba de nuevo al baño confiado.

Entonces, el rugido batiente de las olas pareció silenciado completamente debido a unos alaridos de auxilio desesperados, angustiosos, entrecortados…. Miré alrededor hasta localizar a duras penas una cabeza y unos brazos, que rendían su intento de permanecer a flote… La chica se ahogaba, y mis trece o catorce años dudaron a la hora de lanzarme en su auxilio, esperando que aquel hombre, como a unos treinta metros de la ella, lo hiciese.

-¿Es que no vas a ayudarla? Grité muy nervioso.

Era evidente que no. El tipo estaba petrificado; me miraba con ojos ovinos, de canguelo. Tras unos cincuenta metros de trabajoso esfuerzo contracorriente, me encontré jadeando y zarandeado cual pelele por la inmisericorde resaca, justo a un par de metros de ella.

Antes de que me diese tiempo a reaccionar me vi agarrado, arañado, mesado y sumergido, por una vorágine histérica en lucha a muerte por un vital resuello. La chica, al batallar por su vida de forma ciega, asustada y visceralmente egoísta, me utilizaba cual salvavidas pingajo sin reparar en mi también urgente necesidad de respirar, al menos de vez en cuando.

El croché submarino y desesperado que me vi obligado a estampar contra su rostro, claro que la hizo reaccionar, y puso una distancia entre nosotros que sirvió para que se diese cuenta que la calma, era lo único que nos hacía realmente falta, a los dos… El intento vano de hablar con ella se esfumó al darme cuenta de que era extranjera; así que, acercándome de nuevo con precaución, la agarré esta vez yo de la muñeca, firmemente. Sin dejar de mirarla a los ojos le solté el brazo e inmediatamente le tendí mi mano, dándole a entender que solo debía apoyarse en ella… Me sumergí empujándola hacia arriba, y pese al lastre que aquel cuerpo encima mío suponía, apenas podía agarrarme a la movediza arena del fondo anclando en ella mis pies intentando llegar al rompeolas, para lo que necesité varias agónicas e interminables inmersiones.

El avance hacia la orilla se hacía casi imposible por la corriente; suerte que el peso de ambos jugaba a nuestro favor y penosamente, nos permitió ir avanzando hasta el banco arenoso, sobreelevado del resto del fondo marino donde las olas rompían con más fuerza, pero donde también pudimos ambos hacer pie, y descansar con la respiración desbocada y el agua literalmente al cuello.

Extrañado, me di cuenta que llevaba algo como anudado en mi brazo, cual brazalete de tela casi a la altura del hombro. Varias veces tuve que mirarlo para darme cuenta de que era la braga del bikini de la chica, que en el fragor de la refriega marina por su vida y la mía, se deslizó de su trasero y sus rollizos muslos hasta que, Dios sabe debido a qué casualidad, terminó abrazada a mi brazo derecho.

Ella no se dio cuenta y yo no le di más importancia hasta que, a medida que el nivel del agua delataba nuestro esforzado avance hasta la salvadora orilla, me percaté de un par de prominentes bultos con puntas sobresalientes, como de azúcar tostada, flotando y asomando caóticamente del agua a poco más de un palmo bajo la barbilla de la chica… Con el agua por la cintura, comprobé que tampoco había rastro alguno del sujetador entre las generosas y temblorosas lorzas de la moza. Ésta, en estado de shock no se daba cuenta del desnudo integral que estaba regalando a la no muy concurrida audiencia, que prestaba indolente atención a los detalles de nuestra peligrosa peripecia en la playa.

Con el agua en los gemelos, la madre de la chica se acercó tremulosa y con lágrimas corriendo por su barbilla, con una toalla para tapar los excesos magros de su hija. Ésta, al reconocer su desnudez comenzó a proferir unos aullidos extraños, perdiendo de forma más histérica que en el verdadero trance que acabada de sortear, los papeles y el sentido del decoro… Algo descompuesta, comenzó a correr por la playa delante de su madre y chillando en no sé qué idioma, con el consiguiente despliegue de sus orondas hechuras tremolantes. Ésto, qué duda cabe contribuyó, a aumentar el interés de los espectadores que nos contemplaban.

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Yo, derrengado, subía la pendiente de la playa arenosa hasta mi casa, envuelto en tribulaciones de carne y roces temblorosos que soliviantaron mi ánimo esa tarde y muchas otras, sólo con su mero recuerdo.

Al fin y al cabo eran las primeras tetas que había… rescatado.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Mi primera vez…

Ella no se acordará, pero yo sí.

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos. Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer.

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido. Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad.

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida. Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo. Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz. Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá.

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja.

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras. Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí.

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias. Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes.

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura.

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas.

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor.

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto… Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.