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CALUMNIAS

JUAN MANUEL DE PRADA

Sábado, 25 de Junio de 2022

Lo más distintivo de nuestra época es el culto a la mentira. Ha habido, por supuesto, otras épocas (casi todas) en que han proliferado las patrañas, las falsedades, las mistificaciones más o menos burdas o elaboradas; pero toda esta munición falaz era una especie de trampantojo que el ojo clínico del buscador de la verdad podía fácilmente desenmascarar. En nuestra época, la mentira es un metaverso que a todos nos abraza, un líquido amniótico en el que todos crecemos, un aire mefítico que respiramos y al que los pulmones del alma se han habituado trágicamente, hasta el extremo de que, si mañana la mentira nos faltase, nos amustiaríamos. La mentira se ha constituido en régimen de vida, en fuerza cósmica o poder universal.

Cuando los males se inflan hasta el paroxismo, sus contornos se borran, hasta resultar inidentificables y diluirse en brumosas culpas colectivas (o, todavía peor, en una engreída tranquilidad de conciencia). Así, por ejemplo, el robo es censurable mientras existen como en la célebre fábula de las Las mil y una noches cuarenta ladrones; pero si los ladrones son cuarenta mil, nadie se rebela contra sus desmanes, que acaban convertidos en algo natural. Y lo mismo ocurre con la mentira, que ha desbordado los estrechos márgenes del chismorreo para trasladarse al inmenso ámbito de la propaganda sistémica, propalando universalmente los infundios más clamorosos, para alimento de unas masas crédulas y sojuzgadas. Sólo así se explica lo ocurrido durante los últimos años, desde las histerias provocadas por la plaga coronavírica hasta las verdades oficiales climáticas, pasando por las visiones unilaterales y como de tebeo sobre los conflictos bélicos. Nunca como en nuestra época la mentira había logrado sembrar de modo tan eficaz la confusión babélica en el mundo.

Y allá donde se instaura esta confusión babélica, quienes se atreven a denunciarlo inevitablemente son víctimas de las calumnias más despepitadas y agresivas. Fue la calumnia quien destruyó (siquiera por tres días) la vida de Jesús, que era la verdad viviente; y sigue siendo la calumnia quien destruye a cualquier buscador de verdad. Y lo más estremecedor del caso, como prueba el citado caso de Jesús, es que la calumnia (con todo su cortejo de maquinaciones e insidias, delaciones y escándalos farisaicos) siempre es propagada por quienes oficialmente son considerados los buenos, los puros, los impolutos; en realidad unos sepulcros blanqueados que, al cobijo del oficialismo biempensante, se sindican arteramente para perder a quien detestan, porque su lealtad a la verdad es como una afrenta a sus miserias. Todo ello, naturalmente, simulado con una hipócrita afectación de virtudes.

La calumnia ha sido siempre el arma más socorrida de las almas ruines; y en esta época en que la mentira es el líquido amniótico de nuestra existencia se ha convertido en una bomba atómica que puede fácilmente destruir, de forma casi instantánea y fulminante, el prestigio del buscador de verdad ante las masas cretinizadas. Aquel «calumnia, que algo queda» atribuido a Voltaire se ha quedado ingenuamente obsoleto; y la calumnia arrasa hoy famas y honras, dejándolas hechas una piltrafa y sin posibilidad de sanación. Además, cuanto mayor sea el prestigio de la persona calumniada, mayor será el predicamento de sus calumniadores ante la chusma. Y escribimos chusma porque nada de esto sería posible si no existiese una multitud envenenada de mentiras, que como señala Jardiel Poncela ya no puede identificar a los causantes de sus males y se revuelve «sedienta de venganza y convencida de que debe de haber alguien culpable de que ella no se encuentre a gusto», encontrándolo siempre en la persona señalada por los calumniadores. Pues «para un miserable siempre es un placer poder injuriar».

Inevitablemente, cuando la calumnia se puede propagar fácilmente, se acrecientan los más diversos desórdenes morales: los resentimientos, las envidias, las ansias de desquite y venganza; y, con estos desórdenes, los vicios sociales más plebeyos: la curiosidad malsana, la maledicencia, el regodeo en el mal ajeno, todas esas pasiones bajas que convierten a las personas en alimañas. Pues la calumnia acaba siempre convertida en un artículo de necesidad para quien ha dado rienda suelta a sus bajos instintos. Y así, bajo el culto totalitario de la mentira, alimentados con la carroña de la calumnia, el mundo se va convirtiendo en un penoso manicomio. Un manicomio cuyos internos se han vuelto caníbales, mientras sus celadores que les niegan el alimento material y espiritual sonríen complacidos.

JUAN MANUEL DE PRADA

Sábado, 25 de Junio de 2022

Morir bajo tu cielo.

LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS

Si salías morías o matabas; igual que ahora que también estamos encerrados.

«Morir bajo tu cielo» creo humildemente que es una Obra Maestra. Pero sinceramente no sé si porque es una gran obra de la literatura -no tengo en absoluto criterio para si quiera opinar de algo así- o porque con su creo que genialidad, simplemente ha removido en mí unos sentimientos e ideas que no sé porqué me veo impelido a compartiros…. Hacía mucho tiempo que nada había logrado excitarme así el recuerdo, de que la hispanidad es más que solo España; de ahí Las Españas.

Es una novela que nos devuelve el heroísmo; el Quijote hispano; lo español… En una de las versiones más íntegras, más reflexivas y eruditas que yo recuerde de este pasaje, apasionante y por desgracia muy mal conocido de nuestra inmensa Historia.

«Morir bajo tu cielo» es la historia de una más de nuestras muchas gestas como pueblo; cándida en su relato pero de una profunda intensidad, compleja, sincera; arrebatadora en la vehemencia de su expresión léxica; poética incluso… Una obra redonda donde la investigación, la trama y los personales, pero sobre todo el lenguaje español, las palabras en español, constituyen un referente, una norma y un objetivo en el que fijar la atención.

Es una especie de piropo u homenaje a la compleja y amplísima historia de ésta nuestra lengua: El español. El verbo prístino y rebuscado que el autor utiliza es, en sí mismo, un viaje a la hondura de nuestro pasado y a la profundidad de ésta la historia a contar.

Como medio, genial para iniciar dicho viaje, el autor nos propone algo tan sencillo de usar como un diccionario. Porque sí, os lo advierto, éste es un libro que hay que leer necesariamente con un diccionario al lado tuyo.

Este autor, de verbo política y genialmente incorrecto disfruta, se regodea; nos grita a la cara y con razón cuán poco usamos y menos conocemos, la complejidad de las palabras y expresiones que un idioma tan hermoso y exacto como el nuestro, permite utilizar a la hora de definir con precisión nuestras emociones.

Sagaz, oportuna e inteligentemente el autor se ríe de nosotros, nos reta. Nos vacila mediante geniales fuegos artificiales lingüísticos que constantemente nos absortan, y nos obligan irremediablemente a buscar el sentido de ese rizo léxico; asombrándonos luego con su idoneidad y exactitud.

Es un juego de muchísimas páginas; un maravilloso y emocionante juego al que jugar éstos días.

Excelente novela histórica. Os la recomiendo encarecidamente.

¿O tenéis algo mejor que hacer…?

Buscad en YouTube la película; pero no la mierda que hicieron hace unos años. Buscad el clásico.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

PALABRA PENSAMIENTO

Ningún escritor puede plasmar en palabras, ni absolutamente toda la profundidad de sus pensamientos ni por completo todos los recovecos de sus sentimientos. Ninguno, por genial que sea. Es imposible.

Se puede pensar y sentir, tanto agarrando el volante de un camión como atando las cordoneras de unos zapatos; también escalando una montaña, rezando afligido, o follando apasionadamente. Toda tu vida puede pasar por tu mente en un instante al experimentar una grave experiencia vital: justo antes de chocar con violencia en aquel accidente con tu coche, en aquellos momentos antes de saltar por vez primera en paracaídas, o cuando te enteras de la muerte de tu padre.

Mi Maestro Paco Sanz siempre lo dice: que los humanos creemos que pensamos y sentimos mediante palabras; que pensamiento y sentimiento son en esencia vocabulario. Pero él afirma que no es así, que no es tan fácil; que los pensamientos y sentimientos no se componen, no están hechos de palabras. Que para ser en verdad pensamientos, éstos necesitan tomar otra forma diferente, más sutil aún que la del simple verbo… Que el pensamiento, para expresarse de verdad, precisa otros soportes digamos que más holísticos, más complejos y subconscientes, más universales y comprensibles, más, que la sencilla palabra articulada o escrita en cualquier idioma.

Uno de los ejemplos más palmarios que demuestran esta teoría, es que muchas veces, sabiendo nuestro pensamiento perfectamente lo que quiere decir, nos quedamos sin palabras… Otro de los argumentos a favor de esta idea es el hecho comprobado, de que nuestros ancestros homínidos, pese a que carecían de un lenguaje estructurado eran de sobra capaces de pensar con hondura, de transmitir con precisión sus habilidades, y de compartir con los suyos tanto los matices de sus sentimientos como los detalles de sus pensamientos. Y todo ello, casi, sin lenguaje.

En este mundo, en el que un inquietante por elevadísimo número de gente, sobrevive toda su vida con poco más o menos ochocientas palabras en su vocabulario, no se pueden pedir milagros. De quién es la culpa es otra historia. Y claro, nadie puede dar lo que no tiene, ni enseñar a otros aquéllo que ignora.

El caso es que por todo ésto, y como siempre he tenido la sensación y el temor de no estar siendo del todo un buen padre, me reconcilia conmigo mismo el hecho de, al menos, haber influido de forma determinante para que mi hija empiece a leer a Juan Manuel de Prada… Ha comenzado leyendo mi regalo de cumpleaños: «Cartas del sobrino a su diablo».

Según me dice «está flipando» con un diccionario en la mano ¡Cómo me alegro….!

Tiene diecinueve años recién cumplidos, y claro, Juan Manuel de Prada muy bien podría parecerle un carca cincuentón, un beato caducado, un escritor barroco, trasnochado, que no habla como se debería hablar hoy de sexos y violencias moñas. Pero el caso es que escribe con tal dureza que es como si, dándole igual, vomitara sobre el mantel blanco de una mesa de lujo llena de comensales ricos y borrachos. Ahí queda eso: si hemos bebido éste es el resultado. ¡Es-cán-da-lo…! como decía Raphael.

No sé qué cosas ni cuántas, voy a poder legar a mis hijas; pero el que se interesasen por la lectura, por la literatura, y por conocer a sus prójimos en profundidad, sería una de esas cosas que sí me gustaría dejarles, inculcarles; y que luego recordaran de mí.

«Tal vez el mal, después de todo, no tenga la última palabra…»

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.