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¡ATENCIÓN…!

Historias de Paco Sanz ✍️

Oír: percibir por el oído.
Escuchar: aplicar el oído para oír.

De niño recuerdo haber entendido como una orden la palabra ¡Escucha..! Ahora lo que escucho, es sobre todo una orden que dice ¡Atiende…! Soy consciente que comercian con mi atención, con mi posible atención… Que como mis antiguos maestros, pretenden que obedezca. La palabra obediencia viene del latín ob-audire, es decir, escuchar a… Y la palabra atención ad tendere, quiere decir tender hacia.

Me gusta escuchar música incluso andando. Las órdenes no tanto, qué le vamos a hacer. Pero ¿qué es escuchar música sino buscar patrones de resonancia armónica, de repeticiones, de octavas, progresiones, de acordes… en el disonante paisaje sonoro que nos rodea…? El pino parece escuchar y el abeto esperar, ambos sin impaciencia, y no piensan en el pequeño hombre situado bajo ellos al que devoran su impaciencia y su curiosidad.

Para escuchar música no basta con escuchar los diferentes fragmentos en los que consiste. Hay que ser capaz de relacionar lo que se oye en un momento dado, con lo que acaba de ocurrir antes, y lo que está a punto de escucharse a continuación. Todo hombre que ama, piensa al escuchar la música, al escuchar la vida: “habla de mí, habla en mi lugar… ¡Lo sabe todo…!”

La buena escritura y la buena música invitan a levantarse, a ponerse en marcha, a ponerse a bailar. “Se escribe con la mano, pero se da testimonio de lo bien que se escribe con el pie. Leyendo o escuchando música hay que darse cuenta de que el pie levanta la oreja. Los dedos del pie se levantan para escuchar”. Nietzsche lo dijo.

Cuando desfilaba durante mi servicio militar nos hacían marcar el paso, nos hacían obedecer escuchando. Derecha izquierda, derecha izquierda, paaaso ¡ein…! Nos decían. Desde entonces a los que pretenden captar mi atención pidiendo que escuche, aunque pongan música, los tengo atravesados. ¡Qué bien suenan las malas razones, y la mala música, cuando uno marcha a la carga contra el enemigo!

Cuando hace tanto ruido pedirle a uno que escuche es mucho pedir. El exceso de información crea una especie de toxicidad, que termina creando un tipo de uniformidad tóxico, que la hace entrar en un bucle que se retroalimenta… El que todo el mundo quiera escuchar ciertas cosas, hace que se digan cada vez más, y eso hace que se tomen así mismo por ciertas las mayores irrealidades.

Recomendarle a alguien que escuche algo, incluso aunque sea buena música, me parece tan irreal, tan fuera de tono como pedirle que lea un libro… Los melómanos somos absurdamente poco razonables. Siempre queremos que te quedes completamente mudo, en el preciso instante en que desearíamos quedarnos totalmente sordos… Oscar Wilde supongo que lo decía por experiencia.

Con los ojos también se atiende, se pretende mirando entender. Ver: percibir por los ojos. Mirar: aplicar los ojos para ver. Va grande la diferencia del ver al mirar. Quien no entiende no atiende. Poco importa el mucho ver con los ojos, si con el entendimiento nada; ni vale el ver sin notar. Hay gente que pone tanta cara de mirar, de escuchar, de entender, que no cuela… No escuchar al que nos habla no sólo es falta de cortesía, sino también es señal de menosprecio.

Atiende siempre al que te hable; en el trato social no hay nada tan productivo como la limosna de la atención. Pero que no te pillen intentando prestar atención sin ganas; o mirando de reojo al reloj, o al móvil.

Historias de Paco Sanz ✍️

AMOR Y MÚSICA

Friedrich Nietzsche. La gaya ciencia. Libro cuarto. Fragmento 334.

Adaptación.

APRENDER A AMAR

Observemos con detenimiento lo que sucede con la curiosa relación entre la música y el amor. Pero no tanto atendiendo al por qué nos enamora una canción, porque allá el gusto de cada cuál, sino al cómo se enamora uno de una melodía: en qué forma, en cómo funcionan los mecanismos del enamoramiento, en este caso musical.

Pues bien. Veamos.

Primero hay que aprender a oír una terna, una melodía; a saber distinguirla con el oído y a aislarla, y a delimitarla siguiendo su vida propia, su ritmo, su tempo… Luego se requiere hospitalidad, esfuerzo y buena voluntad para soportarla a pesar de que sea extraña; tener paciencia con su aspecto y con su forma de expresarse, además de ternura con lo que tenga de singular… Y por último, nos acostumbraremos tanto a ella que la esperaremos y hasta la extrañaríamos si nos faltara.

Y a partir de ese momento, no dejará esa melodía de ejercer la magia de su coacción y de su encanto, hasta convertirnos en amantes dóciles y rendidos que no conciben en ese instante musical nada más importante que ella; ni desean, otra cosa que no sea ella… La melodía, aquélla.

Pero ésto no ocurre sólo con la música.

Siempre, acabamos siendo recompensados por nuestra buena voluntad, paciencia, equidad, y ternura hacia lo extraño, cuando lo extraño se va quitando el velo poco a poco ante nosotros y acaba ofreciéndosenos como una belleza nueva e inefable… Y justo ésa, es la forma que tienen la vida el amor y la música de agradecernos y devolvernos el amor aquél, que al principio de nuestra relación entregamos envuelto en simple hospitalidad.

Quien alguna vez amó algo de verdad seguro que llegó por este mismo camino: el de la hospitalidad. No hay otro… El amor debe también aprenderse.

Friedrich Nietzsche. La gaya ciencia. Libro cuarto. Fragmento 334.

Adaptación.

MENSAJE EN UNA BOTELLA

¡Fuera miserias, aquí, estáis todos invitados…!

Como veis, la entrada a éste mi blog es completamente gratuita y todos sois VIP… Y por supuesto que podéis beber, comer, fumar o consumir cualquiera otra sustancia que se os antoje y hasta la hora que os dé la gana.

¡Quitaros la mascarilla y poned los pies en la mesa coooño…! Podríais incluso, luego, quedaros a dormir por ahí. ¡Que empiece la fiesta…! ¡Fuego al cabaret…! ¡Poned música…!

Quiero aclarar que el dominio éste de mi web es un wordpress.com gratuito por completo:

historiasenunfolio.wordpress.com

Y es gratuito porque al usar esa dirección web, lo que hacemos en realidad es crear tráfico hacía la plataforma WordPress. Yo, cada vez que escribo en ella, y vosotros cada vez que me visitáis aquí para leerme… Porque parece ser que al hocicar curioseando por ahí siempre creamos tráfico; mira tú por dónde.

Pero vete tú a saber de qué tipo ése tráfico: si de drogas, de influencias o de poder; de blancas, de armas o de datos; o hasta tráfico de tráficos; quizás incluso tráfico de ideas… ¡Qué cosas éstas las del tráfico…!

Pero de verdad, como a mí me importa una verdadera higa lo del tráfico, yo quería que supieseis que aquí en mi blog y ante todo, para mí sois invitados buscando, huéspedes lectores, viajeros perdidos, viejos jóvenes, cansados curiosos.

Y por eso os aseguro que yo aquí solo escribo… Ni pago tráficos ni publicidad alguna; es más, la evito y os la intento evitar. La que nos aparece en pantalla nos la coloca nuestro propio navegador… Y no utilizo medio alguno para promocionar el sitio éste salvo éste: el de que me leáis.

Y se diría que sólo escribo en este blog, una especie de mensajes virtuales pequeños y enrollados; que luego introduzco en unas digamos que como botellas tecnológicas; que más tarde diríase también como que lanzo, contra el oleaje del océano multimedia éste que nos rodea queriéndonos engullir.

Y en el fondo todo lo que hago como podéis ver, es solo ir en vuestra búsqueda, a la espera de un encuentro, de un lector. Así que ya sabéis…

Muchas, pero que muuuchas gracias por leerme.

…eeen fin. 🙏

historiasenunfolio.wordpress.com

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL TOCADISCOS

a María José Gascón.

Gracias a mi cuasi hermana María José, recuerdo como si fuese ahora, la primera vez que dispuse de un tocadiscos… Se lo había regalado su padre hacía poco y lo trajo a mi casa. Teníamos quince o dieciséis años, y solo tres cuatro o cinco discos: Kaya de Bob Marley, Luna de Víctor Manuel, otro no sé cuál del Dúo Dinámico, y algunos otros petardos musicales que tampoco recuerdo.

Era un pic-up de aquéllos. Amarillo, flamante, y del tamaño y forma de una maleta; con un altavoz incorporado, que lo convertía en aquella época en la leche, lo más, para organizar saraos y montar guateques. Lo enchufabas, ponías el disco, y listo: sonido en mono, ni siquiera estéreo; pero era una maravilla ya que ellas movían el culo y yo también… El primer disco que puse en un plato de música, tengo el honor, de que fue el Kaya de Bob Marley: una pasada que diríamos hoy. Empecé bien. Salvo la música de la banda de mi pueblo, la de alguna verbena, o la que se emitía por la radio y la televisión de aquella época, yo no había oído nada igual salvo en el cine. Nunca había oído música con precisión.

Me he criado mirando como un dibujante y escuchando como un melómano. Y he visto en directo a grupos nacionales como Tequila, Leño, Baqueta, Asfalto o Medina Azahara; y un poco a mi pesar hasta a Mecano y a los Héroes del Silencio… Y he asistido a conciertos tan impresionantes como los de los legendarios AC/DC, Queen, Supertramp o Dire Straits. También fui a ver a Police, a la Creedence, a Eric Clapton, o a U2. Aunque también se me han escapado muchos otros: los Rolling, Status Quo, Ramones, Guns and Roses.

He ido a conciertos de Stan Getz y Manhattan Transfer; a escuchar pianos como los de Oscar Peterson y Tete Montoliu; a recitales eclécticos como aquél de Van Morrison en Barcelona, y uno legendario al que asistí de Jorge Drexler en Elche. O a otro directo brutal de Bill Evans que tuve la suerte de ver en Sant Feliu de Gíxols. Tampoco nunca podré olvidar a Sabina ni a BB King en la plaza de toros de Alicante.

La música de hoy así nos va… Entre raperos, perreros, flamenquines, cantautorillos, televitontos y famosetes, los mafiosos de la industria han hecho de nuestro panorama musical un erial aburrido, solo apto para mañacos musicales. Vale que no se vean por ahí pianistas de jazz ni virtuosos del violín; vale, pero tampoco se ven guitarristas, compositores, bateristas con alma y mérito musical. En mi época nos interesábamos por quién era el bajo, el guitarra y el batería, y de quién eran los arreglos; de si éstos eran realmente buenos musicalmente o si solo eran marchosos; de si la música que oíamos era fruto solo de la industria, o lo era del mérito musical. Y es que la música tiene mucho mérito; es la carrera con estudios más largos; más que la medicina, las ingenierías o el derecho.

«Es música de maricones…» El jazz. Recuerdo que al principio esa frase retumbó en mi mente, hasta que empezó a sudármela. Cuando había que pagar por la música, a veces, lo alucinante de uno solo de aquellos temas, hacía merecer el gasto del disco entero… Al principio yo tampoco entendía el jazz, aunque, extrañamente ya que nunca he tenido formación musical alguna, sí apreciaba el mérito musical de los que interpretaban esa música. Sólo tengo oído. Era una música difícil cuando se ponía profunda; como deben de ser las cosas.

a María José Gascón.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

EL JAZZ…

En primer lugar he de confesar que no sé hacer música ni con un tambor; pero soy muy cantaorico, muy melómano, y lo que sí sé es silbar; aunque no como Toots Thielemans.

Compré hace mucho un curso por correspondencia y a un amigo una guitarra vieja, pero no me dio tiempo la paciencia siquiera para empezar a poner los dedos en los trastes como Dios manda. Me cansé muy pronto, pero en cambio, me dio por gastar una pequeña fortuna en discos originales. Hermosa inversión, pero mal negocio.

Mis hijas mostraban mucha curiosidad por aquella música desde bien pequeñas, porque sin decirles nada, cuando empezaba a sonar ellas solitas venían y se sentaban frente a aquellos enormes altavoces de mi casa: cerca, despacito y en silencio, y se quedaban quietas, atentas… Y ésa era la clave: la atención y la quietud, para dedicarlo todo a la escucha y a la observación consciente, al embelesamiento.

«¿Papá, porqué te gusta tanto esta música tan rara…? Parece, que cada uno va por su lado…»

Hace tiempo que quiero escribir algo sobre música, sobre jazz. Y como no sé por dónde empezar, voy a improvisar y a ponerme a sonar el tema Paris Blues, de una grabación en directo maravillosa que tengo de Duke Ellington… Que suene, a ver qué pasa.

Y pasa… Es una grabación sucia, antiquísima, de los cincuenta; pero siempre me pasa lo mismo cuando empiezan a tocar aquellos veinte músicos: que se me mueve el pie; y que me suena como si toda la orquesta en sí misma fuese un único instrumento… El Duque hacía las cosas así. No es que fuese un pianista sobresaliente ni genial -era un buen pianista- lo que sí fue es a mi juicio el mejor director de la Historia de una big band de jazz. Y lo era, porque sabía destilar de cada uno de sus intérpretes esas gotas de genio individual que formaban la lluvia maravillosa de su música; como si todos aquellos instrumentos, de viento cuerdas y percusión, fuesen su instrumento.

Ese Blues en París, es el relato musicalizado y arrebatador de la historia de un amor imposible. Del encuentro inicial y furtivo con ese amor, del cortejo y del ardor de la pasión, del fuego del sexo… Pero también del abandono, de los finales sin explicación, de las despedidas sin consuelo… Maravilloso Ray Nance llorando al violín. Música maravillosa, casi sin necesidad de partitura.

¿Que qué se necesita para tocar o entender el jazz…? Pues un músico en el alma, creo. Pero un alma de músico que tenga como mínimo tres méritos: el primero es un cierto dominio virtuoso de su instrumento; el segundo y fruto del primero es una buena capacidad de improvisación; y el tercero es experiencias, muchas, cuantas más mejor.

¿Y así, si te gusta y te sabes de sobra la canción, para qué coño cantarla siempre igual…?

Con muy mala leche, le preguntaron una vez a la pobre de Billie Holiday, que, siendo ella tan golfa como había sido, si no le daba un poco de vergüenza haber cantado esas letras tan moñas y horteras de los años treinta y cuarenta. Ella, respondió que le importaban una mierda las letras… Que para ella que no sabía de solfeo, y que tan solo tenía el oído, la garganta, el coño y el whisky, lo único importante era la música: the beat, el pie moviéndose al mismo tiempo que el corazón latiendo.

Yo añadiría: la piel de gallina.

Lo demás, o es clasicismo, o se convierte en filfa musical, polución sonora, repetición, tuerking, karaoke, o perreo y chunda chunda.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.