LA MUERTE Y LA COMIDA

Recuerdo lo primero que maté.

«Nene ven y ayúdame. Dale tú el puñetazo al conejo que la mamá ya no puede…»

Íbamos a hacer arroz.

Estaba haciendo el Camino de Santiago por la Vía Primitiva. Lo empecé en Oviedo, y atravesaba hacia el oeste la Asturias profunda caminando por la comarca de Los Oscos. No había albergues por esa zona y me apañaba durmiendo en el primer lugar a cubierto que pillaba. Esa tarde llegué a un pequeño caserío en el que tuve la suerte que había una especie de antigua parada y fonda en la que además de darme de cenar como los ángeles, muy amablemente, también me dejaron ducharme en un cuarto de baño decente y dormir en un cobertizo; todo ello sin cobrarme un duro.

El caso es que después de una reconfortante ducha y una suculenta cena, salí a dar un paseo… Iba por una preciosa senda verde flanqueada de helechos cuando llegué al costado de la valla del patio de una casa, y coincidí, con un anciano de ésos con pinta de postal bucólica que entraba con un inmenso buey a su espalda siguiéndole caminando manso y con parsimonia… Casi anochecía, pero me paré y quedé mirando tan bonita estampa.

El paisano, llevaba con calma al buey junto a un grueso poste de madera clavado en medio del patio. Poco a poco, fue como doblando lentamente el cuerpo del bóvido, pareciera que enrollándolo, inmovilizándolo y atándolo también poco a poco al poste. Yo no entendía nada… Finalmente, tiró suavemente de la cara del buey hacia la derecha con la cuerda que ataba la argolla de su nariz, inmovilizando su cabeza girándola y atándola también al poste… Y se ve, que como nos quedábamos sin luz encendió unos focos.

El anciano dio luego dos o tres pares de vueltas rodeando al animal, despacio, pensativo y observándolo con detalle; yo, estaba ya que me comía las uñas muy intrigado, porque no tenía ni idea de lo que pretendía hacer con el buey así sujeto: a lo mejor curarle alguna herida, quizás vacunarlo, tal vez aserrarle los enormes cuernos, castrarlo, o vete tú a saber qué otra cosa… Entonces, en un instante brusco y con gesto adusto y como sin venir a cuento, el viejo se giró dirigiéndose a una mesa que había a su espalda y rápidamente, agarró un cuchillo enorme y sin decir ni media, volvió sobre sus pasos y lo hundió con precisión en el lateral del pecho del animal que murió al instante y también sin decir ni mu… La res, se dejó caer falleciendo con una naturalidad lánguida e inmediata, limpia; tanto, que ni siquiera cayó al suelo porque estaba atada con tal pericia al poste, que así sujeta quedó lista para su izado, sangrado y posterior despiece; limpiamente, sin tocar siquiera la suciedad del suelo.

Había presenciado el suceso sempiterno de ver la muerte en manos de una persona que, sola, sábiamente, con gran respeto y como en un ritual trascendente, sacrificaba el fruto de su trabajo de muchos años para comer.

En ese momento, recordé alzar mi brazo izquierdo con aquel conejo agarrado por las patas traseras; su cuerpo arqueado por la tensión de la vida, la gravedad, y el miedo; bocabajo; sus orejas tiesas y empinadas; sus ojos nerviosos y negros, grandes y hondos pero inexpresivos… Acaricié lentamente y a contrapelo su cuerpo para calmarlo; luego, empujé despacio y suavemente sus orejas hacia abajo dejando su pescuezo lánguido expuesto y a la vista; y por último, levanté con precisión el canto de mi mano derecha unos tres o cuatro palmos y sacudí un golpe seco en aquella nuca… Lo había visto hacer docenas de veces y lo hice de forma limpia, limpísima, fulminante… A la primera.

Impresionado por la muerte, y con la imagen en mi mente del hilo de sangre que manaba por la herida en el pecho de aquel hermoso animal, me alejé algo atribulado rumbo al cobertizo de mis aposentos… Había cenado hacía un momento y allí mismo un filete de ternera alucinante, con patatas… fritas, las pobres.

…eeen fin.

Gracias por leerme. 🙏

Antonio Rodríguez Miravete. Juntaletras.

…..

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