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MI HIJA SE HA REBOTADO

Por fin mi hija se ha rebotado, y hasta ha comentado uno de los textos de mi blog; seis años llevo escribiendo disparates para captar su atención. El caso, es que es la primera vez que ha escrito en mi güasap de Historias en un folio, y lo ha hecho replicando un escrito incendiario del que por cierto no soy el autor. El texto en cuestión, digamos que pone en tela de juicio la visión actual de la homo/multi/trans/sexualidad, su permisividad hedonista casi total, y la fe, en la creencia de que no tiene ningún tipo de consecuencia negativa para el desarrollo de la personalidad.

Me han sorprendido, y gratamente, tanto su iniciativa de entrar al trapo dialéctico desde su punto de vista tan contrariado y rabioso, como el rapapolvo que me ha dado en público y por escrito… Pero sobre todo me han encantado sus formas, su deseo de precisión, y el garbo, que se presienten en la expresión de su escritura. ¡Bravo…! La discrepancia con mi hija sólo va a unirnos más si sabemos -y seguro que sabremos- explicarnos el uno al otro. En eso justo consiste la democracia: en usar la diversidad para conseguir el bien común. ¿No…?

El libre albedrío es una cualidad humana, pero adquirir el criterio necesario para poder elegir es una conquista… Sólo elige el que realmente tiene dónde, qué, o a quién elegir; sólo aciertan quienes tienen variedad de oferta. Quienes quizás por experiencia, se han ocupado antes del asunto porque lo han sufrido, lo han estudiado, o saben de lo que va del tema. Lo demás, no es elegir.

La laxitud imperante nos hace despreciar valores eternos como la sabiduría de nuestros mayores, la búsqueda del amor verdadero, el compromiso de la palabra dada, o el mérito como consecuencia del esfuerzo. En esta sociedad tan fluida y de valores tan diluidos, pensamos que el mero hecho de desear algo nos da derecho a conseguirlo.

…eeen fin.

Que sepáis que os quiero. Mucho. 💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

Mi primera vez…

Ella no se acordará, pero yo sí.

Continuó con su cortejo en aquella pinada donde nos apartamos. Era ya de noche y me llevó al abrigo ciego de una pendiente; tumbados en la ligera cuesta de una duna a cubierto de cualquier mirada voyeur… Oíamos la música cercana de los coches de choque. Éstos, eran la atracción estrella de la feria en aquel puebluco y el sitio donde por casualidad nos habíamos tropezado ella y yo. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer justo; justo ayer.

Era imposible no fijarse en el palmito de aquel cuerpón paseándose delante mío, pese a su vestido. Ella no es que me gustara ni mucho ni poco, pero a mis quince o dieciséis años confieso que la veía como a una irresistible oportunidad; mi oportunidad; mi primera oportunidad.

Olía maravillosamente y me daba igual que fuese un poco ampulosa en carnes; que luciera aquel pelo negro ensortijado y tan corto; o que mirara un poco extraño con uno de sus ojos desde aquella cara tan pálida. Ni siquiera recuerdo cuál era el vizco, si el derecho o el izquierdo. Tampoco me importó su reputación picante y famosa en el pueblo; no era el mío.

No podría recordar su cara con precisión, pero lo que sí recuerdo es lo excitante para mí de su nombre: Mari… Y asombrosamente, diríase que todavía hoy me excito imaginándome oyendo su hermosa, su hipnótica voz. Es curioso que recuerde aún vívidamente, aquel tono de voz grave de chica mayor, jugoso y sugerente. Y su delicioso deje valenciá.

Y es chocante porque el extraño atractivo de su voz no le hacía juego para nada, ni con ese cuerpo como que difícil, ni con su cara de mirada digamos que compleja.

Pero con esa voz embaucadora y sus casi diez años de ventaja, consiguió cual flautista de Hammelín hacerme seguir el rastro de sus feromonas hambrientas, carnívoras. Me eligió ella a mí como no podía ser de otra manera… Aunque supongo que también el rastro de mis feromonas así mismo necesitadas, desbocadas y receptivas a cualquier estímulo, ayudaron a la cosa. Pero juro que me eligió ella a mí.

Desarmado, me rendí ante aquel paseillo de exuberancias. Jamás había visto un escote así ni así de cerca; y nunca, se me había permitido deleitarme en la observación detenida, de las voluptuosas hechuras de tetas ni culo semejantes.

Y no digamos nada de mi rendición cuando ya palpando, bajé las manos de su cintura.

No estaba buena como entenderíamos hoy pero era fragante, rotunda y excitante, limpia y mullida, sobrada de recovecos cálidos y húmedos donde incitar mis manos vírgenes e inexpertas.

He de reconocer que recuerdo todo de aquella chica con una especie de agradecimiento y de verdadero cariño; seguramente provocado por esa cercanía entrañable, de mantener cómplice un muy antiguo y trascendental secreto… Algo en mi vida que debo a ‘aquella chica’, y al arrebato del delicioso recuerdo de su olor.

Y claro, cuando ella empezó a exigir yo me asusté un poco, lo reconozco; pero no así mi excitación, que siguió encabritada pese al susto… Y recuerdo la arena de aquella duna y aquellas urgencias caldosas, ¡cómo restregaron a contrapelo mis carnes ansiosas…!

¡Qué daño! ¡Pero qué gusto…!

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

el dentista…

Ese tercer pinchazo sí me dolió; en el paladar; ya me lo había advertido. Más que tumbado volcado; casi cabeza abajo aunque boca arriba en aquel sillón albino. Mi carrillo izquierdo estirado con ahínco, y mis manos crispadas, agarrándose al miedo; el resto de mi cuerpo contorsionado, retorcido y rígido.

Una lagrima diríase contenida, solitaria, asomó tímidamente por la comisura exterior de mi párpado derecho; se deslizaba lenta, como buscando recogerse en el cuenco de mi oreja. No sé cuál sería la razón de aquella lágrima, si el dolorcito picante del último pinchazo, tal vez los nervios, quizá la tensión muscular, o seguramente el puro miedo. Tampoco sé, si alguien se dio cuenta de tan minúsculo detalle.

Mis ojos decidieron no abrirse, eludiendo el asistir al truculento espectáculo de ver manos introduciendo artefactos espantosos en mi boca; los mantuve cerrados encomendándome a aquéllas. Manos duchas, que trajinaban con pericia la mitad inerme de mi cara como harían con una vulgar carrillera. Carne y hueso, insensibles a los agresivos manejos de aquellas manos que abrían cinco centímetros en canal mi encía superior izquierda, para luego introducir tres tornillos metálicos en no sé qué parte de mi hueso maxilar. Ufff… Todavía me mareo casi, incluso al escribirlo.

Tengo cincuenta y dos años y no puedo evitarlo, es un pánico irracional, instintivo, real para mí; cuasi infantil lo reconozco; canguelo puro, puro miedo. Un miedo estéril; lo sé.

Hoy los dentistas no provocan dolor, y es evidente que desde siempre, han contribuido a aliviar precisamente uno de los peores, de los más implacables.

La humanidad ha recurrido a mañosos sacamuelas desde tiempo inmemorial. Suplicantes, atormentados y hasta enloquecidos, nos sometíamos a ese dolor supremo, insoportable pero momentáneo, de arrancar en vivo del tirón un diente o una muela. Todo fuere con tal de terminar, aunque de cuajo, la convivencia con un verdadero suplicio, con un calvario de dolor tirano, constante, y mucho más insoportable. O te sacabas la muela o reventabas, inevitablemente; tarde o temprano.

Con los ojos apretados prefería no imaginarme si quiera, esa especie de berbiquí con el que sentía taladrar pareciera que toda mi testuz. Oía su giro eléctrico; notaba la presión suave pero implacable de aquella broca, sobre mi maxilar superior izquierdo, girando lenta, horadando, penetrando poco a poco. Sentía su vibración hasta en los huesos del interior de la oquedad cóncava de mi cráneo, haciendo reverberar mi cabeza entera como una campana sorda.

Mi pánico se desbocó cuando al borde de la contractura y al retorcerme un poco intentando aliviar la rigidez de mi postura, el dentista, con un grito imperativo y tajante me advirtió, que en ese preciso momento no me moviese si quiera un ápice. Noté al galeno conteniendo la respiración, parece ser que por lo trascendente de la faena que le acuciaba en ese instante. Solo se oía de vez en cuando un pitido como apagado, tras el que se olía un leve pero desagradable tufo a algo quemado.

En semejante trance intenté evadirme nuevamente. Rememoré una de mis citas con el dentista en la que, con tal de no ir solo, llegué incluso a hacerme acompañar por la mayor de mis hijas; de tan solo cinco años.

Recuerdo a la pobre que, en su papel de cuidadora, no paraba de intentar calmar mi miedo acariciando tiernamente mi cara y mi pelo con sus manitas; tampoco dejaba de hablarme, dándome docenas de sensatas razones para calmarme. Cuando al fin me llamaron, no consintió el separarse en ningún momento de mí, y se empecinó como una jabata, en situarse todo el tiempo a mi lado junto al sillón del dentista “por si mi papá llora, o algo…”

También recordé escarmentado que, hace ya muchos años, en una de las pocas ocasiones que mi dentista Don Fernando me veía por su consulta, como buen argentino socarrón y corrosivo, sentenciando me preguntó:

– Antooonio, vos habés tenido hasta ahora mucha suerte con esa boooca… ¿pero la querés para comer, o para guardar el auto…?

Además, no dejéis de ir al dentista, por ‘la cuenta’ que os trae.

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras

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LEE PAULA

Como de pura pereza no te gusta leer, empecé a escribir historias lo más cortas posibles; para dejarte sin tu única excusa, y para que así, acaso te picase la curiosidad por conocer experiencias de tu padre… Y me gustaría también que si fuera posible, hasta disfrutaras, te divirtieras o te emocionaras con mi forma de contarlas. Por eso empecé a escribir este blog de historias en un folio. Tuyo es el primer relato que escribí y para ti escribo… Para que leas.

Fui un poco exigente en vuestra educación inicial, lo sé.

“Si un niño no ha aprendido a dar las gracias y a pedir por favor a los tres años, cuanto más se tarde en enseñarle peor para todos…”

Hacía calor aquella tarde, mucho. Volvíais exultantes con vuestro anhelado regalo después de dar una vuelta por la feria. Solo fue cruzar la puerta de entrada del piso y ya corríais, casi frenéticas, a vuestro cuarto a jugar con aquella única y flamante muñeca Barby.

Todo normal hasta que poco a poco, severos e intolerables, comenzaron aquellos gritos de vuestra seria regañina. La algarada en verdad me extrañó y alarmó, ya que rara vez os peleabais, y menos aún así… Como un resorte salté de mi sillón corriendo hacia vuestra habitación; de un golpe abrí la puerta.

Y ahí estabais las dos; aullidos, insultos, pelea… In fraganti, os pillé estirando muy enrabietadas la una de la pierna y la otra de la cabeza de aquella condenada muñeca. Nunca os habíais peleado así entre vosotras; con esa violencia nunca… Decidí que había que daros un buen escarmiento para que nunca volvieseis a reñir así; así no, nunca más.

“Tenéis que compartir hasta el aire que respiráis…”

Ipso facto dejasteis de discutir cuando entré en vuestro cuarto. No sé si recuerdas cómo, ya los tres en un brusco y completo silencio, me acerqué rápidamente y muy enfadado a vosotras arrancando súbitamente de vuestras manos la muñeca objeto de tan macarra disputa. En ese mismo instante, visto y no visto, con un latigazo de mi brazo la arrojé sin remedio por la ventana abierta de nuestro séptimo piso.

Abiertas aunque silenciosas vuestras bocas por la sorpresa y el desconcierto, ambas me mirabais estupefactas… De soslayo, también mirasteis desconsoladas, la caja vacía y el triste envoltorio recién rasgado de aquella pobre muñeca voladora.

Inmóviles, los tres; pasaron unos segundos espesos, lentos, tensos… Ni nos asomamos si quiera por la ventana para ver dónde habría aterrizado la desdichada pepona.

– ¿Es que de verdad, no vamos a bajar a cogerla papá…? Me preguntaste, retadora.

– No, no vamos a bajar.

– Es nueva… Replicaste feroz, aunque con retintín.

Tu hermana nos miraba, prudente, casi en shock tras mi drástica reacción; pero no decía ni media.

– Y vale mucho dinero. Insistías tenaz, mirándome fijamente.

– Da igual. Si algo nos hace pelearnos de esta horrible manera sin duda es mejor tirarlo lejos… ¿No estáis de acuerdo…?

Y sin esperar vuestra respuesta me di la vuelta flemático, y así, sentencié la discusión. De aquella muñeca nunca más se supo, y tardasteis algún día que otro en volver a hablarme, especialmente tú… A cambio, conseguí el no volver a veros pelear así, nunca.

Tú estás casi completamente en otras cosas, lo sé… al igual que la mayoría de los jóvenes de tu edad. Son otros tiempos… Pero has de saber que el hecho de adolecer de tan imprescindible hábito, como que cava un hueco hondo en tu persona, convirtiéndose en una falta esencial; en un debe que siempre tendrás contigo misma. Una merma que sin duda frena sino cercena tus capacidades presentes y tus posibilidades futuras, porque la palabra escrita con precisión tiene una trascendencia que no tendrá nunca la sólo hablada… Aunque sé, que tú ahora no lo percibes así.

Creo que todas las personas albergamos un genio en potencia, escondido, huidizo, recóndito… Cada uno de nosotros seguro tenemos habilidades increíbles que desconocemos; o virtudes especiales que nunca terminamos de creer que las tenemos… Pero ésto es así porque necesitamos al otro, al prójimo. Es necesario siempre que otra persona ejerza de catalizador, de detonante que haga explotar ésas nuestras habilidades geniales; alguien, que despierte el espíritu que nos hace crecer en todos los sentidos.

Tú has sido una de esas personas en mi vida. Y yo espero serlo de alguna manera para ti. Tu genio indomable, tu sensibilidad y tu inteligencia, cambiaron mi forma de miraros como hijas, y terminaron de hacerme sentir profundamente padre.

Tu hermana inició mi experiencia paternal de una forma deliciosamente fácil; como sabes, es un cielo en la tierra que jamás me dio berrinche alguno. Y su sensibilidad e inteligencia, pero sobre todo su sentido común, hicieron de mi inicial paternidad un período maravilloso y de muy feliz recuerdo.

Peeero… luego llegaste tú y tu risa. Todo cambió con tu risa y con ese sagaz temperamento dominante que tienes… Vehemencia la tuya, que no ha empañado nunca tu honda nobleza; sino al contrario ha hecho de tu presencia y tu adorable compañía, un reto constante y una verdadera aventura.

A penas andabas ni hablabas y ya jugabas con ahínco y astucia al escondite; disfrutabas como una loca especialmente cuando te tocaba buscarme… Al final siempre ganabas tú claro, buscándome concienzuda en todos los rincones de la casa; y recuerdo cómo terminabas el juego: mezclando tus entusiasmados gritos de “te pillé” con el hermoso estruendo de tu risa desbocada.

Gastabas bromas con apenas un año… Me hacías el avioncito tú a mí con la comida. Lo salpicabas todo alrededor con tu pedorreta cuando, muerta de la risa, hacías el ruido del motor del dichoso avioncito.

Recuerdo cómo te descuajaringabas cuando me pasabas, lenta, pícara y socarrona, aquella cuchara voladora por delante de la cara. Aquella cuchara que lógicamente nunca aterrizaba en mi boca, porque siempre la derramabas por ahí encanada de risa, y pese a mi fingido enfado, lo pringabas absolutamente todo a nuestro alrededor.

A tu edad yo ya conocía al pirata Sandokan y su mundo, gracias a Emilio Salgari; Conan Doyle me sorprendió, asombrándome con la enorme sagacidad de Sherlock Holmes; también había alucinado con el fantástico Viaje a La Luna de Julio Verne; y ya, Mica Waltari, casi había acabado de cuajo con mi adolescencia de la mano de Sinhué el Egipcio… Todos ellos, y mi timidez, contribuyeron a dotarme del hábito maravilloso de la lectura atenta.

Hábito que indefectiblemente despierta nuestra curiosidad y lucidez; y forja criterios con tempo lento, palabras hondas e ideas nuevas. Leer cultiva la paciencia y la atención; acostumbra y enseña a reconocerse a solas y a pensar. La lectura así, se convierte en maravilloso camino para penetrar y ser penetrado por ignotos paisajes humanos, a través de palabras ajenas, sueños imposibles, e ideas extrañas.

Una excelente costumbre donde invertir pasión y tiempo, mucho tiempo. Un fresco e inacabable manantial de experiencias nuevas, y sobre todo, de verdaderos deleites.

“Portaos siempre como señoritas…”

“Si levantas la mano y no das; luego, no tienes fuerza pa’ná…”

💕💕💕💕

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.